miércoles, 25 de febrero de 2026

DE CÓMO CRISTO LAVÓ A SUS DISCÍPULOS LOS PIES

 


Jueves de la I semana de Cuaresma.

DE CÓMO CRISTO LAVÓ A SUS DISCÍPULOS LOS PIES

 

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

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Jueves de la I semana de Cuaresma.

DE CÓMO CRISTO LAVÓ A SUS DISCÍPULOS LOS PIES. (Joann. 3.)

 

Acabada la cena se levantó el Redentor, quitóse sus vestiduras, ciñóse un lienzo, echó agua en una vacía, y empezó a lavar los pies de sus discípulos.

PUNTO PRIMERO. Entra con la consideración en el Cenáculo, y aplica todos tus sentidos a lo que allí pasá: mira al Hijo del Eterno Padre ceñido en forma de siervo, arrodillado por la tierra, y lavando los pies de sus discípulos sentados por su órden: atiende a la modestia con que están, al silencio que guardan, a la admiración de sus corazones, viendo a su Maestro y Señor postrado a sus pies, la obediencia y rendimiento con que se dejan lavar, y a Cristo haciendo aquel humilde oficio con tanto encogimiento y devoción, y admírate con los apóstoles de su profunda humildad; y cuanto mayor fueres, humíllate más para que imites al Señor.

PUNTO II. Considera cómo Cristo se quitó sus vestiduras para servir a sus discípulos, otros se las quitan a ellos para ser servidos: mira cómo se ciñe para hacer con más prontitud aquel ministerio, y cómo por sus propias manos echa el agua en los cántaros, sin ayudarse de ministros, como en las bodas de Caná, y de los cántaros la echa en la vacía, que san Buenaventura dice era de piedra, y hallándote presente con el alma ofrécete de corazón a su servicio; pídele que te permita siquiera echar y quitar el agua de la vacía, y aliviar su trabajo en aquel humilde ministerio. Alza los ojos al cielo y mira a los ángeles admirados de tan profunda humildad, y que van a ofrecerse para ayudarle y servirle. Entra tú también a la parte, y pídele que te dé alguna en obra tan heroica y de tan gran merecimiento.

PUNTO III. Considera con san Crisóstomo que Cristo empezó este lavatorio por Judas, como por el más necesitado de todos, esmerándose en honrar a quien se esmeraba en ofenderle. Contempla a Cristo postrado a los pies de Judas, tomando en sus benditas manos aquellas plantas que habían dado tantos pasos para venderle: lavółos una y otra vez, no solo con agua sino con lágrimas de sus ojos que correrían nacidas del sentimiento de su perdición, y que tal vez levantaría los ojos a mirarle, y ni con lo uno ni con lo otro se ablandó su corazón. ¡Oh dureza del pecador obstinado, cuando dá entrada a Satanás en su alma (1)! San Buenaventura dice que no solo los lavó los pies, sino que se los besó. Contempla a Cristo nuestro Redentor puesta la boca en los pies de Judas, como quien besó el instrumento de su muerte. ¡Oh Redentor mío! ¿cómo llegais vuestros labios a un tan inmundo pecador? Esa boca, que es la fuente de la sabiduría, de quien aprenden los cielos y la tierra, ¿juntáis con ese cenagal de pecados? ¿Qué es esto, Señor? ¿Cómo lo permiten los cielos? ¿Cómo no lo impide vuestro Eterno Padre? Pero veo que poneis la boca en la llaga más asquerosa para curarla; recibid mi corazón en esa vacía, y lavadme de las manchas de mis culpas, que más necesidad tengo yo que Judas.

PUNTO IV. Considera con san Ambrosio, que Cristo lavando y limpiando los pies de sus discípulos no lavó los propios suyos, no solo porque no necesitaba de aquel lavatorio, sino porque, como dice el santo, se los lavásemos nosotros, no con agua material sino con lágrimas. Arrójate a sus pies con santa María Magdalena, y derrama arroyos de lágrimas de tus ojos, y laváselos con suma humildad, y límpialos con las telas de tu corazón, y pon tu boca en sus plantas; calla y llora, gime, ama y ofrécele tu alma y tu vida para seguir sus pisadas toda la vida, como lo hizo aquella santa pecadora; no te levantes de sus pies, hasta que oigas de su boca como ella, que tus pecados son perdonados y tu alma ha de ser salva.

(1) S. Bonav. med. 37, de vita Christi.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.