sábado, 21 de febrero de 2026

CUARTO DOMINGO DE SAN JOSÉ EN HONOR A SUS DOLORES Y GOZOS

CUARTO DOMINGO

Sobre los dolores y gozos de San José en el misterio de la presentación del Niño Jesús al Templo.

 

EJERCICIOS DE LOS SIETE DOMINGOS

consagrados a honrar

los Dolores y Gozos de San José

 

Por la señal de la santa Cruz…

 

ACTO DE CONTRICION

Oración inicial para cada Domingo

Dios y Señor mío, en quien creo y espero y a quien amo sobre todas las cosas; al pensar en lo mucho que habéis hecho por mí y lo ingrato que he sido a vuestros favores, mi corazón se confunde y me obliga a exclamar: Piedad, Señor, para este hijo rebelde, perdonadle sus extravíos, que le pesa de haberos ofendido, y desea antes morir que volver a pecar. Confieso que soy indigno de esta gracia, pero os lo pido por los méritos de vuestro Padre nutricio, San José.

Vos, glorioso San José, Abogado mío, recibidme bajo vuestra protección y dadme el favor necesario para emplear bien este rato en obsequio vuestro y utilidad de mi alma. Amén.

 

A continuación, se lee la meditación propuesta para cada domingo.

 

CUARTO DOMINGO

Durante la Santa Misa, uníos al Sacerdote y entrad en las disposiciones de San José cuando ofreció a Jesús al Padre Eterno. Ofrecédselo en la Sagrada Comunión. Aplicad la indulgencia plenaria por las almas que más han trabajado en extender la devoción a San José.

 

MEDITACION CUARTO DOMINGO

Sobre los dolores y gozos de San José en el misterio de la presentación del Niño Jesús al Templo.

1.El Padre Eterno al escoger a José para reemplazarle cerca de su Hijo único, le había comunicado el amor que arde en Él por este Bien amado en quien ha puesto todas las complacencias. José tenía para Jesús un corazón de padre, y fue un dolor inmenso el que sintió cuando oyó al anciano Simeón anunciar a su divina Madre que este amado Niño, fruto bendito de sus virginales entrañas, sería un signo de enemistad, de odio y de venganza. La pasión del Salvador, tal como había sido predicha por los Profetas, se presentó toda entera, con sus circunstancias las más lúgubres, al corazón de José sumido en un mar de amargura. La voz lamentable de los Profetas de Israel repitiendo uno a uno los dolores del Hijo del Hombre, resonó en el fondo el corazón de José, y su amor de padre prestaba dolores más vivos aún al cuadro tan completo de los padecimientos, de las humillaciones reservadas al Cristo. En adelante, Jesús no será ya para José sino un objeto de dolor; todas las alegrías que le dará serán mezcladas de amargura: a cada tierna mirada que el Salvador dirigirá sobre él, vendrá luego a unirse la dolorosa visión de sus ojos divinos, velados por la sombra de la muerte.

Cuando Abraham, para obedecer a Dios, le hizo el sacrificio de su hijo único, tuvo cuidado de ocultar a Sara la orden que había recibido del cielo. Los gemidos de la madre de Isaac, su desesperación a la vista de la inmolación del hijo de sus entrañas hubiera hecho mil veces más intenso el dolor del patriarca y tal vez habrían detenido su brazo. Dios no quiso someterlo a esta dura prueba. El Señor, que conocía la generosidad de José, le trató con menos indulgencia. ¿Quién podrá expresar lo que pasó en su corazón sensible cuando oyó a Simeón anunciar a María que su alma de Madre sería traspasada con una espada de dolor? De más edad que su augusta Esposa, se creía morir el primero, y que María sobreviviera a su Divino Hijo llevando sola el peso de su dolor, inmenso como un mar sin fondo y sin playa, aumentaba su dolor. ¿Cuál es el hombre, exclama la Santa Iglesia en sus lamentaciones, cuál es el hombre que no lloraría a la vista de una pobre madre abrumada de tantas desgracias? Comprended después de esto, si os es posible, la aflicción de José al pensar en las terribles pruebas reservadas a María, que estaba unida a él con tan puros y estrechos lazos. El porvenir le desarrollaba todos los misterios de iniquidad que encerraba en sus profundidades. José veía a los pecadores y a los impíos convertidos en enemigos de su Hijo y de su Esposa inmaculada trabajando incesantemente para destruir la obra de la redención, negando la divinidad de Jesucristo, rechazando la maternidad divina de María. Así se cumplía tristemente ante sus ojos la ruina de muchos, pronosticada por Simeón. Este porvenir de ingratitudes y de abominaciones desgarraba el corazón compasivo de José.

2. Él no hubiera resistido a esta aflicción profunda, si Dios para aligerar el peso de su dolor, no le hubiera hecho entrever también esas multitudes innumerables de todas las naciones que debían servir a Jesús y a María y encontrar en su amor la felicidad de este mundo y una resurrección gloriosa al fin de los tiempos: “Positus est hic in ruinam et resurrectionem multorum in Israel.” “Este está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel.” Sería necesario amar a Jesús como José para poder apreciar como él: el valor de las almas rescatadas con la muerte del Divino Hijo, para comprender cuanto esta esperanza endulzaba su sacrificio y llenaba su corazón de consuelo. Jesús será amado. María, su Santa Madre, recibirá los homenajes de los corazones más nobles y más puros; en todas partes les levantarán altares hasta la consumación de los siglos. Dios suscitará almas generosas dispuestas a sacrificar mil veces su vida y sus más caros intereses de renunciar a la dicha de servirles y de hacerles conocer y amar de todos. ¡Oh!, me parece oír a José exclamar en los transportes de su amor. ¡Oh almas bien amadas, que habéis costado la sangre de mi Salvador, rendíos en mis ardientes deseos; venid a abrazar a ese Dios inmolado que yo amo y adoro; venid a alistaros bajo su estandarte glorioso! Para aseguraros este favor he hecho en unión con María, mi Esposa inmaculada, al Señor, el sacrificio de su Hijo único. Pero si yo puedo ganar vuestras almas, si yo puedo llevarlas al cielo, mis sufrimientos y sacrificios se convertirán en un manantial de alegría y de toda mi felicidad.

 

EJEMPLO

Una hija de María, sintiéndose llamada desde su tierna edad a tomar el hábito de un instituto de caridad, al llegar a los diez y siete años empezó el noviciado en uno de ellos con un fervor tal, que desempeñó a satisfacción de sus superiores todos los encargos que se le confiaron. Al cabo de doce años, engañada por “una ilusión del ángel de las tinieblas transformando en ángel de la luz” -como ella misma confesó después- se le puso en la cabeza que Dios le pedía el sacrificio de su vocación y que debía entrar en un convento de clausura; así es que se separó del camino en que Dios la había colocado para seguir al que se creía llamada. Dado el primer paso, ya se vio perdida, y aunque procuraba perseverar en su nueva vocación y hacer frente a los remordimientos que la perseguían por no haber querido obedecer a sus superiores, todo era en vano; jamás estaba tranquila, de lo que resultó ir debilitándose en sus fuerzas físicas y morales, viéndose por fin obligada a volver al seno de su familia. Allí, a pesar de prodigársele los más afectuosos cuidados a fin de que se quedase en el mundo, jamás en su interior sentía satisfacción alguna, suspirando continuamente por su vocación primera. Cinco meses transcurrieron sin que pudiese obtener un despacho favorable de sus antiguos superiores a las solicitudes que les presentaba. Súplicas, novenas, ayunos, mortificaciones, de todo se valió para aplacar al buen Dios que se mostraba inflexible. Pareciéndose que no podía jamás volver al primer convento, se le facilitó la entrada a otro, pero su alma no podía encontrar reposo en ninguna parte, acordándose de su falta. “Mi vocación primera –exclamaba- siempre será un fiscal que reprochará mi infidelidad.” Una amiga suya, confidente de sus penas, la aconsejo recurriese a San José, poniéndose bajo su patrocinio, y que hiciese la devoción de los Siete Domingos. Aceptó el consejo; invocó de corazón al poderoso Patriarca; le representó los derechos que tenía a su protección, ya por llevar su nombre, ya por ser hija de su Divina Esposa, la Virgen Inmaculada; puso su suerte entre sus manos en el fervor de una confianza sencilla, y fue el mes de marzo el término de sus penas. Durante seis semanas no cesó de rogar al Consolador de las almas afligidas, y el 17 de dicho mes, por una disposición patente de la Divina Providencia, se encontró con su superior quien enterado de su situación y arrepentido, la admitió de nuevo en la comunidad, con la condición de empezar otro noviciado. El día 19, fiesta de San José, volvió a vestir el santo hábito de su vocación con una alegría increíble y una satisfacción imposible de explicar.

¡Cuán necesario es averiguar lo que Dios pide de nosotros y una vez conocido, no desistir por ningún caso de lo comenzado!

 

Récense los dolores y gozos.

 

EJERCICIOS DE LOS 7 DOLORES Y GOZOS

DE SAN JOSÉ

Este ejercicio consiste en hacer memoria de los 7 dolores y gozos de san José, con su Padrenuestro, avemaría y gloria en cada uno de ellos. Se puede hacer cualquier día del año, pero tradicionalmente se rezan estos dolores y gozos durante 7 domingos consecutivos como preparación a la fiesta del Santo del 19 de marzo, comenzando 7 domingos antes de la fiesta.

La Iglesia ha concedido Indulgencias a esta devoción: 1ª.- 300 días de indulgencia cada domingo, rezando durante siete domingos consecutivos en el curso del año, a elección de los fieles, los siete gozos y siete dolores de san José, y el séptimo domingo se puede ganar además una indulgencia plenaria. (Gregorio XVI, 22 de enero de 1836).  2ª.- Indulgencia plenaria en cada domingo, aplicable a las almas del purgatorio. Los que no saben leer o no tienen la deprecación de los siete dolores y gozos, pueden ganar esta indulgencia rezando en los siete domingos siete Padrenuestros con Avemaría y Glorias. (Pio IX, 1 de febrero y 22 de marzo de 1847).  Otra fórmula más breve pág. 48.

 

PRIMER DOLOR Y GOZO

¡Oh castísimo Esposo de María!, me compadezco de las terribles angustias que padeciste cuando creíste deber separarte de tu Esposa Inmaculada, y te doy el parabién por la alegría inefable que te causó saber de boca de un ángel el misterio de la Encarnación. Por este dolor y alegría te pido consueles nuestras almas en vida y muerte, obteniéndonos la gracia de vivir como cristianos y morir santamente en los brazos de Jesús y de María. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria.

 

SEGUNDO DOLOR Y GOZO

¡Oh felicísimo Patriarca, que fuiste elevado a la dignidad de padre putativo del Verbo encarnado!, te compadezco por el dolor que sentiste viendo nacer al Niño Jesús en tanta pobreza y desamparo; y te felicito por el gozo que tuvisteis al oír la suave melodía con que los ángeles celebraron el nacimiento, cantando “Gloria a Dios en las alturas”. Por este dolor y gozo, te pido nos concedas oír, al salir de este mundo, los cánticos celestiales de los ángeles en la gloria. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria.

 

TERCER DOLOR Y GOZO

¡Oh modelo perfecto de conformidad con la voluntad divina!, te compadezco por el dolor que sentiste al ver que el Niño Dios derramaba su sangre en la circuncisión; y me gozo del consuelo que experimentaste al oírle llamar Jesús. Por este dolor y gozo, te pido nos alcances que podamos vencer nuestras pasiones en esta vida y morir invocando el dulcísimo nombre de Jesús. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria

 

CUARTO DOLOR Y GOZO

¡Oh fidelísimo Santo, a quien fueron confiados los misterios de nuestra redención!, te compadezco por el dolor que te causó la profecía con que Simeón anunció lo que habían de padecer Jesús y María; y me gozo del consuelo que te dio el mismo Simeón profetizando la multitud de almas que se habían de salvar por la Pasión del Salvador. Te suplico por este dolor y gozo, nos alcances ser del número de los que se han de salvar por los méritos de Cristo y por la intercesión de su Madre. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria

 

QUINTO DOLOR Y GOZO

¡Oh Custodio vigilante del Hijo de Dios humanado!, me compadezco de lo mucho que padeciste en la huida a Egipto, de las grandes fatigas de aquella larga peregrinación y de lo que te costó el poder atender a la subsistencia de la Sagrada Familia en el destierro; pero me gozo de tu alegría al ver caer los ídolos por el suelo cuando el Salvador entraba en Egipto. Por este dolor y gozo, te pido nos alcances que huyendo de las ocasiones de pecar, veamos caer los ídolos de los afectos terrenos y no vivamos sino para Jesús y María, hasta ofrecerle nuestro último suspiro. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria

 

SEXTO DOLOR Y GOZO

¡Oh glorioso San José, ángel de la tierra que viste con admiración al Rey del Cielo sujeto a tus disposiciones!, si tu consuelo, al volverte de Egipto, fue alterado con el temor al Rey Arquélao, tranquilizado después por el Ángel, viviste alegre con Jesús y María en Nazaret. Por este dolor y gozo, alcánzanos a tus devotos que, libre nuestro corazón de temores nocivos, gocemos de tranquilidad de conciencia, vivamos seguros con Jesús y María y muramos teniéndolos a nuestro lado. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria  

 

SEPTIMO DOLOR Y GOZO

¡Oh modelo de santidad, glorioso San José! Te compadezco por el dolor que sentiste al perder al Niño Dios sin poderle hallar en tres días, y te doy el parabién por la alegría con que lo encontraste en el templo. Por este dolor y gozo, te pido nos alcances la gracia de no perder jamás a Jesús por el pecado; y si por desgracia lo llegamos a perder, sírvanos tu intercesión por las lágrimas de la penitencia, y podamos vivir unidos con Él hasta el último aliento de nuestra vida. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria.

 

ANTIFONA. Tenía Jesús al empezar su vida pública cerca de treinta años y aún se le tenía por hijo de José.

 

V. ¡Oh San José!, Ruega por nosotros.

R. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

 

ORACIÓN

Oh Dios, que con providencia inefable te dignaste elegir al bienaventurado San José por esposo de tu Madre, te rogamos, nos concedas que merezcamos tener en los cielos por intercesor a quien en la tierra veneramos por protector. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos, Amén.

 

Por el santo Padre, por su persona e intenciones para ganar las indulgencias concedidas a esta devoción.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.