viernes, 7 de agosto de 2026

EL SORDOMUDO. FRAY JUSTO PÉREZ DE URBEL

 


EL SORDOMUDO

XI Domingo de Pentecostés

FRAY JUSTO PÉREZ DE URBEL

Novelistas que pasan por historiadores nos han presentado a Jesús discutiendo con los discípulos de Buda; nos han hablado de influencias misteriosas entre el Ganges y el Jordán; han imaginado una juventud silenciosa, no en el taller de un artesano galileo, sino en la choza de bambú de un gimnosofista de la India. Heródoto escribió su historia recogiendo las tradiciones de todos los pueblos; Platón aprovechó tanto sus viajes como sus maestros. ¿Por qué Jesús no habría buscado las aguas puras de su moral entre los pueblos que idearon la ascesis budista y la ética de Confucio?

Desgraciadamente, todo esto, que se vende como la cima del ingenio y de la ciencia, no es más que pura fantasía; suposiciones muy poco serias, mejor dicho, anticientíficas. El teatro de la vida de Cristo es el pequeño cuadrilátero que atraviesa el Jordán, las orillas del lago de Genesaret, las campiñas de Galilea, los campos samaritanos, las montañas de Zabulón, los alrededores de la Ciudad Santa y del Templo de Salomón: la Tierra Santa, la herencia de Jehová, los lugares consagrados por la historia milagrosa de los descendientes de Abraham.

Mas he aquí unos cuantos nombres profanos a la cabeza del Evangelio de este día: Tiro, Sidón, la Decápolis, tierras paganas.

Su pasado fue el de un pueblo de piratas que, sediento de aventuras, desembarca en todas las costas, negocia, roba, engaña, pasa dejando huellas de llanto y de sangre, cautiva mancebos para remar en sus naves y llena de esclavos todos los mercados del Mediterráneo. El presente, abominación también: el pirata se ha convertido en un epicúreo. Sus dioses, Melkart y Astarté, se gozan en los más inmundos homenajes; las orgías les deleitan, la devoción de sus adoradores es el placer; y al placer invitan los bosques sagrados de Baal, las riberas voluptuosas del Orontes, los huertos de naranjos y palmeras, las manchas oscuras y opulentas que cubren los altos, las feraces llanuras que descienden suavemente hasta confundirse con el oro de la playa y el azul tierno y acariciador de las aguas mediterráneas.

También estas tierras de comerciantes materialistas fueron visitadas por Cristo. Estuvo en Beryto la sabia, ilustre por sus juristas; pasó cerca de Biblos la montañosa; se acercó a Sidón la florida, la de los orfebres y cinceladores, la de los pescadores de la púrpura y los fundidores de metales; llegó hasta Tiro, «la reina del mar, que aún no se había callado debajo de las aguas». Por aquí pasó haciendo bien, sanando enfermos, obrando maravillas. Había sido enviado a los hijos de Israel; pero era portador de la salud universal. No había para su humildad tierra demasiado degradada, ni para su pureza país demasiado infecto, ni para su condescendencia almas demasiado corrompidas.

Es confortante esta visita del Salvador a lo más infame, a lo más vergonzoso, a lo más repugnante del paganismo. Y no se tapó las narices, ni cerró los ojos, ni miró con desprecio a aquellos enemigos eternos de Israel. Es más: aquel paso por las ciudades idólatras dejó en su alma un recuerdo menos amargo que su estancia en los alrededores de Genesaret. Algo más tarde decía tristemente: «¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Pues si en Tiro y en Sidón se hubieran obrado los prodigios que habéis visto vosotras, habrían hecho penitencia en la ceniza y el cilicio.»

Hay un milagro obrado durante aquellos días que parece representar la actitud íntima de Jesús frente a aquel mundo nuevo que se ofrecía a sus miradas. Es este el que nos relata el Evangelio de este domingo. Volvía ya de su excursión por tierras paganas y se acercaba a los límites de Judea, cuando traen a su presencia un sordomudo, rogándole que ponga sus manos sobre él.

Jesús condesciende y obra el milagro; pero san Marcos cuenta una serie de detalles que nos desconciertan. El tomar aparte al enfermo, ese levantar los ojos al cielo, la saliva, la pronunciación de la palabra misteriosa, el suspiro de Jesús, el contacto de sus manos inmaculadas con la carne del doliente, todo parece hablarnos de un profundo misterio.

El sordomudo, dicen los Padres, era aquel mundo miserable que Cristo acababa de visitar: sordo, porque hacía muchos miles de años que las armonías inefables de lo divino no llegaban hasta él; mudo, porque había perdido el lenguaje interior del alma; no sabía hablar con lo mejor que hay en sí mismo ni entender las hablas misteriosas «que hablan las verdades en la claridad del silencio de la noche», como decía el compañero de Job. Había perdido la comunicación consigo mismo y con su Dios.

Su desgracia es tan grande, tan espantosa su miseria, que Cristo se llena de compasión y deja escapar un profundo suspiro. Puede sanarle con un gesto, con un «fiat» de su divina voluntad, pero es preciso que vea el mundo cuán profunda ha sido su caída. Ese hombre necesita ser sacado de la turba, ponerse cara a cara con su Dios, recibir las tenaces llamadas de la gracia, escuchar la voz todopoderosa lejos del bullicio de la multitud, sentir el contacto misterioso de lo inefable, hacer de su lengua el receptáculo de la saliva de Cristo, el óleo de la caridad necesario para el perfecto funcionamiento del organismo espiritual.

Al fin, el sordo oye, el mudo habla, su alma se mueve en un mundo nuevo: el mundo de la gracia, el mundo sobrenatural, cuya realidad niegan todos aquellos que no han recibido de los dedos de Cristo ese privilegio altísimo de hablar el lenguaje del pueblo de Dios, que se confiere por medio del Bautismo.

Y la muchedumbre se maravilla, y los corazones se llenan de gratitud, y, en la sinceridad del entusiasmo, estalla el grito generoso de los hombres que no han sido pervertidos por la pasión: «Bien lo hizo todo; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

¡Bien lo hiciste todo, oh Cristo amado, dulce y bondadoso Maestro! Todas tus obras están inspiradas por el amor. Has reparado nuestras ruinas, has devuelto la belleza primitiva a nuestro ser, has curado nuestras llagas; nos has dado una luz que no se extingue; con tu saliva pusiste en nuestro cuerpo el germen de la resurrección y de la inmortalidad. Hasta cuando nos haces llorar, cuando escondes tu rostro, cuando nos abandonas al poder de las tinieblas, tenemos que clamar con temblor de agradecimiento: «¡Todo lo hiciste bien!»