DÍA 22
EL CORAZÓN DE MARÍA CUANDO SE ENCONTRÓ CON SU HIJO CARGADO CON LA CRUZ
EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA
En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
DÍA 22
EL CORAZÓN DE MARÍA CUANDO SE ENCONTRÓ CON SU HIJO CARGADO CON LA CRUZ
¡Qué golpe tan terrible recibió el Corazón de María al ver a su Hijo Jesús, recién condenado a muerte, llevando sobre sus hombros la Cruz, el madero en el que había de ser suspendido!
«María encontró a Jesús fuera de la puerta de la ciudad —refiere san Buenaventura— y, al verlo cargado con un leño tan pesado, estuvo a punto de morir de dolor.»
«Pero —continúa el santo Doctor dirigiéndose a María—, ¿por qué, gran Reina, no os detuvisteis ante la vista de aquella multitud de gente y de tantos soldados? No reparasteis en ellos, porque la inmensidad de vuestro dolor os había arrancado, por decirlo así, el corazón.»
María se abre paso entre la multitud y corre tras las huellas de su Hijo, derramando las lágrimas más amargas sobre las manchas de sangre que Él iba dejando impresas en el suelo.
Lo que colmó su martirio fue no poder dirigirle una sola palabra ni poder oír una palabra de su Hijo.
«No pudieron decirse una sola palabra, porque los que llevaban a Jesús al suplicio lo apremiaban y lo empujaban para que avanzara más deprisa.»
Pero María le hablaba en lo íntimo de su corazón, en medio de la más desgarradora angustia: «¿Cómo podéis llevar esa Cruz? ¿Cómo soportáis esos escupitajos, esos insultos? ¡Oh, amado mío! ¡Si al menos me fuera permitido daros un último beso!»
Y, por su parte, el Hijo repetía en el fondo de su Corazón: «Paloma mía, toda hermosa, toda admirable, has herido mi corazón con una sola de tus miradas.»
¡Oh cielo! ¡Qué martirio para estos dos Corazones!
¿Y nuestro corazón qué hace? ¿Es verdaderamente un corazón de hijo? ¿No será capaz de conmoverse de compasión al contemplar en tan grande desolación el Corazón de Jesús, nuestro hermano, y el Corazón de María, nuestra Madre? ¿No podrá dejar de abandonarse a sus inclinaciones viciosas y a sus hábitos culpables?
¡Oh Jesús mío!, quitad de mi corazón todo amor que no sea el vuestro y concededme entrañas de compasión para meditar los sufrimientos de vuestro Corazón y los del Corazón de vuestra Madre.
Madre amadísima, fuente de amor, haced que sienta el aguijón de vuestro dolor, que lo comparta con vos y que mezcle mis lágrimas con las vuestras.
ORACIÓN
Compadezco sinceramente, ¡oh María, verdadera Madre de los Dolores!, la profunda consternación que experimentó tu Corazón maternal cuando encontraste a Jesús llevando su pesada cruz, horriblemente desfigurado y agotado. Madre amabilísima, por tu Corazón lleno de amor, tan duramente probado, alcánzame la virtud de la paciencia y el don de fortaleza, para que, sostenido por tu protección, lleve con valentía todas las cruces que la divina Providencia disponga para mí, las una a la cruz de tu divino Hijo y llegue a ser su verdadero discípulo. Amén.
FLOR. Repetir con frecuencia durante este día la siguiente jaculatoria: «Haced, oh Madre de amor, que sienta vuestro vivo dolor y que llore con vos.»
FRUTO. Que nuestro corazón, vacío de todo afecto terreno, no tenga más que santos deseos y aspire únicamente a los bienes del cielo.
ORACIONES FINALES
ORACIÓN
AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA
¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.
¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.
Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.
Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.
Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.
En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.
Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.
ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA
Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.
Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores
A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:
- Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
- Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
- la Natividad de la Santísima Virgen María,
- la Asunción de la Santísima Virgen,
- y la fiesta del Santísimo Corazón de María,
con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.
- Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
- Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.