martes, 29 de abril de 2025

30. BENEFICIOS DE DIOS. CREACIÓN, CONSERVACIÓN, REDENCIÓN Y VOCACIÓN. SAN PEDRO DE ALCÁNTARA

30

BENEFICIOS DE DIOS: CREACIÓN, CONSERVACIÓN, REDENCIÓN Y VOCACIÓN

 

MEDITACIONES

SOBRE LAS VERDADES ETERNAS

Y LA PASIÓN DEL SEÑOR

PARA PEDIR EL AMOR DE DIOS 

San Pedro de Alcántara

 

ORACIÓN PARA COMENZAR

TODOS LOS DÍAS:

 

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Poniéndonos en la presencia de Dios, adoremos su majestad infinita, y digamos con humildad:

  

 “Omnipotente Dios y Señor y Padre mío amorosísimo, yo creo que por razón de tu inmensidad estás aquí presente en todo lugar, que estás aquí, dentro de mí, en medio de mi corazón, viendo los más ocultos pensamientos y afectos de mi alma, sin poder esconderme de tus divinos ojos.

    Te adoro con la más profunda humildad y reverencia, desde el abismo de mi miseria y de mi nada, y os pido perdón de todos mis pecados que detesto con toda mi alma, y os pido gracias para hacer con provecho esta meditación que ofrezco a vuestra mayor gloria… ¡Oh Padre eterno! Por Jesús, por María, por José y todos los santos enseñadme a orar para conocerme y conoceros, para amaros siempre y haceros siempre amar. Amén.”

 

Se meditan los puntos dispuestos para cada día.

 

30

BENEFICIOS DE DIOS: CREACIÓN, CONSERVACIÓN, REDENCIÓN Y VOCACIÓN

Del tratado de la oración y meditación

de san Pedro de Alcántara

 

Este día pensarás en los beneficios divinos, para dar gracias al Señor por ellos y encenderte más en el amor de quien tanto bien te hizo. Y aunque estos beneficios sean innumerables, más puedes tú, a lo menos, considerar estos cinco más principales, conviene a saber: de la Creación, Conservación, Redención, Vocación, con los otros beneficios particulares y ocultos.

Y primeramente, cuando al beneficio de la creación, considera con mucha atención lo que eras antes que fueses criado, y lo que Dios hizo contigo, y te dio, ante todo merecimiento, conviene a saber: ese cuerpo con todos sus miembros y sentidos, y esa tan excelente ánima, con aquellas tres tan notables potencias, que son entendimiento, memoria y voluntad. Y mira bien que darte esta tal ánima fue darte todas las cosas, pues ninguna perfección hay en alguna criatura que el hombre no la tenga en su manera, por donde parece que darnos esta pieza sola fue darnos de una vez todas las cosas juntas.

Cuando al beneficio de la conservación, mira cuán colgado está todo tu ser de la Providencia divina; cómo no vivirías un punto, ni darías un paso, si no fuese por Él; cómo todas las cosas del mundo crió para tu servicio: la mar, la tierra, las aves, los peces, los animales, las plantas, hasta los mismos ángeles del cielo. Considera con esto la salud que te da, las fuerzas, la vida, el mantenimiento, con todos los otros socorros temporales. Y, sobre todo esto, pondera mucho las miserias y desastres en que cada día ves caer los otros hombres, en los cuales pudieras tú también haber caído si Dios, por su piedad, no te hubiera preservado.

Cuanto al beneficio de la redención, puedes considerar dos cosas: la primera, cuántos y cuán grandes hayan sido los bienes que nos dio mediante el beneficio de la redención; y la segunda, cuántos y cuán grandes hayan sido los males que padeció en su cuerpo y ánima santísima, para ganarnos estos bienes; y para sentir más lo que debes a este Señor por lo que por ti padeció, puedes considerar estas cuatro principales circunstancias en el misterio de su Sagrada Pasión, conviene a saber: quién padece, qué es lo que padece, por quién padece y por qué causa lo padece. ¿Quién padece? Dios.

¿Qué padece? Los mayores tormentos y deshonras que jamás se padecieron. ¿Por quién padece? Por criaturas infernales y abominables, y semejantes a los mismos demonios en sus obras. ¿Por qué causa padece? No por su provecho ni por nuestro merecimiento, sino por las entrañas de su infinita caridad y misericordia.

En cuanto al beneficio de la vocación, considera primeramente cuán grande merced de Dios fue hacerte cristiano, y llamarte a la fe por medio del bautismo y hacerte también participante de los otros sacramentos. Y si después de este llamamiento, perdida ya la inocencia, te sacó de pecado, y volvió a su gracia, y te puso en estado de salud, ¿cómo te podrás alabar por este beneficio? ¡Qué tan grande misericordia fue aguardarte tanto tiempo y sufrirte tantos pecados, y enviarte tantas inspiraciones, y no cortarte el hilo de la vida como se cortó a otros en ese mismo estado; y, finalmente, llamarte con tan poderosa gracia que resucitases de muerte a vida y abrieses los ojos a la luz! ¡Qué misericordia fue, después de ya convertido, darte gracia para no volver al pecado, y vencer al enemigo y perseverar en lo bueno! Éstos son los beneficios públicos y conocidos: otros hay secretos, que no los conoce sino el que los ha recibido, y aun otros hay tan secretos, que el mismo que los recibió no los conoce, sino sólo aquel que los hizo. ¡Cuántas veces habrás en este mundo merecido por tu soberbia, o negligencia, o desagradecimiento, que Dios te desamparase, como habrá desamparado a otros muchos por alguna de estas causas, y no lo ha hecho! ¡Cuántos males, y ocasiones de males, habrá prevenido el Señor con su providencia deshaciendo las redes del enemigo, y acortándole los pasos, y no dando lugar a sus tratos y consejos! ¡Cuántas veces habrá hecho con cada uno de nosotros aquello que él dijo a San Pedro (Lc.22,31): Mira que Satanás andaba muy negociado para aventaros a todos como a trigo, mas yo he rogado por ti, que no desfallezca tu fe! Pues, ¿quién podrá saber esos secretos sino Dios? Los beneficios Positivos, bien los puede a veces conocer el hombre, mas los privativos, que no consisten en hacernos bienes, sino en librarnos de males, ¿quién los conocerá? Pues así por éstos, como por los otros, es razón que demos siempre gracias al Señor, y que entendamos cuán alcanzados andamos de cuenta, y cuánto más es lo que le debemos que lo que le podemos pagar, pues aún no lo podemos entender.

 

 

 

ORACIÓN PARA FINALIZAR

TODOS LOS DÍAS:

 

PETICIÓN ESPECIAL DEL AMOR DE DIOS. San Pedro de Alcántara

 

30 DE ABRIL SANTA CATALINA DE SIENA VIRGEN (1347-1380)

 


30 DE ABRIL

SANTA CATALINA DE SIENA

VIRGEN (1347-1380)

EN un relato sumario como el presente no es posible calar hondo en la personalidad de un santo, máxime si tiene una psicología tan profunda y misteriosa como la de Catalina de Siena, en la que los raptos más sublimes alternan, de manera desconcertante, con la vida de acción. Pero esta enigmática dualidad de Ja Santa se desdobla y aclara, siquiera a media luz, en el magnífico cuadro de Fra Bartolomeo —el número 1008, por más señas— existente en el Museo del Louvre. En primer plano aparece la Madona en trono regio, con el Niño en los brazos; a sus plantas, de rodillas, Santa Catalina recibe de manos de Jesús el anillo de los místicos desposorios; al fondo se ve a Santo Domingo y a San Francisco de Asís fundidos en risueño abrazo, símbolo hermoso de la fraternidad cristiana ; más allá, canta el Rey Profeta al son de su arpa, mientras que el Príncipe de los Apóstoles se adelanta para señalar a la heroína que —cual otra Genoveva de París— va a combatir por los sagrados derechos de la Iglesia y de la Patria...

Acción y contemplación: he ahí, en definitiva, sus rasgos cardinales; porque, Santa Catalina —divina mistión de paz inalterable y de energía indómita — es al mismo tiempo profetisa y reformadora, oráculo de reyes y papas, maestra iluminada en las vías de la perfección, prodigio de penitencia y víctima- de amor de Dios.

El Libro de su Vida —escrito por su confesor, Padre Raimundo de Capua— ocupa en los Bolandistas ciento veintiséis páginas; es documento de probada autenticidad, en el cual nos apoyamos confiados. Según él, nace la Santa en la ciudad de Siena —Toscana —, el 25 de marzo de 1347. Sus padres —Diego y Lapá— son personas honorables, de mediana condición. Tan agraciada y dulce es la niña, que en familia le dan el nombre de una de las Gracias: Eufrosina; aunque mejor le cuadra el suyo propio, pues significa pura, inmaculada. No había cumplido todavía los seis años cuando se manifestó en ella el sello de la elección divina por medio de un éxtasis. A partir de entonces, el cielo le abre de par en par sus puertas misteriosas y le entrega la llave de todos sus secretos. A los siete, hace voto de perpetua virginidad y empieza los primeros ensayos de vida anacorética, con alarma de la «simplicísima» Lapa, que no comprende las santas extravagancias de su hija. Para distraerla de lo que ella cree una obsesión, la obliga a ayudar a la sirvienta en los más viles oficios de la casa. Catalina se somete sin decir palabra, y obra en todo con maravillosa paz y alegría de espíritu, labrando en su tierno corazón una como celdilla o secreto retraimiento, en donde mora y conversa con el divino Esposo.

Pasan algunos años. La niña deja de serlo, y se piensa en desposarla. Pero ella no quiere oír hablar de eso, y, como señal de su determinación, sacrifica su linda cabellera rubia. La lucha dura hasta que un día, estando la joven en oración, ven sus padres una paloma blanca sobre su cabeza: «Que nadie atormente en adelante a mi hija amadísima —dice don Diego con gravedad— dejémosla que sirva a su Esposo libremente, a fin de que interceda por nosotros». Y Catalina se hace mantellata, es decir, Hermana Terciaria de Santo Domingo. Tiene diecisiete años.

Por la escala de la penitencia y de la tentación —ascética, ruda y seca — la Virgen de Siena asciende rápidamente a las últimas moradas del castillo interior. Entonces las visiones y revelaciones se hacen más frecuentes, los prodigios suceden a los prodigios: profecías, ayunos de meses, ruidosas conversiones, curas milagrosas, permuta de corazón entre Jesús y Catalina, estigmatización, muerte mística…

«No puedes serme útil en nada —le manifiesta el Señor— en cambio, te es posible socorrer al prójimo». Desde este momento la contemplativa se trueca en mujer de acción, sin dejar de ser contemplativa. Su caridad, por ejemplo, raya en lo sublime.

Un rasgo. Cierto día topa con un mendigo. «¡Ay, hermano! —le dice la Santa—, no llevo ni un maravedí». El pobre insiste: «Ese manto algo valdrá...». «Tenéis razón» —responde Catalina— Y le da el manto. Luego dice a los que la acompañan: «Prefiero que me hallen sin manto, antes que sin caridad».

Pero lo más desconcertante en ella —lo repetimos— es su misma vida: esa actividad extraordinaria, unida a la más alta contemplación, y su sabiduría sobrehumana. Sus escritos son auténticos milagros. En el libro de la Providencia expresa altísimos y no aprendidos conceptos teológicos; el Diálogo, lo mismo que sus actitudes todas, tiene el encanto de una serena y naciente poesía, y en las ciento noventa y cuatro Cartas que escribe a diversos personajes, habla al dictado del Espíritu Santo.

El influjo de Catalina en la política de su tiempo fue decisivo, avasallador. Hablan las fechas: en 1363 interviene en la pacificación de la República de Siena; en 1375 gana los estados de Luca y Pisa para la causa del Papa; en 1376 logra la traslación de la Corte pontificia de Aviñón a Roma, y en 1378 media con fortuna entre Génova y Gregorio XI...

La muerte la sorprendió en Roma, el 29 de abril de 1380. Estaba en la plenitud de su vigor y actividad —¡tenía sólo treinta y tres años!—. A imitación de Jesucristo, había cumplido la difícil misión de pasar por el mundo como un ángel de paz, sin rozar la tierra con sus alas purísimas.