Lunes de la III semana después de la Epifanía.
De la salud que dio Cristo al leproso.
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
por el P. Alonso de Andrade,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
ORACIÓN PARA COMENZAR
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Lunes de la III semana después de la Epifanía.
De la salud que dio Cristo al leproso.
MEDITACIÓN
PUNTO PRIMERO. Considera cómo bajando Jesús del monte (1), se llegó a él el leproso y le dio salud: lo cual significa, como dice Beda, la Encarnación del Verbo Eterno, que bajando del monte del cielo a este valle de lágrimas del mundo, sanó de la lepra del pecado al género humano, inficionado con el contagio de Adán nuestro primer padre. Considera la infinita bondad de Dios, que resplandece en esta misericordia; pues sin tener necesidad de nosotros, por sola su inmensa bondad se dignó humillar su grandeza y bajar a este destierro, y no solo tocar nuestra carne como tocó la de este leproso, sino unirse con ella, y hacerse hombre para darnos salud y limpiarnos de la lepra del pecado: gózate de tener un Dios tan bueno; admírate de su bondad, dale infinitas gracias por tan incomparable merced, y aprende a humillar tu soberbia y a tener compasión de los pobres y menesterosos, a ejemplo de este Señor.
PUNTO II. Considera cómo la lepra le fue causa a este leproso de buscar a Cristo, avivar su fe y recibir las misericordias de su mano; porque las enfermedades del cuerpo son muchas veces provechosas al alma, pues nos traen a Cristo, conforme lo que dice el Profeta (2): Llenarás su rostro de ignominia y buscarán el tuyo. Y en otra parte (3): Multiplicaste sus enfermedades, y luego se dieron prisa: en que debes aprender dos cosas; la primera a estimar las enfermedades que te enviare Dios, dándole muchas gracias por ellas, pues te acarrean tantos bienes; la segunda aprovecharte de ellas, viniendo a buscar a Dios, avivando tu fe y pidiéndole la salud como a médico de tu alma y de tu cuerpo.
PUNTO III. Considera lo que mandó Cristo a este leproso en curándole: conviene a saber, que callase la salud milagrosa que le había dado; porque aunque Cristo no tenía riesgo de vanagloria, quiso enseñarnos a ocultar las buenas obras que hiciéremos en su servicio, y a no buscar en ellas sino antes huir el aplauso de los hombres, y hacerlas en los ojos de Dios: aprende esta lección de tan insigne Maestro, y no te dejes llevar del apetito de la honra vana del mundo; esconde con humildad las obras buenas que hicieres en su servicio de los ojos de los hombres, porque no las pierdas vanamente: vuelve la vista a tu vida pasada, y mira cuántas obras has hecho buenas y que sería posible haberlas perdido por no haberlas guardado: pondera cuán vano y sin sustancia es este viento de la estimación humana, y cuán solido, estable y verdadero es el aprecio de la divina ; y llora y gime las pérdidas pasadas, y procura la enmienda en las venideras, y dile con todo el afecto de tu corazón a Dios: Señor, no permitáis que yo busque agradar a otro más que a vos; pésame de todo corazón de las vanidades pasadas; conozco que erré, y ahora me vuelvo a vos, y os suplico que me tengáis de vuestra mano para que no pretenda agradar más que a vos en cuanto pensare, dijere y obrare ahora y para siempre jamás.
PUNTO IV. Considera cómo le mandó el Salvador que se mostrase al sacerdote, así para cumplir la ley del Levítico (4) que lo mandaba, enseñándonos a respetar y cumplir la ley de Dios, como porque en esto significó la necesidad y virtud de la confesión sacramental, en la cual declarando la conciencia al sacerdote, se alcanza la limpieza del alma y se purifica de la lepra de los pecados: mira la que tienes en la tuya de los vicios de toda tu vida; y pues sabes que estás manchado y no sabes si estás purificado de estas manchas, preséntate al sacerdote, descubre las llagas de tus pecados, pídele que te limpie confesándole con verdadera contrición todas tus culpas, y quedarás limpio de ellas: haz cuenta que Cristo habla contigo y te dice las palabras que a este leproso: ve al sacerdote y muéstrale tus manchas, desnúdale tu conciencia y alcanzarás salud de la lepra de tu alma.
(1) Mt. 8. (2) Sal. 82. (3) Sal. 15. (4) Lev. 14.
ORACIÓN PARA TERMINAR TODOS LOS DÍAS
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones.