lunes, 19 de enero de 2026

DÍA TERCERO/20 DE ENERO. OCTAVARIO DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LA IGLESIA

DÍA 20 DE ENERO

Unidad de la Iglesia en la fe

por obediencia a la palabra de Cristo

 

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

PRESCRITA POR S.S. BENEDICTO XV

Indulgencia plenaria si se realiza durante los 8 días,

indulgencia parcial por cada día.

 

Ant. Que todos sean una misma cosa, como tú, oh Padre, estás en mí y yo en ti; que sean ellos una misma cosa en nosotros, para que el mundo crea que tu me has enviado.

 

V/. Yo te digo: Tú eres Pedro

R/. Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

 

Oremos.

Señor nuestro Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: la paz os dejo, mi paz os doy, no mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia; y dígnate conservarla en la paz y en la unidad según tu voluntad. Que vives y reinas por los siglos de los siglos.

R. Amén.

 

A continuación, se lee lo propio de cada día.

 

DÍA 20 DE ENERO

Unidad de la Iglesia en la fe

por obediencia a la palabra de Cristo

DE LA CARTA ENCÍCLICA SATIS COGNITUM DEL SUMO PONTÍFICE LEÓN XIII SOBRE LA UNIDAD DE LA IGLESIA

 

Aquel que ha instituido la Iglesia única, la ha instituido una; es decir, de tal naturaleza, que todos los que debían ser sus miembros habían de estar unidos por los vínculos de una sociedad estrechísima, hasta el punto de formar un solo pueblo, un solo reino, un solo cuerpo. «Sed un solo cuerpo y un solo espíritu, como habéis sido llamados a una sola esperanza en vuestra vocación».

En vísperas de su muerte, Jesucristo sancionó y consagró del modo más augusto su voluntad acerca de este punto en la oración que dirigió a su Padre: «No ruego por ellos solamente, sino por aquellos que por su palabra creerán en mí... a fin de que ellos también sean una sola cosa en nosotros... a fin de que sean consumados en la unidad». Y quiso también que el vínculo de la unidad entre sus discípulos fuese tan íntimo y tan perfecto que imitase en algún modo a su propia unión con su Padre: «os pido... que sean todos una misma cosa, como vos mi Padre estáis en mí y yo en vos».

11. Una tan grande y absoluta concordia entre los hombres debe tener por fundamento necesario la armonía y la unión de las inteligencias, de la que se seguirá naturalmente la armonía de las voluntades y el concierto en las acciones. Por esto, según su plan divino, Jesús quiso que la unidad de la fe existiese en su Iglesia; pues la fe es el primero de todos los vínculos que unen al hombre con Dios, y a ella es a la que debemos el nombre de fieles.

«Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo», es decir, del mismo modo que no tienen más que un solo Señor y un solo bautismo, así todos los cristianos del mundo no deben tener sino una sola fe. Por esto el apóstol San Pablo no pide solamente a los cristianos que tengan los mismos sentimientos y huyan de las diferencias de opinión, sino que les conjura a ello por los motivos más sagrados: «Os conjuro, hermanos míos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que no tengáis más que un mismo lenguaje ni sufráis cisma entre vosotros, sino que estéis todos perfectamente unidos en el mismo espíritu y en los mismos sentimientos». Estas palabras no necesitan explicación, son por sí mismas bastante elocuentes.

12. Además, aquellos que hacen profesión de cristianismo reconocen de ordinario que la fe debe ser una. (…) Hay que buscar y comprobar cuál es la unidad de la fe que Jesucristo ha impuesto a su Iglesia.

La doctrina celestial de Jesucristo, aunque en gran parte esté consignada en libros inspirados por Dios, si hubiese sido entregada a los pensamientos de los hombres no podría por sí misma unir los espíritus. Con la mayor facilidad llegaría a ser objeto de interpretaciones diversas, y esto no sólo a causa de la profundidad y de los misterios de esta doctrina, sino por la diversidad de los entendimientos de los hombres y de la turbación que nacería del choque y de la lucha de contrarias pasiones. (…)

13. Para unir los espíritus, para crear y conservar la concordia de los sentimientos, era necesario, además de la existencia de las Sagradas Escrituras, otro principio.

Jesucristo prueba, por la virtud de sus milagros, su divinidad y su misión divina; habla al pueblo para instruirle en las cosas del cielo y exige absolutamente que se preste entera fe a sus enseñanzas; lo exige bajo la sanción de recompensas o de penas eternas. «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis».

«Si no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho no habrían pecado». «Pero si yo hago esas obras y no queréis creer en mí, creed en mis obras». Todo lo que ordena, lo ordena con la misma autoridad; en el asentimiento de espíritu que exige, no exceptúa nada, nada distingue. Aquellos, pues, que escuchaban a Jesús, si querían salvarse, tenían el deber no sólo de aceptar en general toda su doctrina, sino de asentir plenamente a cada una de las cosas que enseñaba. Negarse a creer, aunque sólo fuera en un punto, a Dios cuando habla es contrario a la razón.

 

 

ORACIÓN FINAL

DE SAN JOSÉ DE CALASANZ

Señor Dios Omnipotente, suma y eterna Providencia,

Dios benignísimo y amabilísimo,

os ruego y suplico con todo el corazón y el afecto

que me es posible,

que os dignéis exaltar  vuestra Santa Iglesia Católica;

 conservar al Sumo Pontífice vuestro Vicario en la Tierra,

y  asistirlo continuamente,

para que haga siempre vuestra santa voluntad;

unir en paz y verdadera concordia

a todos los Príncipes Cristianos;

extirpar todas las herejías y  errores;

iluminar con el conocimiento de la verdadera Fe

a todos los Paganos e Infieles;  

y finalmente que os dignéis impartir

sobre todas las creaturas en este Mundo

los rayos de  vuestra Beneficiencia.

 

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

 

Ave María Purísima, sin pecado concebida.