martes, 20 de enero de 2026

DÍA CUARTO / 21 DE ENERO. OCTAVARIO DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LA IGLESIA

DÍA 21 DE ENERO

Unidad de la Iglesia en la fe,

contenida en la Sagrada Escritura y Tradición

y enseñada por el Magisterio de la Iglesia

 

OCTAVARIO DE ORACIÓN

POR LA UNIDAD DE LA IGLESIA

 

Por la señal de la santa cruz…  

 

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

PRESCRITA POR S.S. BENEDICTO XV

Indulgencia plenaria si se realiza durante los 8 días,

indulgencia parcial por cada día.

 

Ant. Que todos sean una misma cosa, como tú, oh Padre, estás en mí y yo en ti; que sean ellos una misma cosa en nosotros, para que el mundo crea que tu me has enviado.

 

V/. Yo te digo: Tú eres Pedro

R/. Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

 

Oremos.

Señor nuestro Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: la paz os dejo, mi paz os doy, no mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia; y dígnate conservarla en la paz y en la unidad según tu voluntad. Que vives y reinas por los siglos de los siglos.

R. Amén.

 

A continuación, se lee lo propio de cada día.

 

DÍA 21 DE ENERO

Unidad de la Iglesia en la fe,

contenida en la Sagrada Escritura y Tradición

y enseñada por el Magisterio de la Iglesia

DE LA CARTA ENCÍCLICA SATIS COGNITUM DEL SUMO PONTÍFICE LEÓN XIII SOBRE LA UNIDAD DE LA IGLESIA

 

14. Nuestro Señor Jesucristo, al punto de volverse al cielo, envía a sus apóstoles revistiéndolos del mismo poder con el que el Padre le enviara, les ordenó que esparcieran y sembraran por todo el mundo su doctrina. «Todo poder me ha sido dado en el cielo y sobre la tierra. Id y enseñad a todas las naciones... enseñadles a observar todo lo que os he mandado». Todos los que obedezcan a los apóstoles serán salvos, y los que no obedezcan perecerán. (…)

Los apóstoles, pues, fueron enviados por Jesucristo de la misma manera que El fue enviado por su Padre: «Como mi Padre me ha enviado, así os envío yo a vosotros». Por consiguiente, así como los apóstoles y los discípulos estaban obligados a someterse a la palabra de Cristo, la misma fe debía ser otorgada a la palabra de los apóstoles por todos aquellos a quienes instruían los apóstoles en virtud del mandato divino. No era, pues, permitido repudiar un solo precepto de la doctrina de los apóstoles sin rechazar en aquel punto la doctrina del mismo Jesucristo.

Pero la misión de los apóstoles no era de tal naturaleza que pudiese perecer con las personas de los apóstoles o para desaparecer con el tiempo, pues era una misión pública e instituida para la salvación del género humano.

16. Los apóstoles, en efecto, consagraron a los obispos y designaron nominalmente a los que debían ser sus sucesores inmediatos en el «ministerio de la palabra». Pero no fue esto solo: ordenaron a sus sucesores que escogieran hombres propios para esta función y que les revistieran de la misma autoridad y les confiasen a su vez el cargo de enseñar.

Es, pues, verdad que, así como Jesucristo fue enviado por Dios y los apóstoles por Jesucristo, del mismo modo los obispos y todos los que sucedieron a los apóstoles fueron enviados por los apóstoles.

«Los apóstoles nos han predicado el Evangelio enviados por nuestro Señor Jesucristo, y Jesucristo fue enviado por Dios. La misión de Cristo es la de Dios, la de los apóstoles es la de Cristo, y ambas han sido instituidas según el orden y por la voluntad de Dios... Los apóstoles predicaban el Evangelio por naciones y ciudades; y después de haber examinado, según el espíritu de Dios, a los que eran las primicias de aquellas cristiandades, establecieron los obispos y los diáconos para gobernar a los que habían de creer en lo sucesivo... Instituyeron a los que acabamos de citar, y más tarde tomaron sus disposiciones para que, cuando aquéllos murieran, otros hombres probados les sucedieran en su ministerio»[50].

Es, pues, necesario que de una manera permanente subsista, de una parte, la misión constante e inmutable de enseñar todo lo que Jesucristo ha enseñado, y de otra, la obligación constante e inmutable de aceptar y de profesar toda la doctrina así enseñada. (…)

17. Penetrada plenamente de estos principios, y cuidadosa de su deber, la Iglesia nada ha deseado con tanto ardor ni procurado con tanto esfuerzo cómo conservar del modo más perfecto la integridad de la fe. Por esto ha mirado como a rebeldes declarados y ha lanzado de su seno a todos los que no piensan como ella sobre cualquier punto de su doctrina.

Los arrianos, los montanistas, los novacianos, los cuartodecimanos, los eutiquianos no abandonaron, seguramente, toda la doctrina católica, sino solamente tal o cual parte, y, sin embargo, ¿quién ignora que fueron declarados herejes y arrojados del seno de la Iglesia? Un juicio semejante ha condenado a todos los fautores de doctrinas erróneas que fueron apareciendo en las diferentes épocas de la historia. «Nada es más peligroso que esos heterodoxos que, conservando en lo demás la integridad de la doctrina, con una sola palabra, como gota de veneno, corrompen la pureza y sencillez de la fe que hemos recibido de la tradición dominical, después apostólica».

Escuchad a San Ireneo: «La verdadera sabiduría es la doctrina de los apóstoles... que ha llegado hasta nosotros por la sucesión de los obispos... al transmitirnos el conocimiento muy completo de las Escrituras, conservado sin alteración».

He aquí lo que dice Tertuliano: «Es evidente que toda doctrina, conforme con las de las Iglesias apostólicas, madres y fuentes primitivas de la fe, debe ser declarada verdadera; pues que ella guarda sin duda lo que las Iglesias han recibido de los apóstoles; los apóstoles, de Cristo; Cristo, de Dios... Nosotros estamos siempre en comunión con las Iglesias apostólicas; ninguna tiene diferente doctrina; éste es el mayor testimonio de la verdad».

Y San Hilario: «Cristo, sentado en la barca para enseñar, nos hace entender que los que están fuera de la Iglesia no pueden tener ninguna inteligencia con la palabra divina. Pues la barca representa a la Iglesia, en la que sólo el Verbo de verdad reside y se hace escuchar, y los que están fuera de ella y fuera permanecen, estériles e inútiles como la arena de la ribera, no pueden comprenderle».

 

 

 

ORACIÓN FINAL

DE SAN JOSÉ DE CALASANZ

Señor Dios Omnipotente, suma y eterna Providencia,

Dios benignísimo y amabilísimo,

os ruego y suplico con todo el corazón y el afecto

que me es posible,

que os dignéis exaltar  vuestra Santa Iglesia Católica;

 conservar al Sumo Pontífice vuestro Vicario en la Tierra,

y  asistirlo continuamente,

para que haga siempre vuestra santa voluntad;

unir en paz y verdadera concordia

a todos los Príncipes Cristianos;

extirpar todas las herejías y  errores;

iluminar con el conocimiento de la verdadera Fe

a todos los Paganos e Infieles;  

y finalmente que os dignéis impartir

sobre todas las creaturas en este Mundo

los rayos de  vuestra Beneficiencia.

 

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

 

Ave María Purísima, sin pecado concebida.