domingo, 20 de noviembre de 2022

20 de noviembre. San Felix de Valois, confesor

 


20 de noviembre. San Felix de Valois, confesor

Félix, llamado al principio Hugo, nació en Francia de la familia real de los Valois. Desde niño dio indicios de su santidad futura y de su caridad para con los pobres, ya que siendo un infante distribuía de su mano limosnas a los necesitados como si tuviera la plena madurez. Ya mayor, tenía por costumbre enviar a los indigentes una parte de los platos de su mesa y reservaba a los niños pobres el plato más sabroso. Siendo adolescente se despojó varias veces de sus vestidos para abrigar a los mendigos, y obtuvo de su tío Thibaut, conde de Champaña y de Blois, gracia para un condenado a muerte, profetizando que este criminal, llegaría con el tiempo a una gran santidad de vida, predicción, que con el tiempo se cumplió.

Pasada su adolescencia, el gusto por la contemplación de las cosas celestiales le inspiró el deseo de la soledad, pero quiso ordenarse sacerdote a fin de perder el derecho de sucesión al trono, que la ley sálica le aseguraba en la sucesión próxima. Ya ordenado, celebró con gran devoción su primera misa, y al poco se retiró a un desierto, donde, viviendo con una gran austeridad, alimentaba su alma con la abundancia de las gracias. Allí pasó algunos años en compañía de San Juan de Mata, doctor de París, el cual inspirado de lo alto, había buscado a Félix, al que encontró, por fin. Siguiendo el aviso que recibieron de Dios por medio de un ángel, se dirigieron a Roma para obtener del Papa una regla de vida especial. También el papa Inocencio III, mientras celebraba los santos Misterios, tuvo una revelación que le mostró la Orden que había de fundarse para la redención de los cautivos. El mismo Papa revistió a Félix y a su compañero con hábitos blancos con una cruz de dos colores, tal como el que llevaba el ángel que se les había aparecido. El Papa quiso que el nuevo Instituto, por la indicación simbólica del hábito de tres colores, llevara el nombre de la santísima Trinidad.

Tras recibir del Papa Inocencio III su regla, volvieron a la diócesis de Meaux, a Ciervo Frígido, donde Félix engrandeció el monasterio que poco antes había edificado con la ayuda de su compañero. Allí hizo florecer la observancia religiosa y la obra de la redención, que propagó con celo a otras provincias ayudado de sus discípulos. En este lugar recibió un favor de la Virgen Madre; en la noche de la vigilia de la Natividad de la Madre de Dios, por divina permisión, todos los hermanos se quedaron dormidos, no acudiendo a Maitines. Félix, que acostumbraba a velar, entró en el coro antes de la hora señalada, y vio a la Virgen revestida con el hábito de la Orden adornado de la cruz y acompañada de ángeles revestidos con el mismo hábito. Félix se juntó con ellos, y la Madre de Dios entonó las divinas alabanzas y les acompañó en el canto de todo el oficio. Parecía esto una invitación a dejar los coros de la tierra para ir a juntarse con los del cielo, pues un ángel le había advertido que estaba cercana su muerte. Por ello quiso exhortar a sus hijos para que practicaran la caridad con los pobres y cautivos, y entregó su alma a Dios, lleno de días y de méritos, en el año 1212, bajo el pontificado del mismo papa, Inocencio III.

 

Oremos.

Oh Dios, que por una celeste inspiración llamaste al bienaventurado Félix, tu Confesor, de la soledad del desierto a la obra de la redención de cautivos: concédenos, te rogamos, que obtengamos, por su intercesión, la gracia de vernos librados del cautiverio de nuestros pecados y de llegar a la patria celestial. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. R. Amén.