domingo, 18 de septiembre de 2022

18 de septiembre. San José de Cupertino, confesor

 


18 de septiembre. San José de Cupertino, confesor

José nació de padres piadosos en el año 1703, en Cupertino, ciudad sita en Salento, diócesis de Nardo. Prevenido por el amor de Dios, observó ya desde su infancia una gran simplicidad y pureza de costumbres. Librado por intercesión de la Virgen Madre de Dios de una larga y dolorosa enfermedad, soportada con paciencia, se entregó a las obras de piedad y a la práctica de las virtudes. Para unirse más con Dios, que le llamaba a cosas mayores, resolvió entrar en la Orden Seráfica. Tras varias vicisitudes, se cumplió su deseo, e ingresó en el Convento de Menores Conventuales en la Grotella. Le recibieron como lego por su ignorancia de las letras; pero la Providencia dispuso que fuera admitido entre los clérigos. Ordenado sacerdote después de sus votos solemnes, resolvió adquirir mayor perfección. Renunciando a todos los atractivos, y aun a cosas temporales indispensables para la vida, castigaba su cuerpo con cilicios, disciplinas, cadenas, y con todo género de mortificaciones. Al mismo tiempo, nutría su alma con el alimento de la oración y de la contemplación. El amor de Dios, del que estaba saturado su corazón desde niño, fue adquiriendo en él un ardor cada vez más maravilloso y del todo extraordinario.

Su ardiente caridad se manifestó en todo su esplendor en los éxtasis con que se veía transportado hacia Dios, y en los raptos que a menudo experimentaba. Cuando su espíritu se hallaba enajenado, bastaba la sola obediencia para que volviera en sí. Cultivaba esta virtud con celo, pues, según decía, se dejaba conducir por ella, y que habría preferido morir a dejar de obedecer. Puso tanto empeño en imitar la pobreza del patriarca seráfico, que en la hora de la muerte pudo decir a su superior, que, como religioso, nada tenía para dejar. Así, muerto para el mundo y para sí mismo, mostraba en su carne la vida de Jesús, pues, al percibir en los demás la llaga de la impureza, su cuerpo difundía un perfume milagroso, indicio de su castidad. A pesar de las tentaciones con que el inmundo espíritu le combatió mucho tiempo para tratar de empañar esta pureza, la conservó sin mancha, ya debido al rigor con que custodiaba sus sentidos, ya a las maceraciones con que castigaba su cuerpo, ya también a la protección de la purísima Virgen. Solía llamar su madre a María y la veneraba con todo su corazón como a la más tierna de las madres. Deseaba verla honrada por los demás, para que consiguieran con su protección, según decía, todos los bienes.

Esta solicitud del santo José, nacía de su caridad hacia el prójimo. Tal era su celo para con las almas, que trabajaba incansablemente para la salvación de todos. Extendíase también su caridad hacia todos cuantos veía sumidos en la pobreza, en la enfermedad o en otra tribulación; a ninguno dejaba de socorrer según le permitían sus recursos; sin exceptuar a los que le molestaban con sus reprensiones, ultrajes e injurias; cosas que aceptaba con la misma paciencia, mansedumbre y semblante apacible con que soportó las penosas vicisitudes que tuvo que soportar para obedecer a los superiores, o a las decisiones de la sagrada Congregación de la Inquisición, cuando se veía obligado a cambiar de residencia. A pesar de sentirse admirado por el pueblo, y hasta por magnates, a causa de su santidad y de las gracias que del cielo recibía, conservó una gran humildad, pues teniéndose por un gran pecador, pedía a Dios que retirara de él los dones con que le colmaba, y a los hombres que arrojaran su cadáver en un lugar donde no quedara memoria de él. Mas Dios, que exalta a los humildes, y que tanto había enriquecido en vida a su siervo con los dones de profecía, penetración de espíritus, curaciones y demás carismas, hizo su muerte preciosa a los ojos de aquellos a quienes él mismo había antes anunciado el momento y el lugar en que ocurriría. Murió a los 71 años, en Ocimo, Ancona, y Dios glorificó el lugar de su sepultura. Resplandeciendo con los milagros que realizó aun después de su muerte, fue declarado por Benito XIV entre los Beatos, y por Clemente XIII entre los Santos. Clemente XIV, de su misma Orden, extendió su Oficio y su Misa a toda la Iglesia.

 

Oremos.

Oh Dios, que dispusiste que al ser tu Hijo Unigénito elevado sobre la tierra atrajese a sí todas las cosas; concédenos propicio, por los méritos y ejemplos de tu seráfico confesor José, que elevados nosotros sobre las terrenas concupiscencias merezcamos llegar a aquel que contigo vive y reina. Que vive y reina en unión del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. R. Amén.