sábado, 17 de septiembre de 2022

17 de septiembre. La Impresión de las llagas de san Francisco

 


17 de septiembre. La Impresión de las llagas de san Francisco

 

De los Comentarios de S. Buenaventura, Obispo.

Leyenda de S. Francisco, cap. 17.

Francisco, siervo y ministro fiel de Jesucristo, se retiró dos años antes de morir, al monte Alvernia, para practicar un ayuno de 40 días en honor de San Miguel Arcángel. Ocurrió entonces que, sintiéndose lleno de las dulzuras espirituales propias de la contemplación, con que habitualmente se veía favorecido, y más abrasado cada vez en la llama de los celestiales deseos, comenzó a experimentar una afluencia de todos los dones sobrenaturales. Así, pues, mientras el seráfico ardor le transportaba hacia Dios, y un sentimiento de compasión le transformaba en aquel que quiso, por un exceso de amor, morir crucificado, hallándose una mañana en oración en la ladera de la montaña (a los pocos días de la Exaltación de la Santa Cruz), vio aparecérsele una especie de Serafín de seis alas brillantes y encendidas, que bajando del cielo en un raudo vuelo, se detuvo cerca del santo, al cual le pareció verle, no sólo con seis alas, sino además crucificado, con las manos y pies clavados en cruz, y las alas dispuestas a entrambos lados, de suerte que dos de ellas se levantaban sobre su cabeza, otras dos estaban desplegadas en actitud de vuelo, y con las dos restantes envolvía su cuerpo. Esta visión sumió en honda admiración a Francisco, penetrando su alma de un placer mezclado de dolor; pues si bien se gozaba a la vista familiar y bendita del Ángel, la crueldad de la crucifixión que contemplaba atravesaba su alma con una espada de dolorosa compasión.

Francisco sabía que el sufrimiento es incompatible con la inmortalidad de un espíritu seráfico; iluminado, empero, interiormente por aquel mismo que se le manifestaba, comprendió que si una visión de este género se había mostrado a sus ojos, era para enseñarle que no es el martirio del cuerpo, sino los ardores del corazón, lo que transforma el alma amiga de Jesucristo en perfecta imagen del divino crucificado. Al desaparecer la visión, después de departir íntimamente con Francisco, le dejó el alma inflamada en seráficos ardores y el cuerpo marcado con heridas semejantes a las que deja una crucifixión; como si, fundida y reblandecida su carne por la acción del fuego, hubiese recibido de súbito la impresión de un sello. Pues al momento se hicieron visibles en sus manos y pies las marcas de los clavos, con las cabezas grabadas en la palma de las manos y en la parte superior de los pies, y las puntas en el lado opuesto. Su costado derecho ofrecía una cicatriz roja, como la de una lanzada; más de una vez le manó de allí una sangre sagrada, mojando la túnica y sus vestidos.

Transformado en un hombre nuevo por este inaudito y sorprendente prodigio (era, en efecto, el primer caso de un hombre marcado, o mejor aún, adornado con las sagradas llagas), descendió de la montaña llevando en sí la imagen del Crucificado, esculpida, no en piedra ni en madera por un artista, sino en su propia carne por el dedo del Dios vivo. Como sabía que “es bueno mantener oculto el secreto del rey”, esforzábase aquel hombre, conocedor del misterio obrado en él por el Rey divino, en ocultar a los demás los estigmas. Mas a Dios corresponde revelar para gloria suya las grandes cosas por Él realizadas; así, el mismo Señor, que había impreso en secreto aquellas señales, quiso darlas a conocer por medio de milagros, haciendo que por los prodigios resplandeciera su virtud escondida y maravillosa. El aniversario de este hecho, tan digno de admiración, tan claramente comprobado, y enaltecido con grandes alabanzas y la concesión de favores especiales en las bulas pontificias, quiso el papa Benedicto XI que se celebrara una solemnidad, extendida más tarde por el Sumo Pontífice Paulo V a toda Iglesia, y destinada a encender en los corazones de los fieles el amor a Jesucristo crucificado.

 

Oremos.

Señor Jesucristo, que para inflamar nuestros corazones con el fuego de tu amor, al enfriarse el mundo, renovaste en el cuerpo del bienaventurado Francisco las sagradas llagas de tu Pasión: concédenos propicio que, por sus méritos y preces, llevemos constantemente la cruz, y hagamos dignos frutos de penitencia. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios por los siglos de los siglos. R. Amén.