26 DE FEBRERO
SAN PORFIRIO
OBISPO DE GAZA (352-420)
SOLÍA decir Santo Tomás de Villanueva que el camino de la perfección no es un camino de rosas; no se recorre de un vuelo feliz, sino paso a paso, en duro caminar: Non pervolanda, sed perambulanda est…
Vida victimal de grandes dimensiones —para no desmentir la sentencia— es la de San Porfirio, peregrino con la cruz a cuestas a lo largo de toda su carrera, siempre en lucha con su natural recoleto, con su alta fiebre de sufrir callado, de pasar inadvertido del mundo, para doblegarse, sin protestas, al divino querer que le reclama en un escenario más ostensible.
Nace en Tesalónica —Macedonia— el año 352. Dios le colma de bendiciones: carácter prócer, finura espiritual, espíritu austero, ingenio sutil, bondad profunda y sincera y el clima envidiable de una familia reciamente católica, en donde cobran prodigioso desarrollo esas dotes preclaras. Desde la primera edad frecuenta las mejores escuelas, sin que el contacto con la licenciosa juventud de su tiempo mancille su pureza de costumbres ni la integridad de su pensamiento. Una gracia de predilección y un instinto de natural rectitud le impelen a levantar el corazón a mayores ideales, a unir la erudición con la virtud, la doctrina con la piedad.
Henos ya frente al maestro joven y admirado, ante el comentarista de la Escritura, ante el mortal enemigo de Arrio y de Manes. ¿Quién, en Tesalónica, no celebra sus triunfos? Sólo Porfirio, agitado por apetencias de perfección, por deseos de caldear su vida, está insatisfecho de sí mismo: ha llegado a comprender la vacuidad de las escuelas y las cátedras humanas y se ha afirmado en el convencimiento de que sólo Dios puede llenar un corazón como el suyo, apasionado de la Verdad y la Sabiduría. i Sacrificio silencioso y oscuro del que pone toda su ciencia y sus talentos y las vibraciones más puras de su espíritu al servicio de Dios!
Poco a poco se define su vocación y aparece claro el camino que Dios le invita a seguir. Es el año 372. Porfirio se ha resuelto a dar el paso heroico. En el ardor de la vida, a los veinte años, cuando la juventud es fuego y llama, deja su patria y su familia y se retira al desierto de Escete, uno de los centros monásticos más importantes de Egipto. Aquí, cinco años de austerísima penitencia. Una dulce e irresistible atracción le lleva a los Santos Lugares. Se instala en una gruta a orillas del Jordán, en la que, acuciado por el recuerdo de Jesús y de Juan Bautista, prosigue su sistema de asombrosa maceración. Pero su naturaleza delicada no resiste las imposiciones de su exaltación religiosa. Debilitado hasta lo increíble, casi exhausto, se ve precisado a buscar en la compañía de los hombres algún lenitivo a sus acerbos sufrimientos. Un día en que sube, arrastrándose, las gradas del templo del Santo Sepulcro, un joven llamado Marcos —su futuro historiador —se le aproxima y le ofrece el brazo. Porfirio piensa en Jesucristo y rehúsa el alivio; pero a partir de este momento una estrecha y santa amistad los une hasta la muerte. Valiéndose de este fiel compañero, rompe el último lazo que le ata al mundo, al desprenderse de la inmensa fortuna heredada de sus padres, que Marcos distribuye entre los pobres de la Ciudad Santa y los monasterios de Egipto y Palestina. Mientras tanto, su salud declina de modo alarmante. Reducido a la más lastimosa impotencia, aún tiene arrestos para gatear hasta la cumbre del Calvario, atraído por un impulso superior. Ya en la cima santa, se le aparece Jesucristo crucificado, el cual, desclavándose de la cruz, se la coloca al Santo sobre los hombros mientras le dice: «Toma este leño y guárdalo». ¿Qué significa esto? Porfirio cree dar recta interpretación a la divina sugerencia renovando el régimen anacorético, y vuelve a soñar con la soledad…
¡Vida más dura le esperaba!
La cruz más pesada para un santo es la de los honores y la admiración. Y ésa va a gravitar sobre sus espaldas abrumadoramente. Descubierto el tesoro por el Patriarca de Jerusalén, es ordenado sacerdote y nombrado Guardián del Santo Sepulcro. En 395, muere Eneas, obispo de Gaza. Porfirio nada puede hacer para rehuir el episcopado. Una diócesis infestada de idólatras, herejes y libertinos. Una diócesis a la medida de su espíritu gigante, templado en la aspereza del desierto. El nuevo Pastor cumple el ideal del gran obispo, del piloto experimentado, del padre amante y solícito. Predica, instruye, discute, gestiona y realiza un apostolado lleno de frutos prodigiosos, de prodigiosa caridad. Su palabra es dulce y consoladora para los fieles y terrible para los que obran la maldad. Los sacerdotes idolátricos le odian a muerte y tratan de acibararle la existencia por todos los medios, más él desbarata sus maquinaciones con los más estupendos milagros: porque su palabra lo mismo amansa una tempestad, que atrae la lluvia sobre los campos asolados o derriba las estatuas de Venus y Júpiter, o destruye el templo de Marnas para edificar sobre sus ruinas la bella iglesia de Eudoxia. Ayudado por la gran Emperatriz, logra la publicación de un decreto ordenando la demolición de todos los templos paganos. Una de sus más brillantes actuaciones públicas tiene lugar en 415, al asistir al Concilio de Lida, ante el cual comparece el heresiarca Pelagio…
Cinco años más tarde caía Porfirio bajo el peso de su cruz, víctima voluntaria de aquella dislocación violenta y gloriosa en que viviera por amor a Dios...