IGLESIA DEL SALVADOR DE TOLEDO (ESPAÑA)

Forma Extraordinaria del Rito Romano

Sábado 7 de diciembre. Primer sábado de mes. 17:45 I Vísperas de la Inmaculada, seguida la Santa misa y adoración y rezo del rosario meditado *** No habrá misa de 8:15.

Domingo, 8 de diciembre. LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN. Santa misa cantada a las 10:00..

***MISA MENSUAL EN LUGO. 7 de diciembre. Santa misa a las 17:30 horas, en la capilla del Carmen, sita en la calle del Carmen, en Lugo, justo a la salida de la puerta homónima de la muralla de la ciudad.

Para cualquier cuestión relacionada con la celebración de la Santa Misa por el modo extraordinario en Lugo, así como para recibir avisos, si lo desea, puede ponerse en contacto con nosotros mediante la siguiente dirección de correo electrónico: misatridentinalugo@hotmail.com

domingo, 28 de abril de 2019

DE LA FE QUE PENETRA AL ALMA RESUCITADA SEGÚN LA GRACIA. San Juan Bautista de la Salle


De la Fe que penetra al alma resucitada según la Gracia. 
 MEDITACIÓN PARA EL DOMINGO DE CUASIMODO
San Juan Bautista de la Salle 

Jesucristo entra hoy en el aposento donde, a puerta cerrada, se habían congregado los Apóstoles después de la Resurrección (1), para significarnos que el alma no vivificada por la vida nueva, por la vida de gracia, cierra sus puertas a todos los impulsos interiores del espíritu de Dios, y las abre solo a los movimientos humanos y naturales.  
Es ése uno de los efectos producidos por la ceguera espiritual y la dureza del corazón, que causa en nosotros la culpa: de él se sigue que hombres expertos en los negocios humanos carezcan de toda luz y capacidad para lo referente a Dios y a su servicio, según Jesucristo nos lo da a conocer cuando dice que, de ordinario, son más sagaces y avisados en sus negocios temporales los hijos del siglo, que la mayor parte de los hijos de la luz, en lo concerniente a su bien espiritual y a la salvación del alma (2).
¿No os halláis vosotros entre éstos?
Al penetrar en aquella estancia, irradió Jesucristo de Sí tal impresión de divinidad, quen santo Tomás, hasta entonces incrédulo, se sintió totalmente penetrado por ella, a la sola vista del Señor y de sus llagas. Es que Jesucristo le inundó de fe y le descubrió en un instante, por cierta luz y penetración de esa misma fe, lo que hasta entonces le había estado escondido.
De igual modo, al entrar en el alma Jesucristo, la eleva en tal forma, por la fe que le infunde, sobre todos los sentimientos humanos, que ya no percibe cosa alguna sino a su luz; y nada que pueda acontecerle es capaz de perturbarla o apartarla del servicio de Dios, ni síquiera de entibiar lo más mínimo el ardor con que tiende hacia Él. Porque las tinieblas que antes ofuscaban su espíritu se han trocado en luz admirable, de forma que, en lo sucesivo, nada ve ya que no sea con los ojos de la fe.
¿Os sentís vosotros en tal disposición? Pedid a Jesucristo resucitado que os ponga en ella.
Penetrado santo Tomás de esa luz y sentimiento de fe, no pudo menos de exclamar a la vista de Jesucristo: Señor mío y Dios mío (3). Hasta entonces había mirado únicamente a Jesucristo con los ojos viciados y entenebrecidos de la incredulidad, y no había podido descubrir su condición divina, velada por las sombras de la naturaleza humana. Pero, a favor de esta iluminación de fe, por la que tan vigorosa impresión había recibido su alma, gracias a la presencia del Salvador resucitado; descubrió en El todo lo divino que en Sí encerraba. Su fe, así fortalecida, le dio arrojo para confesar que quien murió en cruz y había permanecido enterrado en el sepulcro era su " Señor y su Dios ".
¡Tan cierto es que el alma penetrada por sentimientos de fe, en tal grado se eleva hasta Dios, que ya no conoce más que a Dios, no estima nada sino a Dios ni gusta de otra cosa que de Dios! Y de tal modo, que no puede en adelante aplicarse sino a Dios. Porque, iluminada con las luces sobrenaturales, pierde el alma todo gusto a las cosas de la tierra, y no puede mirarlas en lo sucesivo sino con desdén.
En tal disposición se hallaba san Francisco cuando totalmente transido de fe, y abrasado en el amor de Dios, repetía de continuo: " ¡Dios mío y todas mis cosas! "
Procurad poneros hoy vosotros en parecidas disposiciones.

EVANGELIO DEL DÍA: SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO

DOMINGO IN ALBIS
DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA
Forma Extraordinaria del Rito Romano
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
 Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
Jn 20,19-31
 
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martes, 23 de abril de 2019

LA PAZ INTERIOR Y LOS MEDIOS DE CONSERVARLA



 De la paz interior y de los medios para conservarla.
MEDITACIÓN PARA EL MARTES DE PASCUA 
San Juan Bautista de la Salle  

Al aparecerse Jesucristo a sus discípulos el día de la Resurrección, les dijo: La paz sea con vosotros (1). Nos dio a entender con ello que una de las principales muestras de que alguien ha emprendido vida nueva, o sea, vida interior y espiritual, y de que ha resucitado con Jesucristo, es si goza de paz dentro de sí.

Muchas personas que, al parecer, son espirituales y tienen paz interior, carecen realmente de ella - debe aplicárseles aquello que dice Jeremías: Gritan. ¡Paz, paz! cuando no hay paz (2).

Tales personas son, en apariencia, las más piadosas y devotas del mundo; hablan muy bien y con gusto de cosas espirituales, y sienten con frecuencia la presencia de Dios en la oración, pero decidles una palabra más alta que otra; haced algo que les desagrade, y las veréis luego descompuestas y turbadas.

Pierden la paz porque no están sólidamente establecidas en la virtud, ni han trabajado seriamente en dominar dentro de sí los movimientos de la naturaleza.

¿No os contáis, acaso, vosotros entre ellas? Hay que entregarse a Dios de forma más sólida y sincera.

Como la verdadera paz interior procede de la caridad, nada tan propio para perderla como aquello que destruye la caridad, y el amor de Dios.

¿Qué nos separará, dice san Pablo, de la caridad de Jesucristo? ¿Será la tribulación, esto es, las penas, tanto interiores como exteriores? ¿Será la desolación, quiere decir, lo que puede ocasionarnos algún disgusto, como el apartamiento o pérdida de cierta cosa a la que vivíamos apegados? ¿Será el hambre, porque vivimos en casa pobre, y la alimentación lo es también? ¿Será la desnudez por vestir hábitos raídos y remendados, que os ocasionan confusión ante el mundo? ¿Será algún peligro en que os veáis expuestos a perder la salud y quizá la vida? ¿Será la persecución que pueda sobrevenir, ya a la comunidad, ya a vosotros personalmente, como las injurias o los ultrajes que intenten inferiros? ¿Será la espada de alguna calumnia que acaso os levantaren, o una fuerte reprensión que hubiereis tenido que soportar, por cierta falta que se os impute? Nada de todo esto será suficiente para alterar en vosotros la paz interior si es verdadera, porque nada de ello podrá arrebataros la caridad (3).

¿Os halláis en esa disposición? Si no la tenéis, procurad adquirirla por la violencia frecuente que os hagáis a vosotros mismos.

La razón que aduce san Pablo de que todos los males que él enumera, ni ninguna otra cosa sea suficiente para arrebataros la caridad y la paz interior, es que habéis de estar dispuestos, por amor de Dios, a mortificaros a vosotros mismos y a soportar que los demás os mortifiquen de continuo interior y exteriormente.

Y también, que " debéis holgaros de que los demás os consideren y de consideraros a vosotros como ovejas destinadas al matadero, que se dejan degollar sin quejarse ni descubrir exteriormente el menor disgusto " (4).

De ahí que prosiga diciendo el Apóstol: " En medio de todos esos males que puedan causaros, debéis triunfar siempre por la virtud de Aquel que os amó, Jesucristo; porque ni la muerte, ni la vida, ni criatura alguna podrán jamás separaros de la caridad de Dios que os une a Jesucristo nuestro Señor " (5).

lunes, 22 de abril de 2019

SOBRE EL MODO DE COMPORTARSE EN LAS CONVERSACIONES



Sobre el modo de comportarse en las conversaciones  
MEDITACIÓN PARA EL LUNES DE PASCUA  
San Juan Bautista de la Salle


Una de las cosas que primero deben hacer quienes han resucitado con Jesucristo y aspiran a llevar vida nueva, es ordenar bien sus conversaciones, procurando que sean santas y agradables a Dios.

Pues acontece de ordinario que, cuando se cometen más faltas y de mayor entidad, sobre todo en las comunidades, es durante los recreos. Por lo cual ha de velarse con el mayor cuidado para que no resulten dañosos.

A fin de conseguirlo, nada mejor puede hacerse que imitar el ejemplo dado por Jesucristo en la plática que mantuvo con los dos discípulos que se dirigían a Emaús, y en la que éstos tuvieron entre sí antes de que Jesucristo se juntara con ellos, y después que los dejó.

¿Tenéis la precaución de tomar a Jesucristo por dechado de vuestras conversaciones y recreos? ¿Vais a ellos con el propósito de edificaros mutuamente? Como los discípulos de Emaús, ¿salís de ellos abrasados en el amor divino, mejor informados acerca de vuestras obligaciones, y más resueltos a cumplirlas fielmente? ¿Es semejante al suyo el tema de vuestros coloquios? ¿Sus máximas y prácticas son, de cuando en cuando, asunto de vuestras conversaciones?

Ese será el medio de sacar provecho hasta de los ratos que os concede la obediencia para dar tregua a vuestros quehaceres, y recrearos.

A fin de conformar vuestras pláticas con la de estos dos discípulos y la de Jesucristo con ellos, bueno será que consideréis, primero, sobre qué hablaban entre sí; es a saber, exclusivamente de cosas edificantes: lo que había ocurrido en Jerusalén a la muerte de Jesucristo, sus obras santas, sus milagros y vida admirable, que le había granjeado tanta honra delante de todo el pueblo, el cual le tenía por altísimo profeta e incluso por el Mesías que había de libertar a Israel. Hablaban también del rumor que se propalaba sobre su resurrección (1).

Asuntos de esta índole son los que deben dar materia ordinaria de conversación a los religiosos y a las personas que viven juntos en comunidad. Pues se han retirado y alejado del mundo, sus pláticas tienen que ser también totalmente distintas de las que acostumbran los mundanos: de poco les serviría haber dejado el siglo con el cuerpo, si no adquiriesen un espíritu que se le oponga también. Y deben manifestarlo, particularmente, en las conversaciones.

Los preciosos bienes que de su conversación sacaron estos dos discípulos fueron los siguientes:

En primer lugar, Jesucristo se les juntó (2); ése es también el fruto de los coloquios santos: contar con Jesucristo en ellos.

En segundo lugar, su corazón ardía vivamente en deseos de practicar el bien, y se inflamó en el amor divino (3); es otro de los provechos que traen consigo las pláticas espirituales tenidas durante los recreos: salir de ellas enardecidos y animados a obrar el bien.

En tercer lugar, como prueba del contento que recibió Jesús de la conversación de los discípulos, les acompañó al lugar adonde se dirigían, y permaneció allí con ellos (4); de igual manera se complacerá Jesús con vosotros cuando habléis gustosos de El y de cuanto a El, pueda aficionaros.

En cuarto lugar, por fin, Jesús les dio su sagrado Cuerpo, y ellos le reconocieron (5). Vosotros experimentaréis felicidad semejante siempre que platiquéis gustosos sobre asuntos de piedad: Jesucristo, que estará en medio de vosotros, se os dará y os comunicará su Espíritu.

Y en la proporción en que habléis de Él y de cuanto le concierne, aprenderéis a conocerle, y a gustar el bien y sus sagradas máximas.

domingo, 21 de abril de 2019

CONSIDERACIONES DE LA RESURRECCIÓN. Beato Miguel Sopoćko




“La resurrección de Jesús fue la corona de la vida y del trabajo del Salvador del mundo.
(...) Lo que el Salvador inició en la montaña del Tabor, se hizo ahora plena realidad: cubrió su cuerpo con luz y belleza, lo espiritualizó enteramente, lo hizo sutil y penetrable, completamente dependiente de su voluntad. (...) Nosotros también anhelamos una vida glorificada, un cuerpo espiritualizado, la espiritualización de las formas externas. Queremos vivir la Pascua, ansiamos la victoria de nuestra alma sobre los bajos instintos de nuestro cuerpo y llegar a la feliz eternidad.
(...) ¿Resucitaremos? Para asegurarnos de esta verdad, recordemos que es dogma de nuestra fe: “La resurrección del cuerpo”. Sobre todo, deberíamos, ya en esta vida, resucitar espiritualmente. (...) Hay muertos en el espíritu a los que se podría llamar: cadáveres vivos. La Sagrada Escritura dice: “Conozco tus obras y que tienes nombre de vivo, pero estás muerto. Estate alerta y consolida lo demás, que está para morir, pues no he hallado perfectas tus obras en la presencia de mi Dios” (Ap 3, 1- 2). Muerto está el hombre que vive solamente para el mundo terrenal, trabaja, crea y busca la fama terrestre. Es la tragedia de la vida terrenal, mundana, la vida de los desconfiados.
(...) La vida ociosa y estéril, privada de espíritu, no se convertirá en vida eterna, como tampoco de una bellota vacía crecerá un roble. Por eso, ya aquí en la tierra, debería llevar una vida con miras a la eternidad, o sea, una vida sobrenatural. Pues debo pensar, querer, sufrir, luchar, alegrarme y amar, de acuerdo con las máximas de la fe.
“... y vosotros daréis también testimonio porque estáis conmigo desde el principio” (J 15, 27). Estas palabras dirigidas a los Apóstoles se refieren también a mí. Tengo que dar testimonio de Jesús con mi vida, con mis actividades de cada día. Tiene que ser un testimonio de virtud y de santidad, de palabras y hechos, tal vez un testimonio de sangre y martirio; o, por lo menos, testimonio de la misericordia sobre el cuerpo y el espíritu de los prójimos. Sé que, solo, no soy capaz de hacerlo.
Por eso, Espíritu Santo, ¡ayúdame! Me doy cuenta de que tengo que dar testimonio, pero sin Tu soplo no puedo. ¡Crea pues en mí un espíritu nuevo! Con un rayo de la gloria celeste ilumina mi cara que está palideciendo. Dame alas para que me alce a una cumbre de alegría, para que lleve mi barco a las profundidades, para que no me hunda en la orilla”.

SOBRE LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO. San Juan Bautista de la Salle

 
PARA EL DOMINGO DE PASCUA
San Juan Bautista de la Salle
Sobre la Resurrección de Jesucristo 
Es hoy fiesta y día de júbilo para toda la Iglesia. Por eso, tan repetida y solemnemente, se cantan en él aquellas palabras del Real Profeta: Éste es el día que hizo el Señor, ¡jubilemos y alegrémonos en él! (1). La Resurrección de Jesucristo es, verdaderamente a un mismo tiempo, gloriosísima para Él y utilísima a todos los fieles.
Gloriosa para Jesucristo, porque con ella venció a la muerte, lo que obliga a decir a san Pablo: Jesucristo resucitó para gloria de su Padre y, una vez resucitado, ya no muere; la muerte no tiene ya dominio sobre El (2).
Útil para nosotros porque es la prenda segura de nuestra resurrección: " Estamos ciertos, añade el Apóstol, de que así como todos murieron en Adán, todos también resucitarán en Jesucristo " (3). Éste es, pues, el día venturoso en que, como agrega asimismo san Pablo, la muerte fue destruida sin remedio (4).
Alegraos, con toda la Iglesia, de favor tan señalado, y tributad por él a Jesucristo nuestro Señor humildísimas acciones de gracias.
La Resurrección de Jesucristo resulta, además, gloriosa para Él y venturosa para nosotros, porque por ella acabó con el pecado: No resucitó Jesucristo, según enseña el Apóstol, sino con el fin de que vivamos vida nueva; seguros de que, pues fuimos injertados en El por la semejanza de la muerte, lo seremos también por la semejanza de su Resurrección y de que, si morimos con Jesucristo al pecado, viviremos también con Él (5).
Pues, al resucitar, exterminó Jesucristo el pecado; procurad vosotros, siguiendo el aviso del Apóstol, que no reine ya e¿ pecado en vuestro cuerpo mortal (6): clavad la carne con todas sus aficiones desordenadas, a la Cruz de Jesucristo " (7), y Él hará de antemano partícipe a vuestro cuerpo de la incorruptibilidad del suyo, preservándolo del pecado, que es principio de toda corrupción.
La Resurrección de Jesucristo debe procuraros también la ventura de resucitar espiritualmente, haciéndoos vivir según la gracia, o sea, impulsándoos a emprender vida del todo nueva y celestial.
Para conseguirlo en la práctica, y dar pruebas de que habéis resucitado con Jesucristo, buscad las cosas de arriba: amad las cosas del cielo y no las de la tierra, como dice san Pablo. Alejaos tan resueltamente del trato con los hombres, que vuestra vida les quede oculta y se deslice toda ella escondida con Jesucristo en Dios (8). Mortificad vuestros cuerpos terrenales, dice el mismo Apóstol; despojaos del hombre viejo y vestíos del nuevo (9).
Haced patente con vuestro proceder que la Resurrección de Jesús ha producido en vosotros tan excelentes resultado.

EVANGELIO DEL DOMINGO. RESUCITÓ

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN
Forma Extraordinaria del Rito Romano

En aquel  tiempo: María Magdalena, y María, madre de Santiago, y Salomé compraron aromas para venir y embalsamar a Jesús. Y muy de mañana, el primer día después del sábado,   llegaron al sepulcro, salido ya el sol. Decían entre sí: ¿Quién nos rodará la piedra de la entrada del sepulcro? Y mirando vieron rodada la piedra, que era muy grande. Y entrando en el sepulcro, vieron un joven sentado a la diestra, vestido de blanco, y se asustaron. Mas él les dijo: No temáis; buscáis a Jesús Nazareno, que fue crucificado; pues bien, resucitó; no está aquí; ved el lugar en donde le pusieron. Y ahora id y decid a sus discípulos y a Pedro que va delante de vosotros  a  Galilea;  allí  le veréis, como él os lo dijo. 
Marcos 16,1-7

COMENTARIOS AL EVANGELIO
ESTE SUCESO NOS INDICA QUÉ ES LO QUE DEBE HACERSE EN LA SANTA IGLESIA. San Gregorio Papa
SANTIDAD DE LA RESURRECCIÓN. Beato Columba Marmión
DOMINGO DE RESURRECCIÓN CON SANTA TERESA DE JESÚS
CRISTO, LA LUZ, ES FUEGO, ES LLAMA QUE DESTRUYE EL MAL. Benedicto XVI
LA MISERICORDIA VENCIÓ SOBRE EL PECADO Y LA MUERTE. Homilía del Sábado Santo 2016
RESUCITÓ AL TERCER DÍA. Homilía de la Vigilia Pascual 2015

sábado, 20 de abril de 2019

SOBRE LA CINCO LLAGAS DE JESUCRISTO. San Juan BAutista de la Salle

MEDITACIÓN PARA EL SÁBADO SANTO
San Juan Bautista de la Salle
Sobre las cinco llagas de Jesucristo
Adorad las cinco llagas de Jesucristo nuestro Señor y ponderad que no las conserva en su sagrado Cuerpo sino como señales gloriosas de la victoria que alcanzó sobre el infierno y el pecado; de los cuales rescató a los hombres por sus padecimientos y muerte.
Sabed, dice san Pedro, que habéis sido rescatados del vano vivir que habíais aprendido de vuestros padres, no con oro y plata, sino la sangre preciosa de Jesucristo, cordero sin mancilla (1).
¡Y sangre tan preciosa manó precisamente de esas sagradas heridas, las cuales nos recuerdan tan singular favor!
Poned, pues, con frecuencia los ojos en objeto tan santo; considerad las llagas del cuerpo de vuestro Salvador como otras tantas bocas que os echan en cara los pecados cometidos y os avivan el recuerdo de cuanto tuvo que padecer para borrarlos.
Estas sagradas heridas, según testimonio de san Pedro, no sólo adornan el cuerpo de Jesucristo; sirven también para enseñarnos que Jesucristo padeció con el fin de darnos ejemplo y de que caminemos en pos de El siguiendo sus pisadas. Llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero de la Cruz para que, muertos al pecado, viviéramos para la justicia, después de haber sido curados por sus contusiones y amorosas heridas (2).
Puesto que, según el mismo Apóstol, Jesucristo padeció en su carne la muerte: entended, al contemplar sus llagas, que deben estimularos a morir a vosotros mismos, y que todo el que ha muerto a la carne ha roto con el pecado, para vivir el resto del tiempo que ha de vivir en cuerpo mortal, no según las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios (3).
Eso es lo que debemos deducir de cuanto aquí nos enseña el Príncipe de los Apóstoles.
Así, pues, el fruto que la contemplación de las llagas de Jesucristo nuestro Señor debe producir en nosotros, ha de ser apartarnos por completo del pecado, mortificar las pasiones, y combatir las inclinaciones demasiado humanas y demasiado naturales.
Otro provecho pueden producir en nosotros las llagas del Señor: alentarnos al amor de los padecimientos, pues nos descubren cuán inclinado a padecer se mostró Jesucristo. Y si Él ha conservado en su cuerpo glorioso las cicatrices de sus heridas como ornamento y distintivo de honor; en vuestra condición de miembros de Jesucristo, habéis de teneros también por honrados vosotros cuando padezcáis como Él y por Él.
A ejemplo de san Pablo, " no debéis gloriaros sino en la Cruz de vuestro Salvador " (4).
Prosternaos con frecuencia ante las divinas llagas; miradlas como los manantiales de vuestra salvación; " meted la mano, con santo Tomás, en la herida del costado " (5), no tanto para consolidar vuestra fe; cuanto para penetrar, si es posible, hasta el Corazón de Jesús, y trasfundir de él al vuestro los sentimientos de la paciencia verdaderamente cristiana, de la entera resignación, de la perfecta conformidad con la voluntad divina y de valor tal, que os induzca a buscar las ocasiones de padecer.

viernes, 19 de abril de 2019

Via Crucis con Santa María Magdalena de Pazzi



AL LECTOR
Meditar en la Pasión del Señor es un elemento fundamental en la espiritualidad cristiana.
Los textos que hemos elegido son de la pasión de Jesús vivida por María Magdalena de Pazzi, edición del Carmelo de Carpineto Romano de 1998. 
Desde su infancia, Santa María Magdalena de Pazzi se sintió atraída por la contemplación de la Pasión de Cristo, siguiendo las Istruzioni et Avvisi para meditar en la pasión de Cristo del P. Gaspar Loarte (1498-1578). A partir de ese libro tomamos este pequeño texto que nos prepara bien para recorrer el camino de la cruz con nuestra Santa.
"Por tanto, cuando medites en la pasión y muerte de tu Redentor, que sea tu principal fin el enamorarte de aquel Señor, que tanto te amó y que con tantas pruebas te ha demostrado su amor. Toma en cuenta que todas esas llagas que contemplas en él son voces que gritan y dan testimonio de este su gran amor. Míralo en la cruz y comprenderás con esos signos como te invita y obliga a amarlo. Esos pies clavados te demuestran que él quiere esperarte. Esos brazos extendidos significan que desea abrazarte. Esa cabeza clavada de espinas da señal de que quiere darte el beso de la paz. Aquel lado abierto manifiesta que quiere darte un lugar en su corazón donde puedas encontrar reposo y seguridad".

I. María acompaña a Jesús en la Pasión
He aquí el fiel siervo de Abraham que va en busca de la novia de su hijo Isaac. Él la encuentra en la fuente y ella le ofrece una bebida...
Este es mi Novio que quiere dar toda la humanidad a su Padre eterno. Él encuentra a María, que está de acuerdo en que él sufra la pasión y encuentra en ella a la novia que él trataba de ofrecer al Padre eterno...
María le dio de beber, porque se conformó a la voluntad divina que él debía sufrir... ¡Oh, qué dulce fuente era aquélla que restauró la angustia de la pasión que ya había comenzado en el Verbo!

II. Jesús en el jardín de la agonía
Oh Padre eterno ¡Tú escuchaste a Moisés en el desierto! Habías dicho de tu Hijo: Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia. Escuchadlo. Tú ordenas una cosa y no quieres hacerla. Escuchadlo. ¿Cómo quieres que tu siervo escuche al hijo de un padre que no quiere escucharlo a él? Escuchadlo...
Oh Cristo mío, también dijiste que todo lo que pidamos en tu nombre se nos será dado, y ahora pides, y no se te otorga... Oh Cristo mío, Verbo eterno y novio mío ¿Cómo quieres que pueda tener confianza en las palabras que tú dijiste: Pedid y se os dará; buscad, y encontraréis; llamad, y se os abrirá, si tú llamas a los oídos de tu Padre eterno y no te escucha? Sin embargo, no se halló engaño en su boca... Pedías algo tan justo y sin embargo no se te escuchó.

III. Jesús es traicionado por Judas
Lo saluda con el beso de la paz. Saludo de paz, pero no para la paz y el amor, sino para traicionarte, Amor mío.
O Amor, lo llamaste amigo, pero si hubiera sido amigo tuyo no te habría traicionado. Amor, para ti él era un amigo, pero se convirtió en enemigo de sí mismo.
Amor, si te dejas besar por él, haz que tu novia e también las otras no se queden atrás. No con el fin de traicionarte, Amor, sino para amarte y unirnos a ti.

IV. Jesús es arrestado
Oh Amor, te atan con cadena de hierro. Oh Amor, cuántos amantes te atan, más bien, con una cadena de amor. Atan esas manos que han hecho todo por ellos y que los ha creado. Amor, átame a mí y a estas otras; haz que te atemos a ti en nosotras y Tú, Amor, átanos a nosotras en ti. Ellos te atan por odio, para atormentarte, para deshonrarte y darte la muerte; nosotras en cambio queremos atarte para alabarte, honrarte, y para que tú nos des vida, y tú quieres atarnos a nosotras en ti por amor. Amor, ata y une de nuevo a ti a aquellos que se han rebelado y se han apartado de ti. Otorga la luz, Amor, a los que no tienen fe, para que te reconozcan como su creador. Y a cuantos te esperan, Amor, haz que cada uno de ellos te ame.

V. Jesús es negado por Pedro
Oh Pedro ¿no recuerdas las promesas y advertencias? No una sola vez, sino tres veces lo negaste. Y también nosotros lo negamos. ¿Tal vez no negamos su poder cuando nos disculpamos por no ser capaces de hacer el bien, y con pesar disculpamos también nuestra fragilidad? ¿Tal vez no negamos su sabiduría cuando nos oponemos a su obrar? También negamos su grandeza y riqueza cuando nos aferramos demasiado a las cosas transitorias del mundo... Y cuando el Verbo alza sus ojos divinos, penetra en lo íntimo y te hace comprender todo... Pero ¡cuántas veces, bondad infinita, permites que tus siervos caigan en algún defecto simplemente para que luego tengan compasión de los otros!

VI. Jesús es juzgado por Pilato
No sé cómo llamarlo, pero he de decir: ¡maldito respeto humano, a qué conduce al hombre! Oh Pilato ¿qué te hizo hacer? Por respeto humano condenaste a la muerte al inocente. Sin embargo, esto ya se daba por descontado; hablamos de los que hoy ofenden gravemente a Dios con este vicio desagradable. ¿Cuántos, cuántos hay que se comportan peor que Pilato, en especial algunos superiores que más bien deberían ser ejemplo para los demás. Amor mío, haz que el respeto humano sea eliminado por completo de las criaturas para que ya no te ofendan más. Oh Pilato, a muchos les parece que tú seas perdonable, pero a mí no me parece, porque el Amor te ha mostrado más benevolencia a ti que a los demás, te ha hablado a ti mucho más y te ha dado amplia oportunidad de conocerlo, pero no lo supiste aprovechar.

VII. Jesús es ridiculizado por Herodes
Herodes, tú te alegras a pesar de ti mismo... Querías verlo para mofarte de él, creo yo... Lo mismo ocurre con los que se gozan en el bien, pero luego con las obras lo condenan...
Oh Herodes, por tu curiosidad no has merecido recibir ninguna respuesta...
Oh Amor, te ponen ese manto blanco, y lo hacen para burlarse de ti y para avergonzarte. Pero en esto se han engañado a sí mismos, porque no han comprendido lo que estaban haciendo; a pesar de ellos mismos, han mostrado tu inocencia, tu pureza, y también que eras virgen y habías tomado carne de la sangre pura de la Virgen María. Haz, Amor, que nosotros también seamos como tú: revestidos en este manto de inocencia y pureza.

VIII. Jesús es flagelado
Amor, ahora no puedo decir como el profeta: no te podrá golpear la desgracia, ninguna calamidad caerá sobre a tu tienda.
Amor ¿por qué te golpean tanto? ¿Qué hiciste? ¿Qué te falta a ti, Amor? ¿La sabiduría, la bondad, la misericordia, te falta piedad? ¿tal vez te falta amor?

IX. Jesús es coronado de espinas
Amor, has querido ser coronado de espinas para coronar a tus novias de gloria en el paraíso. Amor ¿quién merece más esta corona tan penetrante, Amor, oh amante? Amor, yo, yo la merezco: dámela a mí, dámela, Amor.

X. Aquí está el hombre
Aquí está el hombre. He aquí Dios hombre. Mostrándolo a los judíos, Pilato les dijo : He aquí el hombre, y éste le dice al Padre con tanto amor, mostrándole a la criatura: He aquí el hombre pecador. He aquí el hombre salvado. He aquí el hombre redimido. Oh Amor, haz que la criatura, redimida a un precio tan grande, no se pierde a sí misma.
XI. La multitud prefiere a Barrabás y no a Jesús
Quieres dejar contraponerte a Barrabás, y sin embargo, tú eres el que trae la muerte y da vida. Permites que prefieran a uno que está lleno de malicia e ignorancia. Y sin embargo, tú eres Dios de dioses y Señor de señores.
Tienen razón en no querer a Barrabás, porque su sangre no habría beneficiado en nada a ellos.
Incluso en el cielo, antes de que tú vinieses a sufrir la pasión por nosotros, fuiste confrontado con Barrabás; entre tu justicia y el pecado, fuiste propuesto tú, oh Verbo. ¿No es quizás el pecado muy diferente de ti, inocentísimo Verbo, como lo era el mismo Barrabás?

XII. La multitud pide la muerte de Jesús
¿Qué hacéis, ingratos? Habéis dicho: Bendito el que viene en nombre del Señor, y ahora decís: ¡Crucifícalo, crucifícalo!
Demuestras que es cierto lo que dijo la Verdad con su boca, que lo alababas con la boca pero con el corazón estabas lejos de él.

XIII. Jesús es crucificado entre dos ladrones
Justamente, Amor, fuiste puesto en medio de los ladrones: también tú, Amor, fuiste un ladrón porque le robaste al demonio la presa de nuestras almas. Ahora se puede decir en verdad, Amor, que dejaste las noventa y nueve ovejas, que viniste a buscar la centésima y te la has colocado sobre los hombros, dejando a las que siempre te elogiaban para venir a rescatar a ésta de la boca del lobo. No me sorprende que se haga tanta fiesta por un pecador, porque mi Amor descendió del cielo, y ha padecido mucho y padecería de nuevo, incluso por una sola alma.

XIV. Jesús es bajado de la cruz
Amor, adhiéreme a ti. Nunca te dejaré. Amor: Si no me adhieres a ti, adhiérete a mí. Ven, Amor: Quiero adherirte a mí con los tres clavos de la fe, la esperanza y la caridad.
Y cuando llegue el momento cuando te bajen de la cruz, Amor, elige mi corazón para tu entierro, y también los de estas mis hermanas.

SOBRE LA PASIÓN DEL SEÑOR. San Juan Bautista de la Salle

MEDITACIÓN PARA EL VIERNES SANTO 
SAn Juan Bautista de la Salle
Sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo 
No hay quien pueda concebir cuán sin medida fueron los dolores de Jesucristo en su pasión. Padeció en todas las partes de su ser.
Su alma fue oprimida de tristeza tan profunda y extremada que, no pudiendo darla a entender, se contentó con afirmar que " es imposible estar más triste sin morir " (1).
Y tal efecto produjo en Él, que le ocasionó sudor de sangre (2), y le redujo a tanta debilidad, que el Padre Eterno se vio precisado a enviarle un ángel que le confortase (3), sostuviese y pusiera en condiciones de sobrellevar hasta el fin todos los dolores de su Pasión.
Además, le cubrieron de oprobios y confusión; le colmaron de injurias, maldiciones y calumnias; fue pospuesto a un sedicioso, homicida y forajido.
¡A tal estado redujeron nuestras culpas al que es merecedor de todo género de estima, honor y respeto!
Jesucristo no padeció menos en su cuerpo que en su alma: fue maniatado y agarrotado indignamente por la soldadesca. Su cabeza fue coronada de espinas que le iban hincando a duros golpes de caña. Muchos le escupieron en el rostro; otros le dieron de bofetadas.
Fue azotado tan cruelmente, que la sangre corrió de todas las partes de su cuerpo. Diéronle a beber hiel y vinagre. Cargaron sobre sus hombros pesada cruz y fue, por fin, crucificado entre dos ladrones, después de atravesar sus manos y sus pies con enormes clavos. Su costado lo traspasó una lanza.
¿Qué crimen había cometido para ser así tratado Jesucristo? Y, con todo, la rabia de los judíos, dice san Bernardo, no quedaba aún satisfecha con haberle hecho padecer injustamente tantos tormentos.
¿Puede tratarse así a quien ninguna otra cosa tuvo a pechos sino hacer bien a todos?
Jesucristo hubo de padecer por parte de toda suerte de personas: uno de sus Apóstoles le traicionó, otro le negó, todos los demás huyeron y le dejaron indefenso en manos de sus enemigos.
Los príncipes de los sacerdotes despachan gente armada para prenderle. Los soldados le ultrajan. El pueblo se mofa de Él. Un rey le insulta y le arroja de su presencia con ludibrio tildándole de loco. El gobernador de la Judea dicta contra Él sentencia de muerte. Todos los judíos le miran como a malhechor, y todos los transeúntes blasfeman de Él.
¿Puede contemplarse al Hombre Dios en estado tan lastimoso sin concebir horror del pecado y sumo arrepentimiento de todos los cometidos? Pues no podemos ignorar que nuestros pecados son la causa de su muerte y de tantos padecimientos.
No querer abstenerse de pecar es no querer que Jesucristo cese de padecer. ¿No sabemos que cuantas veces pecamos otros tantos tormentos le infligimos? Le crucificamos de nuevo (4), según san Pablo, y le causamos otra clase de muerte, que le es aún más dolorosa y cruel que la primera.

VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

 


VIERNES SANTO: PASIÓN SEGÚN SAN JUAN

Textos de los Oficios - Viernes Santo

COMENTARIOS
El relato de la pasión según san Juan. (P. Silvio José Báez, ocd)
SANTA TERESA DE JESÚS: PONED LOS OJOS EN EL CRUCIFICADO
LOS SENTIMIENTOS DE CRISTO EN SU PASIÓN (3). AMOR A SU IGLESIA. San Aberto Hurtado
“PERDONAR LAS OFENSAS”. Homilía del Viernes Santo 2016
EL MONTE DE LA CRUZ
EL MISTERIO DE LA CRUZ. Homilía del Viernes Santo 2015

jueves, 18 de abril de 2019

SOBRE LA INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA. San Juan Bautista de la Salle

 
MEDITACIÓN PARA EL JUEVES SANTO
San Juan Bautista de la Salle
Sobre la institución del Sacramento de la Eucaristía. 
Este santo día es día venturoso para todos los fieles. Es el día en que Jesucristo instituyó el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.
En él se reproduce a Sí mismo, a fin de permanecer siempre con los suyos, hacerlos partícipes de su divinidad, y convertir sus corazones y sus cuerpos en Tabernáculos vivos, dentro de los cuales pueda descansar, como en morada apacible para El, honorifica y lo más provechosa que imaginarse pueda, para quienes le reciben.
Llevó a efecto Jesucristo esta institución, en provecho de sus Apóstoles y de todos aquellos que se les asemejan en el espíritu; y con el fin de comunicarles su Espíritu, les da su Cuerpo en este augusto sacramento.
Adorad a Jesucristo mientras tal obra realiza; uníos a sus intenciones, y tomad toda la parte que os corresponde en tan santa institución.
Al instituir ese sacramento, cambió Jesucristo el pan en su Carne y el vino en su Sangre. Hoy es el día en que, con toda propiedad, se convierte Jesús en pan vivo bajado del cielo (1), para unirse con nosotros, incorporarse a nosotros y comunicarse a la pequeñez de tan ruines criaturas.
Este pan del cielo se une a nuestra alma para nutrirla con el mismo Dios y, en expresión de Tertuliano, para cebarla con la Carne de Jesucristo, que se despoja de todo el fulgor de su divinidad a fin de asumir la apariencia del pan común, apariencia que carece de toda proporción con lo que encubre; puesto que ocupa el lugar del pan su propia substancia, objeto de veneración para los ángeles y los hombres.
Admirad esta sagrada institución; haceos merecedores por vuestra vida santa de beneficiaros de ella, y rogad hoy a Jesucristo que, al venir a vosotros, destruya totalmente vuestras inclinaciones y vuestro espíritu propio; de manera que no tengáis en lo sucesivo otras inclinaciones que las suyas, ni os guiéis ya sino por su Espíritu.
El amor que Jesucristo nos profesa es lo que le sugirió el propósito de instituir este divino Sacramento, para dársenos del todo y permanecer por siempre en nuestra compañía.
No ignoraba que, inmediatamente después, padecería y moriría por nosotros; que la ofrenda de Sí mismo en la Cruz, por Él tan ansiada, se verificaría una sola vez y que, luego de subir a los cielos, no aparecería ya entre los hombres. Por eso, queriendo demostrarnos su ternura y su bondad, antes de morir dejó a los Apóstoles y, en la persona de ellos, a toda la Iglesia, su Cuerpo y su Sangre, para que los tuvieran durante todos los siglos, como preciosa garantía del tierno amor que les profesaba.
Recibid hoy esta dádiva con veneración y hacimiento de gracias. Devolved a Jesús amor por amor, en atención a tan excelso beneficio; y el amor que le tengáis, no menos que el ansia de uniros a El, despierte en vosotros deseo encendido de comulgar con frecuencia.

EVANGELIO DEL DÍA: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo».

JUEVES SANTO
Forma Extraordinaria del Rito Romano
Evangelio según san Juan 13,1-15
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo;  y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro y este le dice: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?». Jesús le replicó: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde». Pedro le dice: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Simón Pedro le dice: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza». Jesús le dice: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos». Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios» Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?  Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.
 
 TEXTOS DE LA MISA: Jueves Santo
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miércoles, 17 de abril de 2019

EL DESEO DE JESUCRISTO DE PADECER Y MORIR. San Juan Bautista de la Salle

MEDITACIÓN PARA EL MIÉRCOLES SANTO
San Juan Bautista de la Salle
Sobre el deseo que Jesucristo tenía de padecer y morir. 
Jesucristo bajó únicamente del cielo a la tierra para efectuar la salvación de todos los hombres. Y sabiendo que tal designio no debería cumplirse sino a costa de muchos dolores suyos y de su muerte en la cruz; se ofreció, ya al encarnarse, para padecer en la medida que al Eterno Padre pluguiese, en satisfacción de nuestras culpas; porque era imposible, según san Pablo, que con sangre de toros y de machos cabríos se borrasen los pecados (1).
Por eso, al entrar en el mundo, dijo Jesucristo a Dios, según enseña también el Apóstol: Holocaustos y sacrificios por el pecado no fe agradaron; entonces dije: heme aquí que vengo para cumplir, oh Dios, tu voluntad (2). Y esta voluntad, añade el mismo san Pablo, es la que nos ha santificado, mediante la oblación que Jesucristo hizo de su cuerpo una sola vez (3).
Adorad la disposición santa que Jesucristo tenía al venir a la tierra y que, en lo sucesivo mantuvo siempre, de padecer y morir por nuestros pecados y los de todos los hombres. Agradecedle tan señalada bondad, y haceos dignos de recibir sus frutos, por vuestra personal participación en tales padecimientos.
El tierno amor de Jesucristo a los pecadores le instaba, no solo a disponerse para padecer y morir por nosotros, sino a desearlo ardientemente, hasta verse obligado a exclamar, suspirando por poner fin al pecado: Fuego vine a traer a la tierra; ¿qué he de desear sino que arda? (4).
Mas, como veía que este fuego del amor divino no podía prender en nosotros sin la extirpación del pecado, y que sólo podía éste ser destruido por sus padecimientos y muerte; hablando de ésta, se ve apremiado a añadir: Hay un bautismo con el que tengo de ser bautizado, y cuánto me tarda el verlo cumplido (5).
Con tales palabras nos descubre lo inmenso de la pena que experimenta al ver demorada por tanto tiempo la ejecución del decreto de su muerte, que tan provechosa había de ser para todos; pues su dilación hacía que se difiriese también la salvación de los hombres.
¿No os causa sonrojo que haya deseado tanto Jesucristo vuestra salvación y siga deseándola ahora con tanta vehemencia, y que correspondáis tan mal a ese su ardiente deseo?
No se contentó Jesucristo con mantener en Sí toda su vida el deseo de morir por nosotros: al ver acercarse la hora de su muerte, manifestó por ello tal gozo, que le obligó a declarar, dirigiéndose a sus Apóstoles, en la última Cena celebrada en su compañía, que hacia largo tiempo deseaba y aun era ardiente su deseo de comer esta Pascua con ellos (6).
Porque tenía presente que aquélla debía ser la última obra de su vida mortal, y la postrera comida con sus Discípulos, antes de padecer y de morir por nosotros; lo cual constituía para El su anhelo más vehemente.
Este mismo deseo le movió a decir poco antes de expirar: Sed tengo (7); palabra que los santos Padres aplican a la sed de nuestra salvación, que le torturaba. Y el mismo anhelo le forzó a exclamar también, ya moribundo: Todo está consumado (8); porque cuanto había querido padecer por nuestra salud con tanto ardor, quedaba finalizado.
Ahora sólo resta, por vuestra parte, como dice san Pablo: " acabar en vosotros lo que falta a la pasión de Jesucristo " (9); esto es, aplicárosla por la parte que toméis en sus padecimientos.
Haceos, pues, dignos de tal gracia.