domingo, 17 de octubre de 2021

DE LA ETERNIDAD Y DEL INFIERNO. SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

 


DE LA ETERNIDAD Y DEL INFIERNO

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO


Tradidit eum tortoribus, quoadusque universum debitum.

Entrégole en manos de los verdugos, hasta tanto que satisficiera la deuda por todo entero.

(Matth. XVIII, 34)

Dice el Evangelio de hoy, que habiendo administrado mal los bienes de su señor, un criado, se halló, al rendir las cuentas, que quedaba deudor de diez mil talentos; y queriendo el señor que los pagase, el criado le dijo: Ten un poco de paciencia, que yo te lo pagaré todo: Patientiam habe in me, et omnia reddam tibi. Más, movido el señor a compasión de aquel criado, le perdonó la deuda. Este mismo criado había fiado a otro compañero suyo cien denarios, y no pudiéndoselos éste pagar, le suplicó que le esperase algún plazo de tiempo; aquél, empero no quiso escucharle, sino que mandó ponerle en la cárcel.

Luego que su señor supo de ésta acción cruel, le llamó y le dijo: ¡Oh criado inicuo! Yo te he perdonado diez mil talentos. ¿Cómo es que tu no has tenido piedad de tu compañero, que solamente te debía cien denarios? En seguida le entregó en manos de los verdugos para que le atormentasen hasta tanto que satisfaciera la deuda toda por entero.Tradidit eum tortoribus, quoadusque reddered universum debitum. Aquí tenéis, oyentes míos descrita en éstas últimas palabras la sentencia de la eterna condenación que está preparada para los pecadores. Muriendo en pecado, son deudores a Dios de todas sus iniquidades; y porque no pueden ya satisfacerle en otra la vida por las culpas cometidas, deberán penar eternamente en el Infierno, puesto que quedan deudores a la divina justicia para siempre, es decir, por toda la eternidad. De esta desgraciada eternidad quiero hablaros hoy. Prestadme atención.

1. Gran pensamiento es el de la eternidad, como le llama San Agustín: Magna cogitatio. Dice el santo Doctor, que Dios nos hizo cristianos y nos instruyó en la fe para que pensemos en la eternidad: Ideo christiani sumus, ut semper de futuro sœculo cogitemus. Este pensamiento movió a dejar el mundo a tantos grandes de la tierra, que se despojaron de sus riquezas y fueron a encerrarse en un claustro para vivir allí pobres y penitentemente. Este pensamiento envió tantos jóvenes a las grutas y a los desiertos, y movió a tantos mártires a abrazar los tormentos y la muerte. Lo único que se proponían era salvar el alma por toda la eternidad, toda vez que en este mundo no tenemos una patria duradera -como dice San Pablo-, sino que buscamos la eterna: Non enim habemus hic manantem civitatem, sed futueam inquirimus. (Hebr. XIII, 14). En efecto, amados cristianos; este mundo que habitamos no es nuestra patria, sino solamente un lugar de paso, por el cual llegaremos en breve a la eternidad. Pero en la eternidad es muy distinta la mansión de los justos, que está llena de delicias, de la mansión de los pecadores, que es una cárcel llena de tormentos. A una de estas hemos de ir todos nosotros sin remedio, como dice San Ambrosio: In hanc vel in illam æternitatem cadam, ne cesse est. (S. Amb. in Psal. 118).

2. Y no olvidemos, que hemos de estar siempre en aquella de estas dos mansiones en que entremos una vez: Si lignum ceciderit, ibi erit (Eccl. XI, 3). Cuando cortan un árbol ¿hacia que lado cae? Hacia el que está inclinado. ¿A cual caerás tu, pecador que me oyes, cuando corte la muerte el árbol de tu vida? Caerás al lado que te inclines. Si te hallas inclinado hacia la parte del austro, esto es, en gracia de Dios; serás siempre feliz: pero si te inclinas al aquilón, serás siempre desgrciado: O siempre feliz en el Cielo, o siempre desgraciado y desesperado en el Infierno. El morir es una necesidad para todos los mortales, como nos lo enseña la fe y la misma experiencia; pero no sabemos cual de estas dos eternidades nos ha de caber después de la muerte: Necesse mori, post hæc autem dubia æternitas.

3. Esta incertidumbre de las dos eternidades ocupaba continuamente la imaginación de David, le quitaba el sueño y le tenía amedrentado, como dice el mismo real Profeta: “Estuvieron mis ojos abiertos antes de la madrugada, estaba como atónito y sin articular palabra: púseme a considerar los días antiguos, y  meditar en los años eternos”. San Cipriano hace esta pregunta: ¿Que cosa era la que inspiró a muchos santos, a practicar una vida que fue un continuo martirio, por las continuas asperezas con que castigan su propio cuerpo? Y responde el mismo Santo: Estas asperezas se las inspiraba el pensamiento de la eternidad. Cierto monje se encerró en una fosa, en la que no hacía otra cosa que exclamar: ¡Oh eternidad! ¡Oh eternidad! Aquella famosa pecadora, convertida por el abad Pafnucio, tenía siempre presente la eternidad , y decía: ¡Quién me asegura la eternidad feliz, y me liberta de la eternidad desgraciada! El mismo temor tuvo a San Andrés Avelino en un continuo terror y llanto hasta la muerte, de suerte, que preguntaba a cuantos veía: ¿Que dices tú? ¿Me salvaré o me condenaré para siempre?

4. ¡Oh si nosotros tuviésemos siempre presente la eternidad! No estuviéramos tan apegados a las cosas de este mundo. Por eso escribe San Gregorio: “El que tiene fija en su mente la eternidad, no se engríe en a prosperidad, ni se abate en la adversidad; y como nada tiene en el mundo que apetecer, nada tiene tampoco que temer. Únicamente desea la eternidad feliz, y únicamente teme la eternidad desgraciada”. Cierta señora estaba muy embebecida en las vanidades del mundo: fue a confesarse un día con el padre maestro de Ávila, quien le mandó fuese a su casa y pensase allí en estas dos palabras: siempre y jamás. La señora lo hizo así y desterró de su corazón el apego al mundo y lo consagró a Dios. San Agustín escribe: “El que piensa en la eternidad y no se convierte a Dios, o no tiene fe, o no tiene juicio” (S. Aug. in Soliloq.) En confirmación de ésta verdad, refiere San Juan Crisóstomo, que los gentiles echaban en cara a los cristianos que eran embusteros, o insensatos. Embusteros, si decían que creían lo que realmente no creían; o insensatos, porque creyendo en la eternidad, no por eso dejaban de pecar.

5. ¡Ay de los pecadores! dice San Cesáreo de Arlés. “Ellos entran en la eternidad sin haberla conocido; pero allí serán los gritos de dolor, cuando hayan en ella entrado y vean que no pueden salir. Al que ha de entrar en el Infierno, se le abre la puerta; pero luego que ha entrado, se le cierra para siempre”. Las llaves las tiene el mismo Dios, como dice San Juan: Et habeo claves mortis et inferni. (Apoc. I, 18); para darnos a entender, que el que ha tenido la desgracia de entrar allí, está condenado a no salir jamás. “La sentencia de los condenados, -dice San Juan Crisóstomoesta grabada sobre la columna de la eternidad, y no será jamás revocada”. En el Infierno no se cuentan ni los días ni los años. Dice San Antonino, que “si un condenado supiese que había de salir del Infierno, después de que pasen tantos millones de años cuantas gotas de agua tiene el mar, y átomos hay en la tierra, se alegraría mucho más de lo que se alegra un hombre condenado a la horca, cuando recibe la noticia de que le han perdonado, aún cuando además le hiciesen monarca del mundo”. Pero pasarán todos esos millones de años, y el Infierno del condenado apenas habrá comenzado. Más ¿de que sirve multiplicar millones y millones de años a la eternidad, si, como dice San Hilario, no ha de tener jamás fin? Ubi putas finem invenire ibi incipit. Por eso dice San Agustín, que “la eternidad no puede compararse con las cosas que tienen fin”: Quœ finem habent, cum æternitate comparari non possunt. (In Psal. XXXVI). Cualquiera condenado se contentará con hacer ese pacto con Dios, a saber: que Dios aumentará sus penas cuanto quisiera, señalando el término más remoto que le plugiese, con tal que tuviese fin. Empero la desgracia es, que este fin no ha de llegar jamás. ¿Con qué ha desaparecido para mi, todo término a mis males? Si: la trompeta de la divina justicia resuena sin cesar en el Infierno, recordando a los condenados, que sus penas han de durar siempre, y nunca, nunca han de acabar.

6. Si el Infierno no fuese eterno, no sería su pena tan grande como es: porque, como escribe Tomás de Kempis. “No es grande la pena que tiene fin”. Cuando un enfermo ha de sufrir una incisión, o una cauterización sobre una parte gangrenada de su cuerpo, el dolor es intenso, pero soportable porque termina presto. pero cuando el dolor es agudo, y dura muchos meses, se hace insoportable. ¡Ah infelices pecadores obcecados! Cuando aquí se les habla del Infierno suelen responder: Si voy allí tendré paciencia. Pero ¡Cómo mudarán de pensar cuando se ven en él! No se trata de sufrir allí algunos días o meses, ni de un dolor más o menos agudo: se trata de sufrirlos por toda la eternidad.

7. Jamás terminarán; jamás se atenuarán en lo más mínimo. El réprobo siempre sufrirá el mismo fuego, la misma privación de Dios, la misma tristeza, la misma desesperación; porque, como dice San Cipriano: “En la eternidad no se hace cambio ninguno”. Y esta misma idea de conocer anticipadamente todo aquello que ha de sufrir siempre, aumentará muchísimo su pena. Describiendo Daniel la felicidad de los bienaventurados, y la desgracia de los réprobos dice que: “Éstos verán siempre, y siempre tendrán fija en su imaginación su eterna desgracia; y por eso la eternidad los afligirá, no solamente con el peso de la pena presente, sino también con el de la futura, que es eterna”.

8. Y estas no son opiniones controvertidas entre los doctores; sino dogmas de fe, que están bien claros en las Sagradas Escrituras. La Escritura, empero replica un hereje, dice: Apartaos de mi, malditos, id al fuego eterno (Matth. XXV, 41); luego, lo que es eterno es el fuego, más no la pena de daño. Así habla este incrédulo; más habla neciamente. ¿A que fin hubiese Dios creado este fuego eterno, si no sirviese para castigar a los réprobos eternamente? Pero, para quitar todo pretexto de duda, muchos textos hay en la Escritura que dicen que no sólo es eterno él, sino también la pena de daño.

9. Me replicará quizá algún incrédulo: Pero ¿Cómo Dios siendo justo, puede castigar con una pena eterna un pecado que solo dura un momento? A esta objeción respondo que: “la gravedad de un delito no se mide por la duración del tiempo, sino por el peso de la malicia; y la malicia del pecado mortal es infinita”, como dice Santo Tomás“porque es una ofensa cometida contra Dios que es infinito en su bondad, en su omnipotencia, y en todos sus atributos”. “He ahí porque el condenado merece sufrir una pena infinita; no siendo, empero, capaz de tal pena ninguna criatura -añade Santo Tomás- Dios la hace infinita en la duración, más no en la intensión”. Además de esto, es cosa justa, que no cese la pena que merece el pecador mientras éste persevere contumaz en su pecado. Y por esta razón, así como en el Cielo es siempre premiada la virtud de los justos porque siempre dura, así en el Infierno es castigada siempre la culpa de los réprobos, porque siempre permanecen contumaces en ella. Escribe Eusebio Emiseno: Quia non recipit causæ remedium, carebit fine supplicium. Y está tan obstinado en su pecado el réprobo que se halla en los Infiernos, que aunque Dios le ofreciese el perdón de sus culpas, lo rehusaría por el odio grande que contra Dios abriga su corazón. Esto dice Dios por Jeremías (XV, 18) con estas palabras ¿Quare factus est dolor meus perpetuus, et plaga mea desperabilis, renuit curari? “Mi herida es incurable, porque yo no quiero que me curen” -dice el réprobo-. ¿Cómo pues, podrá Dios sanar la herida de la mala voluntad de los réprobos, cuando ellos rechazan y no quieren admitir el remedio, aunque se les ofrezca? Así el castigo de los réprobos se llama una espada, una venganza irrevocable. (Ezech. XXI, 5).

10. Y por la misma razón acaece, que la muerte, que es tan temible y nos espanta en este mundo, en el Infierno la desean los réprobos y no la pueden conseguir. En aquellos días buscarán los hombres la muerte y no la hallarán; desearán morir, y la muerte irá huyendo de ellos. (Apoc. IX, 6). Desearían ser exterminados y destruidos por no padecer eternamente; pero no hallarán éste remedio exterminador que les sugiere su misma desesperación. (Sap. I, 14). Cuando un hombre condenado a la horca ha sido arrojado por el verdugo y no puede ahogarle con presteza, éste espectáculo mueve al pueblo a compasión: pero los pobres condenados viven en continuas agonías de muerte, y no tienen otra muerte que el tormento que no puede quitarles la vida. Prima mors -dice San Agustín animam nolentem pellit de corpore, secunda mors nolentem tenet in corpore. “La primera muerte arranca el alma del cuerpo del pecador cuando él no quisiera morir; pero la segunda, que es la eterna, retiene su alma en el cuerpo cuando quisiera morir para terminar de una vez sus amargas penas”. El real Profeta dice: Sicut oves in Inferno positi sunt, mors depascet eos: “Como rebaños de ovejas serán metidos en el Infierno: la muerte se cebará en ellos eternamente” (Psal. XLVIII, 15). Y en efecto, es así. La oveja, cuando pace, arranca y come las hojas de la planta y deja la raíz. La planta no muere, sino que crece y se vuelve a cubrir de hojas. Pues lo mismo hace la muerte con los réprobos: los atormenta y los oprime de penas; pero les deja la vida, que es la raíz de sus tormentos.

11. Más, ya que para estos desgraciados no hay esperanza de salir del Infierno, sería menos doloroso que pudiesen engañarse y alucinarse a sí mismos, discurriendo de éste modo: Quizá Dios se moverá algún día a compasión de nosotros y nos librará de estos tormentos. Más no sucede así en el Infierno, donde no cabe tal alucinamiento; porque el condenado, así como sabe de positivo que hay Dios, sabe también que sus padecimientos no hn de terminar jamás: Existimasti inique, quod ero tui similis, arguam te, et statuam contra faciem tuam (Psal. XLIX, 21). Siempre verá sus pecados presentes y la sentencia de su eterna condenación.

12. Deduzcamos de todo lo que acabo de manifestar, amados oyentes míos, que el negocio de nuestra salud eterna debe ser el más interesante y el más esencial para nosotros. Se trata el dela eternidad, es decir de una felicidad que no tendrá fin si nos salvamos; o de una desgracia también eterna, si nos condenamos. Cuando Tomás Moro fue condenado a muerte por Enrique VIII, trató su mujer de moverle a que cediera a la voluntad del rey; pero él le habló de éste modo: “Dime Luisa, ¿cuántos años crees tú que podría yo vivir todavía? Ya ves que soy viejo. -Aún podrías vivir veinte años. -¡Oh esposa insensata! replicó el esposo. ¿Y quieres que por veinte años en este mundo, me condene por una eternidad en el otro?

13. ¡Oh Dios mío! Creemos en el Infierno, y sin embargo pecamos. Oyentes míos, no seamos nosotros tan necios como lo fueron tantos otros que ahora lloran sin remedio en los infiernos. ¿Que resta ya a los desgraciados de los placeres que disfrutaron en éste mundo? El Crisóstomo, hablando de los ricos y de los pobres exclama: ¡O infelix felicitas, quæ divitem ad æternam infelicitatem traxit! O feix, quæ pauperem ad æternitatis felicitatem perduxit. Los santos se sepultaron vivos en las grutas y los desiertos, para no verse sepultados después de la muerte en el Infierno por toda una eternidad. Aunque la eternidad fuese una cosa dudosa, deberíamos, sin embargo, hacer de nuestra parte los mayores esfuerzos para evitar los eternos tormentos del Infierno. Pero no cabe duda ninguna; porque es artículo de fe, que todos nosotros, al salir de esta vida, debemos entrar en la eternidad para ser en ella, o eternamente felices, o eternamente desgraciados. Santa Teresa decía que: “Muchos cristianos se condenan porque no tienen fe”. Avivemos pues nosotros esa virtud, que es la que nos allana la entrada en el Paraíso. Tengamos presente, que después de esta vida miserable hay otra que no tiene fin.

Valgámonos de todos los medios, y hagamos todo cuanto esté de nuestra parte, para asegurar esta vida que ha de ser eterna. Y si para conseguir este objeto es preciso separarnos del mundo, abandonémosle inmediatamente, siguiendo los consejos del que murió por nosotros en una cruz y nos dijo: El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue su cruz y sígame. Creedme, oyentes míos; el único modo de asegurar la eterna salvación es, hacer guerra a los vicios, e imitar las virtudes que Jesucristo nos enseñó. Hacedlo así, y yo, en su nombre, os aseguro, que evitaréis la eterna condenación, y disfrutaréis de su bienaventurada compañía por toda la eternidad en la gloria. Amén.

 

EVANGELIO DEL DOMINGO: PARÁBOLA DE LOS DOS DEUDORES

 


EVANGELIO DEL DOMINGO
XXI DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Forma Extraordinaria del Rito Romano
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: Se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: “Págame lo que me debes”. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».
Mt 18, 23-35

  TEXTOS DE LA MISA XXI domingo después de Pentecostés

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Homilía de maitines. ¡TERRIBLE SENTENCIA! San Jerónimo
TODO SE NOS CONVIERTE EN MOTIVO DE PREMIO. San Juan Crisóstomo

SOPORTAR CON PACIENCIA LOS DEFECTOS DEL PRÓJIMO. San Juan Bautista de la Salle

Benedicto XVI LA OFENSA SOLO SE PUEDE SUPERAR CON EL PERDÓN
 

sábado, 16 de octubre de 2021

AMOR A LA CRUZ. MES DEL ROSARIO. DIA 17

MES DEL ROSARIO

 

Postrados ante una imagen de la Santísima Virgen (si es posible de Nuestra Señora del Rosario) se dirá:

Por la señal...

 

Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, por ser Vos quien sois, bondad infinita, me pesa de haberos ofendido y propongo con vuestra gracia no pecar más; lo que espero mee concederéis por vuestra pasión y muerte, para perseverar en vuestro servicio hasta alabaros en el cielo. Amén

 

Se lee y medita la reflexión de cada día.

 

Día 17

La Cruz a cuestas

AMOR A LA CRUZ

Nuestro amadísimo Jesús, declarado inocente por todos los. tribunales que habían tenido la osadía de juzgarle, por permisión Divina, es sentenciado a la ignominiosa muerte de Cruz.

Penetremos en cuanto nos sea posible en las amorosas disposiciones del Corazón de Jesús, aceptando gustosísimo aquella sentencia, sometiéndose con caridad infinita a aquella muerte y abrazando con ternura la Cruz que se le presenta para que, cargado con ella, suba hasta la cima del Calvario.

¡Qué deseo tan grande de reconciliar a la Majestad de Dios con los hombres, reparando la gloria de su Eterno Padre, y qué amor tan excesivo a los ingratos pecadores!

La Santísima Virgen, que había acompañado a su Divino Hijo en todos sus padecimientos quiere seguirle de cerca, en su agonía y recibir su último suspiro.

En unión de las Santas Mujeres va a encontrar a su Jesús a la calle de la Amargura, le ve agobiado bajo el peso de la Cruz y que, a pesar de ser su Santa Humanidad superior a todas las criaturas, es tan inmenso el peso de los pecados del mundo figurados en aquel madero, que cae en el suelo ¡El que es la fortaleza de los cielos!

Levantado a empe1lones, prosigue su camino encontrándose la Santa Madre y el Divino Hijo, cruzándose sus· miradas llenas de infinita ternura y amargura grandísima. Sufre el Hijo al ver sufrir a la Madre y sufre la Madre por la pena de su Hijo, y esta reciprocidad de sentimientos son un martirio inconcebible.

Llevan al Inocente Cordero entre los sayones, y no pudiendo caminar con la prisa que éstos deseaban para verle pronto enclavado en la Cruz, temiendo que, por la falta de sangre vertida por los azotes, se les muriese en el camino, alquilaron a Simón Cirineo para que le ayudase a llevar la Cruz.

¡Con qué pena la Santísima Virgen descubría las ma1as intenciones de los enemigos de su Hijo, y cómo agradecería al Cirineo su ayuda!

Prestémosla nosotros, aceptando de corazón todas las cruces que el Señor se digne hacer pesar sobre nosotros. No nos quejemos por lo que tenemos que sufrir; son reliquias de la cruz de Nuestro Salvador. Siguiendo sus padecimientos y los dolores de la Virgen, ¿rehusaremos las penas que nos hacen alcanzar méritos si unimos nuestras cruces llevadas con amor a la cruz de Jesús?

 

PRÁCTICA

Cuanto tengamos que sufrir ofrezcámoslo unido a la cruz del Señor, por medio de la Santísima Virgen soportándolo por su amor.

 

PETICIÓN

Jaculatoria. Oh, María, Madre dolorida, ruega por nosotros.

Bendita sea tu pureza...

 

viernes, 15 de octubre de 2021

MANSEDUMBRE (2) MES DEL ROSARIO. DÍA 16

MES DEL ROSARIO

 

Postrados ante una imagen de la Santísima Virgen (si es posible de Nuestra Señora del Rosario) se dirá:

Por la señal...

 

Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, por ser Vos quien sois, bondad infinita, me pesa de haberos ofendido y propongo con vuestra gracia no pecar más; lo que espero mee concederéis por vuestra pasión y muerte, para perseverar en vuestro servicio hasta alabaros en el cielo. Amén

 

Se lee y medita la reflexión de cada día.

jueves, 14 de octubre de 2021

MANSEDUMBRE. MES DEL ROSARIO. DÍA 15

MES DEL ROSARIO

 

Postrados ante una imagen de la Santísima Virgen (si es posible de Nuestra Señora del Rosario) se dirá:

Por la señal...

 

Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, por ser Vos quien sois, bondad infinita, me pesa de haberos ofendido y propongo con vuestra gracia no pecar más; lo que espero mee concederéis por vuestra pasión y muerte, para perseverar en vuestro servicio hasta alabaros en el cielo. Amén

 

Se lee y medita la reflexión de cada día.

 

Día 15

La Coronación de espinas

MANSEDUMBRE

Contemplemos a nuestro adorable Redentor lleno de dolores y oprobios, sufriendo interior y exteriormente por nuestros pecados. Ultrajada su Divina Persona en su Augusta realeza, nos ofrece un perfecto modelo de mansedumbre.

Tejieron los soldados del pretorio una corona de agudísimas espinas, que ajustaron con crueldad sobre la cabeza de nuestro Redentor, haciendo penetrar en ella las espinas que tiñeron de sangre su frente divina, y poniéndole un viejo manto de púrpura sobre sus desgarradas espaldas, colocaron en su mano derecha una caña y así como rey de burla le saludaban doblando la rodilla y diciendo: "Dios te salve, rey de los judíos".

¡Qué dolores tan incomprensibles sufriría este Divino Rey de los cielos y tierra! Y los sufrió sin pronunciar una queja y sin dar la menor prueba de resistencia a lo que querían hacer de Él.

Y es que en su interior les perdonaba, lleno de misericordia y ofrecía por ellos mismos sus sufrimientos con una mansedumbre, que, a no estar poseídos del furor del infierno, admirara a sus mismos verdugos.

La Santísima Virgen, que penetraba todos los misterios de la Pasión de su Hijo, seguía en su imaginación todos sus martirios, taladrando su virginal corazón las espinas que traspasaban la Divina cabeza de aquel Hijo que había ella acariciado tantas veces con ternura maternal. Y a ejemplo del Salvador Divino pedía misericordia para los que tanto le atormentaban, y sufría en silencio.

¡Cuán imperfecta es nuestra mansedumbre! Si alguna vez ejercitamos esta preciosa virtud, que es uno de los frutos del Espíritu Santo, si sufrimos algún menosprecio o algo que hiere nuestro amor propio, si tenemos valor para callar, ¡cómo demostramos nuestro disgusto y cómo interiormente nos revelamos contra el que nos ha ofendido! Y es que sólo miramos las cosas humanamente, sin atender a los bienes que a nuestra alma proporciona una verdadera mansedumbre.

Sufrir con paciencia las flaquezas de nuestros prójimos, soportar sus defectos y no alterarnos por sus desatenciones y menosprecios, eso es señal de poseer la mansedumbre que en grado perfectísimo tuvieron en su vida mortal Nuestro Señor Jesucristo y la Santísima Virgen, nuestra celestial Madre.

 

PRÁCTICA

Suframos las ajenas flaquezas ejercitando nuestra mansedumbre para mortificar el amor propio, de suyo tan susceptible.

 

PETICIÓN

Jaculatoria. ¡Oh, Madre clementísima ruega por nosotros!

Bendita sea tu pureza...