IGLESIA DEL SALVADOR DE TOLEDO (ESPAÑA)

Forma Extraordinaria del Rito Romano

Martes, 19 de marzo. Solemnidad de san José, esposo de la Virgen. 17:45 Rosario y 18:00 Santa Misa. *** No habrá misa de 8:15

Sábado 23 de marzo. Conmemoración mensual del Padre Pío. 17:45 Rosario y 18:00 Santa Misa. *** No habrá misa de 8:15

Domingo, 24 de marzo. III domingo de Cuaresma. Santa misa cantada a las 10:00

*** MISA MENSUAL EN ALBACETE. Domingo,______________. A las 17:30 horas, en la Parroquia Purísima Concepción.

***MISA MENSUAL EN LUGO. Sábado, de abril. Santa misa a las 17:30 horas, en la capilla del Carmen, sita en la calle del Carmen, en Lugo, justo a la salida de la puerta homónima de la muralla de la ciudad.

Para cualquier cuestión relacionada con la celebración de la Santa Misa por el modo extraordinario en Lugo, así como para recibir avisos, si lo desea, puede ponerse en contacto con nosotros mediante la siguiente dirección de correo electrónico: misatridentinalugo@hotmail.com

martes, 19 de marzo de 2019

SED IMITADORES DE SAN JOSÉ. San Juan Bautista de la Salle

 
MEDITACIÓN PARA EL DÍA DE LA FIESTA DE SAN JOSÉ 
(19 de marzo)
San Juan Bautista de la Salle 
Encargado por Dios san José de cuidar y conducir en lo externo a Jesucristo; convenía grande mente que tuviera las cualidades y virtudes necesarias para desempeñar dignamente tan santo y relevante ministerio.
El Evangelio nos señala tres, que le cuadraban admirablemente para el cargo de que estaba investido: Fue justo, muy dócil en obedecer las órdenes de Dios (1), y diligentísimo en cuidar de cuanto concernía a la educación y conservación de Jesucristo (2).
La primera cualidad que el Evangelio atribuye a san José es que era justo; y ésa es también la que más necesitaba para poder tutelar a Jesucristo; pues, siendo Dios y la santidad misma, no hubiera resultado decoroso que quien estaba encargado de su custodia, careciese de santidad y justicia delante de Dios.
Era incluso de todo punto conveniente que, después de la Virgen María, fuera san José uno de los mayores santos que entonces vivían en el mundo; a fin de que tuviese cierta proporción con Jesucristo, que le estaba encomendado y debía ser objeto de sus atenciones.
El Evangelio afirma también de él que era justo " en la presencia de Dios "; esto es, del todo santo. Hasta hay motivo para creer que, en virtud de particular privilegio, fue exento en absoluto san José de pecado.
No menos que san José, desempeñáis vosotros un empleo santo, que tiene mucho parecido con el suyo, y exige, por consiguiente, que vuestra piedad y virtud no sean corrientes. Tomad, pues, por modelo a san José, ya que le tenéis por patrono y, para haceros dignos de vuestro ministerio, no descanséis hasta conseguir descollar en virtud, a ejemplo de este gran Santo.
La segunda virtud que, según el Evangelio, resalta en san José, es su santa y total sumisión a las disposiciones divinas. Dios le amonestó por un ángel que siguiera viviendo con la Virgen María, cuando dudaba si debía dejarla; e inmediatamente cesó de pensar en ello.
Nacido el Niño Jesús, le avisó Dios, de noche, que le condujera a Egipto, para ponerle a salvo de la persecución de Herodes; y san José se levantó al instante, partió para llevarle allá con la Virgen María su Madre (3).
Muerto Herodes, le comunicó Dios que debía regresar a Judea, y él lo puso en práctica sin demora.
¡Ah! ¡Cuán digna de admiración es la pronta y sencilla obediencia de este ilustre Santo, que no difirió ni un solo instante la ejecución de cuanto Dios quería de él.
¿Tomáis tan a pechos vosotros el cumplir la voluntad de Dios como San José? Si queréis que os colme Dios de gracias, tanto en vuestro favor como para educar cristianamente a los niños cuya tutela y formación os está encomendada, debéis imitarle en su amor y fidelidad a la obediencia; la cual os conviene más que ninguna otra virtud en vuestro estado y empleo, y e la que mayor caudal de gracias os merecerá.
El Evangelio propone también a nuestra admiración la diligencia con que san José cuidó del Santísimo Niño Jesús, manifestada en la celeridad con que le condujo a Egipto, así que recibió tal aviso de parte de Dios; en las precauciones que tomó, al regreso, para no ir a Judea, por causa del temor que le inspiraba Arquelao, que allí reinaba en sustitución de su padre Herodes (4); y en la pena que experimentó de haberle perdido en Jerusalén, como lo demuestran aquellas palabras de la Virgen Santísima: Tu padre y yo, llenos de aflicción, y grandemente preocupados por Ti, te hemos andado buscando (5).
Dos cosas suscitaban en san José solicitud tan singular para con Jesucristo: el encargo recibido del Padre Eterno, y el tierno amor que profesaba a Jesús.
Vosotros debéis poner en procurar que los niños con fiados a vuestros desvelos conserven o recobren la inocencia, y en apartar de ellos cuanto pudiere dificultar su educación o impedir que alcancen la piedad; la misma diligencia y amor que puso san José en llevar a efecto cuanto podía contribuir al bienestar del Niño Jesús.
Y la razón de ello es que estáis encargados de esos niños por orden de Dios, como san José lo estaba del Salvador del mundo. Ésa ha de ser también vuestra primera preocupación en el desempeño del cargo, si de seáis ser imitadores de san José: a él ninguna cosa podía llegarle tanto al alma como el remediar las necesidades del Niño Jesús.

EVANGELIO DEL DIA: José, hijo de David, no tengas recelo en recibir a María tu esposa porque lo que se ha engendrado en su vientre es obra del Espíritu Santo.


SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ, ESPOSO DE LA VIRGEN MARÍA
PATRONO DE LA IGLESIA UNIVERSAL
Forma Extraordinaria del Rito Romano
José, hijo de David, no tengas recelo en recibir a María tu esposa
porque lo que se ha engendrado en su vientre es obra del Espíritu Santo.
Evangelio según San Mateo 1,18-21.
Estando desposada la madre de Jesús, María, con José, antes de cohabitar, se halló que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. Mas José, su esposo, como era justo, y no quería delatarla, deliberó dejarla secretamente. Estando él en este pensamiento, he aquí que un ángel del Señor le apareció en sueños diciéndole: José, hijo de David, no temas recibir a María tu esposa: porque lo que en ella se ha engendrado es obra del Espíritu Santo. Y dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará a su pueblo de los pecados de ellos.


COMENTARIOS:
Sta Teresa de Jesús  VISIÓN DE LA VIRGEN Y SAN JOSÉ

lunes, 18 de marzo de 2019

ESCUCHAR A CRISTO. Homilía


 
Homilía del II domingo de Cuaresma 2019

La Cuaresma va avanzando. Cuaresma que es imagen –como nos dicen los Padres de la Iglesia y recuerda el catecismo mayor de san Pío X- del tiempo de nuestra propia vida, de nuestra peregrinación desde que hemos sido llamados a la existencia por Dios hasta que tengamos que presentarnos nuevamente ante él.

Una peregrinación que como el pueblo de Israel es en el desierto: 40 años -el tiempo de una vida- caminó Israel antes de entrar en la tierra prometida. Desierto donde no hay comodidad, donde todo es áspero y angosto, donde frío y calor son extremos; desierto donde falta alimento y bebida, desierto donde se sufre de soledad y desamparo, desierto que muchas veces con sus  espejismos nos hace perder el horizonte… desierto en el que nos faltan las referencias claras para orientarnos… 
Acordaos del pueblo de Israel, como a pesar de haber experimentado la actuación de Dios en su liberación de Egipto, tropieza, cae, protesta, reniega, se rebela, se pierde en la idolatría…
Una vida de desierto es la vida del hombre en este mundo. ¡Qué bien lo supo expresar el obispo compostelano, San Pedro de Mezonzo- en el rezo de la Salve a Nuestra Señora: A ti llamamos, los desterrados hijos de Eva, A ti suspiramos en este valle de lágrimas.
Al desierto de este mundo quiso venir nuestro Señor Jesucristo, para que admirásemos su deseo de ser en todo semejante a nosotros. Sufrió el desierto y no quiso librase de él, para que en el tuviésemos nosotros nuestra fortaleza. Por eso el apóstol san Pablo nos dirá: “Fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder.”

Esta peregrinación por el desierto no es un crucero o un paseo cómodo… sino que se presenta como combate y lucha, porque en el desierto se hace presente Satanás para tentarnos. Y en esto también Nuestro Señor Jesucristo consintió ser igual a nosotros. Se dejó ser tentado, para que nosotros venciésemos también apoyados en su victoria.
Este combate y lucha dura toda la vida. Milicia es la vida del hombre sobre la tierra. (Job)  porque “el demonio, que como león rugiente busca a quien devorar.” 
El Apóstol san Pablo lo sabe y por ello nos dice en la carta a los efesios:  "Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las acechanzas del Diablo.  Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre,  sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas. Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneros firmes."

Cuando nos olvidamos de esto, la vida cristiana se debilita y como somos muy olvidadizos la Iglesia quiere recordárnoslo cada año. El desaliento, la tibieza, la mediocridad, la indiferencia y el relativismo son los enemigos más fuertes con lo que el hombre ha de luchar.
Hemos escuchado en la epístola como el Apóstol decía: la voluntad de Dios es esta: vuestra santificación. Dios quiere que seamos santos, es esta nuestra vocación y nuestro destino… solo podremos entrar en la Tierra de promisión si somos santos. En el cielo no pueden entrar más que los santos. Si llegamos al cielo, nuestra peregrinación por el desierto de esta vida habrá valido la pena; sino de nada no habrá servido la vida
No podemos dejar de hacernos estas preguntas: ¿Queremos de verdad ir al cielo? ¿Queremos ser santos nosotros? ¿Nos creemos de corazón estas verdades?
¡Cuántas veces las incoherencias de nuestra vida manifiestan que de verdad no nos creemos esto, que no queremos ir al cielo, que no queremos ser santos!

Hemos escuchado en el Evangelio el relato de la Transfiguración del Señor. Nuestro Señor Jesucristo subiendo a Jerusalén donde debía padecer por nosotros, previendo la flaqueza de los apóstoles, escogió a tres de ellos y mostró su gloria:
Lo hizo para que aun no comprendiendo plenamente el misterio de su pasión y muerte, subieran con él a Jerusalén y no se acobardasen en el seguimiento del Maestro.
Quiso transfigurase para que en el momento de la Pasión, los apóstoles no perdiesen totalmente la fe, sino que anclados en esta gracia de haberle contemplado por un instante en su gloria, fueran fuertes y mantuviesen la esperanza en la resurrección.
Lo hizo el Señor por nosotros para que también en nuestra peregrinaje por el desierto de esta vida, ante el desaliento y la tentación no sucumbiésemos sino que resistiendo al enemigo de nuestra salvación, combatiésemos con valentía y corriésemos hacia la meta que nos aguarda donde Cristo nos dará una corona que no se marchita.

Cuando nos invade el desaliento ante las equivocaciones, fracasos, o sufrimientos, cuando la tibieza y la mediocridad han enfriado nuestro amor primero pero el apego a los bienes de este mundo, cuando la indiferencia o el relativismo nos hacen confundir el bien y la verdad con la mentira y el error somos tentados fácilmente contra la fe en Jesucristo.  ¿Vale la pena creer? ¿De qué me sirve la fe si no me libra de los problemas y de las dificultades? ¿Para qué esforzarse en cumplir los mandamientos? ¿Qué garantías tengo de que esto es verdad? ¿Qué vamos a saber si hay cielo o infierno? Y así, un mar de dudas e interrogantes acerca de todas las verdades de nuestra fe.  ¿No será todo esto un invento?
Y junto a estas tentaciones, viene la nostalgia de Egipto, del pecado, de la vida sin Dios, como le pasó al pueblo de Israel en el desierto. Echaban de menos las cebollas y los ajos que podían comer en Egipto. 

¿Qué hacer en este estado, cuando acecha la tentación? El Evangelio de hoy nos da la respuesta:  “Vino una nube resplandeciente y los cubrió y una voz dijo desde la nube:  Éste es mi Hijo muy amado, en quien me complazco; escuchadle.”

Ante la duda y las tentaciones, tenemos que escuchar a Cristo, el Hijo amado del Padre.
¿Qué le pasó a Adán y a Eva en el paraíso? Dejaron de escuchar a Dios y prestaron atención a la mentira de la serpiente.
¿Qué nos pasa a nosotros cuando pecamos? Que dejamos de escuchar a Jesucristo y nos dejamos seducir por la falsedad de Satanás, padre de la mentira.
Si queremos vencer en esta lucha y llegar al final de nuestra peregrinación, tenemos que escuchar a Cristo. Escucharlo y fiarnos de él. Escuchar y cumplir su palabra. Nos lo manda el Padre.

Jesucristo es la Palabra de la Padre, que existe desde el principio, y que desde el principio está junto al Padre y esta Palabra es Dios. Por lo tanto, si Jesucristo es Dios, su palabra tiene toda garantía de verdad y credibilidad. Ni puede engañarse, ni engañarnos.
Jesucristo es la Palabra de Padre por quién todas las cosas han sido creadas y en las que todas las cosas tienen sentido. Jesucristo responde a las preguntas más profundas del  corazón humano.  
Jesucristo es la Palabra del Padre que habló a los hombres por medio de los profetas. Y por eso, en él se cumplen todas las Escrituras, tal y como había sido anunciado a los mayores.
Jesucristo es la Palabra de Padre  hecha carne por nosotros y por nuestra salvación.
Jesucristo es la Palabra del Padre que el mismo nos ha dicho y que hablo nuestras mismas palabras para que le entendiésemos: Mi doctrina no es mía. Lo que os enseño, no es mío, sino que os digo lo que escuché del Padre que me envió. Palabra del Padre para todos, para el hombre de todos los tiempos y lugares, de toda raza y condición. “Te bendigo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla.”    
Jesucristo es toda la Palabra del Padre y por él se no ha dicho todo lo que se nos tenía que decir para que pudiésemos salvarnos. “No tenemos otro nombre por tanto por el que podamos salvarnos.” Jesucristo es el único mediador y salvador de los hombres. Él es el camino, -no un camino entre otros. Él es la verdad, no una verdad más. Él es la vida, no una forma de vida como otra cualquiera.
Jesucristo es la Palabra abreviada del Padre –en expresión de los Padres- que al tomar nuestra humanidad y sufrir la Pasión- se silencia y enmudece. Y es este silencio del que es la misma Palabra del Padre - Jesucristo muerto en la cruz- el que se convierte en la palabra más locuaz y en el mensaje más impresionante que podríamos esperar: estoy aquí en la cruz y me entrego por ti, porque te amo y quiero salvarte.
Jesucristo es la Palabra del Padre que en la mañana de la resurrección alegra el corazón del mundo envuelto en tinieblas de muerte y de pecado: No tengáis miedo. Yo he vencido al mundo. Jesucristo Resucitado es la Palabra del Padre que llena de esperanza la existencia del hombre llamándole al cielo y ofreciéndole la misma vida de Dios: Este es mi deseo, que donde estoy yo, estéis también vosotros.
Ante Jesucristo Palabra del Padre solo hay dos actitudes posibles: acogida o rechazo. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, pero a cuantos lo recibieron les dio poder de ser hijos de Dios.  En un mundo en que las palabras se las lleva el viento, en un mundo donde existen tantos charlatanes, en un mundo donde se nos ofrecen tantas mentiras a precio de verdad, recibamos el mandato del Padre, escuchemos a Cristo, fiémonos de él y cumplamos su palabra.
Que nuestra Señora y Madre, al vernos tan desamparados y sin fuerzas, nos enseñe y nos ayude a decir como ella: Señor, hágase en mí, según tu Palabra, cúmplase en mí tu voluntad. Amén.

domingo, 17 de marzo de 2019

DE LOS CONSUELOS ESPIRITUALES. San Juan Bautista de la Salle


MEDITACIÓN PARA EL DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA
San Juan Bautista de la Salle
De los consuelos espirituales
El modo ordinario que Dios sigue en el gobierno de las almas puras, es cuidar de alentarlas con los consuelos espirituales, después que han soportado con paciencia las tentaciones y pruebas interiores.
La manera de comunicarnos Dios sus consuelos y de proceder nosotros al recibirlos, se nos descubre en el evangelio de hoy, donde se relata la transfiguración de Jesucristo, símbolo de las consolaciones espirituales con que Dios favorece, de cuando en cuando, a ciertas almas que viven verdadera vida interior.
Dícese en el evangelio que el Señor se transfiguró cuando oraba en un monte distante y muy elevado (1), para significarnos que las almas en quienes Dios derrama sus consuelos son aquellas que se aplican de veras a la oración, y se aficionan a este santo ejercicio.
No deben por tanto, maravillarse las almas tibias, flojas y poco amantes de la oración, si no cuentan entre las que Dios distingue con su especial cariño, y a las que se comunica hasta la familiaridad; pues no viven íntimamente unidas a El, ni se interesan por el ejercicio que une con Dios y en el que se aprende a gustar de Dios y a saborear, ya en la tierra, el gozo anticipado de las delicias del cielo.
Sed tan asiduos a este santo ejercicio, que logréis ejecutar todas vuestras acciones en espíritu de oración.
Dios, que se goza en comunicarse a las almas puras y libres de todo apego al pecado, no quiere, con todo, que ellas se aficionen excesivamente a sus dádivas. Tal apego es un vicio que indispone a Dios con el alma; porque da a entender que ésta no busca desinteresadamente a Dios, sino el don de Dios y la propia satisfacción.
Y, así como el fin que Dios se propone con sus consuelos es sostener a las almas y darles algún respiro, después que han superado la prueba de la tribulación; deben ellas aceptar este breve alivio con la mira puesta sencillamente en el beneplácito de Dios, sin detenerse en el regusto personal que les proporciona.
En esto faltaron los tres Apóstoles que acompañaban a Jesucristo en el monte Tabor: poco conocedores aún de los caminos de Dios, se detenían más en las dulzuras que gozaban en aquel misterio, que en contemplar la grandeza y bondad de Dios, las cuales debían haber ocupado entonces enteramente su espíritu, y atraer toda su atención.
Ese fue el motivo de que la gloria externa con que apareció ante ellos Jesucristo, se disipara y desapareciera de sus ojos en un instante.
Así procede Dios de ordinario: suele privar del placer sensible que acompaña a la consolación, cuando se muestra demasiado apego hacia ella o se la saborea con complacencia excesiva.
La transfiguración de Jesús duró poco, para enseñarnos que los consuelos concedidos a veces por Dios en esta vida, no pasan de leve refrigerio que Él otorga a las almas santas, en medio de sus desolaciones interiores, a fin de ayudarles a sobrellevarlas con más denuedo, y para acrecentar en ellas el amor, que se debilita a veces por el decaimiento de la naturaleza.
Apenas había comenzado Jesucristo a experimentar algún contento en la transfiguración, cuando se halló solo y en total desamparo; sin otra perspectiva ante los ojos que cuanto debía padecer en Jerusalén (2), de lo cual había hablado con Moisés y Elías, y que fue objeto también de su conversación con los Apóstoles al bajar del monte.
Todo ello tiene como fin descubrirnos que esta clase de consuelos transitorios deben servir sólo para alentarnos, y fortalecer en nosotros el amor a los padecimientos y a las penas interiores o exteriores, de las que nadie debe soñar con verse libre en la presente vida.

EVANGELIO DEL DOMINGO: ESTE ES MI HIJO MUY AMADO EN QUIEN ME COMPLAZCO, ESCUCHADLE



II DOMINGO DE CUARESMA
Forma Extraordinaria del Rito Romano
Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».  Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».
Mt 17,1-9

COMENTARIOS AL EVANGELIO
Homilía de maitines  A ÉSTE, OÍDLE CONSTANTEMENTE, PORQUE ÉL ES LA VERDAD Y LA VIDA. San León Papa

 LA GLORIA DE LA CONVERSACION DE LOS BIENAVENTURADOS. San Francisco de Sales
Benedicto XVI ABRIR LOS OJOS DEL CORAZÓN

jueves, 14 de marzo de 2019

La obligación de la penitencia y la lucha contra el pecado y la tentación




La obligación de la penitencia y la lucha contra el pecado y la tentación
Homilía del I domingo de Cuaresma 2019
Hemos comenzado la santa cuaresma: tiempo penitencial del año litúrgico en la que la Iglesia quiere imitar al Divino Salvador que fue llevado por el Espíritu al desierto y allí ayunó 40 días y 40 noches.

Recordemos brevemente qué es la penitencia, diciendo en primer lugar lo que no es:
1.-No es estoicismo: filosofía que procuraba el dominio y control de los hechos, cosas y pasiones que perturban la vida, valiéndose de la valentía y la razón del carácter personal para alcanzar la felicidad y la sabiduría prescindiendo de los bienes materiales. Esto está hoy muy de moda. Todos los movimientos de cultura oriental que invaden la sociedad estresada.  
2.-No es una forma de chantaje o compra a Dios: los judíos –y en concreto los fariseos- pensaban que por el cumplimiento de la ley tenía derecho a la salvación y al favor divino, es decir, que Dios tenía la obligación de salvarlos. 
3.-No es una hipocresía: para mostrar al mundo una santidad aparente, para buscar la vanagloria. Siempre existe el peligro del fariseísmo.

Por el contrario, la penitencia es la respuesta de hombre, que arrepentido de sus pecados y lleno de dolor sobrenatural de haber ofendido a Dios, quiere agradecer el perdón de sus pecados. Lo que ha de motivarnos a la penitencia es el amor a Dios.
Y la penitencia no es evitar el pecado, sino la libre renuncia a aquello que nos es legítimo por un bien mayor. Pensemos como esto lo hacemos en la vida ordinaria: el estudiante, el padre de familia, el deportista… Tienen que renunciar a tantas cosas para llegar a su objetivo, a la meta que se han propuesto. Y lo hacen con agrado, porque en definitiva vale la pena. Renunciar a bienes espirituales y materiales que nos son lícitos por alcanzar unos bienes eternos que ni la polilla ni la carcoma puede entrar.  

Podemos preguntarnos: ¿por qué hemos de hacer penitencia?
1.-En primer lugar porque Jesucristo nos los dice. Es ley divina.  «Yo os digo que, si no hacéis penitencia, todos igualmente pereceréis» Lc 13, 3-5. No solo nos lo dice, sino que toda la vida de Cristo fue un acto de penitencia y renuncia de sí mismo. La vida cristiana es seguimiento de Cristo: el que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame.
2.-En segundo lugar, porque es un precepto de la Iglesia - el cuarto de sus mandamientos- que establece lo mínimo para garantizar en nosotros la vida de la gracia. Ayunar y abstenerse de comer carne.
Es bueno recordar que todo el año es tiempo de penitencia, particularmente los viernes en recuerdo de la pasión del Señor y  en los que sigue vigente la ley de la abstinencia de carne. Es cierto, que la Iglesia durante el año nos ofrece la posibilidad de sustituir esto por alguna otra obra: como un tiempo de oración prolongado, lectura de la sagrada escritura, limosna u obra de misericordia… Pero yo pregunto: ¿tenemos esta conciencia en los católicos? ¿Sustituimos la penitencia que no hacemos por alguna de estas obras? Realmente, siendo prácticos, creo que es mucho más sencillo para todos privarse de tomar carne, que tener que sustituir esta práctica por otra obra.
Actualmente, la penitencia que la Iglesia nos exige y nos obliga moralmente es bien reducida, un mínimo. Pero la Iglesia quiere que sea cada fiel el que espontánea y voluntariamente se abrace a la penitencia como camino de conversión al Señor y cooperación en la redención del mundo. El que ama desea amar más. No pongáis límite al amor, pues no lo tiene.
3.- La tercera razón por la que hemos de hacer penitencia: es que somos pecadores, hemos ofendido a Dios.
Nuestro mundo está ciego para reconocer que vive en rebelión y desobediencia ante Dios.
Considerad por un momento la gravedad del pecado, de tan solo un pecado: igualmente hubiese sido necesario la pasión y muerte del Señor en la cruz para perdonarlo.
Todos hemos de hacer penitencia porque todos somos pecadores. Dice la Escritura: “el justo peca siete veces al día” y nosotros no somos justos.
Alguno puede preguntar: ¿No es suficiente la penitencia que el sacerdote me impone en la confesión?
Y hay que responder que generalmente no.
Hay pecados que requieren la restitución para ser perdonados. El robo por ejemplo. La restitución en las cosas materiales es relativamente fácil, pero ¿cómo podemos devolver el amor, la adoración y la obediencia que le hemos “robado” a Dios nuestro Señor cuando hemos pecado y desobedecido sus mandamientos?
La penitencia impuesta por el confesor busca satisfacer por el perdón divino, pero no puede satisfacer de forma total la pena del pecado. Es a través de la penitencia, del sufrimiento, de las buenas obras, por medio de las cuales podemos satisfacer esa deuda.
Por ello, el sacerdote tras la absolución nos dice: La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, la intercesión de la Bienaventurada Virgen María y de todos los santos, el bien que hagas y el mal que puedas sufrir, te sirvan como remedio de tus pecados, aumento de gracia y premio de vida eterna.
Pena del pecado, que si no expiamos en esta vida, habremos de hacerlo en el purgatorio.
4.- La cuarta razón por la que debemos hacer penitencia y nos ha de entusiasmar es porque hemos sido constituidos miembros del cuerpo de  Cristo y se “ha de completar en nuestra carne la pasión del Señor.” Somos corredentores. ¿Qué quiere decir esto? Que Jesucristo único redentor del mundo quiere asociar a su obra salvadora a todos los bautizados para que a través de su vida santa, sus penitencia y sus sufrimientos colaboren en la redención del mundo.
Recordad la llamada de la Virgen en Fátima a aquellos niños.
No lo olvidéis: la penitencia es un deber de justicia para con Dios, pero lo que ha de movernos a ella es el amor.

Hemos escuchado en el Evangelio: “Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó.”
La santa cuaresma nos recuerda la obligación de la penitencia y al mismo tiempo nos recuerda el combate que es la vida cristiana contra el pecado. Combate sin tregua ni descanso contra la tentación que nos acecha. Nos dice el Apóstol san Pedro: “Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario, el diablo, como un león rugiente, ronda buscando a quien devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos dispersos por el mundo soportan los mismos padecimientos. Y, después de haber sufrido un poco, el Dios de toda gracia, que os ha llamado en Cristo a su eterna gloria, os hará idóneos y os consolidará, os dará fortaleza y estabilidad.”
Nuestro Jesucristo permitió se tentado, para que nosotros no sucumbamos y tuviésemos en él  el principio y la fuerza de la victoria.
Dios no quiere y es el autor de la tentación. La consiente para que de ella saquemos bienes mayores.
El origen de la tentación está en el maligno, en Satanás. Recordemos el episodio del pecado original. Su intención es apartar a las almas de Dios. Buscar su perdición eterna.
Dios permite la tentación pero no por encima de nuestras fuerzas (1 Corintios 10, 13).
Al mismo tiempo que permite la tentación nos da las gracias necesarias para resistir a ella.

Las almas santas unidas a Cristo salen victoriosas de las tentaciones y, aun más, su vida espiritual se ve acrecentada:
1.- Las tentaciones al ser pruebas, acrecientan y afianzan nuestra fidelidad a Dios
2.- El sufrimiento de las tentaciones nos inspiran odio y rechazo al pecado
3.- Ese mismo sufrimiento y lucha interior que provocan las tentaciones, sirve de expiación por nuestros pecados
4.- El combate de la tentación acrecienta nuestros méritos y por tanto son ocasión de mayor gloria en el cielo.
5.- Dios que permite que seamos tentados, al mismo tiempo no nos abandona y viene en nuestra ayuda siendo la tentación ocasión de consuelo y gozo espirituales.
6.- El sufrir las tentaciones nos hace ver lo débiles que somos y por tanto nos enseñan a andar en humildad.
7.- El cristiano que es tentado y sale vencedor, ve como su alma cada vez se  hermosea más con las virtudes.
8.- Y en definitiva, la tentación hace que vivamos en vigilancia: tensión espiritual para alcanzar la santidad.
Que nadie, por saber esto, busque la tentación. Ponerse libre, voluntaria y conscientemente en ocasión de pecado es ya pecado, y una temeridad. ¡Que nadie se preocupe! ¡No hay que buscarlas, viene sin llamarlas!

¿Cómo se produce la tentación? ¿Cómo es su funcionamiento? Igual que en el paraíso.
1.- Comienza con la sugestión de un bien o felicidad aparente. Nuestras concupiscencia se me afectada a través de la necesidades corporales “sintió hambre”, a través de los sentidos y de las potencias del alma, a través de las realidades y personas que nos rodean, como de los acontecimientos… Pero siempre, es una mentira, una falsa  promesa… Sentir la tención no es pecado.
2.- Delectación: comienza el diálogo con la tentación. Se siente agrado ante el mal sugerido. Cuando no hay un rechazo frontal de la tentación, esta comienza a vencer en nosotros y a ganar nuestra voluntad, oscureciendo nuestra capacidad de discernimiento. Cuando somos conscientes de este estado, ya hay culpa.
3.- Consentimiento: es el acto consciente, libre y voluntario de aceptar la tentación y ponerla por obra. Siempre es pecado.
4.- Finalmente, la tentación consentida origina el miedo a Dios y el huir de él.  San Agustín comenta que este cuarto paso engendra en el alma la tristeza y la deseperanza.
Queridos hermanos: Recordemos siempre en la tentación, que el Señor nos enseñó a pedir en el padrenuestro: No nos dejes caer en la tentación.
Acudamos en medio de las pruebas a la Virgen María, Vencedora de todas las batallas. Ella es la Inmaculada que aplasta la cabeza de la serpiente. Unidos a la Virgen Santísima y bajo su manto, no hemos de temer. Que así sea.

sábado, 9 de marzo de 2019

DE LA TENTACIÓN. San Juan Bautista de la Salle




MEDITACIÓN PARA EL DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA
San Juan Bautista de la Salle
De la tentación
El evangelio de este día, al indicarnos que Jesucristo se retiró al desierto, no dice que fuera para huir la compañía de los hombres ni para orar; sino a fin de ser tentado (1). Y eso, para darnos a entender que el primer paso de quien pretende consagrarse a Dios ha de ser dejar el mundo, con el fin de disponerse a luchar contra el mundo mismo y contra los demás enemigos de nuestra salvación.
En el retiro, dice san Ambrosio, es donde precisamente ha de contar uno con ser tentado y expuesto a muchas pruebas. Lo mismo os advierte el Sabio al afirmar que cuantos se alistan en el servicio de Dios deben prepararse para la tentación (2).
Ésta les resulta, efectivamente, muy provechosa; pues se convierte en uno de los mejores medios que puedan emplear para verse enteramente libres, tanto del pecado como de la inclinación a pecar.
¿Habéis creído siempre que, para daros de todo punto a Dios, debéis disponeros a ser tentados? ¿No os causa sorpresa el que a veces os acose la tentación? En lo sucesivo, vivid siempre preparados para ella; de modo que podáis sacar todo el fruto que con la tentación intenta Dios producir en vosotros.
Lo que debe alentar al alma puesta sinceramente en las manos de Dios, a estar siempre apercibida para las tentaciones, es que la vida del hombre, según Job, es tentación o, como dice la Vulgata, combate perpetuo (3). De donde puede el alma colegir que, si es voluntad de Dios que se vea tentada mientras permanece en la tierra, es porque ha de luchar de continuo contra el demonio y contra las propias pasiones e inclinaciones, los cuales no cesarán de hacerle guerra en tanto viva en el mundo.
Por eso afirma san Jerónimo que le es imposible a nuestra alma dejar de ser tentada mientras viva y que, si el mismo Jesucristo nuestro Salvador fue tentado, nadie puede ilusionarse con atravesar el mar tormentoso de la vida sin verse combatido por la tentación.
¿Contáis con que habréis de luchar de continuo contra el demonio y contra vosotros mismos? ¿Vivís siempre en guardia contra vosotros, como debéis hacerlo desde el momento que dejasteis el mundo? ¿Estáis pertrechados de lo que os es preciso para resistir al diablo y para no consentir que os arrastren los placeres sensibles?
Convenceos de que sería desgracia no pequeña carecer de tentaciones, por ser ello indicio de no vencerse en cosa alguna, y de sucumbir fácilmente en la lucha con las propias pasiones.
El ángel que acompañó a Tobías, dijo al padre de éste: Porque eras agradable a Dios, fue menester que la tentación te probase (4); esto debe acabar de demostraros la necesidad de tal clase de pruebas, las cuales os proporcionarán gracias muy abundantes.
No creáis, por consiguiente, dice san Crisóstomo, que os deja Dios de la mano cuando padecéis tentaciones; al contrario, es uno de los más claros indicios que podéis tener de que vela Dios de modo particular por vuestra salvación: cuando os ofrece ocasiones de luchar y de ejercitaros en la práctica de la virtud, pretende afianzaros en ella.
Porque se adquiere insensiblemente virtud sublime permaneciendo de continuo inmutable e inflexible en la práctica del bien, a pesar de las graves tentaciones que puedan asaltarnos.
Considerad, pues, como grave desventura el no ser tentados: sería, en efecto, señal de reprobación y desamparo por parte de Dios, que prueba a quienes ama, y se complace en verlos tentados, como lo fueron Job y Tobías, dos de sus más fieles servidores.

EVANGELIO DEL DOMINGO: SE LE ACERCARON LOS ANGELES Y LE SERVIAN

I DOMINGO DE CUARESMA
Forma Extraordinaria del Rito Romano
Entonces Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Pero él le contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”». Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”». Jesús le dijo: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”». De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”». Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.
 Mt 4,1-11

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Homilía de Maitines QUISO SER TENTADO, AQUEL QUE QUISO SER CRUCIFICADO POR NOSOTROS. San Gregorio Papa
REMEDIOS CONTRA LAS TENTACIONES. San Francisco de Sales
Benedicto XVI  ESCUCHAR LA VOZ DE DIOS PARA VENCER LAS TENTACIONES