IGLESIA DEL SALVADOR DE TOLEDO (ESPAÑA)

Forma Extraordinaria del Rito Romano

Jueves 14 de noviembre. Santa misa a las 8:15. *** Por la tarde no habrá culto.

Viernes 15 y sábado 16. No habrá culto en la Iglesia.

Domingo, 17 de noviembre. XXIII domingo después de Pentecostés Santa misa cantada a las 10:00

NUEVO HORARIO PROVISIONAL. El horario de lunes a sábado, será el siguiente: 17:45 rezo del rosario, 18:00 Santa Misa y adoración del Santísimo hasta las 19:30. La misa dominical se mantiene a las 10:00h.

***MISA MENSUAL EN LUGO. 16 de noviembre. Santa misa a las 17:30 horas, en la capilla del Carmen, sita en la calle del Carmen, en Lugo, justo a la salida de la puerta homónima de la muralla de la ciudad.

Para cualquier cuestión relacionada con la celebración de la Santa Misa por el modo extraordinario en Lugo, así como para recibir avisos, si lo desea, puede ponerse en contacto con nosotros mediante la siguiente dirección de correo electrónico: misatridentinalugo@hotmail.com

martes, 19 de noviembre de 2019

¿QUIENES SON LA HIJA DE JAIRO Y LA HEMORROISA? Reflexión




¿QUIENES SON LA HIJA DE JAIRO Y LA HEMORROISA?

Reflexión en torno al Evangelio del XXIII domingo después de Pentecostés 

17 de noviembre de 2019

El Evangelio de hoy aparecen dos mujeres. Una joven, hija del jefe de la sinagoga llamado Jairo, que ha muerto y una mujer, con cierta edad, que lleva padeciendo por más de 12 años flujos de sangre, conocida por el nombre de la hemorroisa y que san Marcos caracterizado en general por su brevedad nos informa extensamente de que “había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor.”
Ambas mujeres son objeto de una intervención milagrosa de Jesús: la niña es resucitada o revivificada, la mujer es sanada de sus hemorragias.
En ambos milagros el contacto físico con Jesús realiza el prodigio. Los tres evangelistas sinópticos afirman que Jesús tomó a la niña por su mano. Son los tres también los que nos dicen que fue tocar la orla de su manto y quedar sana la mujer.
En ambos milagros hay un movimiento: En el caso de la joven, acercar a Jesús, hacerle llegar a la lecho del velatorio; en el caso de la mujer, el acercarse ella misma a Jesús.
En ambos milagros hay una elemento que impide el movimiento: en el caso de la mujer, toda la turba que se agolpa en torno a Jesús pues “lo seguía mucha gente que lo apretujaba”; en el caso de la joven, los flautitas y el gentío que se agolpaba en la casa que se hizo necesaria su expulsión: “él los echó fuera a todos.”
En el caso de la joven es el padre, jefe de la sinagoga, el que intercede y suplica el milagro ante Jesús. En la mujer, es ella misma la que sale al encuentro de Cristo y piensa que con solo tocar la orla de su manto quedará sana.
¿Quiénes son estas mujeres? ¿Qué nos enseñan? ¿Qué podemos ver en su tipología?
Son múltiples los significados de las Escrituras y no es descabellado ver en estas dos mujeres una figura de la humanidad y de la misma Iglesia.
La joven muerta es la humanidad, y más concretamente, la modernidad – el tiempo más reciente de la historia, pero también el más breve. Esta joven es hija  del jefe de la sinagoga y no podemos olvidar también que la modernidad es fruto en su pensamiento y en sus modos de vida del proyecto de la masonería, donde el actual judaísmo se encuentra presente.
La joven está muerta, no tiene vida, no puede hacer nada por sí ni por su vida. Es la imagen de la humanidad actual, alejada de Dios, de las fuentes de la gracia y de la vida, una humanidad aparentemente viva, vivísima, pero en lo que no se respira más que el hedor de la muerte. Es lo que magistralmente el papa Juan Pablo II resumió con la expresión “cultura de la muerte.” Esta humanidad no puede salir de sí misma, se encuentra totalmente inerte, no hay aliento alguno para liberarse de la rigidez de la muerte. Solamente hay una posibilidad y es sembrar más muerte, sembrar más oscuridad. El mínimo inicio de esperanza que pueda surgir en nuestra sociedad, se ve sofocado rápidamente por los ingenieros sociales –a los que bien podemos dar el título de verdugos o enterradores, figurados en aquellos siervos que acuden a sofocar la esperanza del padre anunciándole: “Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al Maestro?»”; o podemos verlos en aquellos otros que frívolamente ser ríen y burlan.
¿Quién puede dar vida a esta joven? ¿Quién puede sacar a nuestra humanidad de este sin sentido, de este vacío existencial, de esta cultura de la muerte?
Solamente, Jesús puede salvarla. Solamente Jesús puede llenar de sentido la existencia. Solamente Jesús puede dar vida, y vida plena.
Hace falta un intercesor, un padre que acuda a pedir el milagro. El padre de la niña era jefe y hombre principal de la sinagoga. Sinagoga –en griego ecclesia- es símbolo de la Iglesia que es madre y que debe interceder, acudir a Jesús, pedir con fe, humildad y adoración que el Señor realice el milagro.
La Iglesia –como aquel padre- debe conducir a Jesús hasta la casa donde se encuentra la joven muerta. Debe ser sacramento de salvación, mediadora, servir de instrumento para que se obre el milagro. La Iglesia –como aquel padre- debe llevar a Jesús ante su hija para que este le tome de la mano y le devuelva la vida.
La Iglesia –como aquel padre- ha de mantener la esperanza contra toda esperanza y ante los lamentos y desconfianzas, ante los que nada quieren hacer por salvar a la niña, acercar a Jesús, que pueda tocar los corazones endurecidos y petrificados sin vida de los hombres hoy para darle vida verdadera.
Aquel padre no acudió al sumo sacerdote, a otros supuestos profetas, a expertos curanderos; sino que acudió a Jesús y lo adoró. Lo reconoció verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia no puede acudir a persona alguna, institución, técnicos, propias fuerzas para salvar a la humanidad. Solo Jesús puede salvarla. Y, ¿qué Jesús? Jesús el de los evangelios, el de la fe; en el que siempre hemos creído…
La Iglesia solo puede acudir y ofrecer a Jesucristo, manifestado en fragilidad humana,
santificado por el Espíritu; a Jesucristo, mostrado a los ángeles, proclamado a los gentiles. Cristo, objeto de fe para el mundo, elevado a la gloria…
Pero, ¿cómo se encuentra la Iglesia en la modernidad? No es exagerado decir que la Iglesia es esa mujer adulta que se encuentra enferma, con continuas hemorragias… Digo que no es exagerado, porque el entonces cardenal Ratzinger en el viacrucis del Coliseo del año 2005, con un conocimiento mayor que el que nosotros podamos tener, elevaba una oración: “Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia.(…)”
La Iglesia  tiene la misión de anunciar a Cristo, darlo a conocer a todos los pueblos: “Id al mundo entero y predicad el Evangelio a todas las gentes.” Pero la Iglesia se encuentra enferma, paralizada en su misión.
Siempre habrá aquellos que en su ingenuidad optimista digan que ha habido tiempos peores en la historia, que no estamos tan mal, que hay muchas cosas positivas en la modernidad, etc…
Pero creo que –sin ser inconsciente de épocas duras y difíciles en la historia de la Iglesia- ninguna de ellas se igual a la actualidad. Los Papas de principios del siglo XX alertaron y señalaron el error modernista definido como “el conjunto de todas las herejías históricas juntas.”
En el desarrollo del siglo XX y lo que llevamos del siglo XXI, con esa tentación de asimilarse al mundo y a la modernidad, la Iglesia se expuso al peligro y la enfermedad la invadió en todas sus esferas…
Creo que no hace falta insistir más en aceptar lo que es visible para todos: la Iglesia se encuentra en una profunda crisis en todos sus ámbitos: doctrinal, moral, disciplinar, litúrgica… Crisis en la autoridad, crisis en la vida religiosa, crisis en el clero… Una hemorragia tremenda que cada vez se agrava más y se hace más patente a todos, dentro y fuera de la Iglesia.
Es cierto, la promesa del Señor no falla: “Portas Inferi non praevalebunt”; y a pesar de la vicisitudes de la historia y los embates del maligno, la Iglesia no perecerá porque Cristo lo ha prometido. Pero eso, no excluye lo que el mismo catecismo de la Iglesia (nº 675) recoge acerca de la prueba de la Iglesia antes de la Venida en gloria de Jesucristo: “Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el "misterio de iniquidad" bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne.”
Ya el Papa Juan Pablo II constató la apostasía silenciosa de las antiguas naciones católicas; pero más que silenciosa, esa apostasía cada vez se extiende más a todos los ámbitos de la sociedad moderna. Una apostasía que no es el rechazo directo de la fe, sino su mutación por un nuevo credo contrario a la fe recibida de los apóstoles.
No podemos silenciar lo que la Virgen dijo en Fátima. El 13 de julio de 1917, la Virgen pidió que el Papa consagrase Rusia a su Inmaculado Corazón: “Si se escuchan mis peticiones, Rusia se convertirá y tendrán paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia”. Esa consagración no se ha hecho, aunque quieran convencernos de que sí. La Virgen pidió que se le consagrase Rusia; no la Iglesia, ni las naciones o la humanidad en general. Y esto no se ha realizado. Rusia ha extendido sus errores: el mundo sin Dios. No podemos olvidar que los errores de Rusia es el sistema filosófico –no solo económico- del marxismo donde el primer artículo de su credo es “Dios no existe.”
En esta situación, la Iglesia no puede llevar a Jesucristo a la modernidad, al mundo; porque ella no lo tiene, está lejos de él, se ha ido tras otros “ídolos”.
Alguien dijo hace unos años aquello de prefiero una iglesia accidentada, pero en salida, que una iglesia inmóvil y encorvada hacia sí misma. Un error garrafal y que parece que el Espíritu Santo en la Palabra de Dios dice lo contrario: es necesario que la hemorroisa se sane para que la joven pueda ser revivificada por Cristo.
¡Fijaos! El milagro de la joven se pide primero, el padre acude a Jesús, pero se realiza de último. El milagro de la mujer le roba el puesto a la joven. San Jerónimo –siguiendo la enseñanza del Apóstol san Pablo- dice que esto es porque la conversión de toda la gentilidad, precederá a la conversión de Israel. Pero creo que desde nuestra perspectiva, esto sucede porque solo una Iglesia fuerte, sana, vigorosa –no en lo externo o en los medios, o triunfos mundanos- sino fuerte y sana en la fe, en la disciplina, en la moral, etc precede la conversión de la modernidad.   
¿A quién ha de acudir a la Iglesia hemorroisa para encontrar la salvación? A Jesucristo, su piedra y fundamento, su razón de ser, su origen, centro y culmen, su propia vida.
La Iglesia ha a acudir a Cristo y saber con solo tocar la orla de su manto quedará sana. ¿Cuál es esta orla? Pues hasta en esto parece que el Espíritu Santo dejó un simbolismo hermoso. La orla es la parta decorativa de una pieza de ropa, algo accesorio, pero sin duda, para nuestra naturaleza sensible y necesitada de lo sensible, algo importante. En todas las culturas se ha cuidado el vestido, su adorno, sus accesorios… Lo externo que nos reviste, nos define y habla de nuestra vida interior.
Muchos en la modernidad han criticado la liturgia como algo accesorio, de poca importancia para la vida de la iglesia.  Muchos en el afán modernista han rechazado el papel primordial de la liturgia en la vida de la Iglesia. Muchos han querido quitar todo los sensible y los “decorativo” de ella haciéndola más sencilla y asequible, pero dejando una liturgia aséptica, intelectualista y sobre todo “desobrenaturalizada” que en vez de dar culto a Dios, se convierte en culto del propio hombre.
La mujer no se sana por tocar la mano de Cristo, ni ninguna parte de su Santísimo Cuerpo, sino por tocar la orla de su manto. Y es que a través de la Sagrada Liturgia, Cristo se ha puesto a disposición de su Iglesia y obediente a sus ministros obedece a la fórmula sacramental para dar la gracia.
“Jesús, notando que había salido fuerza de él, -dice san Marcos- se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba: «¿Quién me ha tocado el manto?».” Parece que la liturgia hace que -de forma “involuntaria”-  Cristo extienda sobre las almas, la Iglesia y la humanidad su fuerza sanadora y salvadora. Y es que la Sagrada Liturgia actualiza el misterio salvífico de Cristo: nos da aquí y ahora, en nuestro tiempo y nuestro lugar, la gracia redentora que nos obtuvo de una vez para siempre con su Pasión y Muerte.  
Y, ¿a dónde nos trae esta meditación? Pues a aquello que tantas veces en sus escritos el Cardenal Ratziger afirmó acerca de la liturgia.
Benedicto XVI en el prólogo a la edición en lengua rusa del volumen IX de las “Obras Completas de Joseph Ratzinger” afirma: “La causa más profunda de la crisis que ha trastornado a la Iglesia reside en el oscurecimiento de la prioridad de Dios en la liturgia.”
En otra ocasión afirmó: “Para la vida de la Iglesia es dramáticamente urgente una renovación de la conciencia litúrgica. (…) Estoy convencido de que la crisis eclesial en la que nos encontramos hoy depende en gran parte del hundimiento de la liturgia.”  (JOSEPH RATZINGER. Mi Vida. Recuerdos (1927-1977). Ediciones Encuentro, 2005, Madrid. Pág.148-151)
Y dejo al mismo Papa, decir la conclusión de esta meditación, animando a todos los que leáis estas líneas a vivir la sagrada liturgia, a apostar con vuestra vida, con vuestras fuerzas, con vuestra fama el cultivo y promoción de la liturgia, conservando y alimentándonos de este tesoro infinito que para las generaciones anteriores era sagrado, y que también para nosotros permanece sagrado y grande. La renovación de la liturgia traerá una renovación en todas las esferas de la vida de la Iglesia.
Decía el entonces cardenal Ratzinger: “Ante las crisis políticas y sociales de nuestros días y las exigencias morales que éstas plantean a los cristianos, bien podría parecer secundario el ocuparse de problemas como la liturgia y la oración. Pero la pregunta de si reconoceremos las normas morales si conseguiremos la fuerza espiritual, necesarias para superar la crisis, no se debe plantear sin considerar al mismo tiempo la cuestión de la adoración. Sólo cuando el hombre, cada hombre, se encuentra en presencia de Dios y se siente llamado por él, se ve asegurado también su dignidad. Por este motivo, el preocuparnos por la forma adecuada de la adoración no sólo no nos aleja de la preocupación  por los hombres, sino que constituye su mismo núcleo. (…) La cuestión decisiva tratada es siempre la misma: cómo podemos, en nuestros días, rezar y unirnos a la alabanza de Dios en el seno de la Iglesia, cómo la salvación de los hombres y la gloria de Dios puede reconocerse y experimentarse como un todo.” (Joseph Ratzinger, La fiesta de la fe, DDB, Bilbao, 1999 pág 9-10)

CONMEMORACIÓN DEL PADRE PÍO Y PROXIMA CONFERENCIA


lunes, 18 de noviembre de 2019

EL TRANSFORMARÁ NUESTRA CONDICIÓN HUMILDE. Homilía



Homilía del XXIII domingo después de Pentecostés 
17 de octubre de 2019
El Evangelio de hoy nos sitúa ante dos realidades de la vida, de la que ningún hombre puede librarse. San Francisco, en el cántico de las criaturas, hablando de la muerte, dice “ningún viviente escapa de su persecución”.
Antes o después, la enfermedad y luego la muerte llamarán a nuestra casa, sin más remedio que el de abrirle la puerta.
Son experiencias desagradables, provocan en nosotros sufrimiento físico y moral, sentimos miedo ante la enfermedad y ante la muerte.
Y parece contradictorio, porque es enfermedad y muerte son experiencias universales y cotidianas de la vida de los hombres.
La enfermedad nos rodea: hospitales llenos, listas de espera, gente enferma de manera crónica postrada en sus camas. ¡Cuántas veces la enfermedad se convierte en crisol de la amistad! Es en esos momentos, donde comprobamos las personas que nos aman de verdad y que están a nuestro lado. ¡Cuántas experiencias negativas de desentendimiento, olvido, abandono ante la prueba por parte de la falsa amistad!
La muerte está presente también en nuestro día. Miremos tan solo los periódicos y veremos la cantidad de esquelas. En los tanatorios y en los cementerios no hay paro.
Y a pesar de ello, sentimos un fuerte rechazo a pensar  en la enfermedad y en la muerte. Con ansia buscamos remedio a nuestros males, pronto nos alarmamos… queremos, necesitamos tener  en “seguro” nuestra vida.
¿Qué es lo que refleja esta actitud tan nuestra? ¿Qué nos manifiesta?
En definitiva: buscamos la inmortalidad, el no dejar de ser y existir, el mantener nuestra vida… Es el anhelo del don que Dios había concedido a nuestros padres en el paraíso cuando dotó a nuestro cuerpo por su gracia del don de la inmortalidad. EL hombre destinado a la vida eterna con un alma inmortal y con un cuerpo que no habría de corromperse en el sepulcro.
Pero hemos perdido este don por el pecado original. El apóstol san Pablo exclamará: Por el pecado entró la muerte en el mundo. Y con la muerte, podemos decir la enfermedad, porque la muerte no deja de ser el último episodio de la enfermedad que se convierte en anuncio de ella.
¿Dónde podemos encontrar remedio?
El jefe de la sinagoga y la mujer hemorroísa nos dan una lección sublime. Ante la muerte de su hija y ante una enfermedad crónica que no encontraba remedio en la medicina, acuden a Jesús.
Como Simón Pedro en otra ocasión, el hombre principal y la hemorroísa bien pudieron decir: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».
Se acercan a Jesús confiados de que en él puede encontrar remedio ante tan grandes males. Lo hacen con profunda fe, con adoración, con humildad.
“Señor, mi hija acaba de morir. Ven tu e impón tu mano sobre ella y vivirá.”
La hemorroísa desde lo profundo de su ser sale al encuentro de Cristo esperando que con solo tocar la orla  de su manto quedará sana.
Y se realizan ambos milagros. La mujer queda sana, la niña resucita.
Jesucristo resplandece como el Salvador de todos los hombres. Él es el único que puede salvarnos, liberarnos del mal y de la muerte.
Pero es necesario corregir una imagen errónea e infantil que podemos tener de Dios. Y es pensar que es nuestra seguridad social eterna que está para librarnos de todos los problemas de la vida.
Jesucristo nos ha salvado, pero no ha querido “librarnos” de nuestra condición débil y frágil de criaturas. Es cierto, obró muchos milagros y lo sigue haciendo en la actualidad por la intercesión de los santos, pero el don de la salvación sobrepasa nuestra pequeñez.
No son las enfermedades del cuerpo las peores, sino las del alma, y la peor de todas es el pecado… enfermedades en las que Jesús opera su sanación a través de la gracia que se nos da en el sacramento de la reconciliación. Somos curados y se nos devuelve la salud del alma.
No es la muerte del cuerpo la que debemos temer, sino la muerte de cuerpo y alma, la muerte eterna. Jesucristo nos libra de la muerte porque nos ofrece la vida eterna y la resurrección. De qué forma tan bella lo expresa el rey David en el salmo: Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.
El mismo apóstol san Pablo en la epístola manifiesta esta fe y esta esperanza: “Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo.”
En estos días en los que se acerca el fin del año litúrgico con el acompañamiento del ocaso de la naturaleza en el otoño, la Iglesia nos insiste en considerar nuevamente las realidades últimas de nuestra existencia. No lo hace para caigamos en un pesimismo existencial o en la desesperación, sino para que renovemos nuestra fe. Cada domingo lo hacemos solemnemente cantando el credo: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.”
Mis queridos hermanos: sí, renovemos nuestra fe en Jesucristo único Salvador de los hombres. Renovemos nuestra fe  en el perdón de los pecados, en la resurrección de la carne y en la vida eterna.
Pero no dejemos pasar por alto otra lección importante del Evangelio de hoy: Jesús se levantó.  Ante esa situación dolorosa  de la muerte y de la enfermedad, Jesús no se queda indiferente, cómodamente en sus quehaceres. Jesús se compadece, Jesús atiende la petición de ese padre, Jesús se pone en camino hacia la casa del velatorio. Y en el camino, realiza otro milagro al acercarse aquella mujer.
Como cristianos, discípulos del Señor, no podemos mantenernos indiferentes e indolentes ante el sufrimiento que nos rodea. Como Nuestro Señor, también nosotros estamos obligados a levantarnos y acudir ante las situaciones de enfermedad y de muerte. ¡Cuántas veces nos habremos hecho los ignorantes o despistados y nos hemos sido capaces de acercarnos al dolor! ¿No podrá Cristo el día del juicio reprocharnos “estuve enfermo y no vinisteis a verme”?
Las obras de misericordia no están para que las enumeremos, sino para que las practiquemos. Visitar a los enfermos, dar consuelo al que sufre, rezar por los muertos…
 Acercarnos, llamar, preocuparnos, estar, perder (–sí- perder) el tiempo al lado de un enfermo y de una persona que sufre son nuestro mejor testimonio como cristianos. A veces, parece que cuando hablamos de testimonio de la fe, es imprescindible un micrófono y las cámaras… y nos olvidamos del precioso testimonio del bien realizado en lo oculto, en el silencio y la discreción.
La desgracia de la muerte y de la enfermedad se convirtió en ocasión de gracia abundante y de  verdadero milagro para los personajes del evangelio de hoy.  También las muchas desgracias que hay a nuestro alrededor pueden convertirse –si imitamos a Jesús, si lo acercamos a esas personas- en ocasión de gracia, de salvación, y ¿por qué no?, de milagro. Sí, Dios puede hacer milagros  y los hace.
En el evangelio de hoy, la desgracia se convirtió en gracia, pero también conocemos muchos casos de personas que ante estas situaciones dolorosas de la vida, han perdido la fe, se han alejado de Dios. ¿Qué hacer por ellas?
En primer lugar, orar, rezar, acompañar nuestra oración con algún sacrificio. Es la tarea más grande y la ayuda más eficaz para todas las cosas. La oración es el medio que Dios nos ha dejado para que también nosotros podamos hacer milagros.  
En segundo lugar, seguir acompañando, no abandonar a esas personas. La amistad es también un medio por el que Dios puede hacerse presente y actuar.
En tercer lugar, presentar la imagen verdadera de Dios: del Dios que siendo omnipotente, por amor nuestro y por nuestra salvación asumió nuestra débil naturaleza y nuestra condición de criaturas. La imagen de Dios que como nosotros sintió la fatiga y el cansancio. La imagen de Dios que sufrió la injusticia y la maldad de los hombres. La imagen del Dios Crucificado… “Muchos, nos decía el apóstol, andan como enemigos de la Cruz de Cristo.”  
Es a la luz de Jesucristo como podemos entrever el misterio de nuestra propia existencia. Es a luz del misterio de la Pasión, muerte y resurrección del Señor como podemos comprender el misterio de nuestra propia muerte y nuestro destino a la resurrección.
“Si morimos con Cristo, viviremos con él”.
“Si sufrimos con Cristo, reinaremos con él.”

domingo, 17 de noviembre de 2019

RENUNCIAR AL ESPÍRITU DEL MUNDO. San Juan Bautista de la Salle


RENUNCIAR AL ESPÍRITU DEL MUNDO
MEDITACIÓN PARA EL DOMINGO VIGÉSIMO TERCERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉ 
San Juan Bautista de la Salle   
Llegado Jesús a la casa de un príncipe de la sinagoga con el fin de resucitar a la hija de éste, mandó salir fuera al tropel de gente que allí se encontraba, y dijo: La niña no está muerta sino dormida (1).
Puede afirmarse también de muchos que han dejado el mundo para vivir en comunidad, que no están muertos, sino sólo dormidos; porque, si efectivamente dejaron el siglo, no han renunciado de todo punto a él, como lo manifiestan a las claras con su conducta.
En primer lugar, no están muertos sus sentidos. Es muy cierto que algunos se muestran recatados delante de sus superiores y, otros, en presencia de sus hermanos cuando están en casa o durante los ejercicios de piedad; pero, si salen a la calle, han de enterarse de cuanto en ella ocurre.
Los hay que parecen más comedidos; pero ¿sucede algo fuera de lo corriente?, luego levantan la vista para mirarlo; o bien, cuando van de viaje, se apartan del camino, si a mano viene, para satisfacer la curiosidad y ver lo interesante que puedan hallar a su paso, como iglesias y edificios hermosos, o amenos jardines.
Otros parecen muy mortificados en la mesa: toman indistintamente cuanto se les coloca delante, sin quejar se de nada; pero, si han de ponerse en camino, se las arreglan para comer lo mejor que encuentran y, si caen enfermos, cuesta lo suyo complacerlos.
Los sentidos de todos éstos no han muerto; están sólo adormecidos; por eso se despiertan con suma facilidad. No imitéis a los israelitas quienes, salidos de Egipto por señalado favor de Dios, se olvidaron pronto de los males que allí pasaron, y echaban de menos las cebollas que comían en aquel país.
Sus pasiones tampoco están muertas. Algunos soportan cuanto les dicen en las calles para humillarlos; pero se disgustan si en casa los reprenden o avisan sus faltas, o se los humilla en alguna ocasión. Otros se niegan a tolerar cosa alguna, tanto dentro como fuera de casa: refunfuñan, vuelven la cabeza o hacen otros gestos que dan a conocer su disgusto, y aun amenazan.
Otros soportan lo que les venga de sus superiores, y cumplen puntual y exteriormente las penitencias que les imponen; pero, si alguno de sus hermanos les dice una palabra áspera o les molesta lo más mínimo, inmediatamente los veréis incomodados. En el ejercicio de su empleo, algunas veces se enojan con los escolares y los golpean con la mano, lo que acarrea muchas veces malas consecuencias difíciles de remediar.
Las pasiones de todas esas personas no han muerto; duermen tan sólo por algún tiempo, después del cual se despiertan, en unos con mucho vigor; en otros, con alguna mayor moderación; en éstos, más a menudo; en aquéllos, más rara vez.
Vosotros, con todo, no debisteis dejar el mundo sino para dar muerte completa a las pasiones; sin lo cual nunca tendréis verdadera virtud. Aplicaos a ello decididamente y con todo el empeño de que sois capaces.
Muchos, aunque han dejado el mundo, no han muerto absolutamente a cuanto hay en él; ya que, para estar de todo en todo muertos al siglo, nada en él ha de parecer bello ni bueno. A pesar de eso, los hay que se hallan muy a gusto en compañía de los mundanos, y cuando no pueden andar entre ellos, suplen su falta, o platicando del mundo, o solicitando gustosos noticias de él, u ocupándose de sus cosas.
Otros se complacen en usar o, al menos, ambicionan tener ciertos vestidos, ropas, telas, sombreros, medias, zapatos, etc. que se parecen a los llevados por los seglares y, si no pueden hacerse con ellos, adoptan un no sé qué en la manera de vestir o en sus modales, que deja transparentar los aires mundanos.
Otros leen con frecuencia libros buenos; mas leerían de buena gana los que tratasen, no de cosas prohibidas, pero si curiosas. Hasta podría acontecer que, no obstante tenerlo prohibido los superiores, hubiese algunos tan descomedidos que leyeran periódicos, usaran tabaco y aun se lo proporcionaran por medios ilícitos.
Nada de esto conviene de ningún modo a personas que se consagraron a Dios renunciando a todo comercio con el mundo y eligieron un estado que les compromete a llevar vida observante en el seno de su comunidad.
Y aun cuando estas personas se apliquen a los ejercicios piadosos que en la comunidad se practican, y al desempeño de sus funciones; puede afirmarse con razón, dado su modo de vivir, que no han muerto al mundo, sino que sólo están como adormilados en relación con la vida mundana.
Eso no obstante, sólo para morir y para renunciar a cuanto los mundanos practican, se abraza la vida de comunidad. Pensadlo bien y, en lo sucesivo, no viváis en ella sino con esa persuasión y con ese propósito (*).

EVANGELIO DEL DOMINGO: ANIMO HIJA TU FE TE HA CURADO

XXIII DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Forma Extraordinaria del Rito Romano
En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, se acercó un personaje que se postró ante y le dijo; Mi hija acaba de morir. Pero ven, pon tu mano sobre ella, y vivirá. Jesús se levantó y lo acompañaba con sus discípulos. Entonces una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó el borde del manto. Porque se decía: Con sólo tocar su manto, me curaré. Jesús se volvió, y al verla le dijo: ¡Ánimo, hija! Tu fe te ha curado. Y desde aquel momento quedó curada la mujer. Jesús llegó a casa del personaje y cuando vio a los flautistas y el alboroto de la gente, dijo; ¡Fuera! La niña no está muerta, sino dormida. Y se reían de Él. Cuando echaron a la gente, entró Él, tomó la niña de la mano, y ella se levantó. Y se divulgó la noticia por toda aquella región.
Mt 9, 18-26
COMENTARIO AL EVANGELIO
 EL OCTAVO MILAGRO. San Jerónimo
TOCAR A CRISTO, REMEDIO DE LAS PASIONES. San Ambrosio
QUE VUESTROS HIJOS NO PIERDAN EL FRUTO DEL BAUTISMO. San Juan María Vianney
JESÚS VINO A SANAR EL CORAZÓN DEL HOMBRE
EL TRANSFORMARÁ NUESTRA CONDICIÓN HUMILDE. Homilía
¿QUIENES SON LA HIJA DE JAIRO Y LA HEMORROISA? Reflexión

domingo, 10 de noviembre de 2019

NO OBRAR POR RESPETO HUMANO. San Juan Bautista de la Salle


 NO OBRAR POR RESPETO HUMANO 
MEDITACIÓN PARA EL DOMINGO VIGÉSIMO SEGUNDO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS 
San Juan Bautista de la Salle
 Los fariseos y los herodianos, según refiere el evangelio de hoy, al acercarse a Jesucristo le alabaron porque enseñaba el camino de Dios con verdad, sin dársele nada de nadie, y sin consideración a la calidad de las personas (1).
Los que viven en comunidad son quienes han de seguir particularmente este proceder del Señor. Pues, habiendo renunciado al mundo, deben obrar siempre con la mira puesta en Dios, sin hacer caso de cuanto puedan decir los demás.
En primer término, deben imitar esa conducta de Jesucristo los superiores. Como son los únicos con quienes se relacionan tanto los de dentro como los de fuera, son también los más expuestos a la censura ajena en su modo de proceder.
Los que, dentro de casa, viven ansiosos de libertad juzgan, a veces, que el superior es harto puntual y exigente. Si es cuerdo y grave, dirán que es serio en demasía; si tiene exterior afable y atrayente, que es expansivo y acomodaticio en exceso; si reprende a menudo y no tolera nada, que es demasiado brusco; si disimula ciertas faltas en algunos, que permite la total relajación: si procede bien a juicio de unos, obrará mal según otros; de forma que ninguna de sus acciones se verá libre de reproche.
Lo único que el superior debe hacer a este respecto es no inquietarse por lo que digan de él; aunque ha de velar sobre si para no hacer cosa alguna que pueda dar mal ejemplo o esté en oposición a los deberes de su ministerio, y para no tener afición particular con ninguno, y poder presentarse como modelo de todos por la pie dad y la observancia.
Los inferiores deben, a su vez, obrar igual mente sin respetos humanos, por ser ésa una de las cosas que en mayor grado vician las acciones de los hombres. Dios los ha creado exclusivamente para El; no quiere, por tanto, que los mueva a obrar la consideración de criatura alguna. De modo que toda acción ejecutada por un fin creado, la considera Dios como injuriosa para Él, y de ninguna forma tendrá en cuenta el bien aparente que de ella pudiera seguirse
Si ocurriere, pues, que alguno de los hermanos faltase a la regularidad, no le imitéis por respeto humano: la ley y la voluntad de Dios han de servirnos de regla; no el ejemplo de los otros ni la estimación natural y humana que ellos nos merezcan. Si obráis con el fin de agradar a los hombres, no recibiréis otra recompensa por ello sino la bien ruin, efímera y pasajera que podrán daros los hombres.
Sobre todo, nada obréis ni omitáis por complacer a los mundanos, pues de ellos habla el Apóstol cuando afirma: Si pretendiera agradar a los hombres, no seria siervo de Jesucristo (2). A su vez, dice Jesucristo: Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, por eso el mundo os aborrece (3).
Puesto que es necesario, según Jesucristo y según san Pablo, despreocuparse de agradar a los mundanos, y aun de ser aborrecido por ellos; nada debéis hacer con la intención de complacerles; máxime que los procederes e intenciones de la gente del mundo son diametral mente opuestos a los que vosotros debéis adoptar. Cuando, pues, os asalten pensamientos de respeto humano, traed a la memoria estas palabras de san Pablo: Si pretendiera agradar a los hombres, no sería yo siervo de Jesucristo.
Ni basta abstenerse de obrar con el fin de agradar a los hombres. Es necesario que " se proceda en todo con la única mira de tener contento a Dios y serle grato " (4), como dice el Apóstol - " haciendo todas las cosas de manera digna de Dios " (5); y que, con este fin, " caminéis por los senderos de Dios, de modo que, según enseña en otra parte san Pablo, los sigáis de continuo y progreséis en ellos de día en día "; porque, añade, la voluntad de Dios es que seáis santos y puros (6); esto es, que vuestras obras sean sin mancha, por no proponeros otro fin en ellas que a Dios.
Este será el auténtico y más seguro medio de andar por las veredas de Dios y de adelantar en ellas de continuo. Porque, así como en la otra vida ha de ser Dios el fin y término de todas vuestras acciones, así debe serlo ya también en la presente. Sobre todo en vuestro estado, que exige de vuestra parte mucha perfección; pues, como dice el Apóstol: No os llamó Dios a la impureza; o sea, a realizar obras indignas de vuestro estado, a causa de estar contaminadas y corrompidas por el mal fin que les imprimáis al hacerlas; sino que os llamó Dios para ser santos " (7).
Quien no se esmera, pues, por obrar con la mira puesta en Dios, no menosprecia a algún hombre, sino a Dios mismo.