§ V
DEL CULTO EUCARÍSTICO
CAPÍTULO SEGUNDO
Del servicio y culto eucarísticos
I
El servicio de
nuestro Señor en el santísimo Sacramento debe ser litúrgico en su espíritu y en
su forma.
No hay servicio
que no tenga una ley que determine sus deberes, una regla que prescriba las
cosas más menudas y el orden necesario. Así, por ejemplo, el ceremonial de la
corte de un rey obliga de un modo absoluto a todos sus súbditos y servidores.
Dios mismo,
después de haber promulgado en el Sinaí su gran ley para todos los hombres,
quiso también determinar la práctica de su culto; reguló hasta los deberes más
sencillos e impuso el cumplimiento de las reglas al sacerdocio y al pueblo,
bajo severísimas penas. La razón de todo ello está en que todo es grande y divino
en el servicio de Dios.
Y como Dios ha
decretado el ceremonial de su culto, no quiere más obsequios que los que
prescribe, ni hechos de otra manera que como los prescribe. El hombre no tiene
otra cosa que añadir sino el homenaje de su amor respetuoso y de su leal
obediencia. Jesucristo no nos dio leyes ceremoniales para su culto: se contentó
con darnos la adorable Eucaristía como fin y objeto de nuestra religión, y el
precepto del amor para regular nuestros homenajes interiores.
A los apóstoles
y a la Iglesia romana confió el encargo de fijar el orden de su culto exterior
y público.
Es, por tanto,
soberanamente augusta y auténtica la santa liturgia romana. Nos viene de Pedro,
jefe de los apóstoles y piedra fundamental de la fe y de toda la religión. Cada
papa la ha transmitido con respeto a los siglos futuros, añadiendo, según las necesidades
de la fe, de la piedad y de la gratitud, con la plenitud de su autoridad
apostólica, nuevas fórmulas, oficios, oraciones y ritos sagrados.
Es santa la
liturgia romana por el honor que rinde a Dios, por las virtudes que pone en
ejercicio, por las gracias que de ella manan. Es católica por ser una en su
ley, en su autoridad y en su culto. Esta uniformidad de rito causa identidad de
vida en la Iglesia; por ella se ve en el mundo entero una misma fiesta y una
misma oración.
Cuando oro con
la liturgia, oro con toda la Iglesia de Dios. La santa liturgia romana es,
pues, la regla universal e inflexible, del culto eucarístico. Hay que guardarla
con religiosa piedad, estudiar sus reglas y meditar su espíritu, ya que en la
ciencia y acertada práctica de su deber consiste la perfección de un servidor.
Esta ley
litúrgica es el único culto legítimo y agradable a la majestad de Dios, la
única expresión pura y perfecta de la fe y de la piedad de su Iglesia.
Todo lo que sea
contrario a este culto se debe, por tanto, condenar y cercenar. Todo lo que sea
extraño debe considerarse como cosa sin valor, como quiera que no tiene la
gracia de la Iglesia y su sanción. Sólo lo que sea conforme a la letra y al
espíritu o a la piedad del culto católico merece ser estimado y practicado.
Siguiendo esta regla evitarán los adoradores el error en la fe práctica, la
ilusión y la superstición, que tan fácilmente se deslizan en la devoción dejada
a sí misma.
La ciencia más
propia para alimentar la fe y la piedad de los adoradores es indudablemente la
ciencia litúrgica que mira al espíritu de las ceremonias, las cuales honran los
misterios de Jesucristo, sus gracias y sus virtudes. El cristiano que así los
honra con el culto sagrado continúa las virtudes y el amor de los que fueron
sus primeros adoradores, en los días mortales del Salvador. El culto es toda la
religión en acto.
II
Propiedad
inherente a la naturaleza del culto eucarístico es ser siempre festivo. La
sagrada Eucaristía es la alegría incesante de la tierra. Mas este culto debe
ser regio cuando el santísimo Sacramento está expuesto, porque entonces es como
una fiesta del Corpus que se renueva; el divino rey se presenta en su trono de
gracia, en todo el esplendor de su amor y rodeado de los piadosos obsequios de
sus vasallos.
La santa Iglesia
ha regulado la naturaleza y la cantidad de las luces que deben arder ante el santísimo.
Quiere que todas las velas del altar de la exposición sean de cera pura y
blanca, símbolo de la pureza de un alma y fruto de la abeja virgen. Es como
esencia de todas las flores olorosas con que el Creador ha hermoseado la naturaleza,
flores que a su vez son imagen perfecta de las virtudes, hermosísimas flores
del amor divino.
Doce velas deben
arder siempre delante del Santísimo solemnemente expuesto. Doce es el número
apostólico. Estas luces arden y se consumen ante el trono del cordero. Así debe
lucir, arder y consumirse la vida de un adorador, que es otro Juan Bautista de
quien dijo Jesús que era luz ardiente y brillante. Y el humilde precursor no tenía
más que un deseo, el encerrado en estas palabras: Es preciso que Jesús crezca y
reine y que yo mengüe y desaparezca ante el sol divino.
La Iglesia ha
escogido el color blanco como propio del culto del santísimo Sacramento. Los
ornamentos de los ministros sagrados en las fiestas eucarísticas, los lienzos
del altar, las cortinas del sagrario, el dosel que cubre el trono de la
exposición, todo es blanco como el Dios de luz y pureza para cuya honra sirven.
Los manteles del
altar deben ser de lino o de cáñamo, por respeto al santo sacrificio, y cuando
menos uno de ellos debe pender hasta el suelo. Son como el sudario sagrado de
la tumba del Salvador.
Es regla que en
la exposición solemne de las Cuarenta Horas las reliquias, cuadros y estatuas
que no sean de ángeles adoradores desaparezcan del altar y del santuario.
Porque delante de Jesucristo presente todo culto secundario debe suspenderse.
Los ojos del adorador, como también su corazón, sólo en la sagrada Hostia deben
fijarse.
La Iglesia
prescribe el mayor respeto delante del santísimo Sacramento, sobre todo cuando
está expuesto, pues entonces el silencio debe ser aún más absoluto y más
respetuosa la compostura.
Quisiera que no
se sentara ante el santísimo expuesto, y aunque tolera esto no debe hacerse sin
verdadera necesidad.
Durante la
exposición lo que la santa liturgia exige no es genuflexión sencilla, sino
genuflexión doble o de ambas rodillas, a semejanza de los veinticuatro ancianos
delante del cordero celestial.
Por manera que
en los actos del culto todo debe ordenarse a la significación del homenaje
íntimo del alma, su respetuosa y profunda adoración.
Decía santa
Teresa que daría su vida por la menor ceremonia de la Iglesia, porque bien
conocía su valor. Que los adoradores le den por lo menos respeto, devoción y
amor.
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