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miércoles, 30 de julio de 2025

31. LA SANGRE DE CRISTO NOS OBTIENE LA PERSEVERANCIA. MES DE LA PRECIOSA SANGRE


DÍA TRIGÉSIMO PRIMERO

La Sangre Preciosísima de Jesucristo nos obtiene el don de la perseverancia

 

MES DE LA

PRECIOSÍSIMA SANGRE DE CRISTO

EJERCICIO PARA EL MES DE JULIO

Ilmo. Sr. Vicente Strambi

 

Por la señal de la santa Cruz…

 

DÍA TRIGÉSIMO PRIMERO

La Sangre Preciosísima de Jesucristo nos obtiene el don de la perseverancia

 

I. Considera, alma mía, que la perseverancia final hasta el momento de la muerte, ese don precioso del Señor que el hombre no puede merecer, y que sin ninguna injusticia Dios podía negarnos, se obtiene únicamente por los méritos de la Sangre de Jesús. Advierte también que el alma que la pida constantemente en virtud de esta Sangre, la obtendrá. Y ¿cómo no ha de ser así? ¿Cómo no llegará al puerto de salvación el alma que ha atravesado el mar de esta Preciosa Sangre? ¿Cómo podrá perderse un alma que está ya en las manos del Salvador en donde ha dejado su estampa con caracteres de sangre? Y como añade San Agustín: «Leed, dirá el alma al Señor; leed lo que está escrito y salvadme.» ¿Quién podrá arrancarme de las manos de Jesús si toda mi vida he estado en sus santas Manos y en su tierno Corazón por medio de la devoción a la Preciosísima Sangre? ¿Cómo podré yo dejar esas Manos y ese Corazón al fin de mi vida? Me ha marcado con caracteres de sangre: ¿quién podrá borrar estos caracteres? «Yo os hablaré, yo cargaré con vosotros y os salvaré,» dice el Señor. Con tales palabras ¿no revive nuestra esperanza? «Vosotros sois la obra de mis manos por la creación y por la redención; debo, pues, llevaros como una tierna madre que lleva amorosamente a su hijo en sus brazos.» Esta madre me ha llevado tanto tiempo a su lado, me ha alimentado tantas veces con la leche de su Sangre en los Sacramentos, y ¿podré pensar que en el momento del mayor peligro me ha de dejar caer de su tierno seno en el abismo del infierno? ¡Ah! no; no puede concebirse semejante pensamiento; es demasiado opuesto a la inmensa bondad de su corazón: Yo os salvaré, yo os salvaré, esta alma se salvará por toda la eternidad.

 

II. Tal es el dichoso término a que llegan las almas que en el discurso de su vida se ejercitan en la verdadera y sólida devoción de la Sangre divina del Salvador. Una grande distancia media entre Dios y el hombre, entre la bondad infinita y el pecador, entre el Cielo y la tierra; más esta distancia la recorrerá fácilmente el alma devota de la Sangre de Jesús, y llegará muy pronto a la Santa Sion, aunque la parezca que un caos inmenso la separa de su Dios. Entretanto no cesemos de suplicar a nuestra especial protectora la Santísima Virgen María nos obtenga un viento favorable que nos conduzca felizmente al puerto de eterna salvación. De todas las consideraciones que nos han ocupado durante este mes, concluyamos, que por mucho que nos aproximemos a este río de sangre que recorre toda la ciudad de Dios, nunca será demasiado, y pongamos en él toda la esperanza de nuestra salvación. Y ¿quién podrá resistir la corriente impetuosa de esta Sangre? Ninguna fuerza humana, como no sea nuestra propia voluntad cuando con nuevos pecados se atreve a luchar contra su gracia. Pero si no la resistimos, si llenos de confianza en la bondad divina nos abandonamos suavemente a Ella, transportará nuestras almas al seno feliz de la divinidad.

 

COLOQUIO
¡Oh! ¡Y cuánto consuelo halla mi alma en estos pensamientos, amable Jesús mío! ¡Y qué dulce esperanza de mi salvación eterna renace en mi corazón, gracias a esa Preciosa Sangre que tan llano y suave me ha hecho el camino del Cielo! Este camino quiero seguir hasta la muerte, pues por él me salvaré: Nihil ad cælum euntibus tutius, quam sequi viam Christi sanguine tinctam; rectissimum hoc iter ad tribunal gratiæ, observa Pedro Collense. (Nada es más seguro para los que van al cielo que seguir el camino manchado con la sangre de Cristo; éste es el camino más directo al tribunal de la gracia.)  Sangre amabilísima de mi Jesús, yo te adoro profundamente, y te invoco con fervor, y pongo en ti toda mi confianza; tú eres la prenda de mi salvación como fuiste ya el precio de mi redención y el baño purificante de mi alma. Sangre de salvación; Sangre de vida, yo te ofrezco ante el trono del Eterno Padre, en descuento de mis pecados y por todos los pecadores. En ti halla su sostén la Iglesia, consuelo los desgraciados, fortaleza los débiles, los pecadores la más viva esperanza, y todas las almas la eterna salvación. Amén.

EJEMPLO

Santa María Magdalena de Pazzis vio en uno de sus éxtasis comparecer ante el Trono de la Santísima Trinidad todos los Santos protectores de la ciudad de Florencia unidos a una multitud innumerable de otros santos; traían todos una súplica y pedían al Señor se dignase perdonar a los hombres los innumerables pecados que se cometían entonces; pero no fueron oídos. Venían después de los Santos los Ángeles custodios de cada criatura; sus adoraciones y peticiones eran las mismas, pero sin más feliz resultado. Sometiéndose a la voluntad divina se retiraron, Después de los Ángeles se presentaron a Dios todos los escogidos que estaban aún en este mundo rogando por todos los pecados que se cometían, y suplicando a Dios perdonase a los pecadores y usase con ellos de misericordia, y al efecto ofrecían la Sangre que Jesús había derramado por los hombres; y por esta Sangre vino Dios en oír sus súplicas… Lo hizo por compasión a nuestra humanidad y para cumplir aquella su promesa: Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá; y estas tres palabras: Todo el que pide, recibirá; y el que busca, hallará; y al que llama, se le abrirá.

 

JACULATORIA PARA TODOS LOS DÍAS

Padre Eterno os ofrezco la Sangre de Jesucristo en rescate de mis pecados y por las necesidades de vuestra Iglesia.

 

El Soberano Pontífice Pío VII concedió cien días de Indulgencia por cada vez que se diga la anterior jaculatoria. Así consta del rescripto que se conserva en los archivos de los Padres Pasionistas de Roma.
 ***

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.


martes, 29 de julio de 2025

30. LA VIRGEN NOS ENSEÑA LA DEVOCIÓN A LA SANGRE DE CRISTO. MES DE LA PRECIOSA SANGRE

DÍA TRIGÉSIMO

La Virgen Santísima nos enseña la devoción a la Sangre Preciosísima de Jesucristo ofreciéndose por nosotros

 

MES DE LA

PRECIOSÍSIMA SANGRE DE CRISTO

EJERCICIO PARA EL MES DE JULIO

Ilmo. Sr. Vicente Strambi

 

Por la señal de la santa Cruz…

 

DÍA TRIGÉSIMO

La Virgen Santísima nos enseña la devoción a la Sangre Preciosísima de Jesucristo ofreciéndose por nosotros

I. Es opinión bastante común de los santos Padres, y en particular de San Bernardo, que las almas jamás reciben de la bondad del Señor gracia alguna, que no pase primero por las manos de la Santísima Virgen María. Omnia nos habere voluit per Mariam. El tesoro inapreciable de la Sangre Preciosísima de Jesús está depositado en las manos de María, no sólo para ofrecerle continuamente a la augusta Trinidad en favor de las almas encomendadas a su protección maternal, sino también para enriquecerlas como con una prenda segura de la bienaventurada inmortalidad; y por esto, Santa Magdalena de Pazzis recurría frecuentemente al Señor con esta devota oración: «Eterno Padre: Os ofrezco la Sangre de la humanidad de vuestro Verbo; os la ofrezco a Vos mismo, oh Verbo divino, y la ofrezco también a Vos, oh Espíritu Santo; y en todas mis necesidades os la ofrezco a Vos, oh María, a fin de que Vos la presentéis a la Santísima Trinidad.» Con razón, pues, la ofrenda de la Sangre del Salvador se hace por las manos de María, pues de la Sangre purísima de esta Señora se formó de un modo inefable en sus inmaculadas entrañas por obra del Espíritu Santo la Sangre divina de Jesucristo, dice San Juan Damasceno. La leche misma con que alimentaba al Divino infante se cambió en otra tanta Sangre que sus venas vertieron por la redención del mundo, dice San Atanasio: Succit mammam, ut divinum illud lac scaturiret, quod ex proprio latere profudit. (Él mamó de su pecho, para que fluya aquella leche divina que él derramó de su propio costado.) Así el alma devota de la Virgen puede repetir frecuentemente las palabras de San Buenaventura: «yo mezclaré la leche de la Madre con la Sangre del Hijo, y de una y otra me haré una excelente bebida.»

 

II. Desde el momento en que el profeta Simeón predijo a la Virgen aquella espada de dolor que había de traspasar su corazón en la muerte de su Hijo Jesús, ofreció aquella Sangre al Eterno Padre, pero la ofreció principalmente en el Calvario al pie de la Cruz; y la ofreció con ánimo tan esforzado y tan afectuoso corazón, que ella misma con sus propias manos, hubiera hecho correr su Sangre para que esta Sangre fuese derramada por la redención del género humano. Por lo cual dice Arnoldo Carnotense: «Ofrecían al mismo tiempo a Dios un holocausto: la una con la Sangre de su corazón, y el otro con la de su cuerpo.» Esta ofrenda que de su Hijo único hizo en el Calvario al pie de la Cruz, no cesa de hacerla continuamente con su corazón maternal ante el trono de Dios en favor de sus hijos por más pecadores que sean; lo cual debe hacernos esperar recibir a cada hora por medio de tan poderosa protectora y por la virtud eficaz de la Sangre de Jesucristo, al mismo tiempo que la remisión de nuestros pecados, las gracias que pedimos. Tal es el consolador pensamiento de San Agustín: «Tenemos un seguro acceso para con Dios desde el momento en que la Madre está cerca del Hijo y el Hijo cerca del Padre.» Además, María es la benéfica dispensadora de esa Sangre que su Hijo derrama sobre las almas con los tesoros de la divina misericordia. ¿Cual, pues, no deberá ser nuestra esperanza? María ofrece esa Sangre, María nos la distribuye, en las manos de María se halla tan precioso tesoro. ¡Ah! quiero esperarlo todo, sí, todo, de los méritos de la Sangre de Jesús unidos a los de tan tierna Madre.

 

COLOQUIO
¡Oh Santísima Virgen María, mi querida Madre! ¡qué pensamiento tan consolador saber que ese tesoro inestimable está en vuestras manos, que no cesáis de presentarle por mí delante del trono de Dios y que desde allí le derramáis sobre las almas! ¡Ah! ved mis manchas, y con esa Sangre inmaculada purificadme; ved mi flaqueza, y con esa Sangre fortificadme; ved mis miserias, y con esa Sangre enriquecedme; nada hay que yo no espere. Una gota, una sola gota de esa Sangre que derraméis por mí, basta para salvarme. Os suplico, pues, humildemente y con todo el afecto de mi corazón, oh Madre de pureza y de santa esperanza, me alcancéis una gracia, y es la de poder purificar mi espíritu en ese baño sagrado de la Sangre de Jesucristo y en adelante conservarle puro e inmaculado. Entonces os diré con San Anselmo: «Yo os suplico seáis mi salvación y protección para con Dios Todopoderoso a fin de que este buen Pastor y Príncipe de paz me purifique de las manchas de mis pecados, y que el que vino al mundo por Vos, oh la más casta de las Vírgenes, para salvar con su Sangre el género humano, se digne salvarme en su misericordia.» Haced Vos que me salve con su Sangre quien con tanta misericordia la ha derramado por mí.

 

EJEMPLO

Se lee en la vida del gran patriarca Santo Domingo que vio a la Santísima Virgen esparcir la Sangre de su divino Hijo sobre el pueblo reunido para escuchar los discursos de su fiel siervo. Refiérese, también, que, pesando un día las obras de uno de sus siervos y viendo bajarse el platillo en que estaban sus numerosos crímenes, la bienaventurada Virgen María puso una gota de Sangre del Redentor en el otro, y esto bastó para que al instante pesase muchísimo más que el de los pecados que ya inclinaban la balanza hacia lo profundo del infierno. Y lo que ha obrado repetidas veces la Madre de Dios en beneficio de sus siervos ¿no deberemos esperar que lo renueve en favor de aquellos que recurran devotamente a ella?

 

 

JACULATORIA PARA TODOS LOS DÍAS

Padre Eterno os ofrezco la Sangre de Jesucristo en rescate de mis pecados y por las necesidades de vuestra Iglesia.

 

 

El Soberano Pontífice Pío VII concedió cien días de Indulgencia por cada vez que se diga la anterior jaculatoria. Así consta del rescripto que se conserva en los archivos de los Padres Pasionistas de Roma.
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Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.

 

lunes, 28 de julio de 2025

29. LA SANGRE DE CRISTO EN LA SANTA MISA. MES DE LA PRECIOSA SANGRE

DÍA VIGÉSIMO NOVENO

En el Santo Sacrificio de la Misa se ofrece cada día la Preciosísima Sangre de Jesucristo por los mismos fines que fue ofrecida en el Calvario

 

MES DE LA

PRECIOSÍSIMA SANGRE DE CRISTO

EJERCICIO PARA EL MES DE JULIO

Ilmo. Sr. Vicente Strambi

 

Por la señal de la santa Cruz…

 

DÍA VIGÉSIMO NOVENO

En el Santo Sacrificio de la Misa se ofrece cada día la Preciosísima Sangre de Jesucristo por los mismos fines que fue ofrecida en el Calvario

 

I. La Sangre del Cordero inmaculado fue ofrecida en la cruz, dice el Angélico Doctor Santo Tomás, para tres fines principales: para tributar a la Divina Majestad el honor infinito que le era debido, tributo que todas las criaturas juntas no eran capaces de ofrecerle; para satisfacer a su justicia divina por todos los ultrajes recibidos de los hombres y dar gracias a su bondad infinita por todas las gracias que se digna concedernos; y en fin, para obtener las demás gracias que son necesarias a nuestra salvación. Por estos mismos fines viene aún Jesucristo a ponerse todos los días sobre nuestros Sagrados Altares y renueva en el tremendo sacrificio la ofrenda que de su Sangre Preciosa hizo en el Calvario. Y de aquí puede cada uno comprender la excelencia y sublimidad de este Sacrificio que el Sagrado Concilio de Trento llama tesoro escondido, centro de la Religión cristiana, corazón de la devoción, sol de los ejercicios espirituales, misterio inefable que comprende los abismos de la divina caridad; y cuantas veces se celebra este terrible y Santo Sacrificio otras tantas este divino Cordero ofrece su Sangre inestimable a su Eterno Padre después de haberla vertido en el Calvario por nuestra redención, y otras tantas veces se renueva el Sacrificio que ofreció por nosotros en la Cruz.

 

II. ¿Y cómo se asiste a un tan santo y excelente misterio? ¿Cómo se ofrece de concierto con el sacerdote esta Sangre divina? ¡Ay! ¿Qué de irreverencias, qué de escándalos no se ven en los santos templos en el momento mismo en que se celebra este augusto y terrible misterio? ¡Puede decirse de tantos cristianos presentes a este sacrificio que asisten a él como los hebreos en el Calvario; es decir, para ultrajar a Jesús, para abrir de nuevo sus llagas, para derramar nuevamente su Sangre, y derramarla para su propia condenación en el momento mismo en que debía ofrecerla por su salvación! ¡Oh! ¡Y cómo la Sangre de Jesucristo reprobará esas almas impías y perversas! ¿Nos admiraremos ya de ver al Señor tan irritado? Vosotras, por lo menos, almas devotas de esta Preciosa Sangre, tratad de reparar las justas venganzas de Dios y ofreced con una fe viva, con una caridad ardiente, esa Sangre de propiciación por vosotros y por tantos desdichados pecadores. Por esa Sangre adorable dad al Padre Eterno el honor que le es debido; por Ella satisfaced a su justicia ultrajada, manifestadle el más afectuoso agradecimiento y obtened la abundancia de sus gracias asistiendo devotamente al Santo Sacrificio del Altar. Que vuestras delicias sean estar con una modestia ejemplar en las iglesias donde se celebre este Sacrificio, como hacían un San Francisco de Borja y un San Carlos Borromeo, el cual decía que su única dicha, su Paraíso sobre la tierra, era estar en la iglesia y asistir al Altar Santo.

 

COLOQUIO
Reconozco, Jesús mío, el grande amor que habéis manifestado a vuestra Iglesia instituyendo un Sacrificio tan augusto y tan santo, por el cual cada día ofrecéis a vuestro Eterno Padre esa Sangre inestimable que ya habéis ofrecido sobre la Cruz; pero reconozco también la irreverencia con que he asistido a tan santo misterio, y la poca devoción con que he oído hasta ahora la Santa Misa. ¡Ah! ¡Paréceme oír en lo profundo del corazón las justas reconvenciones de vuestra Sangre! Pero no será así en adelante; yo sabré apreciar el tesoro que nos habéis dejado, y no se pasará un día en que yo no os ofrezca esa Sangre uniéndome al sacerdote y uniendo también mi intención a la que Vos mismo habéis tenido, oh Jesús mío, cuando la ofrecisteis en el Altar de la Cruz; os adoraré de lo más de íntimo mi corazón, uniendo mis adoraciones a las de vuestra Santísima Madre, cuando se hallaba en el Calvario, y a las de los Ángeles y de todos los Santos que asisten a vuestro sacrificio.

EJEMPLO

San Homobono vivía en Cremona dedicado al comercio; no solamente no cometía fraudes ni injusticias, sino que su caridad y liberalidad para con los necesitados, le habían hecho merecer el nombre de padre de los pobres. Enteramente entregado a la oración, iba todas las noches a la iglesia de San Gil, y asistía con grande devoción a los Maitines, después de los cuales permanecía durante muchas horas arrodillado delante de una imagen de Jesús crucificado, tan pródigo de su Sangre con nosotros. Venía en seguida el momento de celebrar la Misa y la oía con un recogimiento y una compunción que edificaba a todos los asistentes. Llegó, en fin, el día en que debía recibir la corona a que era acreedor, fue según costumbre a la iglesia, y después de los maitines y de la oración a los pies de su Señor crucificado se había empezado a celebrar la Misa: en el momento del Gloria in excelsis Deo, se postró y juntó su boca con la tierra sin que llamara la atención, pues que lo tenía de costumbre. Más cuando observaron que no se incorporaba al tiempo de leer el Evangelio, creyeron que se había dormido: no obstante, quisieron despertarle y hallaron que estaba muerto; al momento se esparció la noticia por todas partes y el pueblo acudió en tropel, y Dios hizo brillar su santidad con un gran número de milagros.

 

JACULATORIA PARA TODOS LOS DÍAS

Padre Eterno os ofrezco la Sangre de Jesucristo en rescate de mis pecados y por las necesidades de vuestra Iglesia.

 

El Soberano Pontífice Pío VII concedió cien días de Indulgencia por cada vez que se diga la anterior jaculatoria. Así consta del rescripto que se conserva en los archivos de los Padres Pasionistas de Roma.
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Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.