lunes, 10 de agosto de 2026

DÍA 11. EL CORAZÓN DE MARÍA TURBADO POR EL SALUDO DEL ÁNGEL. EL MES DE AGOSTO CONSAGRADO AL SANTÍSIMO E INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 


DÍA 11

EL CORAZÓN DE MARÍA

TURBADO POR EL SALUDO DEL ÁNGEL

 

EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA

 

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

DÍA 11

EL CORAZÓN DE MARÍA

TURBADO POR EL SALUDO DEL ÁNGEL

 

Considera la turbación que el saludo del Ángel produjo en el Corazón de María. Ella escucha aquellas palabras tan honoríficas y sublimes: «Dios te salve, llena de gracia; el Señor está contigo.»

¿Cuál fue su respuesta a un saludo tan extraordinario y a un anuncio tan favorable?

María guarda silencio. «Al oír estas palabras, se turbó y se preguntaba qué significaría aquel saludo.»

¡Oh profundo misterio!

¿Por qué se turba ese Corazón tan sereno e inalterable? ¿Qué pensamientos lo ocupan? ¿Por qué permanece en silencio? ¿Temía acaso alguna ilusión? ¿O era simplemente por modestia, al ver a un ángel bajo apariencia humana?

No; el texto del Evangelio es claro: «Se turbó por estas palabras.» «No se turbó por la presencia del ángel, sino por sus palabras», dice Eusebio de Emesa.

¿Cuál fue, entonces, la causa de aquella turbación?

Su profundísima humildad, al oírse alabada de una manera tan opuesta al humilde concepto que tenía de sí misma. Cuanto más comprendía que el ángel la exaltaba, tanto más se humillaba, se abatía y se reconocía como nada delante de Dios.

Si el ángel le hubiera dicho: «María, eres la criatura más miserable del mundo», no se habría sorprendido tanto.

Pero unas alabanzas tan extraordinarias la llenaron de turbación, dice san Bernardino de Siena.

«No deseo la alabanza para mí, sino únicamente para el Creador y Señor soberano de todas las cosas»; así reveló ella misma a santa Brígida.

Y, sin embargo, aquellas alabanzas le pertenecían con toda justicia.

Pero María exclama interiormente: «No; no sea para mí la alabanza ni la gloria, sino para el Creador y Autor de todo don.»

¡Oh humildad digna de la grandeza de Dios y capaz de reflejar su inmensidad! Humildad que hace a María pequeñísima y completamente indigna a sus propios ojos, pero inmensamente grande y riquísima en méritos ante Aquel a quien ni siquiera el universo entero puede contener.

¿Y nosotros? ¿Cómo recibimos las alabanzas? ¿Nos agradan?

Las alabanzas humanas no son más que viento; solo sirven para hinchar el corazón. Sin embargo, ¡cuántas veces nos alimentamos de ese viento como si fuera el más exquisito de los manjares!

No olvidemos que fue el rechazo de toda alabanza humana lo que elevó a María por encima de los ángeles hasta convertirla en la Madre de Dios. Ese acto de humildad de su Corazón fue la disposición inmediata para la Encarnación del Verbo.

En cambio, las falsas alabanzas dirigidas por el ángel de las tinieblas penetraron en el corazón de Eva y la precipitaron bajo el dominio de los demonios, de los que llegó a ser esclava.

¡Oh Dios mío! Sean rechazados, confundidos y avergonzados los que me lisonjean y adulan. No a nosotros, Señor, no a nosotros; si no a tu nombre sea la gloria.

 

ORACIÓN

¡Oh María, a quien el ángel Gabriel saludó con el dulce nombre de Llena de gracia, saludo ante el cual tu humildad quedó turbada! Venero tu perfecta sumisión a la voluntad de Dios, que expresaste con tanta humildad en tu respuesta al ángel: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Gracias te sean dadas, ¡oh Virgen incomparable!, por haber consentido en dar al género humano la fuente de todo consuelo, de toda felicidad y de toda esperanza. Amén.

 

FLOR. Rezar de rodillas y con los brazos en cruz tres veces el Gloria al Padre.

 

FRUTO. Aborrecer las alabanzas humanas y atribuir siempre a Dios, y nunca a uno mismo, todo el bien que podamos hacer.

 

 

ORACIONES FINALES

 

ORACIÓN

AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA

 

¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.

¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.

Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.

Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.

Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.

En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.

Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.

 

ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA

Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.

 

Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores

A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:

  1. Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
  2. Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
    • la Natividad de la Santísima Virgen María,
    • la Asunción de la Santísima Virgen,
    • y la fiesta del Santísimo Corazón de María,

con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.

  1. Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
  2. Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.