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sábado, 29 de noviembre de 2025

30 DE NOVIEMBRE.- SAN ANDRÉS, APÓSTOL (+HACIA EL 69)

 


30 DE NOVIEMBRE

SAN ANDRÉS

APÓSTOL (+HACIA EL 69)

NOS hallamos ante un curioso cromo evangélico. de extraordinaria delicadeza y emotividad, lleno de humanísimas evidencias y de misteriosas honduras teológicas. Lo pinta San Juan en el primer capítulo de su Evangelio, con palabras que conservan aún toda su frescura primigenia —frescura de grato recuerdo, de emoción nueva, de ternura agradecida — palabras maravillosamente concretas, claras de alegría, ungidas de santo entusiasmo, trémulas de luz divina...

«Estaba Juan Bautista con dos de sus discípulos a orillas del Jordán. Y viendo pasar a Jesús, les dijo: «He ahí el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírle hablar así, se fueron en pos del Señor. Jesús advirtió que le seguían, y, volviéndose, les preguntó: «¿Qué buscáis?». Ellos respondieron: «Maestro, ¿dónde moras?». Jesús les contestó: «Venid y vedlo». Fueron, vieron dónde habitaba y se quedaron con Él aquel día. Era casi la hora décima —cuatro de la tarde— Uno de los dos que siguieron a Cristo era Andrés, hermano de Simón Pedro. El primero a quien Andrés encontró fue a su hermano Simón, y le dijo: «Hemos hallado al Mesías», y le llevó a Jesús. El Señor, fijando los ojos en él, le dijo: «Tú eres Simón, hijo de Juan; tú serás llamado Cefas, que quiere decir Pedro o piedra».

Esta es la sencilla narración —escrita con la sinceridad y pulcritud de quien ha sido afortunado protagonista de la escena, aunque calle modestamente su nombre—, por la que San Juan nos notifica su llamamiento al apostolado de Jesucristo, juntamente con San Andrés, a quien hoy conmemoramos y al que los griegos dan el apelativo de Protókletos —primer llamado— y Bossuet califica bellamente de «Primogénito de los Apóstoles».

Ante la mirada tierna e impresionante de Jesús, la juventud generosa de Andrés, sacudida por el escalofrío de lo divino, se abre a nuevos e insospechados horizontes. La cándida y segura prontitud en seguir la vocación engendra en su alma la fe, y de esta brota el celo impaciente, devorador. Trocado ya en apóstol, hecho fuego y llama para Cristo, Andrés corre en busca de su hermano y le suelta, vibrante, la gran novedad: Invenimus Messiam —hemos hallado al Mesías—. Porfirio y Juliano el Apóstata le echarán en cara el haber seguido al Señor en un momento de entusiasmo ciego e irracional. Aunque así hubiese sido, ¡cuánto debe la Iglesia a ese entusiasmo! Pero nada más absurdo. Andrés estaba dispuesto y preparado por el Bautista, quien, juzgándole maduro, lo inclina hacia el Enviado, dando, por decirlo así, el paso providencial de la Ley al Evangelio. Luego ve a Jesús, habla con Él, pasa la noche en su compañía, se le junta y le sigue, todo a través de un proceso natural, muy humano, aunque muy divino. ¿Quién hubiera resistido al misterioso influjo del dulce Rabbí? Después le acompaña a Caná y presencia su primer milagro, viaja con Él a Samaría y Galilea y vuelve de nuevo a continuar su oficio de pescador, como lo hará aún después de la Resurrección. Y por si todavía quedan dudas sobre la legitimidad de su vocación, ya eficazmente formado, viene el segundo llamamiento, y éste sí que es explícito y terminante, para que la entrega sea pura, consciente, irrevocable. «Y pasando Jesús por la ribera del mar de Galilea —dice San Marcos—, vio a Simón y a Andrés, su hermano, que echaban las redes en el mar, porque eran pescadores. Y les dijo: «Venid en pos de Mí y haré que seáis pescadores de hombres». Y luego, dejadas las redes, le siguieron». Desde este momento, Andrés sigue a Cristo con espíritu animoso y resuelto, sin desmentir su primogenitura ni venderla por nada de este mundo. Renuncia a todo para formar en la escuela del Colegio Apostólico. El primer entusiasmo no decae, ni en los caminos polvorientos de Galilea, ni en las soledades del desierto, ni ante los muros de Jerusalén. A tanto llega su familiaridad con Cristo, que San Beda lo proclama «introductor» cerca de Jesús. Su nombre, así como el de Felipe, su ordinario compañero, va asociado al primer relato de la multiplicación de los panes, en el de la pregunta hecha a Jesús sobre el fin de los tiempos y en el de la pretensión de los griegos por ver al Señor. Oye ávidamente las enseñanzas del Maestro, presencia sus milagros, asiste a su Pasión y recibe, como los demás Apóstoles, el mandato de ir a predicar a todas las gentes. Andrés —«símil perfecto de Cristo»— enarbola, intrépido, la cruz, deja para siempre su querida Betsaida, el lago de sus afanes e ilusiones, y se lanza a anunciar el Evangelio por el mundo romano, especialmente en Tracia y Escitia. En Patras de Acaya, el prefecto Egeas lo condena a morir crucificado, por negarse a sacrificar a los dioses. Pero la cruz no le asusta: es su bandera, ha sido su espada y será su triunfo y su cátedra. «¡Oh cruz amable —exclama al verla—, oh cruz ardientemente deseada y tan dichosamente hallada! ¡Oh cruz que serviste de lecho a mi Señor, acógeme en tus brazos para que por ti me reciba el que por ti me redimió!».

Fue una entrega abierta, ancha, cruenta, apasionada y tan sublimemente trágica, que el mismo Murillo —pintor de niños y virgencitas— quiso dejarnos su versión de aquel heroico ejemplo de amor a la cruz, de aquel cuadro impresionante que un día fuera un sencillo cromo evangélico a orillas del lago de Genesaret...

 

viernes, 28 de noviembre de 2025

29 DE NOVIEMBRE.- SAN SATURNINO, MÁRTIR (+HACIA EL 303)

 


29 DE NOVIEMBRE

SAN SATURNINO

MÁRTIR (+HACIA EL 303)

EN la vía Salaria Nueva de Roma destinada antiguamente a memorias funerarias— existieron cuatro cementerios cristianos: el de Priscila, que fue el más famoso, el de los Jordanes, el de Máximo y el de Trasón. Este último, descubierto a principios del siglo XVIII, conservó el nombre de su fundador y la intitulación de San Saturnino —su mártir principal—, en cuyo túmulo el papa español San Dámaso —beatissimorum mártyrum cultor— colocó la siguiente inscripción:

«Este ahora huésped de Cristo lo fuera antes de Cartago. Al tiempo que la espada rasgaba las pías entrañas de la Madre Iglesia, dando la sangre cambió la patria, el nombre y el linaje: el martirio, germen de santos, lo hizo ciudadano romano. Cosa digna de admiración: lo mostró su fin heroico. Mientras lacerándole los miembros gruñe como enemigo Graciano, después de vomitar el concebido veneno de su ira, no pudo, ¡oh santo!, obligarte a negar a Cristo, antes bien, por tus súplicas mereció finar confesándolo. Esta es la voz de Dámaso suplicante: venerad el sepulcro».

Años 303 al 305. Impera Diocleciano. Las furias todas del infierno parecen haberse desencadenado contra los discípulos de Cristo: se buscan los Libros Santos para quemarlos, se demuelen las iglesias, se prohíben el culto y las asambleas bajo penas severas. Pero ni el hierro ni el fuego, ni las más atroces torturas bastan a quebrantar la fortaleza de los cristianos, que aumentan en vez de disminuir, porque cada gota de sangre derramada es como un grano escondido en la tierra del que brota la nueva espiga. ¿Cómo acabar con ellos? A Maximiano el Hercúlius, que planea la construcción de las grandiosas Termas de Diocleciano, se le ocurre una idea venenosa, satánica: el inmenso edificio puede ser levantado con el sudor de los cristianos, condenados a trabajar como viles esclavos, como bestias de carga. En este martirio lento y sorda violencia, faltos de alimento y sometidos a brutales tratos, irán sucumbiendo poco a poco, insensiblemente, como quien se desangra... Y hay un tiempo en que Roma —la Roma del panem et circenses— ni se entera de la presencia de aquellos cuarenta mil penados singulares —el cómputo es del Cardenal Baronio— que, con la herramienta en la mano o el saco a la espalda, predican la virtud evangélica, y admiran y exasperan a los verdugos con su extraña caridad, con su incomprensible resignación y espíritu proselitista...

Pero Trasón, cristiano rico y magnánimo, ha decidido emplear toda su fortuna en socorrer a los presidiarios de la fe. Cuatro diáconos heroicos —Sisinio, Ciriaco, Largo y Esmaragdo— se han puesto Voluntariamente a su disposición, para llevar por sus manos aquellos auxilios. Pronto son sorprendidos en el ejercicio de su fervorosa caridad y enrolados en una brigada de trabajo. Un día, Sisinio ve a un anciano venerable — vir senex— vacilante bajo el peso cruel, mientras sus labios resecos musitan una plegaria: es Saturnino. Se ofrece a ayudarle, y en adelante, después de terminar su inhumana tarea, transporta los sacos de arena destinados al anciano cartaginés. Y el gozo que siente en la práctica de la caridad es tan grande, que arranca a su alma himnos de alabanza al Señor.

Este humanitario acto irrita al Emperador, en lugar de conmoverle, y manda encerrrar a Sisinio y a Saturnino en la cárcel Mamertina y atormentarlos sin piedad. La conversión del carcelero Apronio —que muere a poco decapitado confesando la fe— los coloca ante la alternativa de sacrificar o ser pasto de las llamas. Descalzos y encadenados, son llevados a presencia del Prefecto Laudino, quien manda traer el pebetero del incienso;

—Confunda el Señor vuestros simulacros —exclama Saturnino al verlo.

A esta voz cae el ídolo a tierra, y dos soldados —Papías y Mauro—, movidos por la gracia de lo Alto, confiesan al verdadero Dios.

Ebrio de cólera Laudino, ordena que extiendan a los Mártires en el ecúleo y que sean golpeados con nervios de toro y varas flexibles. Durante el horrible tormento, Sisinio y Saturnino no cesan de repetir con serenidad imperturbable: «Gloria a Ti, oh, Cristo, que nos haces partícipes de los trabajos de tus siervos». Su último canto es una estrofa de sangre y de fuego, pues el Prefecto da orden de romperles las mandíbulas con piedras y tostarles los costados con teas encendidas. Al fin, viendo la fortaleza de su espíritu, los sentencia a ser decapitados en la vía Nomentana.

El presbítero Juan recogió los mutilados cuerpos y les dio pía sepultura en una propiedad de Trasón que había de convertirse en famoso cementerio cristiano. Aquí surgirá la basílica de San Saturnino, existente por lo menos desde el siglo IV y restaurada por el papa Adriano I. «Jamás se ha hecho una excavación metódica en estos lugares —escribe Kirschbaum—, que presentan una bella riqueza decorativa y ofrecen aún varias galerías intactas, ricas en material de uso doméstico incrustado alrededor de los lóculos cerrados. A esto se debe precisamente el que no se hayan hallado todavía las criptas donde descansaban los cuerpos de los mártires y que la historicidad de la mayoría de éstos quede algo nebulosa por falta de comprobaciones arqueológicas». Pero Roma guarda su memoria como un tesoro.

 

jueves, 27 de noviembre de 2025

28 DE NOVIEMBRE.- SAN JOSÉ DE PIGNATELLI, JESUITA (1737-1811)

 


28 DE NOVIEMBRE

SAN JOSÉ DE PIGNATELLI

JESUITA (1737-1811)

EMINENTE figura humana y alta cumbre de santidad es José Pignatelli, J restaurador y segundo Padre de la Compañía de Jesús, a cuyos trágicos destinos vive reciamente unido en la aspereza y en la gloria, durante más de medio siglo.

Nobleza de alma y de sangre, entereza de espíritu, gran capacidad de sacrificio, piedad honda y austera, humildad seráfica y distinguida, temple recio de apóstol, caridad fogosa, exquisita prudencia y suave energía —como buen hijo de San Ignacio— estampa de asceta... ¡Magnífico cuadro de virtudes que recortan la mágica silueta de Pignatelli en la noche de un siglo impío y jansenista, podrido de envidias, infestado de masones y déspotas! Ni le faltan, para su función rectora y restauradora, esas otras virtudes de casta y educación que redondean la personalidad. Ni le faltan —aunque le sobran— las preeminencias sociales que ayudan a triunfar. Le sobran, sí, porque todo lo fía de la Providencia. Y si se vale de las influencias y dinero que el mundo pone al alcance de su mano aristocrática y santa, no lo hace nunca en beneficio propio, sino movido de un alto espíritu de caridad, llegando hasta despojarse de su ropa para vestir a un miserable.

También en esta vida —apretada de trabajos, henchida de anhelos, caldeada de santidad— estorba el dato documental, siquiera algunos resulten imprescindibles para su total comprensión. Es importante, por ejemplo, saber que es hijo de los Condes de Fuentes —clara estirpe napolitana y española, sangre de Luis Gonzaga y de Francisco de Borja—, y que nace en Zaragoza —27 de diciembre de 1737— y en un siglo volteriano. ¡Qué relieve cobran ahora, contrastadas, esas sus virtudes características, medulares! El aristócrata renuncia a perspectivas tentadoras para seguir, a impulsos de la gracia, una vocación oscura y abnegada. El hijo de príncipes recaba el beneplácito de Fernando VI para alistarse, a los dieciséis años, en las filas de la gloriosa milicia ignaciana. José Pignatelli, noble por los cuatro costados, depone todos sus títulos, para no ser. más que. «un señor que lleva alforja y va pidiendo para los pobres», o, a lo más, el «Padre de los ahorcados», el humilde «catequista» de barrio. «Abrazado el estado religioso —dice un venerable Prelado— en Tarragona, en Manresa, en Zaragoza, en Calatayud, en Córcega, en Ferrara, en Parma, en Bolonia, en Colorno, en Nápoles, en Roma, durante el noviciado o durante sus estudios, en la época del profesorado o expulsado de España, oscurecido o ejerciendo cargo, siempre y en todas partes aparece su noble figura mortificada para sí, amable con los demás, sincera, con una rectitud, prudencia, tacto y habilidad de gran diplomático, gobernando sagaz y justamente en medio de las mayores dificultades, afrontando peligros sin buscarlos, y con tal serenidad, mesura y ponderación, que bastarían para enaltecer y perpetuar su renombre». Buena prueba de este temple y grandeza de alma es su certera intervención en el apaciguamiento del motín zaragozano de 1766 —repercusión del de Esquilache— por la que Carlos III expresa su gratitud a la Compañía. Lo que no impide que, al año siguiente, incitado por la camarilla masónica, decrete su expulsión fulminante de España y sus dominios, «por razones que se reserva en su real pecho». Y aquí es, precisamente, donde el Padre Pignatelli empieza a desempeñar su providencial misión de tutela y rectoría, donde mejor se revelan sus dotes y virtudes. Él hubiera podido permanecer en España, pero resiste heroicamente los ofrecimientos de su poderosa familia y une su suerte a la de sus hermanos, acompañándolos como ángel consolador en su penosa e interminable travesía, manteniendo vivo en las almas el espíritu religioso y aliviando los cuerpos con las generosas dádivas que para ello le envía su hermana, la Condesa de Acerra. ¡Duro éxodo a través de Córcega, Génova, San Bonifacio, Parma, Módena, Bolonia y Ferrara! Sin embargo, la máxima prueba para quienes han hecho voto de lealtad al Papa, llega en 1773, cuando Clemente XIV, ante la amenaza de un cisma, suprime la Compañía por la Bula Dóminus ac Redemptor. Pero el Santo no se arredra. Sin una palabra de queja, de censura, con magnánima conformidad, con fuerzas muy superiores a las de Su extenuado organismo, se sobrepone a la tragedia. Y en cuanto el Duque dé Parma reclama para sus Estados algunos jesuitas de Rusia —donde aún subsiste la Orden— José se une a ellos y, con la venia de Pío VI —a quien socorre camino del destierro— abre en Colorno un noviciado y un hospital, para volcar en el primero las más puras esencias ignacianas, y en el segundo todas las mieles y heroísmos de su corazón apostólico. ¡Años de actividad y sufrimientos! En 1803 es Provincial de Nápoles. En 1804, Pío VII restablece la Compañía en las dos Sicilias. En 1806, son expulsados los jesuitas de Nápoles por Bonaparte. El Papa los acoge en el Colegio Romano y en la Iglesia del Gesù. Roma es también ocupada, en 1808; y el Santo, presintiendo su fin, se retira a San Pantaleón, donde muere -1811- después de vaticinar la restauración de la Compañía.

Pío XII, que lo canonizó en 1954, escribió siendo aún el Cardenal Pacelli: «San Ignacio de Loyola, paladín de la vida, y José Pignatelli, paladín de la resurrección, son las dos columnas del arco triunfal de la Compañía de Jesús».

miércoles, 26 de noviembre de 2025

27 DE NOVIEMBRE.- SANTOS FACUNDO Y PRIMITIVO, MÁRTIRES (+143)

 


27 DE NOVIEMBRE

SANTOS FACUNDO Y PRIMITIVO

MÁRTIRES (+143)

DESPUÉS de dieciocho centurias, la estrenua pasión de los santos hermanos Facundo y Primitivo pone todavía vibración magnética en nuestras almas. Y es que estos dos héroes hispanos brillan con gloria estelar entre la pléyade invicta de nuestros mártires del siglo II, por su carácter recio, por su voluntad indomable, por su fe roquera...

Fue su triunfo bajo Antonino Pío, siendo Gobernador de León y sus tierras Tito Claudio Ático Herodes, cónsul en el año 143 y preceptor de Marco Aurelio. Las circunstancias y pormenores del mismo son bastante inciertas. Mas, aunque no figuren sus nombres en el Parvum martirológium Romanum, sus fiestas y lecciones — según nota Flórez en la España Sagrada — se hallan incluidas en los Breviarios y Santorales antiguos, con tal consonancia, que puede afirmarse haber sido tomadas las noticias de unos mismos dõcumentos. Un viejo códice leonés del siglo XI sitúa el lugar de este martirio en las riberas del río Cea, donde se asienta actualmente la villa de Sahagún. ¿Las causas? Una sola. Ático ordena ofrecer sacrificios a Febo, muy venerado en esta región. Pero en medio de la multitud sumisa y prevaricadora, Facundo y Primitivo alzan su voz de protesta, confesando sin tapujos su fe cristiana. El Gobernador, airado, manda llevarlos en seguida a su presencia. Los dos jóvenes comparecen ante él aherrojados de pies y manos. Y se entabla el emocionante y confortador diálogo que reproducimos a hilo de las Actas.

— ¿De dónde sois?

— De esta misma tierra leonesa.

— ¿Qué religión seguís?

— Confesamos a Jesucristo, Dios verdadero, Criador de cielos y tierra.

— ¿Ignoráis, acaso, las órdenes imperiales, que mandan castigar a los que, como vosotros, blasonan de cristianos?

— Las conocemos y las despreciamos, porque son injustas y blasfemas.

— Bien. Pues esas órdenes siguen en vigor y son irrevocables. Sacrificad a los dioses inmortales, si en algo estimáis vuestras vidas.

— Nosotros, oh Juez, ofrecemos todos los días sacrificio al gran Rey y Señor Jesucristo, Dios inmortal.

— ¿Sois, por ventura, sacerdotes?

— No tenemos esa honra; pero la bondad del Señor nos ha levantado a una alta gracia. Los siervos de Dios son como vides plantadas por su mano, las cuales crecen y dan fruto a su tiempo. Los racimos que producen son vendimiados y pisados por los hombres en el lagar de este siglo, más el vino que de ellos sale es en el futuro una bebida que se presenta en la mesa celestial. Henos aquí a los dos: racimos somos en tu presencia, y ya sólo esperamos ser cortados y pisados, para que, gustando la muerte temporal, seamos ofrecidos en el convite de los cielos...

— Luego, ¿preferís morir a vivir?

— Lo que tú llamas muerte nos dará la vida eterna.

Ático, humillado, hecho una hiena, da orden de someterlos a la tortura legal. Las Actas se eternizan en el recuento y pintura de los suplicios. Sin embargo, no resultan tan horripilantes como en otras ocasiones. Parece como si un cálido soplo de esperanza y de fe dilatara nuestras almas, a vista de la contumacia de estos Mártires en el dolor más acre y de los prodigios con que el Cielo ilustra su triunfo.

Primero les quiebran los dedos y les retuercen violentamente las piernas. Luego los encierran en un antro inmundo. Allí les presentan alimentos envenenados. Facundo y Primitivo los bendicen antes de tomarlos, y la ponzoña resulta ineficaz. Los arrojan a un horno encendido, del cual salen al cabo de tres días totalmente ilesos. El «león de fauces rojas» los ha respetado, como respetara en otro tiempo a los tres jóvenes hebreos, Ananías, Azarías y Misael. Después desgarran sus nervios con garfios de hierro, echan aceite hirviendo en las heridas y les hacen tragar cal viva mezclada con hiel y vinagre. Dios trueca en miel el horrendo brebaje. Entonces, el tirano ordena que les saquen los ojos y que, colgados boca abajo, los dejen así hasta expirar. Mas, al cabo de tres días, no solo no han muerto, sino que se hallan enteramente curados de sus heridas y con los ojos restituidos. Todos estos prodigios, que convierten a muchos gentiles, son como echar aceite al fuego y abrasar el corazón impío de Ático. El sañoso Juez manda desollar vivos a los Mártires. Mientras se cumple la sentencia con atroz lentitud, sucede otra gran maravilla, pues uno de los presentes comienza a proclamar en alta voz que está viendo a dos ángeles, portadores de sendas coronas para los Santos. A lo que el Gobernador contesta con diabólico sarcasmo: «Pues cortadles las cabezas, para que vayan a su encuentro».

Así consumaron su glorioso triunfo Facundo y Primitivo, el día 27 de noviembre del 143. De sus cuellos cercenados brotó sangre y leche: Éxiit colli eorum lac et sanguis —dicen textualmente las Actas.

Los cristianos sepultaron sus cuerpos en aquel mismo lugar, llamado Strata o Calciata. En tiempos de Constantino el Grande se edificó allí un pequeño santuario —Domnos Sanctos— que dio origen y nombre a la villa de Sanct Facund, San Fagunt, Safagun o Sahagún. Más tarde, Alfonso III mandó edificar el Real Monasterio de San Benito —miræ magnitúdinis ornato—, que fue el más poderoso e influyente de España durante los siglos XI al XV.