30 DE NOVIEMBRE
SAN ANDRÉS
APÓSTOL (+HACIA EL 69)
NOS hallamos ante un curioso cromo evangélico. de extraordinaria delicadeza y emotividad, lleno de humanísimas evidencias y de misteriosas honduras teológicas. Lo pinta San Juan en el primer capítulo de su Evangelio, con palabras que conservan aún toda su frescura primigenia —frescura de grato recuerdo, de emoción nueva, de ternura agradecida — palabras maravillosamente concretas, claras de alegría, ungidas de santo entusiasmo, trémulas de luz divina...
«Estaba Juan Bautista con dos de sus discípulos a orillas del Jordán. Y viendo pasar a Jesús, les dijo: «He ahí el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírle hablar así, se fueron en pos del Señor. Jesús advirtió que le seguían, y, volviéndose, les preguntó: «¿Qué buscáis?». Ellos respondieron: «Maestro, ¿dónde moras?». Jesús les contestó: «Venid y vedlo». Fueron, vieron dónde habitaba y se quedaron con Él aquel día. Era casi la hora décima —cuatro de la tarde— Uno de los dos que siguieron a Cristo era Andrés, hermano de Simón Pedro. El primero a quien Andrés encontró fue a su hermano Simón, y le dijo: «Hemos hallado al Mesías», y le llevó a Jesús. El Señor, fijando los ojos en él, le dijo: «Tú eres Simón, hijo de Juan; tú serás llamado Cefas, que quiere decir Pedro o piedra».
Esta es la sencilla narración —escrita con la sinceridad y pulcritud de quien ha sido afortunado protagonista de la escena, aunque calle modestamente su nombre—, por la que San Juan nos notifica su llamamiento al apostolado de Jesucristo, juntamente con San Andrés, a quien hoy conmemoramos y al que los griegos dan el apelativo de Protókletos —primer llamado— y Bossuet califica bellamente de «Primogénito de los Apóstoles».
Ante la mirada tierna e impresionante de Jesús, la juventud generosa de Andrés, sacudida por el escalofrío de lo divino, se abre a nuevos e insospechados horizontes. La cándida y segura prontitud en seguir la vocación engendra en su alma la fe, y de esta brota el celo impaciente, devorador. Trocado ya en apóstol, hecho fuego y llama para Cristo, Andrés corre en busca de su hermano y le suelta, vibrante, la gran novedad: Invenimus Messiam —hemos hallado al Mesías—. Porfirio y Juliano el Apóstata le echarán en cara el haber seguido al Señor en un momento de entusiasmo ciego e irracional. Aunque así hubiese sido, ¡cuánto debe la Iglesia a ese entusiasmo! Pero nada más absurdo. Andrés estaba dispuesto y preparado por el Bautista, quien, juzgándole maduro, lo inclina hacia el Enviado, dando, por decirlo así, el paso providencial de la Ley al Evangelio. Luego ve a Jesús, habla con Él, pasa la noche en su compañía, se le junta y le sigue, todo a través de un proceso natural, muy humano, aunque muy divino. ¿Quién hubiera resistido al misterioso influjo del dulce Rabbí? Después le acompaña a Caná y presencia su primer milagro, viaja con Él a Samaría y Galilea y vuelve de nuevo a continuar su oficio de pescador, como lo hará aún después de la Resurrección. Y por si todavía quedan dudas sobre la legitimidad de su vocación, ya eficazmente formado, viene el segundo llamamiento, y éste sí que es explícito y terminante, para que la entrega sea pura, consciente, irrevocable. «Y pasando Jesús por la ribera del mar de Galilea —dice San Marcos—, vio a Simón y a Andrés, su hermano, que echaban las redes en el mar, porque eran pescadores. Y les dijo: «Venid en pos de Mí y haré que seáis pescadores de hombres». Y luego, dejadas las redes, le siguieron». Desde este momento, Andrés sigue a Cristo con espíritu animoso y resuelto, sin desmentir su primogenitura ni venderla por nada de este mundo. Renuncia a todo para formar en la escuela del Colegio Apostólico. El primer entusiasmo no decae, ni en los caminos polvorientos de Galilea, ni en las soledades del desierto, ni ante los muros de Jerusalén. A tanto llega su familiaridad con Cristo, que San Beda lo proclama «introductor» cerca de Jesús. Su nombre, así como el de Felipe, su ordinario compañero, va asociado al primer relato de la multiplicación de los panes, en el de la pregunta hecha a Jesús sobre el fin de los tiempos y en el de la pretensión de los griegos por ver al Señor. Oye ávidamente las enseñanzas del Maestro, presencia sus milagros, asiste a su Pasión y recibe, como los demás Apóstoles, el mandato de ir a predicar a todas las gentes. Andrés —«símil perfecto de Cristo»— enarbola, intrépido, la cruz, deja para siempre su querida Betsaida, el lago de sus afanes e ilusiones, y se lanza a anunciar el Evangelio por el mundo romano, especialmente en Tracia y Escitia. En Patras de Acaya, el prefecto Egeas lo condena a morir crucificado, por negarse a sacrificar a los dioses. Pero la cruz no le asusta: es su bandera, ha sido su espada y será su triunfo y su cátedra. «¡Oh cruz amable —exclama al verla—, oh cruz ardientemente deseada y tan dichosamente hallada! ¡Oh cruz que serviste de lecho a mi Señor, acógeme en tus brazos para que por ti me reciba el que por ti me redimió!».
Fue una entrega abierta, ancha, cruenta, apasionada y tan sublimemente trágica, que el mismo Murillo —pintor de niños y virgencitas— quiso dejarnos su versión de aquel heroico ejemplo de amor a la cruz, de aquel cuadro impresionante que un día fuera un sencillo cromo evangélico a orillas del lago de Genesaret...