sábado, 29 de noviembre de 2025

30. EJEMPLOS DE DEVOCIÓN A LAS BENDITAS ALMAS DEL PURGATORIO

El último trance de la muerte, es el tiempo más peligroso para el cristiano, porque entonces todos los enemigos infernales concurren para perderle. Un personaje que había pasado sus años en la práctica de las virtudes, la de la caridad para con las almas del Purgatorio, como hubiese llegado al último período de la vida, se vio tanto más horriblemente asaltado del monstruo infernal, cuánto más fundadamente temía él no poderlo ganar ya en adelante.

Parecía que todo el abismo se había desencadenado contra él, y lo asaltaba y estrechaba por todas partes. Fuerte resistencia oponía el moribundo que sudaba y se afligía más por las angustias del ánimo, que por la muerte del cuerpo. Lo que tenía a su favor era que, con los muchos sufragios hechos en vida, había enviado del Purgatorio al cielo un crecido número de almas, las cuales, mirando a su bienhechor en tanto apuro, no sólo pidieron al Altísimo le concediese una muy abundante copia de gracias para hacerlo triunfar, sino que alcanzaron también el poderle socorrer y asistir con su presencia y eficacia en aquel decisivo conflicto.

Y descendiendo desde luego del cielo cual valerosos guerreros, algunas se arrojaron contra aquel infernal enemigo para ahuyentarle, otras rodearon el lecho del moribundo para defenderle, y otras finalmente se dirigieron a él de la misma manera para confortarlo.

Entonces exhalando él del pecho un profundo suspiro, y lleno de una inexplicable confianza: ¿Quién sois vosotras, les dijo, que así me socorréis? Somos nosotras, respondieron ellas, moradoras del cielo hechas felices por vuestros sufragios, y somos venidas aquí a pagaros vuestra piedad y a conduciros de la muerte a la vida, del combate al triunfo, de este lugar de angustias a la posesión de la eterna felicidad.

Sonrió el enfermo a tan fausto anuncio, y más sobrecogido de alegría que de abatimiento, cerró los ojos, a la luz del día respirando su semblante un aire suavísimo y celestial.

Su alma, cándida como una paloma, presentándose al divino acatamiento, halló tantos protectores y abogados, cuantos eran aquellos celestiales espíritus que lo acompañaban; de modo que declarada que fue digna de la gloria eterna, entró a ella como en triunfo en medio de las bendiciones de aquellas reconocidas almas, que no sabían saciarse de ensalzar su piedad.

Una cosa semejante sucederá con nosotros, si la perseverancia y el empeño de sufragar a las almas del Purgatorio, duran en nosotros hasta la muerte.