25 DE FEBRERO
BEATO SEBASTIÁN DE APARICIO
FRANCISCANO (1502-1600)
SI el «franciscanismo» es «injerto sobrenatural en el alma española» —como dijo Vázquez de Mella— la vida del Beato Sebastián de Aparicio es una «florecilla» de San Francisco. Franciscano de alma y cuerpo en sus postreros años, lo es de espíritu y corazón desde la cuna; pero —flor de un siglo de leyenda— su existencia, dentro de su sencillez y santa simplicidad, tiene también perfiles heroicos...
Pintoresca, si las hay, es la aldea de Gudiña o Agudiña, en la provincia de Orense. Aquí florece en los albores del gran Siglo de Oro nuestro Beato. Hogar humilde, cálido y piadoso. Un regazo materno encendido en bondades acoge los primeros vagidos de esta vida. En él siente la emoción religiosa que dará alma a su peripecia humana. De chico —¡soledad donde se templan los espíritus para el sacrificio!— pastorea. Sentado al pie de una colina verde, junto a un regato de caramillos, su contacto con la naturaleza, madre pródiga de Galicia. También él será dulce y recio, reposado y sereno como la belleza de su tierra nativa.
Un milagro delicioso —típicamente franciscano— idealiza su adolescencia. Cuenta la leyenda que, víctima de una enfermedad contagiosa, hubo de ser alejado del trato con los demás. Vivía solo en una cabaña, en las inmediaciones de Gudiña. Un día en que, desfallecido, no pudo cerrar la portezuela, penetró en ella un lobo, se le acercó mansamente y de una dentellada le sajó el tumor maligno, dejándole milagrosamente curado. El porvenir seguiría siendo arca cerrada para Sebastián durante largos años; pero ya no se podía dudar de que Dios estaba con él.
Dentro del cauce de esta vida simple, elemental, en plenitud de santidad, de vitalidad, Salamanca, Extremadura y Andalucía son sucesivamente el escenario de una juventud desbordada de anhelos incoercibles. Sirve como labrador a los amos de la tierra, más el mejor servido es siempre y en todas partes el Amo celestial. Piedad sencilla, humildad sencilla, lealtad sin reservas: he ahí las virtudes de las que deja huella perdurable doquiera pasa. En más de una ocasión el interés de su alma y la paz de su conciencia le hacen poner pies en polvorosa para conservar intacta su castidad angelical, virtud amada y tentada.
Hacia el año 1532 llega Sebastián de Aparicio a Sanlúcar de Barrameda, donde encuentra una nave dispuesta a zarpar rumbo a las Indias Occidentales. Es la época dura y gloriosa de las conquistas y descubrimientos. El joven gallego —¡Galicia soñadora!— siente la tentación de la aventura y, ansioso de horizontes grandes y españoles, se embarca para Veracruz. Apenas sabe adónde va, pues no le guía ningún afán de lucro. ¿No será un ansia secreta de apostolado? Así nació una de las más simpáticas y singulares figuras misioneras del siglo XVI, modelo auténtico de apostolado seglar.
De Veracruz a Puebla de los Ángeles, población recién fundada por los españoles. ¿Qué hacer? Toda su vida ha sido labrador; no sabe otro oficio: labrador y misionero tiene que ser hasta la muerte. Dotado de raro ingenio natural, de espíritu emprendedor y constructivo, implanta entre los indios nuestro sistema de labranza y acarreo, amansa los toros bravíos, abre la primera carretera mejicana... Verdadero colonizador y verdadero apóstol, se entrega duramente al trabajo —fuente de energía y de virtud— sin perder la posesión de sí mismo ni la unión íntima con Dios. Acrecentadas enormemente sus riquezas, vive en total desasimiento de lo terreno, armonizando a maravilla la opulencia con la austeridad. Es un hombre singular que pone sus ganancias al servicio de los necesitados, que satisface las deudas de los demás, que hace observar la ley de Dios a sus jornaleros y edifica y convierte a los naturales con sus ejemplos En el estado de matrimonio guarda perfecta virginidad, y cuando muere su esposa hace donación de todos sus bienes al convento de Santa Clara y viste el hábito franciscano.
Desde entonces fue su vida una rápida ascensión hacia Dios.
El famoso hacendado, convertido en limosnero del convento, va con su carreta de bueyes santificando todos los caminos y repartiendo milagros como si fueran mendrugos: cura las enfermedades, amaina las tempestades, domestica los animales salvajes y vive en continua comunicación con los ángeles, que le ayudan visiblemente en sus apuros, le iluminan la senda durante la noche, le defienden de las inclemencias del tiempo y le recrean con sus armoniosos conciertos. Un día se le acercan dos mujeres y le piden una indemnización, porque los ganados del convento han causado graves daños en sus tierras. El Santo interroga en su presencia a los animales, los cuales niegan con la cabeza la falsa acusación.
El Beato Sebastián de Aparicio murió el 20 de febrero de 1600, casi centenario. El «franciscanismo» que lo había motivado todo en su vida, brotó en aquella hora suprema con la misma frescura e ingenuidad de la niñez:
— Fray Sebastián —le dice el Superior—, bese el crucifijo, tenga mucha confianza en Nuestro Señor y abandónese en su amorosa misericordia.
— ¿Agora habíamos de aguardar a eso? Muchos años ha que somos amigos.
Así pudo hablar en los umbrales de la eternidad uno de los más grandes hombres que pisaron tierra americana...