sábado, 13 de marzo de 2021

SENTIMIENTOS DEL CORAZÓN DE SAN JOSÉ EN LA HUIDA A EGIPTO. (27) Preparando nuestra Consagración a San José con san Enrique de Ossó.


SENTIMIENTOS DEL CORAZÓN DE SAN JOSÉ EN LA HUIDA A EGIPTO. (27)

Preparando nuestra Consagración a San José con san Enrique de Ossó.

 

Poniéndonos en presencia de Dios, pidiendo el auxilio de la Virgen María y del Ángel Custodio, recita esta oración al Glorioso San José:

 

Oración a san José

Santísimo patriarca san José, padre adoptivo de Jesús, virginal esposo de María, patrón de la Iglesia universal, jefe de la Sagrada Familia, provisor de la gran familia cristiana, tesorero y dispensador de las gracias del Rey de la gloria, el más amado y amante de Dios y de los hombres; a vos elijo desde hoy por mi verdadero padre y señor, en todo peligro y necesidad, a imitación de vuestra querida hija y apasionada devota santa Teresa de Jesús. Descubrid a mi alma todos los encantos y perfecciones de vuestro paternal corazón: mostradme todas sus amarguras para compadeceros, su santidad para imitaros, su amor para corresponderos agradecido. Enseñadme oración, vos que sois maestro de tan soberana virtud, y alcanzadme de Jesús y María, que no saben negaros cosa alguna, la gracia de vivir y morir santamente como vos, y la que os pido en este mes, a mayor gloria de Dios y bien de mi alma. Amén.

 

MEDITACIÓN

San Enrique de Ossó

SENTIMIENTOS DEL CORAZÓN DE SAN JOSÉ EN LA HUIDA A EGIPTO.

 

Composición de lugar. Contempla a san José con María y el Niño Jesús huyendo de noche a Egipto con gran sobresalto, consolados por los ángeles y por salvar la vida a su adorado Jesús.

 

Petición. Líbrame Santo mío, de caer en manos de mis enemigos.

 

Punto primero. Bien pronto empezó a cumplirse la profecía de Simeón. Herodes tirano, alarmado con la visita de los Magos y con el sentido material de las profecías, tembló por su corona, y para asegurarla maquinó envolver al Mesías en una general matanza decretada contra los niños de Belén. Un ángel del Señor aparece en sueños a san José, y le dice: “Levántate, toma al Niño y a su Madre y huye a Egipto, y permanece allí hasta que yo te avise”. Comunicó san José tan inesperado anuncio a María, y partieron de noche sin vacilar, llevando en sus brazos al tierno Niño Jesús, que causaba, siendo inocente, sus padecimientos… Pondera, devoto de san José, cuántos dolores experimentaría su corazón en este trance. Pobres y sin auxilio en Belén, que era su patria, ¿qué podría esperar para Jesús y María en Egipto, país desconocido, que odiaba a los judíos que un día habían sido sus esclavos? ¿Quién les guiaría en el camino? ¿Dónde han de fijar su residencia? ¿Quién les ofrecerá hospitalidad? Y sobre todo, ¿quién defenderá al tierno Infante de la intemperie y agitación del viaje, de las celadas y emisarios de Herodes, de los peligros del camino, de la mudanza de clima?... Iba san José a Egipto, y no sabía por cuánto tiempo debía estar allí. ¿Cómo, pues, proporcionarse recursos para vivir? No veía otros que el mendigar, o el escaso jornal que podía ganar un desconocido artesano en el país extranjero… ¡Qué motivos de dolor para el corazón paternal de san José!... ¡Oh alma mía! Compadece a tan santa, a tan pobre y angustiada Familia. Fue bien penosa esta huida, ya consideres lo largo y escabroso del camino, ya la permanencia incierta en medio de un pueblo que lo adoraba todo menos al verdadero Dios… ¡Qué sentiría el corazón de san José! Medítalo con amor, pues por salvar a tu Jesús pasó tan terrible dolor.

 

Punto segundo. Mas san José, con la compañía de Jesús y María y con la confianza en Dios, endulzaba sus dolores: su único anhelo era salvar a Jesús y María; aquí iban todos sus cuidados y deseos; y por esto abrazaba gustoso toda clase de trabajos. Descuida de preguntar al ángel el tiempo que debía permanecer en el destierro, porque donde están Jesús y María allí está el paraíso… El peso del Niño Jesús, mejor que el de las plumas a las aves, daba a nuestro Santo mayor esfuerzo para remontarse sobre todas las miserias de la vida, y gozar, elevándose en contemplación altísima, de las dulzuras de su Dios. Lleno su pecho de amor divino, se desahogaba en tiernas caricias con el adorable Infante, que le correspondía con agradecimiento. “Yo soy, mi divino Jesús, decíale san José, tu amparo en el abandono y persecución que te mueven los hombres; y Tú eres, ¡oh esplendor de la gloria del Padre!, mi consuelo y fortaleza en esta peregrinación. Delante de Ti está mi corazón, y mi silencio te habla”. Además, el ver caer los ídolos al entrar en este pueblo idólatra y el contemplar los ejemplos de virtud de Jesús y María, consoló sobremanera el corazón de nuestro Santo, porque previó que aquellas semillas de santidad crecerían mas tarde en árboles frondosos, en cuyas ramas se anidarían, cual aves del cielo, cantando alabanzas a Jesús y a María, innumerable multitud de santos anacoretas, confesores, vírgenes y mártires, los más ilustres... ¡Oh santo mío! Dame a gustar cuán dulce y suave es el trato con Jesús por medio de la oración, para que, probados los castos deleites del espíritu, desprecie los sucios y vanos de la carne.

 

Punto tercero. Compara ahora tu conducta devoto del Santo, con las lecciones de obediencia y confianza en Dios que te da san José. Huye, le dice el ángel, de las impotentes iras de un reyezuelo, si quieres salvar al Niño y a la Madre, y huye a Egipto… ¡Gran Dios!, hubiera podido replicar san José, ¡huir!, ¡último recurso de la flaqueza!, ¡huir de sus débiles criaturas el Criador!... ¿No sois vos el Dios del Sinaí que libertasteis del cautiverio, a costa de tantas maravillas, a los hijos de Israel? ¿Y por vuestro Hijo unigénito no obraréis siquiera un prodigio?, menos aún, ¿no hallará en su patria un lugar donde ocultarse y burlar la vigilancia de sus perseguidores? ¿Quién le reconocerá por el Mesías y le adorará por el hijo del Omnipotente?... Mas san José no pide prodigios; adora en silencio las disposiciones de Dios, y no se cuida más que de obedecer cuanto antes, huyendo a Egipto. No le asalta tan siquiera la idea de la dificultad del viaje. Dios es su luz, su protección y salud; ¿a quién temerá? ¡Oh alma devota del Santo! ¡Cuánto tienes que aprender de tu padre y señor san José! Mira cuán falta estás de obediencia, pues siempre procuras hacer tu propia voluntad, y nunca con generosidad cumples tus obligaciones, lo que te manda Dios. Por eso eres desgraciada y vives vida infeliz… Reflexiona por otra parte, cuán poco confías en el Señor. Le invoca tu labio, pero lejos de Él está tu corazón. ¡Desdichada! te apoyas en las ayudas del mundo, que cual palillos de romero seco, en poniendo algún peso de contradicción, se quiebran y te lastiman… Apóyate de hoy más en el Señor y en la ayuda de tu padre san José, y nunca serás confundida, y saldrás bien de todos tus apuros. ¡Oh mi señor san José!, a vos acudiré siempre en mis necesidades. Sed mi ayuda y constante protector. Amén.

 

Obsequio. Huiré de las malas compañías y de las ocasiones de pecar.

 

Jaculatoria. Glorioso san José, guárdame; del maligno enemigo defiéndeme.

 

Oración final para todos los días

Acordaos, oh castísimo esposo de la Virgen María, dulce protector mío san José, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han invocado vuestra protección e implorado vuestro auxilio, haya quedado sin consuelo. Animado con esta confianza, vengo a vuestra presencia y me recomiendo fervorosamente a vuestra bondad. ¡Ah!, no desatendáis mis súplicas, oh padre adoptivo del Redentor, antes bien acogedlas propicio y dignaos socorrerme con piedad.