domingo, 28 de marzo de 2021

LOS GRANDES DAÑOS DEL MAL HÁBITO. San Alfonso María de Ligorio


 
 II DOMINGO DE PASIÓN O DE RAMOS
Comentario al Evangelio 
San Alfonso María de Ligorio
 

DEL MAL HÁBITO

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO


Ite in catellum, quod contra vos est, et statim invenietis asinam alligatam.

«Id a esa aldea, que se ve en frente de vosotros, y sin más encontraréis una asna atada».

(Matth, XXI, 2)

Queriendo nuestro divino Salvador entrar este domingo en Jerusalén, para ser reconocido como el verdadero Mesías prometido por los profetas, y enviado por Dios a salvar el mundo, dijo a sus discípulos, que fuesen a cierta aldea, en donde encontrarían una asna atada: Inventis asinam alligatam; que la desatasen y se la trajeran. San Buenaventura explica estas palabras, diciendo: que la asna atada es la figura del pecador; según lo cual, dice el Sabio, el impío queda preso de sus mismas iniquidades, y muy enredado en los lazos de su pecado: Inquitates suae capiunt impium, et fanibus paccatorum suorum constringitur. (Prov. V, 22). Y así como Jesucristo no podía sentarse sobre aquella asna si primero no la desataban, así tampoco puede habitar en una alma atada con sus culpas. Así pues, oyentes míos, si se halla entre vosotros algún alma atada con algún mal hábito, oiga al Señor, que le dice en este día: Solve vincula colli tui, captiva filia Sion: «Sacude de tu cuello el yugo, ¡oh, esclava hija de Sión!» (Isa. LII, 2); que quiere decir: hija mía, sacude esa cadena de pecados que te hace vivir esclava del demonio, y desátala antes que el mal hábito tome tal fuerza sobre tí, que te haga moralmente imposible enmendarte en adelante, y te conduzca a la eterna perdición. He aquí lo que me propongo esta mañana demostrar en tres puntos, los grandes daños que lleva consigo el mal hábito.

Punto 1. Obceca la mente.

Punto 2. Endurece el corazón.

Punto 3. Debilita las fuerzas.

Punto 1

EL MAL HÁBITO OBCECA LA MENTE

1. San Agustín escribe acerca de los que han contraído malos hábitos, que la misma costumbre no les deja ver lo mal que obran: Ipsa consuetudo non sinit videre malum, quod faciunt. El mal hábito obceca de tal modo a los pecadores, que ni ven el mal que hacen, ni la ruina que esto les ocasiona; por lo cual viven obcecados como si no hubiera Dios, ni Paraíso, ni Infierno, ni Eternidad. Los pecados, -añade el mismo santo- cuando llegan a ser habituales, parecen pequeños o despreciables a los pecadores, por horrorosos que sean: Peccata quamvis horrenda cum in consuetudinem veniunt, parva aut nulla esse videntur. Por consiguiente; ¿cómo podrá guardarse de ellos su alma, cuando no conoce ya su fealdad, ni advierte el daño que le causan?

2. San Jerónimo dice, que los habituados a pecar, ni siquiera se ruborizan de cometerlo: Ne poderem quidem habent in delictis. El obrar mal lleva consigo naturalmente, cierto rubor; pero el mal hábito, hasta la vergüenza nos hace perder. San Pedro compara al que ha contraído el hábito de pecar, con una marrana lavada que se revuelca en el cieno: Sus lota in volutrabo luti (II, Petr. II, 22) El mismo cieno le ciega los ojos, y, por lo mismo, sucede, que en lugar de entristecerse y avergonzarse de sus pecados, el insensato lo comete como jugando; y aún a veces se goza en el mal que ha obrado: Quasi per risum stultus operatur scelus. (Prov. X, 23) Laetantur cum male fecerint. (Ibid. II, 14) Por eso los santos piden a Dios continuamente que los ilumine, porque saben que sin la luz de Dios, cualquiera puede llegar a ser el más perverso del mundo. ¿Cómo pues, tantos cristianos que saben por la fe, que hay un Infierno y un Dios justo, que no puede menos que castigar el pecado, continúan viviendo en él hasta la muerte y se condenan? Excæcavit enim illos malitia eorum. (Sap. II, 24) Los cegó su propia malicia y por ello se pierden.

3. Dice Job, que los huesos del pecador habitual estarán impregnados de vicios: Ossa ejus implebuntur vitiis (Job. XX, 11) Todo pecado produce cierta ceguedad en el espíritu; y cuando los pecados se acumulan con el mal hábito, crece la ceguedad con ellos. En un vaso que está lleno de tierra no puede penetrar la luz de Dios, para hacer del conocimiento al pecador del precipicio en que va a caer. El pecador obstinado en el mal hábito, privado de la luz divina, camina de pecado en pecado sin pensar en la enmienda. Por eso se dice en el Salmo XI, 9, que los pecadores ambulant in circuit: andan alrededor. Caídos estos desdichados en el abismo obscuro del mal hábito, no piensan en otra cosa que en pecar, no hablan sino de pecados, y no conocen su fealdad. Al fin se convierten en bestias destituídas de razón, y no buscan, ni desean otra cosa sino lo que le place a sus sentidos: Et homo cum in honore esset, non intellexit comparatus est jumentis insipientibus, et similis factus est illis. (Ps. XLVIII, 13) De donde resulta lo que dice el Sabio: Impius, cum in profundum venerit peccatorum, contemnit: De nada hace ya caso el impío, cuando ha caído en el abismo de los pecados. (Prov. XVIII, 3) San Juan Crisóstomo aplica este pasaje al pecador habitual, que encerrado en aquella sima de tinieblas, desprecia la palabra divina, las inspiraciones de Dios, las correciones, las censuras y a Dios mismo; convirtiéndose el desdichado en un buitre voraz, que alimentándos del fétido cadáver que tiene entre sus garras, antes quiere ser muerto por los cazadores, que dejar la presa.

4. Temblemos, hermanos míos, como temblaba David, cuando exclamaba: «No me trague el abismo del mar, ni el pozo cierre sobre mí su boca» Neque absorbeat me profundum neque urgeat super me puteus os suum. (Psal. LXVIII, 16). Cuando alguno cae en un pozo, tiene esperanzas de salir de él mientras su boca está abierta; pero si la boca se cierra, queda perdido sin remedio. Pues del mismo modo cuando el pecador ha caído en el mal hábito, se va cerrando la boca del pozo a medida que aumentan los pecados; y si ésta acaba de cerrarse, queda él abandonado de Dios para siempre. ¡Ea, pues, pecador! si tienes el hábito de reincidir en algún pecado, procura salir presto de ese pozo infernal; antes que se cierre la boca, antes que Dios te niegue sus divinas inspiraciones y te abandone; porque si llega a abandonarte, quedarás condenado para siempre sin remedio.

Punto 2

EL MAL HÁBITO ENDURECE EL CORAZÓN

5. No sólo ciega la mente el mal hábito, sino que también endurece el corazón del pecador: Cor ejus indurabitur tamquam lápis. (Job. XLI, 15) El mal hábito endurece el corazón como una piedra; y en vez de enternecerse con las divinas inspiraciones, con los sermones, con la memoria del juicio, de las penas que sufren los condenados, y de la pasión de Jesucristo; endurécese cada día más, y apriétase como un yunque de herrero golpeado de martillo. San Agustín dice: Su corazón se endurece contra la lluvia celestial de la divina gracia para que no pueda producir fruto con ella. Son las divinas inspiraciones los remordimientos de conciencia; los terrores de la justicia de Dios, son lluvia de la gracia; pero el pecador habitual, cuando en lugar de sacar fruto de esos divinos beneficios, llorando sus iniquidades cometidas y enmendarse, sigue pecando; su corazón se vuelve más duro, dando señales certeras de su condenación, como dice Santo Tomás de Villanueva: Induratio, damnutionis indicium. Porque una vez perdida la luz, y endurecido el corazón, el resultado es, que el pecador vive obstinado hasta la muerte, según el terrible anuncio del Espíritu Santo: Cor durum habebit male in novissimo. El corazón duro lo pasará mal al fin de su vida.

6. ¿De que sirven, pues, las confesiones, cuando poco después de confesarse el pecador vuelve a caer en las mismas culpas que confesó? San Agustín dice: Qui pectus tundit et non corrigit peccata solidat, non tollit. El que se golpea el pecho y no se enmienda, se aferra en el pecado y no le deja. Cuando tu te golpeas el pecho postrado ante el confesor, y luego no te enmiendas, ni evitas la ocasión, entonces no dejas el pecado, añade el santo, sino que te aferras más para perseverar en él.

7. Más no, dice aquél joven, ya me enmendaré más adelante y me entregaré de veras a Dios. Pero si el mal hábito se ha apoderado de tí, ¿cómo te has de enmendar? El Espíritu Santo dice que: «la senda del pecador por la cual comenzó el joven a andar desde el principio, esa misma seguirá cuando viejo» (Prov. XXII, 6). Los habituados a cualquier vicio, se ha visto que cometen los mismos pecados que cometieron antes, aun en la proximidad de la muerte. Un escritor refiere, que habiendo sido condenado a la horca cierto hombre blasfemo, prorrumpió en una blasfemia cuando sintió que le apretaban el cuello, y pronunciándola murió.

8. Dios usa de misericordia con quien quiere, y endurece o abandona en su pecado al que quiere, como asegura san Pablo (Rom. IX; 18) Dios usa de misericordia hasta cierto punto, y después endurece el corazón del pecador. Pero, ¿cómo lo endurece? San Agustín lo explica de este modo. La dureza de Dios consiste en no querer usar de misericordia. Esto no es decir, que el Señor endurezca al pecador acostumbrado a pecar; sino que le niega los auxilios de la gracia especial, en castigo a la ingratitud que mostró a los beneficios divinos, y de este modo queda su corazón endurecido como si fuera de piedra. O en otros términos: no endurece Dios el corazón inspirándole malicia, sino negándole misericordia, esto es, la gracia eficaz para convertirse. Hace lo que el sol, que endurece el agua y la convierte en hielo cuando, velado por las nubes, no brillan sus rayos sobre la tierra.

9. San Bernardo dice, que la dureza, que es la obstinación del corazón, no se forma toda de una vez, sino poco a poco, hasta que se vuelve tan duro, que no cede a las divinas amenazas, y las correcciones le endurecen todavía más. En los mal habituados sucede lo que dice David: Ab increpatione tua, Deus JAcob, dormitaverunt: Al trueno de tu amenaza, ¡0h Dios de Jacob! se quedaron sin sentido. (Psal. LXXV, 7). Los terremotos, los rayos que caen, las muertes repentinas que suceden, no despiertan al pecador endurecido. En lugar de despertarle y abrirle los ojos para que conozca su estado miserable, parece que estos acontecimientos aumentan su letargo mortal, en el que queda sumergido para su ruina.

Punto 3

EL MAL HÁBITO DEBILITA LAS FUERZAS

10. El santo Job dice: Me ha despedazado  con heridas sobre heridas; cual gigante se ha arrojado sobre mí. (Job. XVI, 15) Interpretando este texto san Gregorio, discurre de este modo: Si alguno es asaltado por su enemigo, no queda regularmente inútil para defenderse a la primera herida que recibe; pero si luego recibe segunda y tercera herida, pierde de tal modo  las fuerzas que al fin queda muerto. Del mismo modo obra el pecado: la primera y segunda vez que el alma es herida de él, le queda todavía alguna fuerza para resistir con la divina gracia; pero si después sigue pecando, se hace habitual el pecado, y, cual gigante, se arroja sobre él de manera que el alma ya no tiene fuerzas para resistirlo. Dice san Bernardo, que el pecador habitual es semejante al que está caído en tierra debajo de un gran peñasco y no tiene fuerzas para apartarle; por lo que difícilmente podrá levantarse: Difficile surgit, quem moles malœ consuetudinis premit. (Moral. lib. 26, cap. 24).

11. Santo Tomás de Villanueva dijo que el alma privada de la gracia de Dios, no puede vivir largo tiempo sin cometer nuevos pecados. Y san Gregorio, hablando sobre aquellas palabras de David: agítalos como una rueda, o como la hojarasca al soplo del viento (Psal. LXXXII, 14); dice: Ved con que facilidad mueve una paja el menor soplo de viento por ligero que sea; pues del mismo modo el pecador, que podía resistir algún tiempo antes que contrajera el hábito de pecar, cede a la menor tentación del pecado, y vuelve a ceder una y muchas veces desde que contrajo el mal hábito. Los pecadores acostumbrados al pecado son tan débiles para resistir los ataques del demonio, según dice san Juan Crisóstomo, que tal vez se vean precisados a pecar contra su voluntad, arrastrados por la fuerza de la costumbre. En efecto, porque como dice san Agustín, el mal hábito se convierte con el tiempo en cierta necesidad de pecar.

13.  Amados oyentes míos, si alguno de vosotros tiene la desgracia de haber contraído algún mal hábito de pecar, le suplico por las llagas de Jesucristo, que haga cuanto antes una confesión general; porque difícilmente han podido ser buenas las confesiones hechas anteriormente. Salid presto de la esclavitud del demonio, oíd lo que nos dice el Espíritu Santo: No entregues tus floridos años a un enemigo cruel. ¿Y quién quiere servir a un tirano tan cruel como el demonio, enemigo de los pecadores avezados al pecado, que les hace pasar después otra vida todavía más infeliz en el Infierno por toda la eternidad? Cuando Jesucristo resucitó a Lázaro, le dijo en alta voz: Lazare, veni foras: Lázaro, sal de este sepulcro. Salid de esa sima del pecado, pecadores, os digo yo en nombre de Dios; salid presto, ya que os habéis estado revolcando en ella la parte mejor de vuestra vida, como si fuerais unos brutos, y no criaturas formadas a la imagen y semejanza de Dios. ¡Ea! volved presto al Señor, que os llama como Padre amoroso, y está dispuesto a abrazaros si le pedis perdón de vuestras culpas. Temed que acaso sea la última vez que Dios os llama, y si no respondéis a su voz, podéis condenaros sin remedio para siempre.