martes, 9 de marzo de 2021

SENTIMIENTOS DEL CORAZÓN DE SAN JOSÉ EN EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN. (23) Preparando nuestra Consagración a San José con san Enrique de Ossó.


 

SENTIMIENTOS DEL CORAZÓN DE SAN JOSÉ EN EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN. (23)

Preparando nuestra Consagración a San José con san Enrique de Ossó.

 

Poniéndonos en presencia de Dios, pidiendo el auxilio de la Virgen María y del Ángel Custodio, recita esta oración al Glorioso San José:

 

Oración a san José

Santísimo patriarca san José, padre adoptivo de Jesús, virginal esposo de María, patrón de la Iglesia universal, jefe de la Sagrada Familia, provisor de la gran familia cristiana, tesorero y dispensador de las gracias del Rey de la gloria, el más amado y amante de Dios y de los hombres; a vos elijo desde hoy por mi verdadero padre y señor, en todo peligro y necesidad, a imitación de vuestra querida hija y apasionada devota santa Teresa de Jesús. Descubrid a mi alma todos los encantos y perfecciones de vuestro paternal corazón: mostradme todas sus amarguras para compadeceros, su santidad para imitaros, su amor para corresponderos agradecido. Enseñadme oración, vos que sois maestro de tan soberana virtud, y alcanzadme de Jesús y María, que no saben negaros cosa alguna, la gracia de vivir y morir santamente como vos, y la que os pido en este mes, a mayor gloria de Dios y bien de mi alma. Amén.

 

MEDITACIÓN. San Enrique de Ossó

SENTIMIENTOS DEL CORAZÓN DE SAN JOSÉ EN EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN

 

Composición de lugar. Contempla a san José angustiado al ver encinta a su esposa María, sin saber el misterio, y al ángel que le quita toda inquietud.

 

Petición. Dios mío, dadme a conocer y sentir los dolores y gozos de san José.

 

Punto primero. La más cumplida alabanza que puede tributar a un puro hombre el Espíritu Santo, la dispensó a san José al llamarle varón justo. Si en algún accidente de su trabajosa vida pudo acreditar el Santo que era justo y obraba en justicia, fue al advertir el embarazo de su castísima y virginal esposa María. Ignoraba san José el misterio de la encarnación del Verbo en las entrañas de María por obra del Espíritu Santo: conocía, por otra parte, la pureza angelical de su esposa, incapaz de cometer el más leve pecado; recordaba al propio tiempo la ley que mandaba fuese delatada la mujer adúltera para morir apedreada… ¿Qué hacer, pues? Batallaban en el corazón de san José el amor a la justicia y el amor a su esposa, y por no faltar a cosa alguna tomó, como justo, el más acertado camino, resolviendo dejarla secretamente.

 

¡Oh santo mío!, ¡qué lección me dais de justicia y de caridad! vos, teniendo evidentes razones en lo humano para juzgar desfavorablemente del prójimo, no os atrevéis; suspendéis el juicio y lo dejáis a Dios; y yo por el más leve fundamento, y a veces sin él, por pura malicia juzgo mal de mis hermanos, critico sus actos, murmuro de sus buenas obras, y cuando otra cosa no puedo, condeno la rectitud de sus intenciones. ¡Cuánta es mi injusticia, mi maldad! Hazme justo en mis juicios y obras, oh Santo mío, para que al ser juzgado sea absuelto, pues escrito está: “Con la medida que midiereis, seréis medidos”; juicio sin misericordia para aquel que juzgó sin misericordia a sus hermanos.

 

Punto segundo. Para premiar la fidelidad de su siervo, mandó Dios a un ángel que le declarase el misterio de la encarnación del Verbo y volviese la tranquilidad a su turbado espíritu. “José, hijo de David, le dice el ángel, no temas admitir en tu compañía y permanecer al lado de tu purísima y virginal esposa María, pues lo que ha concebido en su seno es por obra del Espíritu Santo. Sábete que dará a luz un Hijo, y tú mismo le llamarás con el nombre suavísimo de Jesús, porque ha de salvar a su pueblo de todos sus pecados”. Como la suave aurora torna la alegría al mundo después de borrascosa y lóbrega noche, así esta aparición celestial inundó de luz y gozo el alma de san José… Sentimientos de acción de gracias brotan de su agradecida alma al verse elegido entre todos los mortales por esposo de la Madre de Dios y vicepadre del Hijo del Eterno. Padre Santo, que estáis en los cielos, exclamaría san José, ¿de dónde a mí el inmerecido honor, que fiéis a mi cuidado los tesoros de santidad y justicia que vos mas amáis? Yo, pobre carpintero, ¿he de aparecer a los ojos de todo el mundo padre del Hijo de Dios, he de mandar a Jesús y a María, reyes de cielos y tierra? ¡O ensanchad mi pequeñez, o quitad de mí esta merced; no sea caso, Dios mío, se estimen en poco vuestros dones al ver que los dispensáis a tan baja y vil criatura!... ¡Oh alma justísima de san José! ¡Cómo confunde vuestro ejemplo de gratitud mi olvido en dar gracias al Señor por los beneficios recibidos! En cada momento, Dios mío, como Padre bondadoso llovéis vuestros dones sobre mi; mas ¡cuán pocas veces levanto los ojos a vos para deciros de corazón: Gracias, bien mío, gracias! ¡Oh fidelísimo san José!, alcánzame del Señor el agradecimiento a sus bondades para merecerlas más copiosas.

 

Punto tercero. Considera, devoto del Santo, cuál ha sido tu aprecio de la dignidad de cristiano. También a tu guarda y fidelidad ha confiado el Señor ricos tesoros de gracias. Te ha hecho hijo suyo por el bautismo, te ha dado su cuerpo y sangre por alimento, participas de su misma naturaleza por la gracia, y te promete su reino y felicidad eterna por recompensa… ¿Cómo has correspondido a tantos beneficios? ¿Qué cuenta has dado al Señor por tan divinas distinciones? ¿Has sido fiel a las promesas que hiciste a Dios? ¿Dónde está la blanca estola de la inocencia lavada en la sangre del Cordero?... ¿No es verdad que una a una y ciento a ciento cayeron sobre ella las manchas del pecado? ¿Has llorado al menos tamaña desgracia como se merece?... ¡Oh mi inocencia y dignidad de cristiano!, ¡y en cuán poco os he tenido! ¡Más inconsiderado que Esaú, vendí mi primogenitura por un sucio deleite, por un cabello de interés, por satisfacer un vil capricho, por una vanidad, por una nadería! Perdón, Dios mío, y revestidme de nuevo con vuestra gracia: la inocencia no es posible; concededme al menos el arrepentimiento para merecer vuestro cariñoso abrazo, que jamás negáis al corazón contrito y humillado… ¡Oh santo mío!, alcanzadme de Jesús esta gracia, para merecer un día cantar con vos sus alabanzas en el cielo. Amén.

 

Obsequio. Rezaré cada día los siete dolores y gozos a san José, o a lo menos todos los miércoles.

 

Jaculatoria. Glorioso san José, dadme caridad en mis juicios.

 

Oración final para todos los días

Acordaos, oh castísimo esposo de la Virgen María, dulce protector mío san José, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han invocado vuestra protección e implorado vuestro auxilio, haya quedado sin consuelo. Animado con esta confianza, vengo a vuestra presencia y me recomiendo fervorosamente a vuestra bondad. ¡Ah!, no desatendáis mis súplicas, oh padre adoptivo del Redentor, antes bien acogedlas propicio y dignaos socorrerme con piedad.