domingo, 13 de marzo de 2016

CADA UNO DE VOSOTROS EXAMINE DENTRO DE SÍ MISMO SI ESTA VOZ DE DIOS HA SIDO ATENDIDA POR EL OÍDO DE SU CORAZÓN. San Gregorio, Papa


Homilía de maitines

I DOMINGO DE PASIÓN
Forma Extraordinaria del Rito Romano

HOMILÍA DE SAN GREGORIO, PAPA
Homilía 18 sobre los Evangelios
Considerad, hermanos carísimos, la mansedumbre de Dios. Había venido para perdonar los pecados, y decía: “Quien de vosotros podrá argüirme de pecado?” No se desdeña de mostrar razonamientos que él no era pecador, el mismo que por la virtud de su divinidad, podía justificar a los pecadores. Pero es muy terrible lo que sigue: “Aquel que es de Dios, escucha las palabras de Dios, y por eso vosotros no escucháis, porque no sois de Dios”. Si pues, aquel que es de Dios oye las palabras de Dios, y no las puede oír todo aquel que no es de Dios, pregúntese cada uno de vosotros si el oído de su corazón percibe las palabras de Dios, y con esto entenderá de donde sea. La Verdad manda que deseemos la patria celestial, que mortifiquemos los deseos de la carne, declinando la gloria del mundo; que no deseemos lo ajeno, y que demos de lo propio.
De consiguiente cada uno de vosotros examine dentro de sí mismo si esta voz de Dios ha sido atendida por el oído de su corazón, y de esta suerte conocerá que ya es de Dios. Pues hay no pocos que ni se dignan escuchar con los oídos corporales los preceptos de Dios. Y también existen no pocos, que a la verdad escuchan estos preceptos con los oídos corporales, pero no tiene el menor deseo de practicarlos. Y hay también algunos que reciben con buena voluntad las palabras de Dios de tal suerte que compungidos derraman lágrimas, mas después de haber llorado sus pasadas iniquidades vuelven a ellas. Estos, a la verdad, no oyen las palabras de Dios, ya que no se dignan ponerlas en obra. Vosotros, carísimos hermanos, considerar vuestra vida y con profunda atención, temed lo que nos dice la misma Verdad: “Por esto vosotros no oís, porque no sois de Dios”
Mas esto que la Verdad dice de los que merecen ser reprobados, lo manifiestan ellos mismos con sus obras. Véase, en efecto lo que sigue: “Respondieron los Judíos, y dijeron: ¿Acaso no decimos bien nosotros que eres Samaritano y que tienes el demonio?” Más escuchemos lo que responde el Señor, después de haber recibido tan gran injuria: “Yo no tengo el demonio, sino que honro a mi Padre, y vosotros me habéis deshonrado.” La palabra samaritano significa guardián, y lo es, en verdad, aquel de quien el Salmista dice: “Si el Señor no guarda la ciudad, en vano velan los que la guardan”; y al cual se dice por Isaías: “Centinela, ¿Qué ha habido esta noche?” He aquí porque el Señor no quiso responder: No soy samaritano; sino: Yo no tengo el demonio. Dos cosas le echaban en cara: Una la negó; la otra, callando la confirma.