viernes, 29 de agosto de 2025

30 DE AGOSTO, SANTA ROSA DE LIMA, PATRONA DE HISPANOAMÉRICA (1586-1617)

 


30 DE AGOSTO

SANTA ROSA DE LIMA

PATRONA DE HISPANOAMÉRICA (1586-1617)

EN el ápice de nuestro Imperio, Lima —Ciudad de los Reyes— produce esta Flor del Santoral americano, que lo es a la vez del rosal evangélico plantado en el Nuevo Mundo por los misioneros españoles. Para biografiarla acertadamente —Santa de Florecillas para los pinceles de Giotto— sería preciso despojarse de todo velo artificioso y empezar con un ingenuo e infantil «érase que se era»...

Su nombre dice su destino. ¡Rosa! ¡Belleza, poesía, emoción sagrada! ¡Rosa entre espinas! ¡Rosa de pasión y primavera! ¡Rosa! ¡Siempre Rosa!

En primavera florece —un 20 de abril—, a punto del mes de las flores. Su padre, don Gaspar, lleno de apreturas, muere temprano sin dejarle otra cosa que su apellido; pero un apellido que, en ella, es una maravilla de sustantividad y adjetivación, presagio: Flores. El de su madre doña María de «Oliva», rima perfectamente con su suavidad celestial. En el Bautismo la llaman Isabel. Estos nombres los completará el Cielo con otro más adecuado y simbólico: Rosa.

No fue cuento de hadas. Fue un milagro de Dios. La niña, de solo tres años, dormía plácidamente. De pronto, su rostro se transfiguró en encendida rosa. Al ver el prodigio, doña María corrió hacia ella y, tomándola en brazos, exclamó arrebatada: «Hija mía, tú eres mi Rosa, Rosa venida del cielo, y Rosa te llamarás para siempre».

Pero la abuela, que le diera el nombre de Isabel, no se presta al cambio. El pleito lo dirime una nueva intervención celestial. Pues, es el caso que, Santo Toribio de Mogrovejo, al poner sus manos ungidas sobre aquella cabecita de querube, la llama también Rosa.

Ya mayorcita, este nombre llega a inquietar la humildad de la Santa. Acude en su zozobra a la Reina de las Flores, y ésta le dice: «No te turbes, hija, pues es mi voluntad que te llames Rosa de Santa María». Más tarde oirá de labios de Cristo estas dulcísimas palabras: «Rosa de mi corazón, sé tú mi esposa».

Sin embargo, la Sierva de Dios —Rosa de carne con alma de querubín: tiene motivos para inquietarse. «Su hermosura es a la vez angélica y perturbadora. Tiene del cirio el candor y la llama. Sus grandes ojos, que arden con misteriosa fiebre, van encendiendo, a pesar suyo, súbitas pasiones en el corazón de ricos y virtuosos caballeros. Su madre quiere casarla, y la obliga a ataviarse como las otras doncellas; pero Rosa pone en cada gala una oculta mortificación, La guirnalda de flores con que debe adornarse la frente, lleva por debajo una corona de espinas; sus guantes de olor están embebidos en un cáustico que desuella las manos. Por fin, acosada de amenazas y violencias, declara su voto irrevocable de virginidad y su secreto desposorio con Jesucristo».

Un día, Rosa se presenta ante su madre con la cabellera cortada. La escena consiguiente no es para descrita. Hay de todo, hasta golpes. ¿Para eso se han gastado el dinero en educarla como a una princesa? i Y ahora que había surgido el heredero de una casa opulenta!... Sin embargo, doña María, cristiana fervorosa, acaba rindiéndose a la vocación de su hija, que en adelante —«azucena bendecida por Dios en la tierra y en la simiente»— queda libre para seguir su camino, áspero y hermoso.

Rosa viste el hábito de Terciaria Dominica el año 1606. Y en el búcaro de una ermita doméstica —construida por ella en un rincón del jardín, para imitar a su admirada Santa Catalina de Siena—, comienza a forjar su tallo purísimo con el severo martilleo de las disciplinas y de las abstinencias, alternando el trabajo con la contemplación. i Ahora sí que la Rosa es bella y poética y llena de emoción humana, con su cerquillo de espinas! «No ha cumplido aún veinte años y nadie ignora en Lima los asombrosos prodigios con que el Señor la favorece. Sólo ella encuentra natural que los pájaros se posen sobre su hombro o acompañen con sus trinos las fervorosas canciones que improvisa al son de la vihuela; o que, en los días de gran necesidad, cuando su madre o sus hermanas se sienten enfermas, maravillosas labores aparezcan, en un instante, bajo su aguja, recubriendo una a una las telas, sin agotar los ovillos. Diríase que los ángeles mueven y aderezan todo lo que ella pone bajo su intento». Rosa —poetisa y ángel— tiene un fina y delicada, que siente, como San Francisco, la hermandad de todas las criaturas, y las invita a cantar con ella las glorias de Dios. Al quetzal le dice:

Pajarillo ruiseñor,

Alabemos al Señor;

Tú alaba a tu Creador,

Yo canto a mi Redentor.

Rosa ama las flores y los pájaros, pero ama también el dolor y la pobreza; y busca las fiebres, las llagas y la lepra, para depositar en ellas bálsamo de caridad y mimos maternales. ¡Tiene corazón de rosa!...

Esposa del Crucificado, sufre el infierno espiritual que acendra el alma. Dios tampoco la exime del humano dolor. Preludio de su muerte es una enfermedad misteriosa, que le produce terribles sufrimientos. «Siento —dice— que un incendio me penetra hasta los huesos». En realidad, este fuego no era otro que el del amor divino. Y abrasada en él se consumió la Dama de las rosas en olor de suavidad, como varita de incienso aromático.

No podía morir de otra manera, porque todas las rosas mueren así…