domingo, 18 de julio de 2021

MES DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE DE JESÚS. DÍA 19

MES DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE DE JESÚS

Día 19

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

ORACIÓN PARA COMENZAR CADA DÍA

Jesús mío, acepta todas aquellas buenas obras

que durante este mes me inspires;

en reparación por tantos desprecios,

ingratitudes y blasfemias cometidas por los hombres,

y para que la acción del maligno enemigo

no destruya el deseo y conocimiento de tu Amor

por parte de tus hijos.

Que la Devoción a la Divina Sangre

acerque las almas a tu Sagrado Corazón. Amén.

 

DÍA 19

LA ESPOSA DE LA SANGRE.  

LA SANTA IGLESIA

La obra de Jesucristo nace en la cruz. La sangre de Cristo tenía que fluctuar en las almas a través de los sacramentos; el evangelio debía ser transmitido a millones de hombres y la verdad defendida por los apóstoles de todos los tiempos. Por lo tanto, la Iglesia debía ser una, santa y universal, con la capacidad de llevar a cabo esta misión salvífica. Jesús la fundó sobre Pedro, roca inexpugnable, pero la hizo brotar de su Corazón. “Esa sangre que sale del Corazón de Cristo -dice San Ambrosio- es preciosa, porque la Iglesia nos la da”. Añade San Gregorio: “La Iglesia se fundó con sangre, creció con sangre, se nutrió de sangre, ¡su fin será, por tanto, sangre!”. Y concluye Santa Catalina: “La sangre de Cristo es el tesoro de la Iglesia”. Es la sangre de Jesús quien anima a la Iglesia porque de ella recibe los medios para su propia santificación. La Iglesia no es sólo su eterna conservadora, sino su dispensadora, habiendo recibido de Cristo el mandato de hacerla fluir para la salud de todas las almas. Ella es la esposa de la sangre de Cristo y la madre universal de todos los redimidos. Para ella no hay distinción de razas, clases y personas; todos sus hijos reciben el mismo bautismo, se sientan a la misma mesa eucarística, reciben la misma gracia en los sacramentos y son objeto de su cuidado maternal. Sin embargo, ¡cuántas persecuciones contra esta santa y generosa madre! ¡Cuántas veces también nosotros nos hemos avergonzado de declararnos sus hijos! ¡Cuántas veces nos hemos negado a obedecer sus leyes! ¿Amamos a la Iglesia como un buen hijo ama a su madre? Porque, verdaderamente, fuera de ella no puede haber salvación.

 

EJEMPLO

Un ejemplo de la fidelidad heroica a la Iglesia y al Papa fue San Gaspar del Búfalo. En julio de 1809, Napoleón, después de haber ocupado Roma, hizo arrestar y arrastrar al exilio a Pío VII. Se impuso un juramento de lealtad al emperador tanto a cardenales, obispos y sacerdotes. Cuando Gaspar, un sacerdote ordenado hacía poco más de un año, fue llamado por el magistrado e invitado a jurar, respondió con firmeza: - ¡No puedo, no debo y no quiero! De nada servían los halagos más suaves y las amenazas más terribles. Las consecuencias de tal decisión fueron el exilio en Piacenza y las cárceles en Bolonia, en San Giovanni in Monte, en Imola y en Lugo di Romagna. Los sufrimientos y privaciones sufridos en esos lugares de castigo fueron tan severos que lo llevaron al borde de la tumba. Pero, incluso en esas condiciones, se mantuvo inflexible cada vez que se le ordenó que declinara su fidelidad al Papa. Las persecuciones más violentas obtienen grandes frutos y, lejos de destruir la Iglesia, la fortalece. El Papa es el vicario de Cristo, el sucesor de Pedro, el maestro de la verdad que debe confirmar en la fe a toda la Iglesia.

 

INTENCIÓN: Dar gracias de pertenecer a la Iglesia de Jesucristo y, cuando sea difamada, defenderla.

 

JACULATORIA: Padre eterno, te ofrezco la preciosísima sangre de Jesucristo para la propagación de la Iglesia, por el sumo pontífice, por los obispos, los sacerdotes, los religiosos y la santificación del pueblo de Dios.

 

 

ORACIÓN PARA TERMINAR CADA DÍA

Oración de San Gáspar de Búfalo

Oh, preciosa sangre de mi Señor,
que yo te ame y te alabe para siempre.
¡Oh, amor de mi Señor convertido en una llaga!
Cuán lejos estamos de la conformidad con tu vida.
Oh Sangre de Jesucristo, bálsamo de nuestras almas,
fuente de misericordia, deja que mi lengua,
impregnada por tu sangre

en la celebración diaria de la misa,
te bendiga ahora y siempre.
Oh, Señor, ¿quién no te amará?
¿Quién no arderá de agradecido afecto por ti?
Tus heridas, tu sangre, tus espinas, la cruz,
la sangre divina en particular,

derramada hasta la última gota,
¡con qué elocuente voz grita a mi pobre corazón!
Ya que agonizaste y moriste por mí para salvarme,
yo daré también mi vida, si será necesario,
para poder llegar a la bendita posesión del cielo.
Oh Jesús, que te has hecho redención para nosotros,
de tu costado abierto, arca de la salvación,

horno de la caridad,
salió sangre y agua, signo de los sacramentos

y de la ternura de tu amor,
¡Seas adorado y bendecido por siempre, oh Cristo,
que nos has amado y lavado en tu preciosísima sangre!
Amén.

 

V/. Alabada sea la Preciosísima Sangre de Jesús.

R/. Sea por siempre bendita y alabada.