domingo, 8 de noviembre de 2026

DÍA 9. SOCORRER A LOS DIFUNTOS ES PROCURAR LA GLORIA DE DIOS. DEVOCIÓN A LAS ALMAS DEL PURGATORIO


 

DÍA 9

SOCORRER A LOS DIFUNTOS

ES PROCURAR LA GLORIA DE DIOS

 

DEVOCIÓN

A LAS ALMAS DEL PURGATORIO

Mes de noviembre santificado

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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DÍA 9

SOCORRER A LOS DIFUNTOS

ES PROCURAR LA GLORIA DE DIOS

 

«Señor, saca mi alma de la prisión en que gime, para que glorifique tu santo nombre». Salmo 141, 8.

 

Dios lo ha hecho todo para su gloria: para su gloria creó el cielo y la tierra; para su gloria se manifestó tantas veces a los hombres, envió a la tierra a su Hijo unigénito y estableció su Iglesia; para su gloria concede a sus elegidos la recompensa de la visión beatífica.

Sí, amar y glorificar a Dios: esta es la única ocupación de los santos en el cielo; este es también nuestro destino y el fin para el cual Dios nos ha dado el ser y la vida.

Ahora bien, entre los medios por los que podemos glorificar a Dios y demostrarle nuestro amor, debemos colocar ciertamente en primer lugar la devoción a las almas del purgatorio.

En efecto, por nosotros mismos, en medio de las tinieblas y miserias de esta vida, no podemos conocer ni amar debidamente a Dios. Solo en el cielo los bienaventurados, al encontrarse cara a cara con Él, alcanzan un conocimiento claro de Dios y, por consiguiente, lo aman con el amor más ardiente e intenso.

Sus actos de caridad son mucho más elevados que los de la misma María Magdalena, de quien el Señor dijo que había amado mucho; son más ardientes que los de san Pedro, quien afirmó tres veces su amor y tomó a Jesús por testigo.

Pues bien, aliviar y liberar a las almas del purgatorio significa abrirles antes las puertas del cielo y permitirles entonar más pronto sus himnos de adoración, bendición y acción de gracias a Dios.

Pero ¿acaso el mérito de todos esos himnos de amor y alabanza no revierte también en quienes, mediante sus piadosos sufragios, han permitido que las almas sufrientes puedan ofrecerlos antes?

¿No suplirán esos perfectos actos de agradecimiento la imperfección de los nuestros? ¿No son capaces de compensar al Señor por las ofensas que le infligen nuestros pecados?

Hemos recibido magníficos e innumerables beneficios. Nosotros, pobres criaturas, los hemos recibido de un Dios infinito que nos los ha prodigado con amor de Padre, y debemos darle eternamente gracias por ellos. Pero ¿hay mejores acciones de gracias que las que los bienaventurados pueden ofrecerle por nosotros desde el cielo?

Por otra parte, hemos cometido muchos pecados; y, aunque solo hubiéramos cometido uno, seríamos incapaces de reparar, con todas nuestras buenas obras, la ofensa hecha al Señor.

¡Cuánto debemos alegrarnos, por tanto, de abrir las puertas del cielo a unas almas que, al glorificar a Dios, lo compensarán así por nuestras ofensas!

Pero, si amamos a Dios, hay todavía otro motivo que debe impulsarnos a socorrer a las almas del purgatorio.

El Señor desea ardientemente tener junto a sí a esas almas que tanto ama. «Sus delicias son estar con los hijos de los hombres» (Proverbios 8, 31), como si la compañía de sus criaturas añadiera algo a su felicidad eterna y Él no fuera plenamente feliz mientras no pudiera comunicarles su dicha.

Sin embargo, la justicia divina le mantiene, por así decirlo, las manos atadas, y a nosotros nos corresponde la posibilidad de contribuir a liberar a esas almas, satisfaciendo por ellas.

Así pues, este Dios misericordioso se alegra cuando las libramos de sus ataduras; las recibe con júbilo en su gloria y, al coronarlas, corona sus propios dones. Ve fructificar en ellas la sangre de su divino Hijo y guarda una especie de agradecimiento hacia quienes, al sacarlas de la prisión y devolverles la libertad, les permiten glorificar su santo nombre.

Añadamos, finalmente, una consideración muy apropiada para estimular nuestra caridad hacia las santas almas.

La gloria que Dios recibe por los auxilios que les proporcionamos es una gloria segura. En esas almas no existe una voluntad que pueda impedir el efecto de nuestros sufragios: todo lo que se consigue para ellas queda realmente conseguido y de manera definitiva.

Las gracias que obtenemos para los vivos permanecen muchas veces sin fruto; en cambio, nada se pierde de cuanto hacemos por los difuntos.

 

RAMILLETE ESPIRITUAL

«Los sufragios por los difuntos son más agradables a los ojos de Dios que los sufragios por los vivos, porque los primeros se encuentran en una necesidad más apremiante, al no poder socorrerse a sí mismos como pueden hacerlo quienes todavía viven». Santo Tomás de Aquino

 

EJEMPLO

LOS DOS RELIGIOSOS DOMINICOS

Dos buenos hermanos de la Orden de Santo Domingo mantuvieron un día una discusión acerca del mérito respectivo de dos devociones: la que tiene por objeto la conversión de los pecadores y la que busca la liberación de las santas almas del purgatorio.

El hermano Bertrán era un decidido defensor de los pobres pecadores. Celebraba constantemente la santa Misa por ellos y ofrecía todas sus penitencias y oraciones con la intención de obtenerles la gracia de la conversión.

El hermano Benito, por su parte, defendía con no menos fervor la causa de las almas sufrientes. Ofrecía por ellas todas las misas que tenía a su disposición, así como las oraciones y penitencias que se imponía.

«Los pecadores —decía— están sujetos a las cadenas que ellos mismos se forjan. Pueden abandonar el camino de la iniquidad tan pronto como lo deseen; el yugo que soportan es fruto de su propia elección. En cambio, los difuntos, con los pies y las manos atados, permanecen contra su voluntad en medio de los tormentos más crueles».

Sin embargo, el hermano Bertrán no quería ceder, aunque se veía incapaz de dar una respuesta satisfactoria a su amigo.

Pero una noche tuvo una visión que pareció convencerlo por completo, pues, desde aquel momento, cambió su práctica y comenzó a ofrecer todas sus misas, oraciones y penitencias por las santas almas del purgatorio.

 

 

RESPONSO POR NUESTROS DIFUNTOS

Señor, ten piedad.

Cristo, ten piedad.

Señor, ten piedad.

Padre nuestro… (se recita en silencio)

 

V. Libra, Señor, sus almas.

R. De las penas del infierno.

V. Descansen en paz.

R. Amén.

V. Señor, escucha nuestra oración.

R. Y llegue a ti nuestro clamor.

V. El Señor esté con vosotros

R. Y con tu espíritu.

 

Oremos. OH DIOS, Creador y Redentor de todos los hombres, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras, la remisión de todos sus pecados, a fin de que obtengan por nuestras humildísimas oraciones el perdón que ellas siempre han deseado. Vos que vivís y reináis en unidad con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

 

Oh María, Madre de misericordia: acuérdate de los hijos que tienes en el purgatorio y, presentando nuestros sufragios y tus méritos a tu Hijo, intercede para que les perdone sus deudas y los saque de aquellas tinieblas a la admirable luz de su gloria, donde gocen de tu vista dulcísima y de la de tu Hijo bendito.

Oh glorioso Patriarca San José, intercede juntamente con tu Esposa ante tu Hijo por las almas del purgatorio. Amén.

 

V. Dales, Señor, el descanso eterno.

R. Y brille para ellos luz perpetua.

V. Descansen en paz.

R. Amén.