DÍA 7
ES PRECISO TRABAJAR POR EVITAR
POR NOSOTROS MISMOS EL PURGATORIO
DEVOCIÓN
A LAS ALMAS DEL PURGATORIO
Mes de noviembre santificado
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
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DÍA 7
ES PRECISO TRABAJAR POR EVITAR
POR NOSOTROS MISMOS EL PURGATORIO
«Todo lo que puedas hacer, apresúrate a realizarlo, porque ni el trabajo ni el pensamiento serán suficientes después de la muerte». Eclesiastés 9, 10
Las reflexiones precedentes deben impulsarnos, si tenemos un poco de fe, a hacer todo cuanto esté de nuestra parte para librarnos de los tormentos del purgatorio o, al menos, para abreviar su duración.
Ya no diremos, al pensar en las faltas graves de nuestra vida pasada: «Las he confesado, he recibido la absolución y he cumplido la penitencia que me impuso el confesor». ¿Acaso un criminal al que se le hubiera conmutado la pena capital por una larga y dura prisión olvidaría su delito y dejaría de hacer cuanto estuviera en su mano para abreviar su encarcelamiento, si eso le fuera posible? Ciertamente, no. Y nosotros, ¿olvidaríamos tantos pecados por los que quizá nos quedara todavía pasar treinta, cincuenta o cien años ardiendo en los fuegos del purgatorio?
Nos esforzamos por todos los medios en evitar una pena leve. ¿Tendríamos reparo en hacer algunas penitencias para ahorrarnos tormentos tan largos y crueles?
¡Ah! Veamos lo que hicieron los santos: por faltas a menudo leves, derramaron durante toda su vida amargas lágrimas, acompañadas de las penitencias más austeras. Como ellos, apresurémonos a cumplir nuestro purgatorio en este mundo, porque ni «el trabajo ni la buena voluntad serán suficientes» en el otro.
Pero no olvidemos que, entre todas las mortificaciones, la primera que debemos imponernos es abstenernos del pecado.
Sí, evitemos con el mayor cuidado el pecado mortal; y si, por desgracia, tuviéramos la deplorable costumbre de cometerlo, no digamos como tantos pecadores: «No es más que un pecado más; la misma absolución los borrará todos».
Pensemos que cada pecado mortal, incluso después de haber sido perdonado, nos dejará una terrible expiación que cumplir.
Evitemos también el pecado venial, sobre todo el pecado venial plenamente voluntario. Cuando queramos comprender qué son esas faltas que consideramos leves, trasladémonos al fondo de ese abismo llamado purgatorio y digámonos: ¿Cuánto horror no sentiría ante esta pequeña mentira, ante esta murmuración, si me amenazaran con dejarme arder durante una hora en un fuego ardiente por haber cometido tal falta?
Ahora bien, sé que esta falta podría merecerme largos días de sufrimiento entre llamas mil veces más crueles que las de todos los fuegos de la tierra. ¿Me atrevería, entonces, a cometerla?
Sí, una vez más: si la consideración del amor y de la bondad de Dios no basta para hacernos comprender qué es el pecado venial, aprendamos a valorarlo a la luz de las llamas purificadoras.
Lo que hace que temamos menos el purgatorio es que exageramos la eficacia y el número de las oraciones que se harán por nosotros después de nuestra muerte.
Confiamos mucho en el afecto de nuestros amigos y familiares; pero, ¡ay!, ¿cuántos de ellos se encontrarán en estado de gracia? Y, entre los que estén en estado de gracia, ¿cuántos se acordarán de rezar con frecuencia por nosotros?
Escuchemos lo que la experiencia nos enseña al respecto y dejemos de alimentar vanas ilusiones. Los difuntos son olvidados pronto, incluso por sus familiares más cercanos; y si alguna vez se les llora, ese dolor suele ser puramente humano.
Por tanto, somos nosotros mismos quienes, durante nuestra vida, debemos procurar abreviar lo más posible la duración de nuestro purgatorio.
Lo conseguiremos huyendo del pecado y practicando la penitencia; lo conseguiremos, sobre todo, teniendo una gran y constante devoción por las almas que sufren en el purgatorio.
Esta devoción, como veremos, además de los innumerables beneficios que lleva consigo, tendrá la ventaja de abreviar considerablemente el tiempo de nuestra purificación, e incluso quizá de librarnos por completo de ella.
Digámonos, pues, a menudo, con el autor de la Imitación de Cristo: «No confíes en tus amigos ni en tus familiares, porque te olvidarán antes de lo que piensas. Si tú mismo no te ocupas ahora de ti, ¿quién se ocupará cuando hayas desaparecido?». (Libro I, capítulo 23).
RAMILLETE ESPIRITUAL
«Quien se purifica de sus faltas en la vida presente satisface con una moneda de cobre una deuda de mil ducados; mientras que quien espera a la otra vida para saldarla se resigna a entregar mil ducados por una moneda de cobre que le habría bastado si la hubiera entregado a su debido tiempo». Santa Catalina de Génova
EJEMPLO
LA VENERABLE ÁNGELA TOLOMEI
La venerable virgen Ángela Tolomei, hermana del beato Juan Bautista Tolomei, cayó gravemente enferma y suplicó al Señor que le prolongara la vida, para poder terminar de purificarse de sus faltas y evitar así los terribles tormentos del purgatorio.
Su hermano pidió para ella la misma gracia. Sin embargo, Dios no escuchó sus deseos ni sus súplicas, y Ángela expiró.
Mientras llevaban su cuerpo a enterrar, el beato Juan Bautista, inspirado por el Cielo, ordenó a su hermana, en nombre de Jesucristo, que abandonara las sombras de la muerte y volviera a la vida.
¡Oh, prodigio! Al instante, el cuerpo se movió, la cabeza se levantó y la difunta resucitó.
Ella comprendía con qué propósito había permitido el Cielo semejante milagro. Por eso, desde entonces, no tuvo otra preocupación que hacer penitencia.
Los cilicios, las disciplinas, las vigilias prolongadas y los ayunos rigurosos le parecían poca cosa en comparación con lo que había visto.
Cuando alguien le reprochaba que fuera demasiado cruel consigo misma, respondía:
«¡Ah! ¿Qué es todo esto en comparación con los suplicios reservados en la otra vida para las infidelidades que aquí abajo cometemos con tanta facilidad? ¡Ojalá pudiera hacer cien veces más!».
Y continuaba con sus penitencias.
Finalmente, semejante al oro purificado por el fuego, fue llamada de nuevo por el Juez soberano al lugar del descanso celestial, adonde voló —así hemos de creerlo— sin tener que pasar por una nueva expiación.
RESPONSO POR NUESTROS DIFUNTOS
Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Padre nuestro… (se recita en silencio)
V. Libra, Señor, sus almas.
R. De las penas del infierno.
V. Descansen en paz.
R. Amén.
V. Señor, escucha nuestra oración.
R. Y llegue a ti nuestro clamor.
V. El Señor esté con vosotros
R. Y con tu espíritu.
Oremos. OH DIOS, Creador y Redentor de todos los hombres, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras, la remisión de todos sus pecados, a fin de que obtengan por nuestras humildísimas oraciones el perdón que ellas siempre han deseado. Vos que vivís y reináis en unidad con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
Oh María, Madre de misericordia: acuérdate de los hijos que tienes en el purgatorio y, presentando nuestros sufragios y tus méritos a tu Hijo, intercede para que les perdone sus deudas y los saque de aquellas tinieblas a la admirable luz de su gloria, donde gocen de tu vista dulcísima y de la de tu Hijo bendito.
Oh glorioso Patriarca San José, intercede juntamente con tu Esposa ante tu Hijo por las almas del purgatorio. Amén.
V. Dales, Señor, el descanso eterno.
R. Y brille para ellos luz perpetua.
V. Descansen en paz.
R. Amén.