DÍA 6
MOTIVOS DE LA DURACIÓN
DE LAS PENAS DEL PURGATORIO
DEVOCIÓN
A LAS ALMAS DEL PURGATORIO
Mes de noviembre santificado
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
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DÍA 6
MOTIVOS DE LA DURACIÓN
DE LAS PENAS DEL PURGATORIO
«No saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo». San Mateo 5, 26.
La duración de las penas del purgatorio ya no nos parecerá tan sorprendente si consideramos por un momento cómo vive la mayoría de los cristianos.
Hablemos, en primer lugar, de quienes se encuentran en estado de gracia y que, aunque no sean santos, viven sin cometer pecados mortales, pero están sujetos a muchas imperfecciones.
¿Quién podría contar las faltas que incluso las almas fieles cometen cada día? ¡Cuánto bien se omite! ¡Cuánto bien se hace mal! ¡Cuántas gracias se vuelven inútiles! ¡Cuántas intenciones imperfectas! ¡Cuántas imperfecciones y manchas!
Aquí es donde podemos decir con san Agustín: «Si tenéis poca consideración por vuestros pecados cuando los pesáis, horrorizaos al contarlos».
Ahora bien, entre tantos miles de pecados, ¿de cuáles nos hemos arrepentido sinceramente y cuáles hemos expiado de verdad? ¡Cuántos quedan todavía para alimentar las llamas del purgatorio!
Como hemos perdido de vista todos esos pecados, nos imaginamos que también Dios los ha olvidado. Pero nos equivocamos: cada pecado, por leve que sea, debe recibir su expiación en aquella prisión donde habrá que pagarlo todo, hasta el último céntimo.
Pero ¿por qué suponer un estado imaginario? ¿Acaso no es verdad que la mayoría de los cristianos cometen pecados veniales sin escrúpulo y, por consiguiente, innumerables veces, y que, además, desgraciadamente cometen muchos pecados mortales?
¿No hay demasiados que viven en el desorden y alejados de las prácticas religiosas hasta la vejez, quizá incluso hasta el momento de la muerte?
¿Puede creerse que un instante de penitencia baste para expiar faltas a veces tan numerosas y graves?
Conviene observar aquí una cosa: un solo pecado mortal, antes de ser perdonado, merece una pena eterna y, por consiguiente, una pena incomparablemente mayor que la que merecen multitud de pecados veniales. De ello se sigue que un solo pecado mortal, aunque haya sido perdonado mediante la absolución, debe recibir un castigo más severo que muchos pecados veniales perdonados de la misma manera.
¿Qué idea debemos hacernos, a partir de estos principios, de la duración de las penas del purgatorio para la mayoría de los hombres, que cometen pecados mortales con tanta frecuencia, envejecen en ese estado y, al no hacer ni poder hacer una satisfacción conveniente mientras no están en gracia de Dios, deben pagarlo todo en la otra vida?
Sin duda, para tranquilizarse, alguien podría decir que una contrición perfectísima puede repararlo todo en un instante y que, además, es fácil satisfacer por los pecados mediante el ayuno, la oración, la limosna y, sobre todo, las indulgencias.
Pero ¿dónde están quienes poseen una contrición tan perfecta que basta para borrarlo todo? ¿Quiénes son aquellos a quienes Dios concede una gracia tan grande?
Y, en cuanto a las obras satisfactorias, ¿quiénes son, ante todo, los que las realizan en estado de gracia? Sin esta condición, tales obras quizá puedan obtener gracias para la conversión, pero permanecerán privadas de su valor satisfactorio.
Incluso entre quienes viven en estado de gracia, ¿cuántos practican la ley del ayuno en toda su extensión y conforme al espíritu de la Iglesia? ¿Cuántos rezan con atención y devoción? ¿Cuántos cumplen generosamente el precepto de la limosna?
Quedan las indulgencias, que con razón pueden contarse entre los beneficios más insignes de Dios. Pero hay tan poca fe en el mundo y tanta negligencia que apenas se encuentran personas que se dispongan a ganar realmente una indulgencia plenaria, y son muy pocas las que cumplen exactamente las condiciones prescritas para ganar indulgencias parciales.
Por eso puede decirse que el desprecio de un don tan precioso como el de las indulgencias no es la menor de las causas de la insoportable duración de las penas del purgatorio.
No nos hagamos, pues, más ilusiones acerca de la duración de los sufrimientos de la otra vida y esforcémonos por abreviarlos para las pobres almas condenadas a padecerlos dolorosamente.
RAMILLETE ESPIRITUAL
«Mis faltas pasadas exigen que en adelante produzca dignos frutos de penitencia. El número de mis pecados supera al de los granos de arena del mar. ¿Cómo pagaré, pues, mis deudas, estando obligado a satisfacer hasta el último céntimo?». San Bernardo
EJEMPLO
EL ALMA QUE PIDIÓ ORACIONES
EN LA ABADÍA DE SAN VICENTE
En 1846, el padre Bonifacio Wimmer había fundado en América, en el pueblo de Latrobe, el monasterio de San Vicente.
A comienzos de 1859 se difundió el rumor de que un alma se había aparecido a uno de los religiosos del monasterio para reclamar sus oraciones. Inmediatamente, los periódicos anticlericales comenzaron, según su costumbre, a prodigarse en burlas y groseras impiedades.
El padre Wimmer, afligido por aquellos escándalos, consideró que debía publicar, el 26 de febrero de 1860, la siguiente declaración:
«En nuestra abadía de San Vicente, cerca de Latrobe, el 18 de septiembre de 1859, un novicio vio aparecer a un monje benedictino vestido con el hábito coral completo.
»La aparición se repitió diariamente desde el 18 de septiembre hasta el 19 de noviembre, ya fuera entre las once de la mañana y el mediodía, ya entre la medianoche y las dos de la madrugada.
»Solo el 19 de noviembre el novicio interrogó al espíritu, en presencia de otro miembro de la comunidad, acerca de lo que solicitaba.
»El espíritu respondió que llevaba setenta y siete años sufriendo por no haber celebrado siete misas de obligación. Añadió que ya se había aparecido, en diversas ocasiones, a otros siete benedictinos, pero que no había sido escuchado, y que tendría que aparecerse de nuevo dentro de once años si el novicio no acudía en su ayuda.
»El espíritu pedía que se celebrasen siete misas por él. Además, el novicio debía permanecer retirado durante siete días y guardar un profundo silencio. Asimismo, durante treinta y tres días, tenía que recitar tres veces al día el salmo 50 —Miserere mei, Deus—, con los pies descalzos y los brazos levantados hacia el cielo.
»Todas estas condiciones se cumplieron desde el 21 de noviembre hasta el 25 de diciembre. Ese mismo día, después de la celebración de la última misa, el espíritu desapareció.
»Durante este período, el espíritu se había manifestado varias veces más, exhortando al novicio, con las palabras más conmovedoras, a orar por las almas del purgatorio. Le decía que sufrían terriblemente y que estaban profundamente agradecidas a quienes contribuían a su liberación».
RESPONSO POR NUESTROS DIFUNTOS
Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Padre nuestro… (se recita en silencio)
V. Libra, Señor, sus almas.
R. De las penas del infierno.
V. Descansen en paz.
R. Amén.
V. Señor, escucha nuestra oración.
R. Y llegue a ti nuestro clamor.
V. El Señor esté con vosotros
R. Y con tu espíritu.
Oremos. OH DIOS, Creador y Redentor de todos los hombres, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras, la remisión de todos sus pecados, a fin de que obtengan por nuestras humildísimas oraciones el perdón que ellas siempre han deseado. Vos que vivís y reináis en unidad con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
Oh María, Madre de misericordia: acuérdate de los hijos que tienes en el purgatorio y, presentando nuestros sufragios y tus méritos a tu Hijo, intercede para que les perdone sus deudas y los saque de aquellas tinieblas a la admirable luz de su gloria, donde gocen de tu vista dulcísima y de la de tu Hijo bendito.
Oh glorioso Patriarca San José, intercede juntamente con tu Esposa ante tu Hijo por las almas del purgatorio. Amén.
V. Dales, Señor, el descanso eterno.
R. Y brille para ellos luz perpetua.
V. Descansen en paz.
R. Amén.