jueves, 5 de noviembre de 2026

DE LA CUARTA BIENAVENTURANZA: «BIENAVENTURADOS LOS QUE TIENEN HAMBRE Y SED DE JUSTICIA, PORQUE ELLOS SERÁN HARTOS». MEDITACIONES DIARIAS DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE



Viernes de la XXIII semana después de Pentecostés

DE LA CUARTA BIENAVENTURANZA: «BIENAVENTURADOS LOS QUE TIENEN HAMBRE Y SED DE JUSTICIA, PORQUE ELLOS SERÁN HARTOS».

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA DE CRISTO,

NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

 

ORACIONES PARA COMENZAR

Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS

EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Viernes de la XXIII semana después de Pentecostés

DE LA CUARTA BIENAVENTURANZA: «BIENAVENTURADOS LOS QUE TIENEN HAMBRE Y SED DE JUSTICIA, PORQUE ELLOS SERÁN HARTOS».

 

PUNTO PRIMERO. Considera que, como dice san Jerónimo, no se contenta Dios con que tengamos deseos de servirle, sino también nos pide hambre y sed de la virtud; esto es, un apetito encendido de la santidad, y unas vivas ansias de conseguirla, al modo que la hambre y la sed afligen a los que la tienen hasta alcanzar lo que apetecen.

Pondera aquí lo que dice san Bernardo: que la hambre y la sed no dan treguas ni plazos para en adelante, sino que son unos acreedores que ejecutan sin dilación, por cuanto el estómago y el fuego que padecen no pueden esperar.

Este fuego y esta ansia quiere Dios que padezcamos de la virtud, y a los que la tienen escribe en el catálogo de los bienaventurados.

Examina, pues, tu corazón, y mira si padeces esta hambre y sed de la virtud y santidad, y si te duele la dilación de alcanzarla, y qué diligencias haces para ello.

Acusa tu tibieza y flojedad, y pídele a Dios que te la dé, y que encienda este fuego sagrado en tu alma, para que merezcas entrar en el número de los bienaventurados.

 

PUNTO II. Considera que los deseos son las flores que brotan del corazón, y que de ellos proceden las obras, como los frutos de las flores; por lo cual siempre preceden los deseos a las obras, y el que no los tiene no las tendrá tampoco.

Y a quien Dios quiere hacer mercedes, primero le da los deseos de ellas, para que las pida, espere y diligencie por todos los caminos; como le dio vivos deseos al santo Simeón de ver al Mesías, y antes de morir se los cumplió.

De lo cual has de sacar:

Lo primero, avivar tus deseos por la oración y meditación, para merecer por ellos las misericordias de Dios.

Lo segundo, estimar lo que Dios te diere, y procurar con todas tus fuerzas verlos cumplidos; porque el Señor ha prometido satisfacer la hambre y sed de los que desean la virtud hasta que se vean hartos; esto es, satisfechos con el cumplimiento de sus deseos.

 

PUNTO III. Considera, con san Jerónimo, que llama Cristo bienaventurados a los que tienen hambre y sed de las virtudes; esto es, los que nunca se ven hartos de ellas, sino que siempre aspiran a más y desean más y más.

Esto quiere Dios de ti: que no te contentes con lo adquirido, sino que siempre desees más virtud y aspires a más perfección, caminando adelante y adelantándote siempre sin volver atrás.

Mira, pues, si mereces entrar en el catálogo de los escogidos, y si vas siempre adelante en la mortificación, humildad, desprecio de ti mismo y aprecio del cielo; y en el amor de Dios y caridad del prójimo, en la paciencia, mansedumbre y piedad, y en el resto de las otras virtudes.

Considera cómo estabas al principio de tu conversión, y en qué grado te hallas ahora; y clama al cielo, pide a Dios perdón de tu negligencia, fervor para empezar a subir al monte alto de la santidad, hasta llegar, sin detenerte, a la cumbre de la perfección.

 

PUNTO IV. Considera que no solo son bienaventurados los que tienen hambre y sed de la santidad propia, sino también los que la tienen de la ajena, la cual procede de la verdadera caridad y amor de Dios, como el calor y sed de la lengua nace del fuego interior del hígado.

Por esto, como dijo san Crisóstomo (1), llamó Cristo sol a la santidad, porque da sed.

¡Oh alma mía!, mira si la tienes de la salvación de tus prójimos, y si te duele su pérdida; si duermes y comes con sabor viendo tantos como se condenan por vivir mal; y si el celo de la gloria de Dios y del bien espiritual de las almas está continuamente solicitando tu corazón y royendo tus entrañas, sin dejarte reposar; y si con esta sed y esta hambre clamas a Dios por su bien y te martirizas por sus pecados, pidiéndole que ponga término en ellos y les dé luz para servirle y gracia para salvarse.

Si esto haces, y estas ansias te quitan el sueño y te traen crucificado, entiende que te va bien; y si no cuidas de tus prójimos ni te duele su perdición, no tienes sed de sus almas ni mereces entrar en el número de los bienaventurados, a quien Dios promete hartura y satisfacción de sus deseos.

Levanta el vuelo y considera la hambre y sed que padeció Cristo de la salvación de tu alma y de todas las demás, y cuánto hizo por ellas; y aprende a tener sed de las almas de tus prójimos y hacer cuanto pudieres por ellas.

(1) Chrys., in cap. 1 Matth.

 

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.