martes, 24 de enero de 2017

SAN ILDEFONSO Y PADRE PIO, ALIMENTADOS POR LA PALABRA DE DIOS. Homilía


 
SAN ILDEFONSO Y PADRE PIO, ALIMENTADOS POR LA PALABRA DE DIOS
23 de enero de 2017
Iglesia del Salvador de Toledo (ESPAÑA)

“Conocer las escrituras: verdadero alimento y verdadera bebida” es el título de la carta pastoral con la que el Sr. Arzobispo nos invita durante este año a profundizar en el misterio de la Revelación de Dios: “En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo.”  
Jesucristo es la Palabra de Dios, su Verbo que existía en el principio, y que en el principio estaba junto a Dios, y este Verbo era Dios. Jesucristo es la palabra pronunciada por el Padre desde la eternidad dirigida a cada uno de los hombres, de todos los tiempos, de todas las condiciones. Cristo es la llamada de Dios dirigida a cada uno que espera ser acogida y respondida.
Jesucristo, Palabra del Padre, no es una palabra inteligible, no es una palabra arcana indescifrable para el hombre… sino que esta Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros… tomando nuestra condición y haciéndose uno de nosotros, nos habló con palabras humanas y los mismos misterios de su vida –desde su Encarnación, pasando por su Pasión y Muerte hasta su Resurrección y Ascensión- son elocuentes para nosotros.
Para profundizar en el misterio de Dios que se nos da a conocer en Jesucristo, es necesario conocer las Escrituras Sagradas, pues toda ella habla de Jesucristo pues él es la única Palabra de Dios. Por ello, san Jerónimo decía: “Desconocer la Sagrada Escritura es desconocer a Jesucristo.”
Si realmente queremos llamarnos cristianos, si realmente somos discípulos de Cristo, es necesario conocer la Sagrada Escritura porque ella contiene verdaderamente la Palabra de Dios puesta por escrito e inspirada por el Espíritu Santo que habla en todo tiempo y circunstancia a quien la lee y la acoge en la fe. No son palabras del pasado, ni palabras muertas: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón. Nada se le oculta; todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.” Hb 4, 12-13
“Conocer la Escritura es verdadero alimento y verdadera bebida” para nuestra vida de fe, para nuestra vida cristiana. Y así como nuestro cuerpo necesita alimentarse diariamente, así también nuestro espíritu está necesitado de otro alimento: el alimento y la bebida de la Palabra de Dios. Así exhortaba el Apóstol Pedro a los primeros cristianos: “Como niños recién nacidos, ansiad la leche espiritual, no adulterada, para que con ella vayáis progresando en la salvación, ya que habéis gustado qué bueno es el Señor.” Esta leche espiritual es la que se nos da y entrega cada vez que leemos en la fe la Biblia, ya sea en la celebración de la liturgia donde la Iglesia nos ofrece la Palabra de Dios y nos las explica ya en nuestras casas cuando la cogemos y leemos algún pasaje de ellas.
Y así como el cuerpo necesita de diferentes tipos de alimentos para el funcionamiento correcto de nuestro organismo, así también en la Palabra de Dios encontramos toda la variedad necesaria para que nuestra alma se fortalezca y crezca como Dios quiere. Escuchemos como dirigidas a nosotros la recomendación del apóstol San Pablo a Timoteo: “Tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios es también útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena.” (2 Tm 3, 14-17)
Si queremos ser hombres de Dios, llegar a la perfección, ser en definitiva, santos debemos permanecer en lo que aprendimos y creímos desde niños y que nos han enseñado, en el conocimiento, lectura, meditación de la Sagrada Escritura.
Pues son “santos” –son los santos- los que han vivido realmente la Palabra de Dios. Parafraseando a San Gregorio Magno, los santos, su vida, sus buenas obras, son la lectura viva de la Palabra de Dios.
“Ellos –dice el Papa Benedicto XVI- se han dejado plasmar por la Palabra de Dios a través de la escucha, la lectura y la meditación asidua. Cada santo es como un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios.”
Al celebrar la fiesta de San Ildefonso, Patrono de nuestra diócesis de Toledo, primada de España, y figar nuestra mirada en aquel a quienes estamos confiados en el cielo para que nos proteja e interceda por toda nuestra diócesis, queremos también dejarnos ilustrar por el ejemplo de su vida y su sabia doctrina que consignó en sus escritos y han llegado a nosotros.
San Ildefonso, acogió la Palabra de Dios, a Jesucristo en su vida. Educado desde niño en la fe cristiano, pero consciente de que su fe debía crecer y madurar en una respuesta personal, San Ildefonso pedía a la Virgen María poder recibir a Cristo y amarlo como ella lo hizo. Así, de rodillas, suplicaba a la Madre de Dios: “Te suplico, Virgen Santa, que yo reciba a Jesús de aquel Espíritu de quien tu engendraste a Jesús; que mi alma reciba a Jesús con aquel Espíritu por el cual tu carne recibió al mismo Jesús. Por aquel espíritu que me sea posible conocer a Jesús, por quien te fue posible a ti conocer, concebir y dar a luz a Jesús. Que exprese conceptos humildes y elevados a Jesús en aquel espíritu en quien confiesa que tú eres la esclava del Señor, deseando que se haga en ti según la palabra del ángel. Que ame a Jesús en aquel Espíritu en quién tú lo adoras como Señor y lo contemplas como Hijo. Que tema a este mismo Jesús tan verdaderamente como verdaderamente él mismo, siendo Dios, es obediente a sus padres.”
San Ildefonso primero como joven cristiano, después como monje en el monasterio del que fue abad en las afueras de la ciudad de Toledo y posteriormente como obispo de esta misma archidiócesis, se sabe que antes que anunciador de la Palabra de Dios es su oyente. ¡Pensemos cuantas horas de lectura, de meditación, de oración con la Palabra de Dios durante sus años de formación con su tío San Eugenio, más tarde en Sevilla con San Isidoro, durante su vida en el monasterio dedicado al oficio divino en la recitación de los salmos y la contemplación, y también su años que ejerció el ministerio de obispo!
San Ildefonso sabía que para alimentar y hacer progresar la propia vida espiritual, había de poner siempre en primer lugar, la lectura y meditación de la Palabra de Dios para que esta penetrara hasta el “fondo en sus pensamientos y sentimientos” formando en él una mentalidad nueva: “la mente de Cristo”. Así sus palabras, sus decisiones y sus actitudes, su predicación y su enseñanza “eran una trasparencia, un anuncio y un testimonio del Evangelio.”
También él, invitaba a los toledanos de entonces y a todos aquellos a los que llegaron sus libros –como a nosotros hoy- a leer la Palabra de Dios, a conocerla y a encontrar en ellos la voluntad de Dios. Decía: “Los temerosos de Dios y los de suave piedad buscan en estos libros la voluntad de Dios. Y la primera observancia de sus obras y esfuerzos es conocer estos libros y, si todavía no los comprenden, por lo menos encomendarlos a la memoria a fuerza de lectura, pero no desconocerlos totalmente.
Leer la Sagrada Escritura teniendo en la mente, en el corazón y fija la mirada en Jesucristo: pues él es la Palabra definitiva del Padre a la humanidad y a cada uno de nosotros. “Este libro de toda la Sagrada Escritura fue abierto –y nosotros podemos leerlo y entenderlo-  porque su comprensión es revelada a los hombres por Cristo, que cargó sobre sí y quiso que se cumplieran los misterios  que estableció y previó debían cumplirse para salvación del género humano.
Y lo que decimos de San Ildefonso, Patrono de Toledo, podemos decirlo de nuestro querido Padre Pío. El también es un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios. Padre Pío, convencido de que nos hay verdadero crecimiento de la vida espiritual sin una acogida y meditación de la Palabra de Dios, recomendaba a una de sus hijas espirituales: “A sus lecturas, añada la de los libros santos (la Sagrada Escritura), tan recomendada por todos los santos padres. Y yo, a quien me apremia tanto su perfección, no puedo eximirle de estas lecturas espirituales.”
El mismo –como reflejo de su misma relación con la Palabra de Dios- expresa el fruto que ella realiza en nosotros cuando es acogida y meditada en la fe: “después de haberla acogido, guardad bien cerrada en vuestro corazón la palabra de Dios. (…) meditadla con atención, deteneos en cada uno de los elementos, buscad su sentido profundo. Ella se os manifestará entonces con todo su esplendor luminoso, adquirirá el poder de destruir vuestras naturales inclinaciones hacia lo material, tendrá el poder de transformarlas en ascensiones puras y sublimes del espíritu, y de unir vuestro corazón cada vez más estrechamente al Corazón divino de vuestro Señor.” 
Pidamos, queridos hermanos, al Señor que, “por intercesión de estos santos, nuestra vida sea esa «buena tierra» en la que el divino sembrador siembre la Palabra, para que produzca en nosotros frutos de santidad.” Que por el poder de su Palabra nosotros seamos en verdad con nuestra vida y nuestro testimonio sal del mundo y luz que ilumina la oscuridad de nuestro mundo. Así lo pedimos. Así sea.