martes, 15 de mayo de 2018

MARÍA, MADRE DE CRISTO. (15) Beato John Henry Newman


15 DE MAYO
Sobre la Anunciación (6)
MARIA,
Mater Christi,
MADRE DE CRISTO
Cada uno de los títulos de María tiene su sentido especial y su efecto, y puede ser el tema de una distinta meditación. Es invocada por nosotros bajo el título de Madre de Cristo. ¿Con qué fin nos dirigimos así a la Santísima Virgen? Para recordar que acerca de Ella se profetizó ya desde los comienzos, y que fue asociada a las esperanzas y a los ruegos de todos los santos de la antigua ley, de todos los que adoraban a Dios en verdad, de todos los que “aguardaban la redención de Israel” durante los siglos que transcurrieron antes de la venida del Redentor.
Nuestro Señor fue llamado Cristo o Mesías por los profetas y por el pueblo judío. Esos mismos dos nombres, Cristo y Mesías, tiene la misma significación; significan “el Ungido”. Había en la antigua ley tres grandes misterios, por cuya medio hablaba Dios a su pueblo: el del sacerdote, el del rey y el del profeta. Los que habían sido escogidos por Dios para desempeñar uno u otro de estos oficios, eran solemnemente ungidos con el óleo símbolo de la gracia de Dios, que se les daba para el digno cumplimiento de sus augustos deberes. Mas nuestro Señor poseyó a la vez esta triple dignidad de sacerdote, de profeta y de rey. Fue sacerdote, porque se ofreció en sacrificio por nuestros pecados; fue profeta, porque nos reveló la ley santa de Dios, y fue rey, porque reina sobre nosotros.
En la espera de este gran Mesías, el pueblo escogido, el pueblo judío, israelita o hebreo (porque son tres nombres diferentes de un mismo pueblo) vivía de edad en edad. El Mesías había de venir a restablecer todas las cosas. Y vinculada con esta cuestión, que ocupaba todos los espíritus, a saber: ¿Cuándo había de venir?, se juntaba esta otra: ¿Quién había de ser su Madre?
Se había dicho desde los comienzos, no que vendría del cielo, sino que nacería de una mujer. En el mismo momento de la caída de Adán, Dios había declarado que la semilla de la mujer quebrantaría la cabeza de la serpiente. ¿Quién, pues, debía de ser esa mujer señalada tan particularmente a la raza de Adán? Muchos siglos más tarde fue, además, revelado a los judíos que el Mesías, el Cristo, semilla de la mujer, nacería de su raza y de una tribu designada entre las doce tribus en que aquella raza estaba dividida. Desde este momento, todas la mujeres de esta tribu esperaban para ellas el gran privilegio de ser madres del Mesías o Cristo, porque era evidente que la madre de un Hijo tan augusto había de ser grande, buena, y bienaventurada; y esta era, entre otras, una de las razones por la cual los judos tenían en tan alta estima el matrimonio, pues no teniendo noticia alguna del misterio de la concepción milagrosa del Hombre-Dios, estaban convencidos de que el rito del matrimonio había de ser la condición necesaria de su nacimiento.
Por esta causa, si María hubiese sido semejante a las demás mujeres, hubiera aspirado al matrimonio, y hubiera deseado abrir ante sí la perspectiva de poner en el mundo al gran Rey. Pero María era demasiado pura para tener tales pensamientos. Le había sido inspirada la elección de una manera más perfecta de servir a Dios, que no había sido revelada a los judíos; el estado de virginidad. Prefería ser esposa de Dios a ser su Madre. Por esto, cuando el ángel Gabriel le anunció su alto destino, no aceptó, sino con la seguridad de que no tendría que renunciar a la virginidad, cuyo voto había hecho.
No llegó, pues, a su Madre de Cristo de la manera que las piadosas mujeres lo habían entendido durante tantos siglos, sino que, declinando la gracia de una tal maternidad, la obtuvo por medio de una gracia todavía más elevada. Y tal es el sentido de las palabras de Santa Isabel, que repetimos en el Ave María: “Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre.” Por esto también en la práctica de devoción llamada Corona de las doce estrellas, alabamos a Dios Espíritu Santo, por cuya virtud fue María a la vez, Virgen y Madre.
Beato John Henry Newman
Transcripto por gentileza de Dña. Ana María Catalina Galvez Aguiló