jueves, 10 de septiembre de 2026

San Pafnucio, obispo y confesor. — 11 de septiembre

 


San Pafnucio, obispo y confesor. — 11 de septiembre

(+ hacia el año 356)

 

El ilustre confesor de Cristo y venerable obispo de la Tebaida superior, san Pafnucio, fue natural de Egipto, e hijo de padres cristianos y muy virtuosos. Oyendo desde niño la admirable vida que llevaban los santos anacoretas de los desiertos de la Tebaida, se sintió tocado del Señor para imitar sus ejemplos; y llegado a la mocedad, dio libelo de repudio a todas las cosas del siglo, para servir a sólo Dios en la soledad, debajo de la disciplina y magisterio del grande Antonio. Teniendo delante de los ojos aquel perfectísimo ejemplar de todas las virtudes, hizo tan grandes progresos en el camino de la perfección, que extendiéndose la fama de su gran santidad y de sus divinas letras, le obligaron a recibir las órdenes sagradas, y poco después de haber sido ordenado de sacerdote, fue elegido por común consentimiento para la silla episcopal de la Tebaida. Gobernaba santísimamente su iglesia como verdadero pastor el rebaño de Jesucristo, cuando el tirano Maximino-Daia levantó una de las más grandes y sangrientas persecuciones que rugieron aquella santa cristiandad. Entonces fue preso y cargado de cadenas el venerable obispo Pafnucio; y fue el primero de los santos confesores a quien cortaron los nervios de la corva izquierda, y le sacaron el ojo derecho, y le condenaron a trabajar en las minas. Pero habiendo sucedido a la persecución de los tiranos, la paz que dio a la Iglesia el emperador Constantino, el santo volvió su silla con nuevo celo y con grande júbilo de todos los fieles de su diócesis; os cuales le recibieron como a su amado obispo y como a valeroso confesor de la fe. Por este título le hicieron también mucha honra los padres del Concilio de Nicea, en el cual se halló, y señaladamente el emperador Constantino el Grande, que se holgaba conversando con él largas horas, y jamás se despedía del siervo de Dios, sin besarle con reverencia el hueco del cual le habían arrancado el ojo. Gozaba el santo de tan grande autoridad en aquel concilio, que viendo desasosegados los ánimos en cierta controversia de nuevas doctrinas en las cosas de fe, se levantó y dijo en alta voz: Nada se mude, estad firmes en las sagradas Tradiciones; y todos se aquietaron y le obedecieron. Fue san Pafnucio familiar amigo de san Atanasio y estuvo con él en el concilio de Tiro, donde al ver seducido por los Arríanos al obispo Máximo, llegóse a él y tomándolo por la mano, lo sacó de entre ellos, diciéndole: «No puedo sufrir ver entre herejes un obispo que ha padecido por la fe»: y oídas después las razones de Pafnucio volvió Máximo a confesar la fe católica. Finalmente, después de haber gobernado muchos años santamente su Iglesia, entregó su espíritu en manos del Creador.

 

Reflexión: Por ventura te parecerá cosa extraña que un obispo como Máximo que había sido confesor de la fe y había padecido por ella como nuestro san Pafnucio, cayese en los errores de los herejes Arríanos: pero has de recordar que la fe es siempre libre en sus actos, y que es sobremanera pestilencial la herejía y maligno su veneno. Para librarnos pues del contagio de toda herejía e impiedad, es menester creer con fortaleza las verdades que nos enseña la santa Iglesia depositaría legítima de la doctrina de Dios, y estimarlas sobre toda doctrina humana, y preferirlas a nuestras propias ideas y discursos; porque es insensata soberbia querer poner la verdad de Dios en tela de juicio, y gran presunción el pretender tragar la ponzoña de los herejes e impíos sin envenenarse.

 

Oración: Concédenos, oh Dios omnipotente, que la venerable solemnidad del bienaventurado Pafnucio, tu confesor y pontífice, acreciente en nosotros la gracia de la devoción y de la salvación eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

LOS FRUTOS DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

 


Jueves de la XV semana después de Pentecostés

DE LOS FRUTOS DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO DESPUÉS

DE PENTECOSTÉS

 

ORACIONES PARA COMENZAR

Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS

EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Jueves de la XV semana después de Pentecostés

DE LOS FRUTOS DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

 

PUNTO PRIMERO. San Cirilo dice sobre este Evangelio que Cristo tocó a este difunto en su féretro para darle la vida, declarando que su carne santísima tenía virtud para dar la vida espiritual y que la comunica a todos los que la tocan dignamente. Por eso llamó a su carne sacramentada manjar de vida, porque quien come este pan vive para siempre.

El primer fruto, pues, de este divino manjar es desterrar del alma la muerte del pecado, conservando en ella la vida de la gracia.

Considera cuántas veces le has recibido y cuántas te ha tocado, y si estás vivo a su gracia y a su servicio, o muerto por tus pasiones y apetitos desordenados. Teme que no le recibes como debes, pues no obra en ti los efectos que produce en aquellos que dignamente le reciben.

 

PUNTO II. Considera lo que dice Cristo: que los antiguos comieron el maná y murieron, y que no ha de ser así con los que comen este maná del cielo, sino que han de vivir para siempre.

Cristo resucitó y no volvió a morir; así han de ser los que reciben su Cuerpo santísimo, resucitado y glorioso, en este divino manjar: han de conservar la vida de la gracia sin volver más a la muerte del pecado ni a los vicios pasados.

Considera si produce en ti estos efectos y qué cuenta has de dar a Dios del pan que comes y de la vida que haces. Pide a Dios perdón de tu tibieza; disponte a darle gracias por la merced que recibes y pídele, juntamente, la gracia de lograr en ti los frutos que comunica a quienes le reciben dignamente.

 

PUNTO III. Considera los efectos que causó en este difunto la resurrección y la vida que le dio Cristo: oyó su voz, se levantó y empezó a hablar, comenzando juntamente una vida nueva.

Estos mismos efectos ha de causar en ti la visitación y el toque de este Señor, que viene sacramentado a visitar tu alma y a darle vida en el féretro de tu cuerpo. Ha de abrir tus oídos para oír su voz; hacerte sentir los toques de tu conciencia y responder a las llamadas que da a tu corazón; purificar todos tus sentidos; levantarte de la tibieza y del regalo al fervor y a la mortificación; abrir tu boca para la oración y las alabanzas de Dios, dándole continuas gracias por las mercedes recibidas; y renovar tu vida, comenzando otra nueva en su santo servicio.

¡Oh, Señor! ¡Quién tuviera la virtud y disposición necesarias para lograr estos frutos en vuestro santo servicio! Tocadme Vos con el impulso de vuestra especialísima gracia, para que yo reciba y alcance estos frutos en la sagrada Comunión.

 

PUNTO IV. Considera lo que pasó en la resurrección de este mancebo: renovó su juventud. Del mismo modo, quien recibe a Cristo renueva la juventud de su alma.

Luego todos los presentes se llenaron del temor de Dios y de estimación y veneración hacia el Salvador, y prorrumpieron en alabanzas, sin cesar de engrandecer su poder y dar gloria a Dios.

Así es incomparable el gozo de los ángeles y de toda la corte celestial cuando un alma oye la voz de Dios y se dispone dignamente para recibirle en su alma; y no menor es la edificación de los hombres, que se mueven con su ejemplo a servirle, reverenciarle y recibirle dignamente.

¡Oh, Señor! Dadme una voz, como la disteis a este difunto; tocadme, como le tocasteis; extended hacia mí vuestra mano, como la extendisteis hacia él, y resucitadme de muerte a vida. Dad esta gloria a los ángeles y esta edificación a los hombres. Trocad mi tibieza en fervor y mi mala vida en buena. Dadme gracia para que yo os reciba siquiera una vez dignamente y, comunicándome vuestra vida, la comience de nuevo en vuestro santo servicio.

 

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.