sábado, 1 de agosto de 2026

PARÁBOLA DEL FARISEO Y EL PUBLICANO

 


X domingo después de Pentecostés.

PARÁBOLA DEL FARISEO Y EL PUBLICANO

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

X domingo después de Pentecostés.

PARÁBOLA DEL FARISEO Y EL PUBLICANO (Luc. 18).

Persuade Cristo en el Evangelio la humildad con el ejemplo del fariseo y el publicano que entraron a orar en el templo; el primero salió condenado por su soberbia y el otro justificado por su humildad; porque todo hombre que se ensalza será humillado, y el que se humillare será ensalzado.

 

PUNTO PRIMERO. Considera lo que dice san Lucas: que dijo Cristo esta parábola a los que se tenían por justos, despreciando a los demás. Has de ponderar el sentimiento que causa que se condene uno que vive bien y es tenido comúnmente por justo, ocupado en buenas y santas obras y apartado de vicios, y que remate su vida en el infierno, perdiendo todo cuanto bueno ha hecho, que es la pérdida más lamentable que puede haber.

Pon los ojos en uno de los doce apóstoles que se condenó, y en otro de los siete primeros diáconos que se perdió; y en las cinco vírgenes, que después de tanta mortificación y castidad remataron el curso de su vida en la perdición; y en otros semejantes que se han condenado después de muchos años de servir a Dios en santas obras. Teme caer como ellos en el abismo de la perdición.

Atiende por dónde se perdieron, y pídele a Dios que te tenga de su mano para que no los sigas y pierdas tu salvación.

 

PUNTO II. Considera por dónde se perdió este fariseo y se ganó el publicano: fue aquel por la soberbia, presumiendo de sí mismo; y este por la humildad, confesándose pecador e indigno de levantar los ojos al cielo. Entra contigo en cuenta y mira a cuál de los dos imitas: al fariseo soberbio o al humilde publicano; y huye los pasos de aquel y sigue los de este, si quieres agradar a Dios y alcanzar tu salvación.

 

PUNTO III. Considera cómo no se puede despreciar a ningún pecador, porque no sabemos lo que Dios tiene determinado de él, ni si en adelante le dará tal gracia que merezca ser preferido a muchos justos, que eran tenidos por mejores que él; como se vio en este publicano, a quien Dios llamó y dio sus auxilios para salir de sus pecados y merecer ser preferido al fariseo, que era tenido por santo en los ojos de todos.

Saca de aquí no despreciar a ninguno, por malo que parezca, pues no sabes su fin ni si le tendrá mejor que muchos de los que son tenidos por buenos y entonces sirven a Dios.

 

PUNTO IV. Contempla las palabras con que Cristo remata su parábola: «Todo hombre que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado»; porque Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes.

La soberbia es hija de Lucifer y la humildad de Cristo. La soberbia despobló las sillas del cielo, y la humildad las vuelve a poblar.

Pon los ojos en la humildad de Cristo y aprende a ser humilde y manso de corazón; y Dios te ensalzará como ensalzó a Él y te dará el premio conforme a tus merecimientos.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

Día 2. LOS PRIMEROS AFECTOS DEL CORAZÓN DE MARÍA. EL MES DE AGOSTO CONSAGRADO AL SANTÍSIMO E INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 


Día 2

LOS PRIMEROS AFECTOS

DEL CORAZÓN DE MARÍA

 

EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA

 

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Día 2

LOS PRIMEROS AFECTOS

DEL CORAZÓN DE MARÍA

 

Considera los primeros movimientos y los primeros afectos del Corazón de María en el mismo instante de su formación.

La luna no fue creada y colocada en el cielo sin que, inmediatamente, comenzara su recorrido, continuándolo sin cesar alrededor del astro luminoso cuyos rayos reflejaba.

De igual manera, el Corazón de María, apenas fue formado, se dirigió en ese mismo instante con rapidez hacia el divino Sol de Justicia y se acercó tanto a Él que quedó completamente sumergido en aquella Luz inefable.

Así lo enseñan san Bernardo y san Bernardino de Siena: «María penetró, más allá de cuánto puede imaginarse, en los más profundos abismos de la Sabiduría de Dios, de tal manera que parecía sumergida en esa Luz inaccesible, en la medida en que una criatura puede participar de ella.»

Esto puede entenderse perfectamente del primer instante de la formación de su santísimo Corazón.

Como Corazón de Hija, se humilló y se consagró enteramente a la obediencia al Padre Eterno.

Como Corazón de Madre, ardía ya de amor por Aquel que un día sería su Hijo, aunque entonces solo lo conocía como su Creador.

Como Corazón de Esposa, se lanzó con el más vivo y vehemente impulso para unirse íntimamente, mediante un vínculo indisoluble, a su divino Esposo, el Amor increado.

Porque, como dice también san Bernardino de Siena: «Desde el primer instante, la Virgen tuvo constantemente fija su mirada en la voluntad de Dios y puso siempre el más ferviente empeño en conformarse a ella.»

¡Cuántos momentos de nuestra vida han pasado ya! Pero ¿cómo los hemos empleado?

¡Cuántas luces, cuántos avisos interiores, cuántas santas inspiraciones y cuántas llamadas de la gracia hemos recibido! ¿Y cómo hemos respondido a ellas?

¿Cómo hemos cooperado con esa gracia que nos impulsa a trabajar por nuestra conversión o por nuestra santificación?

Dios mío, por los méritos de vuestra divina Madre, tened misericordia de mí. Desde este momento, ya no quiero resistiros más. Soy todo vuestro y tomo la firme resolución de perteneceros siempre y enteramente.

 

ORACIÓN

¡Oh María Inmaculada! Apenas concebida, adoraste profundamente al Señor y le diste gracias porque quiso servirse de ti para destruir la antigua maldición y derramar abundantes bendiciones sobre los hijos de Adán. Haz que el amor de Dios se encienda en mi corazón; inflámalo tú misma, para que ame constantemente a mi Dios y, después, pueda gozar de Él en el paraíso. Amén.

 

FLOR. Rezar tres Padrenuestros y tres Avemarías para dar gracias a la Santísima Trinidad por las gracias que concedió a María.

 

FRUTO. Corresponder fielmente a la gracia de Dios.

 

 

ORACIONES FINALES

 

ORACIÓN

AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA

 

¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.

¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.

Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.

Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.

Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.

En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.

Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.

 

ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA

Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.

 

Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores

A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:

  1. Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
  2. Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
    • la Natividad de la Santísima Virgen María,
    • la Asunción de la Santísima Virgen,
    • y la fiesta del Santísimo Corazón de María,

con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.

  1. Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
  2. Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.

 

San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor. — 2 de agosto

 


San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor. — 2 de agosto

(+ 1787)

 

El celosísimo obispo, fundador de la Congregación del Santísimo Redentor, y doctor de la Iglesia, san Alfonso María de Ligorio, nació en Nápoles y fue hijo de don José de Ligorio, caballero del orden patricio, y de doña Ana Catalina Cavalieri, señora muy principal de la ciudad de Brindis. Trayendo un día esta señora su niño Alfonso al apostólico varón san Francisco de Jerónimo para que le bendijese, dijo el santo con espíritu profético: «Este niño llegará a una edad muy avanzada, no morirá antes de los noventa años, será obispo, y obrará cosas grandes y utilísimas a la Iglesia de Dios.» Los sucesos de la vida de san Alfonso comprobaron la verdad de aquella profecía. Adelantóse en letras y virtudes en la Congregación de jóvenes nobles que se educaban en la casa de los Padres de san Felipe Neri, y a los dieciséis años de su edad, había alcanzado ya el grado de doctor en ambos derechos, con grande aplauso y reputación de sabiduría. Habiendo seguido luego la carrera del foro, por consejo y voluntad de su padre, como le hiciesen caer en la cuenta de un error involuntario que había cometido en la defensa de un pleito feudal, entristecióse mucho de esto, y determinó dejar el oficio de abogado; y así se desnudó de la toga, colgó la espada junto al altar de la Virgen de la Merced, y renunció al derecho de primogénito, para darse del todo a Dios y comenzar una vida muy santa y apostólica. Ordenado de sacerdote, con diez compañeros a quienes había comunicado su celo y espíritu, echó los cimientos de la Congregación de misioneros, que se llamó del Redentor, y fue aprobada por el papa Benedicto XIV. Predicaban aquellos nuevos apóstoles con gran fervor y espíritu de cielo, y recorrían las aldeas y los campos evangelizando a los pobres el reino de Dios; y los sermones de nuestro santo, iban siempre acompañados de suspiros, lágrimas y numerosas conversiones. En la misión de Amalfi, vio todo el pueblo con grande asombro una luz maravillosa que salía de la imagen de la Virgen y esclarecía el rostro del santo misionero, el cual estaba arrobado y suspenso en Dios. Nombróle el rey de las dos Sicilias obispo de Palermo, y el sumo pontífice Clemente XIII, le hizo obispo de la iglesia de santa Águeda de los Godos, y después de santificar aquella diócesis por espacio de algunos años, impedido por la edad avanzada y las dolencias, y mucho más por su piedad, se retiró a su amada Congregación en la casa de Nocera de Pagani, donde a la edad de noventa años y diez meses, descansó en el Señor, habiendo conservado la inocencia bautismal, y edificado a toda la cristiandad con sus heroicas virtudes, arrobamientos, milagros, profecías, y libros admirables.

Reflexión: El sumo pontífice Pío IX, dio a san Alfonso María de Ligorio el título de doctor de la Iglesia por las sapientísimas obras que dejó escritas, como la Teología moral y la Práctica de los confesores; pero recomendamos encarecidamente a todos los fieles sus libros sobre la Verdad de la fe, la Conformidad con la voluntad de Dios, las Visitas al Santísimo Sacramento, y singularmente la Preparación a la muerte y las Glorias de María. ¡Pluguiera a Dios que estos libros, que son tesoros de sabiduría y de unción celestial, anduviesen en manos de todos los fieles católicos!

Oración: Oh Dios, que por medio del bienaventurado Alfonso María, tu confesor y pontífice, encendido en el celo de las almas diste a tu Iglesia una nueva proble; rogámoste que enseñados por su saludable doctrina y alentados por sus ejemplos, podamos llegar felizmente a Ti. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.