miércoles, 9 de septiembre de 2026

TERCER DOLOR. LA PÉRDIDA DEL NIÑO JESÚS. SEPTENARIO A LA VIRGEN DE LOS DOLORES

 


TERCER DOLOR

LA PÉRDIDA DEL NIÑO JESÚS

 

SEPTENARIO

A LA VIRGEN

DE LOS DOLORES

P.  Francesco María Pecoroni

 

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

TERCER DOLOR

LA PÉRDIDA DEL NIÑO JESÚS

 

«Hijo, ¿por qué nos has hecho así?

He aquí, tu padre y yo

te hemos buscado con dolor» (Luc. 2, 48).

 

Considera qué repentino golpe de dolor recibió el corazón de la Virgen cuando salió del templo y de Jerusalén, y se dio cuenta de que Jesús, su único Hijo, su único bien, su único tesoro, no venía con ella.

¡Oh Dios! Se dio cuenta de que ella y su santo esposo lo habían perdido y, estimulados al mismo tiempo por el amor y el dolor, sin preocuparse por descansar ni por comer, aunque débiles y cansados, se apresuraron a buscarlo para intentar hallarlo.

No hay hogar ni posada en la que no entren; no hay plaza ni camino que no recorran; no hay ciudadano ni forastero, amigo o pariente, a quien, con lágrimas y suspiros, no pregunten. ¡Pero, ay!, nadie sabe dar cuenta; todos se encogen de hombros.

Entonces, ¿qué quejas, qué lamentos no habrá exhalado la desconsolada Madre desde su corazón? ¿Y qué funestos pensamientos no habrán martirizado su alma?

¿Quién sabe —habrá dicho— si tal vez mi Jesús está mal cuidado o mal servido por mí, o se encuentra perdido entre la multitud, o ha regresado al Cielo? ¿Quién sabe si Arquelao, sucesor de Herodes, no habrá continuado con su crueldad y le habrá hecho arrestar y asesinar?

Pero ya son tres días y tres noches que le busca, le suspira y le llora, y aun así no aparece.

He aquí, alma mía, la pena más amarga, que no por una hora, sino por tres días, afligió el ardiente corazón de María. Pero María, no por su culpa, sino por disposición del cielo, perdió a su Dios, a su Hijo Jesús; y tú, que lo perdiste voluntariamente al pecar y lo mantienes tanto tiempo perdido por tu pecado, ¿no te preocupas por nada?, ¿no procuras encontrarlo?

Oh, afligidísima y desconsoladísima Madre de mi Señor, por aquellas lágrimas incesantes con las que regaste las calles de Jerusalén buscando a tu amado Jesús, suaviza la dureza de mi corazón, haciéndome participar de tu dolor, y haz que me derrita en llanto de verdadero arrepentimiento, hasta que yo encuentre, como tú, a mi amabilísimo Dios.

 

 

Virgen entre todas las vírgenes la mejor,

escucha mi solicitud con amor:

déjame compartir tu divino dolor.

 

GRACIA QUE DEBE PEDIRSE

María Santísima, dulce refugio de los pecadores, por los méritos de este tan cruel dolor, haz que Jesús regrese al alma mía, de donde escapó por el pecado original; dame una chispa de tu amor, a fin de que nunca más lo pierda, sino que lo cuide para siempre.

 

FRUTO A RECOGERSE

EN ESTE TERCER DOLOR

I. Si la Santísima Virgen estaba tan afligida y luchó tanto para encontrar a su Jesús perdido, ¿qué no deberías tú hacer para encontrarlo con su divina gracia, cuando tantas veces lo has perdido por el pecado?

II. La Santísima Virgen perdió a Jesús no cuando estuvo errante por Egipto, sino cuando fue a la fiesta de Jerusalén. A partir de aquí, aprende que, para estar unido con Dios, puedes hallar gozo en el retiro y la soledad, y corres el riesgo de perderlo en el tumulto y en la conversación.

III. Después de tres días, la Santísima Virgen encontró a su Hijo Jesús; así tú, si alguna vez por el pecado lo pierdes, después del triduo místico de contrición, confesión y satisfacción lo encontrarás.

 

***

Nuestra Señora prometió a santa Brígida que concedería siete gracias a aquellas almas que la honren y acompañen diariamente, rezando siete Ave Marías mientras meditan en sus lágrimas y dolores:

1.    “Yo concederé la paz a sus familias.”

2.    “Serán iluminadas en cuanto a los divinos Misterios.”

3.    “Yo las consolaré en sus penas y las acompañaré en sus trabajos.»

4.    “Les daré cuanto me pidan, con tal de que no se oponga a la adorable voluntad de mi divino Hijo o a la salvación de sus almas.”

5.    “Los defenderé en sus batallas espirituales contra el enemigo infernal y las protegeré cada instante de sus vidas.”

6.    “Les asistiré visiblemente en el momento de su muerte y verán el rostro de su Madre.

7.    “He conseguido de mi Divino Hijo que todos aquellos que propaguen la devoción a mis lágrimas y dolores, sean llevadas directamente de esta vida terrena a la felicidad eterna ya que todos sus pecados serán perdonados y mi Hijo será su consuelo y gozo eterno.”

***

Ofrezcamos el rezo de siete avemarías en recuerdo de los siete dolores de nuestra Señora.

 7 Avemarías

Bendita y alabada sea la pasión y muerte

de nuestro Señor Jesucristo,

y los Dolores de su Santísima Madre

al pie de la cruz.

 

ORACIÓN

Imprimid, Señora, vuestras llagas en mi corazón, para que en ellas recoja dolor y amor: dolor, para soportar por vos todos los dolores, amor, para despreciar por vos todos los amores. Amén.

 

TEXTO Y VIDEO DE LA CORONA DE LOS SIETE DOLORES

https://misagregorianatoledo.blogspot.com/2023/09/corona-de-los-siete-dolores-de-la.html

 

Finalmente, no olvides recitar la Corona de los Siete Dolores en este día y visitar con devoción y recogimiento el altar de la Santísima Virgen de los Dolores. Por decreto de su S.S. León XIII la corona de los siete dolores de la Virgen satisface el rezo del rosario.

 

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado, Purísimo y Doloroso Corazón de María, sed la salvación mía.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.

San Nicolás de Tolentino, confesor. — 10 de septiembre.

 


San Nicolás de Tolentino, confesor. — 10 de septiembre.

(+ 1246)

 

El fervorosísimo y religioso sacerdote san Nicolás de Tolentino, ornamento de la sagrada Orden de san Agustín, nació en una aldea llamada San Angelo, de la ciudad de Ferino, que está en la provincia de la Marca de Ancona. Prometió la madre de nuestro santo ir a visitar el sagrado cuerpo de san Nicolás, obispo, que está en la ciudad de Bari en el reino de Nápoles, si Dios le daba un hijo: y apareciéndole el santo la hizo cierta de que tendría un hijo, a quien pondrían por nombre Nicolás, y que sería santo. Todo se cumplió así porque como iba el niño creciendo en edad, así fue adelantándose en virtud y ciencia; y orando un día en el templo vio a Cristo nuestro Señor con los ojos corporales. Hiciéronle canónigo de la iglesia de San Salvador, mas habiendo oído un sermón del menosprecio del mundo, se determinó a tomar el hábito de san Agustín, y fue espejo de religiosos en todas las virtudes. Treinta años estuvo en el convento de Tolentino sin comer carne, ni huevos, ni peces, ni cosa de leche, ni aun manzanas, ahora estuviese sano, ahora enfermo. Visitaba con grande caridad a los enfermos, consolaba a los afligidos, reconciliaba a los discordes, socorría a los pobres y libraba a los cautivos y encarcelados. Fue devotísimo de las ánimas del purgatorio por una visión que tuvo, en la cual vio gran número de ánimas, que con grande instancia, le pedían el sufragio de sus oraciones y misas, y habiéndolas dicho, le dieron las gracias por ello. Ilustróle el Señor con muchos y grandes milagros; porque dio maravillosamente la salud a muchos enfermos que estaban afligidos de varias dolencias, alumbró ciegos y libró muchos endemoniados. Toda la vida de san Nicolás fue de hombre perfectísimo y venido del cielo, y como tal, le favoreció y regaló mucho nuestro Señor. Seis meses antes que muriese, cada noche a hora de maitines, le dieron música los ángeles; y el entendió que se llegaba la hora de su dichosa muerte, y así la profetizó y avisó de ella a sus hermanos religiosos. Rogóles que le perdonasen sus faltas, y al prior, que le diese la absolución de todos sus pecados, y le administrase los santos Sacramentos de la Iglesia; los cuales recibió con grandísima devoción y abundancia de lágrimas. Después se hizo traer una cruz en que estaba un pedazo de la de nuestra redención, la cual adoró con profundísima humildad. Regocijábase su espíritu en aquella hora sobremanera; y como los frailes le preguntasen por qué estaba tan contento y alegre, respondió: «Porque mi Señor Jesucristo, acompañado de su dulce Madre y de nuestro padre san Agustín, me convida a la partida, y me dice que me alegre y entre en el gozo de mi Dios»: y diciendo aquellas palabras: En tus manos. Señor, encomiendo mi espíritu, levantadas las manos y los ojos hacia la cruz que tenía presente, con maravillosa tranquilidad dio su alma al Señor a la edad de setenta años.

 

Reflexión: Léese también en la vida de este santo, que hallándose una vez gravemente enfermo, la Virgen santísima le bendijo unos bocados de pan; y le mandó que los comiese, y en comiéndolos san Nicolás, quedó de repente sano: y en memoria de esta maravilla todos los años se bendicen el día de su fiesta en las iglesias de su orden los panecillos que llaman de san Nicolás, con ciertas oraciones aprobadas por el papa Eugenio IV, comunicando Dios a estos panecillos maravillosa virtud contra todo género de enfermedades.

 

Oración: Oye, Señor, benignamente las humildes súplicas que te hacemos en la solemnidad de tu bienaventurado confesor Nicolás, para que los que no confiamos en nuestras virtudes, seamos ayudados por los méritos de este santo que fue tan agradable a tus divinos ojos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.