jueves, 12 de mayo de 2022

Las Pruebas Espirituales (I) San Pedro Julián Eymard

 

Las Pruebas Espirituales (I... by IGLESIA DEL SALVADOR DE TOL...

 

LAS PRUEBAS ESPIRITUALES

Entre los sufrimientos de que está sembrada la vida presente para que la consideremos tan sólo como un camino que debe llevarnos al cielo, hay algunos singularmente dolorosos: son las pruebas espirituales. Amarguras en el corazón, en la conciencia y en la devoción: éste es el pan cotidiano de las almas que a una con Jesucristo quieren ser únicamente de Dios.

Quien desea llevar una vida muy interior mediante la oración y una vida más recogida en Dios debe esperarse a mayores sufrimientos interiores, porque el alma se torna más delicada y siente más vivamente la ausencia sensible de Dios; y porque Dios, que es tan interior y tan amigo, hace sentir inmediatamente al alma sus infidelidades para que vuelva al instante al camino del deber.

 

Las delicadezas de la amistad

Además, Dios utiliza frecuentemente este procedimiento para mantener al alma en el misterio de la obediencia y en la inmolación completa de la razón, y en este estado crucificante el alma se purifica de cuanto puede haber de imperfecto en ella.

En este estado no puede uno fundar su paz interior en las propias acciones, ni en el testimonio interno de la conciencia, sino tan sólo en el acto de fe hecho con una ciega obediencia. Asimismo conviene que el camino de la tierra prometida no sea demasiado florido y amable; cobraríamos afición al desierto y al camino.

Nuestro Señor nos ama demasiado para hacernos felices sin Él y fuera de Él. Nuestra vida sería muy natural si tuviéramos simpatías por ella. Dejad obrar a nuestro Señor y seguidle en todo con amor y agradecimiento.

Un soldado da a conocer lo que es en el campo de batalla, un genio en su obra y una piedad verdadera en la prueba. Si os amara con amor natural pediría con todas mis fuerzas a Dios que os privara de vuestras cruces y tristezas y que os despojara de vosotros mismos; pero no puede causarme enfado ese favorable viento que lleva la navecilla al puerto feliz de Dios: la barca va más rápidamente, aunque más agitada.

 

Calma y paciencia

En los momentos de prueba, de sufrimiento, de tentaciones, de rebelión, de irritación, entregad vuestra alma a la santísima Virgen y Jesús nuestro Salvador para que os la guarden. No procedáis de otra forma; repetid con el profeta: “Señor, me siento violentado: responded por mí”. Por todo consuelo humano procurad guardar silencio de vosotros mismos y mostraos exteriormente dulces para poder triunfar sobre vuestros enemigos y caminar siempre adelante.

El fuego no se analiza, se huye de él. Tened vuestro corazón entre las dos manos para poder conservarlo siempre en la paz de nuestro Señor; pero que vuestra paz sea el precio de vuestra guerra, de vuestra pobreza y vuestra paciencia en sobrellevar la aridez espiritual.

Id más lejos: agradeced a Dios con todo el amor el que haya querido purificar vuestra fe, acrisolar vuestra caridad, perfeccionar vuestra confianza y obligaros a ser totalmente suyos en vez de permanecer en los medios que os conducen a Él.

Amad los sufrimientos que de Dios os vienen; pero no os detengáis en el sufrimiento, sino más bien ejercitaos en la paciencia, en la sumisión, en el ofrecimiento, en el abandono, que son las virtudes del estado de sufrimiento.

 

Sin interés propio

Si nuestro Señor os deja fríos, áridos, sin consuelos, decíos: En verdad, bien merecido lo tengo; quizá los consuelos no me acarrearían ningún bien, y me creería más interior, más virtuoso de lo que soy.

Quiere el divino maestro probar mi fe y mi generosidad, y experimentar si le amaría y trabajaría por puro amor, sin interés propio. Mas si yo le amo fielmente, cuán contento se sentirá su corazón al haber hallado un alma que vela con Él en el huerto de los olivos, en el huerto del puro amor.

Lo que os apena sobre todo son las meditaciones en que os acompañan la aridez y el sueño; es la frialdad que sentís en vuestras comuniones. Seguid practicándolas, a pesar de todo. Llegará un hermoso día en que nuestro Señor, contento de vuestra paciencia en esperar, convertirá esas nubes en beneficiosa lluvia.

Cuando os halléis en ese estado de impotencia, en lugar de querer reflexionar y considerar verdades, ejercitaos en actos de fe, de confianza, de humildad y de amor, como si os sintierais del todo felices. Cuanto más fríos y áridos sean vuestros actos, tanto más perfectos serán, porque, al menos, no estarán viciados por el amor propio. En estos estados de sequedad espiritual haríais bien en escoger un capítulo de la Imitación de Cristo en consonancia con vuestra disposición de momento y en leerlo con pausa, para que se empape dulcemente vuestra alma; ensayadlo en vuestras meditaciones.

En cuanto a la sagrada Comunión, continuad recibiéndola, aun cuando no experimentéis ternura; nunca forcéis vuestro espíritu ni violentéis vuestro corazón: todo ello no serviría más que para turbar y para cansar vuestra alma y apartarla de ese estado de paz y recogimiento que vale más que todo.

 

Servir a Dios, sólo para Dios

Seguid sirviendo a Dios, sólo a Dios, con la fidelidad del amor generoso.

Si no gozáis de consuelos, poseéis algo más precioso: la fuerza y la paz de la confianza en Dios. Guardad estos dos bienes con el mayor cuidado, porque están muy por encima de las olas del mar y de los nubarrones de este mundo.

El servicio de Dios ha de prevalecer sobre todos vuestros gustos: la fidelidad en cumplir su voluntad santísima ha de ser la primera de vuestras virtudes y el primer acto de vuestro amor divino.

No olvidéis nunca que el amor del huerto de Getsemaní y el del calvario es mucho más hermoso que la gloria del Tabor; que ser fiel a Jesús triste, solitario, abandonado es propio de las almas perfectas, de la santísima Virgen, de san Juan y de santa María Magdalena.

No os extrañéis de vuestras sequedades y arideces espirituales: son el desierto de la tierra prometida, la hornaza de la purificación, el medio de la separación del mundo, el combate y el grito del alma que dice: “Jesús mío, Tú sólo eres bueno, Tú eres el bien de mi alma y la vida de mi vida”.

Gusta Dios de sumergir al alma en un misterioso abismo para que se purifique de sí misma y se una con más pureza a Él.

Cierto que bajo tal prueba agoniza el alma, pero es para revestirse de una nueva vida.

Dios la hastía y la desprende de sí misma para unirse a ella con mayor pureza. Le hace el vacío de todo lo que no sea Él. La naturaleza, decían antaño, tiene horror al vacío; mas Dios ama este vacío del corazón, y cuando no lo halla en nosotros se lo procura.

Inmenso en su amor, quiere serlo en su reino, en nuestra alma, quiere rodearla de su inmensidad y saturarla de su amor divino; por ello hace el vacío en nosotros, con lo cual nos da una lección a la par que nos confiere una gracia.

Pero precaved la tristeza y la turbación interiores que acompañan y siguen a esta purificación del alma, ya que os expondríais a las más penosas y perniciosas tentaciones. Para que obre Dios son necesarias algunas tentaciones; pero vosotros no debéis procurarlas, ni fomentarlas, ni formar de ellas vuestro estado de vida.

Preservaos de ellas como de la muerte; mejor dicho, sufridlas como se sufre el dolor de una operación.

No fomentéis la fiebre del temor y de la tristeza; dejadla extinguirse de inanición y todo andará perfectamente.

 

Dios mío y todas mis cosas

En esos momentos de profundos dolores ofreceos de buen grado a nuestro Señor y decidle: “Yo sufro, yo muero; no importa; mi corazón y mi vida vuestros son; os amaré a pesar de mis penas y tristezas”, y veréis cómo un nuevo horizonte de esperanza y de amor se abre ante vuestros ojos.

Es de todo punto necesario que el cielo del espíritu esté siempre sereno para ver y contemplar los deberes de nuestra vida, la verdad y la bondad de Dios.

¿No es cierto que cuando se posee a Dios no necesitamos de nada? Él suple divinamente a todo: es padre, madre, amigo, protector, consolador.

“Dios mío y todas mis cosas”, decía con frecuencia san Francisco de Asís. Sí; consolidaos en la confianza y en la santa entrega; esta es la cadena que no se quiebra, el sol que no sufre eclipses, la verdadera vida del corazón.