jueves, 3 de septiembre de 2026

4. LA HUMILDAD DA LIBERTAD

 


DÍA 4

LA HUMILDAD DA LIBERTAD

 

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 4

LA HUMILDAD DA LIBERTAD

Los santos ofrecen numerosos ejemplos de esta humildad escondida. Los santos mártires, a quienes los emperadores ofrecían riquezas, dignidades o grandezas y todo ello los santos mártires lo estimaban como si fuera estiércol, pues para ellos el único bien era Dios, por quien estaban dispuestos a entregar sus vidas.

Algunos religiosos, aunque por obediencia o por necesidad de sus comunidades tengan que tratar con reyes, príncipes y personas importantes, llevan en su interior una profunda mortificación. Exteriormente pueden mostrarse alegres y tratar con cortesía, pero interiormente consideran aquellas grandezas como algo pasajero y sin valor delante de Dios. Para ellos, encontrarse en medio de sedas, riquezas y honores puede ser una verdadera sepultura del propio yo.

Lo mismo ocurre con el hombre que ha muerto al mundo y vive para Dios. Los aplausos, los honores y las apariencias exteriores no pueden darle verdadera grandeza, porque sabe que todo eso pasa rápidamente. Las riquezas y dignidades no pueden aumentar la verdadera humildad, porque esta no crece por lo que el hombre posee, sino por aquello de lo que es capaz de desprenderse.

Muy diferente es la actitud del soberbio. Este nunca está satisfecho con lo que Dios le ha dado y desea elevarse continuamente sobre los demás. Quiere aumentar su importancia, entrar en lo que no le pertenece y conseguir por cualquier medio aquello que ambiciona. Es semejante a la rana que quiso hacerse tan grande como el buey y, de tanto hincharse, terminó reventando. Así ocurre con quienes, siendo pequeños, quieren parecer grandes y buscan constantemente honores, linaje, poder y reconocimiento. Al final, en lugar de alcanzar la grandeza que desean, quedan más despreciados todavía.

El humilde, en cambio, no necesita añadir nada a su grandeza, porque su grandeza verdadera viene de Dios. Nadie puede aumentarla con riquezas, honores o reconocimientos humanos. Cuanto más se le aprieta con las cosas del mundo, más se desprende de ellas, como la anguila que se escurre cuando intentan sujetarla. Las estrecheces y dificultades de la vida no ensanchan su corazón hacia las cosas terrenas, sino que lo hacen volver con mayor fuerza hacia Dios.

Por eso, aunque el justo tenga que vivir entre poderosos y grandes, su corazón permanece libre. Puede estar entre ellos sin pertenecerles, servirles sin buscar su favor y hablarles sin dejarse dominar por sus grandezas. Como José, que dejó su capa en manos de la mujer que quiso tentarlo, el humilde está dispuesto a perder incluso aquello que exteriormente podría darle honra, antes que perder su fidelidad a Dios.

En definitiva, la verdadera humildad no consiste en aparentar pobreza ni en huir necesariamente de los honores, sino en reconocer que todo bien procede de Dios y que nada de lo creado merece ocupar su lugar. El humilde puede poseer o perder, ser honrado o despreciado, vivir entre pobres o entre príncipes, y permanecer siempre en la misma disposición interior: no atribuirse nada, despreciar las vanidades del mundo y guardar únicamente para Dios su corazón.

 

JACULATORIA: De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor. (Salmo 113, 3).

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.

 

Santa Rosa de Viterbo. – 4 de septiembre

 


Santa Rosa de Viterbo. – 4 de septiembre

(+ 1252)

 

Uno de los más brillantes ornamentos de la Tercera Orden de san Francisco y de la santa Iglesia, fue la penitente y maravillosísima doncella santa Rosa, natural de Viterbo. A los tres años de su edad resucitó a su abuela difunta, poco después recogiendo los pedazos de un cántaro que se le rompió a una niña, se lo volvió entero; queriendo su padre ver el alimento que llevaba para los pobres, se convirtió el pan en rosas. A los siete años se recogió a un aposento de su casa muy retirado, donde gastaba muchas horas en oración y maceraba su delicado cuerpo con tan ásperas penitencias, que se puso en grave peligro de perder la vida y la perdiera a no haberle traído del cielo la salud la santísima Virgen, que acompañada de coros de vírgenes se le apareció y le ordenó que tomase el hábito de la tercera Orden seráfica, y de ella al momento se lo vistió con singular devoción. Redobló sus admirables austeridades, mayormente después que se le apareció Jesús crucificado, cuya dolorosa imagen le quedó tan impresa en la mente y en el corazón, que la violencia del amor la traía como fuera de sí y la hacía correr por calles y plazas desahogando los ardores de su pecho y cantando las divinas alabanzas. Por aquel tiempo afligían a la Iglesia numerosos enemigos, favorecidos por el emperador Federico Barbarroja; y santa Rosa, siendo de doce años, ilustrada con ciencia infusa, rebatió y confundió a los herejes con los más sólidos e irrefragables argumentos, despreciando los terrores de los sectarios, y la muerte misma que le quisieron dar, de lo cual avergonzados, obtuvieron del gobernador de Viterbo que la arrojase de la ciudad so pretexto de que conmovía al pueblo. Caminando entre nieves y expuesta a perecer, llegó a Salerno, donde profetizó los prósperos sucesos que a poco se verificaron con la muerte del emperador. Vuelta a su patria fue recibida de sus conciudadanos con increíble regocijo. Quiso retirarse a la soledad en el monasterio de santa Clara; y como no fuese admitida, dijo que, pues no la recibían viva, la recibirían muerta. Para que no saliesen defraudados sus deseos de soledad y recogimiento, continuó en el retiro de su casa sus acostumbrados ejercicios de oración y penitencia, atormentando su inocente cuerpo con ayunos, cilicios y disciplinas, y esto con tanto mayor espíritu y fervor cuanto sentía más cercano el fin de su vida, que esperaba como el principio de otra eterna y bienaventurada en el cielo, adonde voló el alma purísima de la santa, el día 6 de marzo de 1252, a la temprana edad de solo diez y ocho años. Sepultaron el sagrado cadáver en el templo de santa María de Podio; pero a los pocos meses Alejandro VI, que se hallaba en Viterbo, amonestado tres veces de la santa, que trasladase su cuerpo al monasterio de santa Clara, lo hizo Su Santidad con triunfal magnificencia, cumpliéndose entonces el vaticinio que había hecho la santa cuando no fue admitida en aquel convento.

 

Reflexión: ¡Cómo se muestra en esta santa niña que Dios nuestro Señor escoge lo necio del mundo para confundir la sabiduría según la carne, lo flaco para confundir a los poderosos, lo vil y despreciado para confundir a los soberbios del siglo: en una palabra, lo que no es para confundir, a lo que es! Confiemos pues en Dios, y no temamos a los que pueden, sí, destruir el cuerpo, mas ningún daño pueden hacer al alma.

 

Oración: Oh Dios, que te dignaste admitir en el coro de tus santas vírgenes a la bienaventurada Rosa, concédenos por sus ruegos y merecimientos la gracia de expiar todas nuestras culpas y de gozar eternamente de la compañía de tu Majestad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

DE LA PROVIDENCIA QUE DIOS TIENE DE LOS QUE CONFÍAN EN SU BONDAD.

 


Jueves de la XIV semana después de Pentecostés.

DE LA PROVIDENCIA QUE DIOS TIENE DE LOS QUE CONFÍAN EN SU BONDAD.

 

          MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Jueves de la XIV semana después de Pentecostés.

DE LA PROVIDENCIA QUE DIOS TIENE DE LOS QUE CONFÍAN EN SU BONDAD.

 

PUNTO PRIMERO. Considera lo que Cristo dijo: que no seamos solícitos del vestido, ni de la comida, ni de las cosas temporales, por cuanto nuestro Padre celestial sabe nuestras necesidades y cuida de prevenirlas para que nada nos falte.

Adonde has de ponderar que le llama Padre nuestro, porque ninguno hay tan amoroso para con sus hijos, ni tan solícito y cuidadoso de lo que necesitan, ni tan prevenido en proveerlos para que no les falte nada, como lo es Dios para con los suyos; porque los ama más que ellos se pueden amar a sí mismos, y cuida de todas sus cosas con mayor solicitud que ellos la pueden tener de sus cosas; y así solo les pide que cuiden de servirle, y él cuidará de sustentarlos.

¡Oh divino Señor! ¡Padre amoroso! Bendito seáis, que tantas mercedes nos hacéis. Gózome, Señor y Dios mío, de tener tal Padre, con que no tengo más que desear. Dadme gracia para que yo sea vuestro hijo en amaros y serviros como tengo obligación.

 

PUNTO II. Considera cómo Dios sustenta y cuida de todas las criaturas por ti. Mira la hermosura de las aves y la belleza de los campos matizados de flores, y la claridad de las fuentes, y la grandeza de los cielos variados de estrellas, y el resplandor del sol y de la luna, y la hermosura de todas las criaturas; y pasa luego a contemplar las celestiales, de que todo esto es un rasguño y una como sombra no más; y piensa y considera cuáles serán las del cielo, si tales son las de la tierra, y que Dios ha preparado con su infinita providencia todo esto para ti, para que lo goces y le alabes eternamente. Todo pertenece a su providencia y al cuidado que tiene de ti. Dale muchas gracias por ello, y ofrécete de nuevo a su servicio con mucho agradecimiento.

 

PUNTO III. Considera lo que Dios pretende con tan prevenida providencia, que es lo que dice Cristo en su Evangelio; conviene a saber, que descuides de lo temporal y pongas toda tu confianza en él; no porque lo hayas de dejar totalmente, esperando a sustentarte por milagro, sino, como dice san Jerónimo, dejando la solicitud y el demasiado cuidado que siempre anda mezclado con desconfianza, y poniéndola en la providencia de Dios.

Él cuida de ti, porque tú cuides de su servicio; él te provee de lo temporal, porque tú busques lo espiritual; y él te da lo más, que es el alma, y los auxilios y gracias para ir al cielo, para que fíes en su piedad que te dará lo menos, que es lo terreno, sin que te falte nada. Confía en el Señor y todo te sobrará.

Esta resolución, pues, debes sacar de esta meditación: descarga todos tus cuidados en Dios, y confía firmísimamente en su piedad como en amoroso y solícito Padre tuyo, que siempre te amparará; y, como dice santa Teresa de Jesús, los señores del mundo se afrentan de que anden ansiados y desconfiados los que los sirven de lo que han de comer, y mucho más se afrentará Dios de ver desconfiados a sus siervos, temiendo que les ha de faltar lo necesario para servirle.

 

PUNTO IV. Considera últimamente lo que concluye el Salvador, diciendo: Buscad en primer lugar el reino de Dios y su justicia, y todo esto se os añadirá.

Donde has de ponderar que no se contenta Cristo con que deseen el reino de Dios y su justicia, esto es, su gracia, que los hace justos y santos, sino que sea con diligencia, con más solicitud y cuidado que los mundanos buscan y diligencian las riquezas.

Carga la consideración en el cuidado que ponen, y en los pasos que dan los hombres del siglo por alcanzar los bienes caducos de este mundo; y mira que te pide el Señor más cuidado y diligencia en buscar los espirituales del alma; y con esto te enriquecerás de ambos, porque te dará los espirituales y, de más a más, los temporales.

Mira en qué has empleado tus cuidados hasta aquí, y qué fruto has sacado de ellos, y en qué los has de emplear en adelante. Considera que eres peregrino sobre la tierra, adonde no tienes ciudad permanente, ni es aquí el lugar de tu morada. En la celestial Jerusalén te espera de asiento; allí has de vivir para siempre, que aquí has de estar muy poco. Pasa de paso por todo lo de acá, que con poco tienes harto, y no te ha de faltar, si confías en Dios como está dicho, y buscas su reino y su gracia en primer lugar.

 

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

 

3. LA HUMILDAD, VIRTUD ESCONDIDA

 


  DÍA 3

LA HUMILDAD, VIRTUD ESCONDIDA

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 3

LA HUMILDAD, VIRTUD ESCONDIDA

La humildad es una virtud especialmente difícil de mostrar y de hacer comprender a los hombres, porque, en cuanto uno pretende aparentarla, corre el peligro de convertirla en soberbia. Las demás virtudes pueden manifestarse exteriormente por medio de palabras y obras; la humildad, en cambio, parece perderse cuando quiere mostrarse. Por eso es una virtud escondida, que tiene su verdadero asiento en lo profundo del corazón.

Así lo vemos en el publicano del Evangelio: mientras el fariseo quiso mostrar delante de todos sus buenas obras, el publicano permaneció con los ojos bajos, reconociéndose pecador, y salió justificado. La verdadera humildad no consiste, por tanto, en parecer pequeño ante los hombres, sino en tener un corazón verdaderamente desprendido de sí mismo y entregado a Dios.

La humildad se parece al agua que cae sobre la tierra: cuanto más abundante es, más se esconde en ella. Del mismo modo, cuando la humildad entra en un alma verdaderamente abatida y desprendida, no busca aparecer, sino que se oculta. Los hombres pueden confundirla con pobreza, debilidad o falta de importancia, porque no saben descubrir lo que Dios obra en lo secreto del corazón. Solo Dios conoce las profundidades del alma y sabe distinguir la verdadera humildad de las apariencias.

Esto se puede comprender en el ejemplo de aquel humilde labrador que, por su santidad, fue llevado a tratar con cardenales y grandes personajes. Un hombre docto le insinuó que aquellos honores podían alimentar su vanagloria. Él respondió que el mismo espíritu que antiguamente le hacía apartarse de los hombres era ahora el que le llevaba a tratar con ellos para ayudarles en las cosas de Dios. Lo que para otros parecía ocasión de vanidad, para él era una gran mortificación, pues se veía obligado a vivir entre personas poderosas siendo consciente de su propia pobreza y pequeñez.

Así puede suceder que la verdadera humildad se esconda precisamente donde el mundo ve grandeza. El humilde puede encontrarse entre príncipes, riquezas y honores sin apropiarse de nada de ello, porque reconoce que todo pertenece a Dios. Por eso, aun cuando exteriormente parezca rodeado de grandezas, interiormente puede estar completamente desprendido de ellas.

La humildad no consiste en ocupar siempre un lugar bajo ante los hombres, sino en no atribuirse a sí mismo aquello que pertenece a Dios. El humilde puede ser puesto en lugares elevados y seguir considerándose pequeño, porque su corazón no está puesto en las grandezas del mundo, sino únicamente en Dios.

 

JACULATORIA: No a nosotros, Señor, no a nosotros, si no a tu nombre da la gloria. (Salmo 115, 1).

 

 

 

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.