jueves, 18 de noviembre de 2021

EL AMOR (I). Hora Santa con san Pedro Julián Eymard

 

EL AMOR (I). Hora Santa con... by IGLESIA DEL SALVADOR DE TOL...

 

AMOR DE DIOS (1)

CONSEJOS DE VIDA ESPIRITUAL

 

Amad intensamente a Dios, porque en ello va todo el hombre, y a eso se reducen toda la ley y toda la virtud.

Que la gracia de su amor regule toda vuestra vida y que todas vuestras virtudes se resuman en una sola: la del amor. ¡Oh dolor!

Mientras de tal grado se trabaja para el mundo falaz y vano, para las vergonzosas e infames pasiones, nada se hace para Dios. ¡Qué humillación para, nuestro Señor frente a Belial, que reina sobre la faz de la tierra!

Aun en el mundo piadoso, cuán poco comprendidos son esta máxima y este mandamiento: Amar a Dios de todo corazón.

 

El libro del divino amor

Sólo hay una cosa esencial en este mundo, que nada ni nadie puede sustituir y que por sí sola suple perfectamente a todo lo que existe sobre la tierra: amar a nuestro Señor, confiarle nuestras empresas, todos nuestros goces, todas nuestras alegrías. Lo demás o no es nada o si es algo lo es tan perecedero y despreciable que sufre uno cuando de ello ha de ocuparse.

¿Qué es la tierra, qué los pueblos, los bienes de este mundo comparados con nuestro Señor? Nada, un caos.

Aprendamos a recogernos a los pies de nuestro Señor en el silencio del amor; escuchémosle con tranquilo corazón, fijemos la mirada en Él, contemplémosle en su divina e inefable bondad, entreguémonos del todo a Él.

Habréis leído, sin duda ninguna, libros preciosos; conozco uno, excelente y siempre nuevo: el que Dios ha impreso en todas las plantas, en los granitos de arena, en nosotros mismos: el libro del amor divino.

Estimad tan bello libro; añadidle algunas páginas de admiración y de agradecimiento.

Leed todos los libros en éste e interpretadlos conforme a sus dictados. De esta suerte, tendréis la clave del conocimiento de las criaturas y del mismo Dios.

Tened siempre presente al dechado de virtudes, nuestro señor Jesucristo; el bello jardín de las flores evangélicas, que son las virtudes; y singularmente, las razones divinas de la encarnación, de la redención y de la Eucaristía.

A la vista de tales realidades se deleita el alma, o al menos se entretiene deliciosamente con Dios.

Amemos a nuestro Señor, que tanto nos ha amado y que tan tiernamente nos ama en el santísimo Sacramento. Procuremos reservar unos bellos momentos a la vida divina de su amor y no dejemos que nos ocupen y absorban con exceso las obras exteriores.

 

El reinado de Dios en nosotros

“¿Qué más deseo –decía el Salvador– que ver al fuego divino abrasar al mundo entero?”

Se dice que el calor fecunda la tierra y pone en movimiento la sangre del corazón; el calor de Dios es todavía más poderoso y fecundo.

Amad, pues, a nuestro señor Jesucristo y no aspiréis a otra cosa que a agradarle, a desahogar en su corazón amantísimo vuestras penas y alegrías, y muy particularmente a ofrecerle toda la ternura de vuestra alma.

Si amáis de esta suerte al divino maestro, Él os bastará y seréis harto felices.

Cuando los rayos del sol iluminan el cristal, éste aparece brillante.

¿Por qué permanecemos siempre opacos ante este sol divino, siempre fríos, expuestos a este fuego divino y siempre débiles bajo la acción de este poder divino?

La razón es que estamos todavía enfermizos, apegados a alguna cosilla, ocupados en todo momento de nosotros mismos y de este pobre mundo, llenos de humores malignos que turban nuestro espíritu y nos hacen desfallecer. El fuego celestial humea a duras penas.

¿Cuándo amaremos a Dios por sí mismo? ¿Cuándo transcurrirá nuestra oración en la dulce contemplación de sus divinas perfecciones? ¿Cuándo será su divina e infinita bondad el objeto habitual de nuestro cariño? ¿Cuándo será el amor de su vida y de sus misterios la ocupación ordinaria de nuestra piedad?

¡Seríamos tan felices si amásemos a Dios con toda la fuerza de nuestro ser, si estableciésemos el reinado de su amor en nosotros!

¡Oh, sí! ¡Este reinado es nuestro todo!

Si reina Dios en nosotros, su verdad será nuestra luz, siempre clara y cabal, su querer el nuestro, su ley nuestra invariable norma de conducta y su gloria el motivo de todo nuestro obrar.

Amar a Dios es ser feliz. Lo que nos atormenta, aflige y desespera es el mundo con sus bienes falaces y, sobre todo, con su inconstancia, su ingratitud y sus exigencias.

 

Dios sólo merece nuestro corazón

¡Bendito sea nuestro Señor, que os ha preservado del amor del mundo y que con su virtud ha velado vuestro corazón y cubierto vuestro rostro!

Dichosos vosotros los que habéis comprendido que Dios es el todo y las criaturas la nada, y que sólo Dios merece el homenaje soberano de vuestro corazón, de vuestra vida y de todos vuestros bienes. La tierra, la vida, el talento, todo ello deja de ser bueno si no se convierten en medios de glorificar a Dios en este valle de lágrimas.

¿No es cierto que cuando se ha experimentado lo que es el mundo y lo que es Dios se aprecia con exactitud aquella sentencia: “Vanidad de vanidades y todo es vanidad menos el amar y servir a Dios”? La vida más larga, la más bella, la más rica es una muerte digna de lástima si no tiene como fin a Jesucristo.

¡Viva la libertad de nuestro Señor en su amor!

Sed siempre libres en vosotros; el amor se da siempre todo entero, porque es libre y dueño de sí mismo.

Desde el momento en que muere todo lo nuestro, nuestro corazón hereda una nueva vida y su poder y su pasión de amor se dilatan como el fuego.

¡Ved cómo aman los santos a Dios! ¡Qué lejos de ellos estamos!