___AVISOS DEL CULTO___

7 de diciembre. VIGILIA DE LA INMACULADA. 21:30 Rosario y 22:00 Hora Santa

8 de diciembre. SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA. Santa Misa cantada a las 10:00

10 de diciembre. II DOMINGO DE ADVIENTO. 10:00 Santa Misa.

*** MISA EN PONTEVEDRA. Domingo 10 de diciembre a las 20:00 en la parroquia de San José de Campolongo, Pontevedra.

*** MISA MENSUAL EN ALBACETE. Domingo, 7 de enero. A las 17:30 horas, en la Parroquia Purísima Concepción.

***MISA MENSUAL eN LUGO. Sábado 9 de diciembre. Santa misa a las 18:30 horas, en la capilla del Carmen, sita en la calle del Carmen, en Lugo, justo a la salida de la puerta homónima de la muralla de la ciudad.

Para cualquier cuestión relacionada con la celebración de la Santa Misa por el modo extraordinario en Lugo, así como para recibir avisos, si lo desea, puede ponerse en contacto con nosotros mediante la siguiente dirección de correo electrónico: misatridentinalugo@hotmail.com

domingo, 16 de julio de 2017

LA MISERICORDIA DIVINA Y NUESTRA MISERICORDIA. Santo Tomás de Villanueva





Comentario al Evangelio

VI DOMINGO DESPUES DE PENTECOSTÉS
Forma Extraordinaria del Rito Romano

MISERICORDIA DIVINA. El atributo divino más celebrado por las Sagradas Escrituras es el de la misericordia. Su misericordia está en todas sus criaturas (Ps. 144,9). Es Yahvé poderoso y benigno, tardo a la ira; es clementísimo (Ps. 102,8).
Dios es misericordioso por tres razones:
1.-POR SU OMNIPOTENCIA. La Sabiduría (12,16) dice: Tu poder soberano te autoriza para perdonar a todos. ¡Oh Señor!, nuestramos tu poder con el perdón.
San Agustín nos dice que Dios es misericordioso porque es poderoso. La clemencia es una prueba del poder, Dios ha hecho que el león no se irrite por gritos pequeños, y, en cambio, a las bestias más feroces las ha hecho pequeñas, como los insectos. La naturaleza, pues, ha unido la clemencia con el poder de las fieras y ha despojado de la fuerza a los animales más crueles (cf. Serm. 213,1). La creación nos muestra el poder infinito de Dios; la redención, su clemencia infinita. Estoy más obligado a los sufrimientos de Dios que a su poder creador. Dios manifestó su poder a todas las criaturas, pero su clemencia al hombre solamente.
2.-POR SU NATURALEZA. San Agustín (cf. Sobre la visita a los enfermos, c. 5 l.1) exclama: ¡Oh, Dios mío, Dios mío! ¿me atreveré a decirlo? Tened piedad de mi atrevimiento; porque estoy lleno de alegría, lo diré con alegría, y lo diré casi en éxtasis, resumiendo vuestra bondad. Si no fueseis Dios, seríais injusto; si no fueseis Dios, no seríais justo. ¿Por qué? Porque cometemos y nos obstinamos y gozamos en los más graves pecados, los publicamos y provocamos vuestra cólera, y vos, Señor, desplegáis vuestra misericordia, soportáis al pecador que se gloria, ¡Oh Dios mío, o misericordia mía! ¿no es eso ser injusto? No, la injusticia no puede darse en Dios; no sabe ser Dios más que doblegándose y compadeciéndose de nuestra miseria. ¿Qué digo? Nada más justo que vuestra misericordia, y si no fueseis misericordioso no seríais Dios, porque es muy justo y conveniente que el que no necesita de nadie tenga misericordia de todos.
San Bernardo (cf. Serm. 5º sobre la Natividad 3) dice que el principio de su misericordia está en Él mismo, en su bondad, y en que el principio de la venganza divina está en nosotros, en el pecado. Por lo tanto, la misericordia se deriva de la misma naturaleza de Dios, mientras que el castigo es una cosa extraña que le viene de nosotros. Destruid el pecado, y Dios no sabrá castigar, no sabrá dar más que la gloria, no sabrá más que ser misericordioso y clemente.
San Ambrosio (cf, Sobre el patriarca José, c 11) dice que José, para retener a Benjamín, puso dentro de su saco una copa. El saco de Benjamín es nuestra naturaleza; la copa es la gracia. José no encontró en el saco de Benjamín más que lo que él mismo había puesto; Dios no encuentra en nuestra alma sino sus propios dones.
3.-POR SU EXPERIENCIA. Sus sufrimientos le enseñaron a ser misericordioso. Estaba lleno de esta virtud gracias a su naturaleza divina, pero quiso encarnarse para conocer la misericordia según la carne. Cuan benigno es un padre para con sus hijos, tan benigno es Dios para con los que le temen, pues Él conoce bien de que hemos sido hechos (Ps. 102,13). Por mi vida, dice el Señor, que yo no me gozo en la muerte del pecador (Ez. 33,11); esto es, yo no soy más que vida, y la vida no quiere sino vivificar, como el calor calentar. El Señor no desecha para siempre, sino que después de afligir se compadece según su gran misericordia, porque no aflige por gusto ni de grado acongoja a los hijos de los hombres (Thren. 3,31). El abismo de la misericordia divina es atraído por el abismo de la misericordia humana.
El Apóstol se refiere a la sangra de Jesús, que habla mejor que la fe de Abel (Hebr. 12,24), porque la una pedía justicia, y la otra misericordia ¿Cuál es el grito de la sangre de Cristo? Sed misericordiosos, como lo es Dios, que de día dispensa su gracia, y de noche me acompaña (Ps. 41,9). Sed, pues, misericordiosos mientras dura el día, porque, cuando venga la noche de la muerte, se manifestaran los frutos de la misericordia.

NUESTRA MISERICORDIA. ¿Qué misericordia es esta que debemos devolver al Señor? El Crisóstomo (cf. Hom. 80 sobre San Mateo) nos dice que Cristo se ha transfigurado en los pobres para que no nos de vergüenza darles limosna. Registremos los pasajes referentes a la limosna. Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt. 5,3). Haceos amigos con las riquezas de la iniquidad (Lc. 16,9). Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial (Lc. 6,36). Dios quiere misericordia y no sacrificio (Os. 6,6). En todo esto consiste la misericordia que Dios nos pide.
La misericordia nos asemeja a Dios, de quien nos hace hijos. Como elegidos de Dios, santos y amador, revestíos de misericordia (Col. 3,12). No seáis duros como piedras; esforzaos en amaros mutuamente, dejaos emocionar por las miserias y necesidades del prójimo. El Apóstol coloca entre los criminales a los despiadados (Rom. 1,31).
Santo Tomás de Villanueva
Por gentileza de Dña. Ana María Galvez