viernes, 25 de febrero de 2022

VIDA DE NAZARET. MEDITACIÓN 55. ILDEFONSO RODRÍGUEZ

SELECCIÓN DE VIACRUCIS CON TEXTOS DE LOS SANTOS Y BEATOS

 

jueves, 24 de febrero de 2022

La Santa Voluntad de Dios (II). Hora Santa con San Pedro Julián Eymard

La Santa Voluntad de Dios (... by IGLESIA DEL SALVADOR DE TOL...


LA SANTA VOLUNTAD DE DIOS (2)

CONSEJOS DE VIDA ESPIRITUAL

 

Como Dios quiera

Nuestro Padre, que está en los cielos, tiene fija su amorosa mirada en nosotros, y su providencia divina lo prevé y lo ordena todo a nuestro mayor bien. Caminad en todo como lo quiera Dios, a la claridad del sol, al resplandor de la luna o de las estrellas, o a tientas en medio de la noche obscura, guiados por el hilo conductor de la obediencia; es esta una norma segura. No cobréis la afición a tal o cual medio que os pueda llevar a Dios, sino sólo a Dios y a su voluntad del momento actual. Dejad al divino maestro que os trate de mil maneras, que os atienda o abandone, que os consuele y os aflija como guste; no tengáis más consolaciones que las del amor a su divina voluntad.

Ved a Dios, su pensamiento, su deseo, su voluntad en cada cosa. Acercaos cuanto podáis a la vida íntima de Dios por la unión de vuestro corazón y por la adhesión de vuestra voluntad a todo lo que quiera de vosotros en todo momento.

Toda la vida de un alma interior está comprendida en una de estas dos leyes: Dios lo quiere o Dios no lo quiere.

La perfección del amor está en hacer cada cosa como Dios lo quiera y según el espíritu de Dios. Dios no necesita de vuestro trabajo; mas busca vuestro corazón y vuestros sacrificios.

Esta ha de ser vuestra labor diaria. Glorificaréis a Dios no haciendo nada, o mejor todavía, haciendo lo que Él quiera.

¡Ánimo! Dejaos conducir por el divino maestro como un niño sin voluntad, sin otro amor que el suyo, que todo lo torna amable.

Procurad no ver, ni oír, ni gustar, ni desear más que la santísima voluntad de Dios de cada instante; asíos a la mano de nuestro Señor y decidle: “Llevadme por donde queráis”.

¡Qué feliz se siente uno cuando no piensa, ni desea, ni quiere más que una cosa: la voluntad de Dios!

Meditad a menudo sobre esta materia: es la mina de oro de la caridad, el surtidor del amor que da y que recibe.

 

 

Señor, Tú sólo eres bueno

Una vez entregados a la voluntad de Dios, no reparéis en lo poco que puede la pobre naturaleza humana. Olvidad la pobre miseria humana, sus palabras, sus intenciones, sus obras naturales: todo ello no pesa lo que un cabello en la balanza de la divina providencia. Ved en todo lo que Dios quiere de vosotros y los actos de virtud que espera del concurso de vuestra libertad y de su gracia.

Sí; el mundo es injusto; siempre lo ha sido, aun con su creador y salvador.

No es el mundo quien recompensa los buenos servicios, ni las cualidades morales, ni la abnegación cristiana. ¡Cuánto bien hace, en esos momentos de injusticia y de ingratitud, levantar los ojos al cielo y decirse: “Padre mío, hágase tu santísima voluntad; todo ha sido para mí mayor bien y para hacerme ver que Tú sólo eres bueno”!

Si con frecuencia no comprendemos la razón divina de las cosas, lo es para que adoremos el misterio de la divina providencia y seamos de este modo recompensados con creces.

El amor a la voluntad santísima de Jesús vale más que todos los dones y todos los bienes de nuestra voluntad.

 

La norma suprema de la vida

La santísima voluntad de Dios del momento presente, indicada por la necesidad o la conveniencia de atender al prójimo, es la mayor de las gracias; vale más que todas las obras de celo y aún más que la misma Comunión, porque en ella se cifra toda nuestra santidad.

Debe ser, por tanto, la norma suprema de nuestra vida.

Considerad las obligaciones de vuestro estado y de vuestra vida como leyes actuales de la voluntad divina, y las exigencias de vuestras obligaciones y conveniencias de vuestra posición como señales de dicha voluntad.

Entregaos generosamente a la divina y amabilísima providencia.

Dejaos conducir por los acontecimientos, por las exigencias de vuestro estado y de vuestro deber y, sobre todo, obedeced al soplo de la gracia. Que vuestra alma, cual vela de un navío, se abra a las suaves influencias de la brisa celestial y se deje llevar de ella. Dejad que nuestro Señor os lleve como a un niño, sin otro deseo que su santo beneplácito y persuadidos de que no tendréis más que seguir a nuestro Señor que os precede y convencidos que os basta seguir sus huellas divinas.

 

Unión con sólo Dios

No debéis cobrar afición ni a vuestro hogar, ni a vuestra tierra, ni a nada exterior, ni a vosotros mismos, ni aun a las gracias transitorias: todo pasa. Vosotros debéis estar unidos tan sólo a Dios, a su santa voluntad actual, porque Dios os ama infinitamente y no quiere sino vuestro mayor bien en todo y mediante todo lo que os suceda. Por tanto, todo cuanto os aconteciere viene de lo alto, menos el pecado; y así, toda transformación sufrida en vuestra vida ha sido regulada desde lo alto.

El aire de la voluntad de Dios es siempre bueno para nuestra navecilla; llevad la vela desplegada y fuertemente amarrada a Jesucristo, que irá delante de vosotros.

Dejad que Dios conduzca la navecilla a cualquiera orilla; a vosotros toca el remar a sus órdenes.

Pero, sobre todo, no os precipitéis en los acontecimientos.

Estad indiferentes a todo lo que no sea la voluntad de Dios; sed condescendientes y amables con el prójimo, primeramente con los de vuestra familia.

Sed siempre libres en el deber y en la caridad; sed todo para todos cuando Dios lo quiera. Nada más que Dios y todo para sólo Dios, según la ley del amor.

En la divina voluntad actual y personal encontramos la gracia especial que nos santifica; esta gracia especial está vinculada a cada hora y a cada obra. Una vez pasada la hora, el tiempo de la obra; deja de comunicársenos la gracia.

¡Cuán bella y fácil es la regla del amor! Contentaos con la santísima voluntad actual de Dios.

Estad dispuestos a todo y a nada; a todo, cuando Dios lo quiera, y a nada, cuando a Él no le plazca. Estad para con todos y para con todas las cosas a merced del beneplácito divino.

Vivid día por día; aún es demasiado; vivid instante por instante.

Dad a Dios el todo por el todo, en lo grande y en lo pequeño.

 

 

 

sábado, 19 de febrero de 2022

NOÉ HALLÓ GRACIA ANTE DIOS. San Ambrosio

 


NOÉ HALLÓ GRACIA ANTE DIOS. San Ambrosio

 

Domingo de Sexagésima

Lecciones del II Nocturno de Maitines

 

Del Libro de San Ambrosio, Obispo, sobre Noé y el Arca.

Capítulo 4 cerca del medio.

Vemos que el Señor se irritó. Sabía, ciertamente que el hombre puesto en la región de la tierra y cargado con el peso de la carne, no podía vivir sin pecado (ya que la tierra es como un lugar de tentaciones, y la carne es como incentivo de corrupción); pero los hombres, aunque dotados de razón, y teniendo la fuerza del alma para gobernar su cuerpo, se precipitaron sin miramiento alguno en abismos, de los cuales no querían levantarse. Dios no piensa como los hombres, de modo que cambie de parecer, ni se enoja como si fuera mudable, sino que estas expresiones se emplean para darnos a entender la acerbidad de nuestro pecado, que ha merecido la indignación divina; como si se dijera que nuestras culpas han crecido hasta el punto de provocar el enojo del mismo Dios, que naturalmente no se mueve por la ira, ni por el odio ni por pasión alguna.

Por lo mismo amenazó con la destrucción del hombre. “Desde el hombre, dijo, hasta los animales, desde los reptiles hasta las aves les exterminaré”. ¿Qué mal habían hecho los irracionales? Ninguno; mas, habiendo sido creados para el hombre, destruido éste, para cuyo servicio existían, era muy lógico que también fueran ellos destruidos, por no existir el que debía servirse de ellos. De esto mismo podemos dar una explicación más elevada. El hombre es un ser intelectual, capaz de razón. Esta es la definición del hombre: un animal viviente, mortal, racional. Cuando se extingue en el hombre lo que hay de mejor en él, se extingue el sentimiento, y nada le queda por salvar cuando le falta la virtud que es el fundamento de la salvación.

Para condenación de los demás, y a fin de expresar la piedad divina, se dice que Noé halló gracia delante de Dios. Así se demuestra que los delitos de los demás no desmerecieron al hombre justo, por lo que fue escogido para la propagación de todo el linaje. La Escritura alaba a Noé, no por la nobleza de su familia, sino a causa de su justicia y de su perfección. El linaje del hombre virtuoso lo constituye la prosapia de la virtud, porque si la nobleza de los hombres la constituyen los hombres, la nobleza de las almas la constituyen las virtudes. Las familias se distinguen por la nobleza del linaje, mas las almas por las virtudes.

EVANGELIO DEL DOMINGO: PARÁBOLA DE LA SEMILLA

DOMINGO DE SEXAGÉSIMA
Forma Extraordinaria del Rito Romano
Habiéndose reunido una gran muchedumbre y gente que salía de toda la ciudad, dijo en parábola: «Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se lo comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad. Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron. Y otra parte cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno». Dicho esto, exclamó: «El que tenga oídos para oír, que oiga».
 Entonces le preguntaron los discípulos qué significaba esa parábola. Él dijo: «A vosotros se os ha otorgado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los demás, en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan.
El sentido de la parábola es este: la semilla es la palabra de Dios. Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven. Los del terreno pedregoso son los que, al oír, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan. Lo que cayó entre abrojos son los que han oído, pero, dejándose llevar por los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro. Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia.

Lucas 8, 4-15

TEXTOS DE LA SANTA MISA - Domingo de Sexagésima

COMENTARIOS DEL EVANGELIO

CUARTO DOMINGO DE SAN JOSÉ. Textos de san Enrique de Ossó

CUARTO DOMINGO

Se consagra a honrar los dolores y gozos de san José en la presentación del Niño Jesús en el Templo.

 

PARA COMENZAR TODOS LOS DOMINGOS:

 

Ejercicio de los siete domingos de san José.

 

Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Poniéndonos en presencia de Dios, pidiendo el auxilio de la Virgen María y del Ángel Custodio, recita esta oración al Glorioso San José:

 

Oración a san José

Santísimo patriarca san José, padre adoptivo de Jesús, virginal esposo de María, patrón de la Iglesia universal, jefe de la Sagrada Familia, provisor de la gran familia cristiana, tesorero y dispensador de las gracias del Rey de la gloria, el más amado y amante de Dios y de los hombres; a vos elijo desde hoy por mi verdadero padre y señor, en todo peligro y necesidad, a imitación de vuestra querida hija y apasionada devota santa Teresa de Jesús. Descubrid a mi alma todos los encantos y perfecciones de vuestro paternal corazón: mostradme todas sus amarguras para compadeceros, su santidad para imitaros, su amor para corresponderos agradecido. Enseñadme oración, vos que sois maestro de tan soberana virtud, y alcanzadme de Jesús y María, que no saben negaros cosa alguna, la gracia de vivir y morir santamente como vos, y la que os pido particularmente en este ejercicio, a mayor gloria de Dios y bien de mi alma. Amén.

***

MEDITACIÓN

 

Composición de lugar. Contempla a María y a José presentando a Jesús en el templo, oyendo llenos de dolor y amor la profecía de Simeón.

 

Petición. San José mío, haced que Jesús sea para mí Jesús y no juez. 

 

Punto primero. Cumplidos los cuarenta días que marcaba la ley, después de nacido el infante Jesús, María y José con Jesús se dirigen de Belén a Jerusalén, unas dos leguas de camino, a purificarse la Reina de los ángeles y a presentar al templo y rescatar con cinco siclos al Hijo de Dios. Contempla, devoto josefino, a esta celestial comitiva acompañada de ejércitos de ángeles que le hacen música suavísima, admirando y ensalzando la humildad de aquella Trinidad de la tierra, que va a cumplir una ceremonia, humillante al parecer y a la que no estaba sujeta. Mira cómo el Niño Jesús es llevado como cordero de Dios al templo ya en brazos del pastor José, ya en brazos de la divina pastora María su Madre. ¿Con qué gozo se repartirían esta carga celestial? Ofrécete tú a ayudarles, y pregúntales admirado: ¿Quién es ese Infante que traéis tan regocijados? ¡Oh, qué pequeño y qué grande! Pequeño en la humanidad, grande en la divinidad, criado y criador, alimentado y alimentador, siervo y señor, sin habla y maestro de los ángeles… Llegan a Jerusalén y ofrecen a su hijo Jesús, y por su rescate un par de tórtolas y dos pichones. Mira en esta ocasión al santo viejo Simeón que, tomando al Niño en sus brazos, con los ojos arrasados en llanto y lleno de júbilo su corazón entona el Nunc dimitis, que san José y María escuchaban admirados y alborozados, porque confirmaba lo que ya creían y sabían del Niño, y con el mismo gozo recibían su bendición. Mas ¡ay! que una espada de dos filos traspasa el corazón del Santo, porque el justo Simeón, dirigiéndose a María, le dice: Mira, este Niño, está puesto para ruina y resurrección de muchos; será el blanco de la contradicción de los hombres, y traspasará tu alma una espada de dolor. Hiere al Niño y a la Madre con esta profecía, y su herida y su dolor hieren de rechazo al corazón del Santo, que ve en ella distintamente como en un mapa toda la pasión de Cristo y los dolores de su santísima Madre anunciados por los profetas. El amor de padre y de esposo prestaba colores más vivos a este cuadro de dolor, y desde entonces veía en el divino Infante al varón de dolores saturado de oprobios, y en María a la Madre de dolores y reina de los mártires. Vivió muriendo san José de acerbísimo dolor  en cada instante, y al mirar al Niño y al contemplar a la Madre se renovaba esta espada de dos filos en su corazón. ¡Pobre Niño! ¡Pobre Madre! ¡A lo menos pudiese yo acompañaros en vuestro último y supremo dolor! Pero este consuelo será negado al Santo, que bajará al sepulcro antes que se consume el sacrificio del Hijo y de la Madre en el monte del dolor. ¡Quién no compadecerá al Santo en este acerbísimo dolor! Desde hoy Jesús será para san José objeto de dolor. Todas las alegrías serán mezcladas de dolor. Miscens gaudia fletibus.

 

Punto segundo. Aunque san José veía a través de los siglos que su hijo Jesús sería ruina y signo de contradicción para muchos, esto es, para herejes, cismáticos, malos cristianos y pecadores en todo género, no obstante vio también, y esto le consoló grandemente, vio la innumerable multitud de justos y santos que en todos los siglos y por todas las partes del mundo le levantaban un trono en su corazón y le amarían hasta el heroísmo, sacrificando gustosos riquezas, honores y placeres y hasta la propia vida para probarle su amor… Veía destruida la idolatría, confundido el poder de Satanás, levantada en alto y glorificada la cruz de Cristo; veía adorado al buen Jesús como Dios por todo el mundo, y a su esposa María, recibiendo los homenajes de veneración y amor de los corazones más nobles, más puros y más santos. Sin este gozo que inundó con la parte triste de la profecía de Simeón el corazón del santo patriarca, hubiese este fallecido de dolor en el momento. ¡Oh, cuánto hemos de agradecer al Santo nosotros, pobres pecadores, que somos causas con nuestros pecados de este dolor! ¿Por ventura, Santo mío, visteis ya mis infidelidades a Jesús, mis traiciones a su gracia, mis pecados todos, mis escándalos, mis maldad? ¡Oh Santo mío, redentor del Redentor del mundo! No sea para mí el buen Jesús ruina, sino salvación; no juez, sino

Jesús, salud y salvación de mi alma. Así os consolaré en este dolor con vuestra esposa María al ver que por los méritos de Cristo resucitaré a la gloria, donde todos nos veremos. Amén.

 

EJEMPLO

 

El siguiente ejemplo podrá servir de norma a los que han de tomar estado de matrimonio, mayormente en nuestros días en que solo se atiende a los intereses y a las cualidades exteriores, cuando de su acierto depende el bienestar en la presente vida y la salvación eterna.

 

Un joven noble, hijo de padres virtuosos que nada omitieron para formarle un corazón sólidamente piadoso, después de haber rogado mucho a Dios para conocer bien su vocación, se persuadió de que no era llamado al sacerdocio. No obstante continuó haciendo con mucho fervor sus devociones particulares, confesando y comulgando cada semana, y siendo exacto en todas esas santas prácticas. Aunque pertenecía a una distinguida familia, relacionada con la alta sociedad, se apartó siempre de aquellas diversiones peligrosas, en las que muchos jóvenes atolondrados comprometen su porvenir, tomando por compañera a una joven, prendado de sus dotes exteriores, tan fáciles de perder. Bien convencido de que los buenos matrimonios están escritos ya en el cielo, este excelente joven no se olvidaba cada día de rogar a san José que le hiciese encontrar una compañera de una piedad sólida y a prueba de las seducciones del siglo. Cierto día, con motivo de una buena obra que llevaba entre manos, tuvo que avistarse con una respetable señora que con sus dos hijas vivía muy cristianamente. Al verlas experimentó cierto presentimiento de ser una de aquellas dos jóvenes la destinada por Dios para compartir con ella su suerte; en su consecuencia le pidió a su madre, la cual constándole las buenas prendas que adornaban a aquel joven, dio gustosa su consentimiento. La señorita confesó después sencillamente que ella desde mucho tiempo hacía la misma súplica, y que al entrar aquel joven, presintió a la vez que Dios se lo enviaba para su apoyo. Pero fue el caso que, repugnándole muchísimo al padre de la señorita tener que desprenderse de su hija e interponiendo toda clase de obstáculos, para vencerlos y conocer la voluntad de Dios en asunto de tanta trascendencia, determinaron todos empezar la devoción de los Siete Domingos en honor de san José a últimos de mayo de 1863. El favor de este glorioso patriarca no se hizo esperar; pues en el siguiente agosto se celebró el casamiento con gran contento de ambas partes, lo que prueba que el cielo se complace en bendecir aquellos desposorios para cuyo acierto se ha pedido su luz y su gracia en especial si ha mediado la eficaz intercesión de aquel Santo a quien Jesucristo se complació en estar sujeto sobre la tierra. 

 

Obsequio. Visita un enfermo y da una limosna, si te es posible, en honor al Santo.

 

Jaculatoria. Alabanzas y gracias dé siempre al alma mía a los nombres de Jesús, José y María.

 

PARA FINALIZAR CADA DOMINGO:

 

Oración final para todos los días

Acordaos, oh castísimo esposo de la Virgen María, dulce protector mío san José, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han invocado vuestra protección e implorado vuestro auxilio, haya quedado sin consuelo. Animado con esta confianza, vengo a vuestra presencia y me recomiendo fervorosamente a vuestra bondad. ¡Ah!, no desatendáis mis súplicas, oh padre adoptivo del Redentor, antes bien acogedlas propicio y dignaos socorrerme con piedad. Amén.

 

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles Custodios, rogad por nosotros.

Todos los santos y santas de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, Sin Pecado Concebida.

 

***

Se puede acompañar este ejercicio de los Siete Domingos de san José, con las letanías del Santo, o con el rezo de los Gozos y Dolores de san José.