DIA 30
LA ESCUELA DE LA HUMILDAD: SEGUIR A CRISTO
TREINTENA
DE LA
HUMILDAD
Adaptación del Tratado de la Humildad
de san Juan Bautista de la Concepción,
reformador de la Orden de la Santísima Trinidad
DIA 30
LA ESCUELA DE LA HUMILDAD: SEGUIR A CRISTO
El alma verdaderamente humilde se da cuenta de lo poco que valen sus palabras, entonces enmudece y vuelve los ojos sobre sí, deshaciéndose en humildes pensamientos y pidiendo que Dios sea quien la conforte, la consuele y anime.
Como otro rey Asuero a la hermosa Ester, que, vestida de gloria y hermosura y adornada como verdadera reina, se fue a hablar con el rey intercediendo por su pueblo. En cuya presencia «la reina se desvaneció; perdió el color y apoyó la cabeza sobre la sierva que la precedía».
¡Oh, santo Dios! Si de solo mirar la gloria de un ángel representada en los vestidos, oros y piedras preciosas de un rey se asombra una reina, ¡cuánto más un alma santa, temerosa de Dios, compareciendo ante tal presencia y majestad, como un humilde ante Dios, pierda el color, se desmaye y se aniquile!
Cuando un humilde comparece ante Dios —cuya majestad, grandeza y gloria no cabe en los cielos, cuyo poder e imperio no aciertan a rastrearlo todas juntas las criaturas— y el humilde no va vestido con vestiduras reales, que eso es ser humilde: desnudarse un hombre de lo que tiene, y no se considera como hermano, sino como siervo y esclavo, ¿cuál será su aniquilación, su crecer en el desecharse en sus propios pensamientos, el decir que no es digno?
Esta es la lección que ha de aprender y pasar el que de veras desea ser humilde. Considere que Dios se hizo hombre para juntarse con el hombre, porque antes en nada encajaban. Y tampoco ahora encajarán si Dios se abaja y el hombre se sube y se levanta.
Es necesario que conformes tu vida con la de Cristo.
¡Oh, santo Dios, y quién podrá decir de tu grandeza abreviada y de la poquedad y miseria del hombre extendida!
¡Cristo en un pesebre y el hombre en ricas camas!
Compara, hermano: el establo de Cristo con tus palacios; sus mantillas pobres con tus brocados; su desecho con tu estimación; sus pies descalzos por el suelo con tu calzado y caballos; sus caminos, solicitud y cuidado con tu descuido y tibieza; su pan de cebada con tus comidas regaladas.
Pues ¿qué, si llegaras a la humillación y abatimiento de cruz, con tu soberbia y presunción?
No sé qué hombre, al mirar su vida, la halla tan distante y apartada de la de Cristo y vive, según él, aguardando el cielo y el premio que solo se da a los verdaderos humildes, como dijo san Agustín: «Cristo nuestro Señor es puerta baja; quien quiera entrar por esta puerta ha de agacharse para entrar con la cabeza sana. Quien, en vez de humillarse, se enorgullece, quiere entrar por el muro, y quien sube por el muro, sube para caer».
¿Es bueno que sea la puerta angosta y humilde, y que quiera el hombre entrar por ella levantada la cerviz y erguida la cabeza?
¿Es justo que Cristo entre en su reino inclinando la cabeza en un madero, y quiera el gusanillo del hombre entrar levantándola en sus imaginaciones?
Compara, hermano, tu vida con la de Cristo; coteja tus costumbres con sus obras. Di: ¿cómo te enseñan? Obra como allí hacen.
Y cuando te veas tan desconforme y tan sin apariencia a la misma verdad, avergüénzate, confúndete.
Abramos, mis hermanos, los ojos y advirtamos cómo Dios, viendo nuestro orgullo y nuestros desmesurados pensamientos en nuestras pretensiones, no solo para confundirnos bajó de su cielo a un pesebre y a morir por el hombre, y con una muerte de cruz.
De esta venida ha de sacar el hombre confusión y debe cambiar sus razones y palabras: a la pobreza llamarla riqueza; a las riquezas, pobreza; a las afrentas, injurias y oprobios que por Cristo se llevan, honras; a la cruz, gloria; a la muerte, vida; y a la cárcel, libertad.
Esta es la lengua nueva que Cristo nos enseña viniendo al mundo.
Y como dice el divino Agustín: «Nada hay en el nacimiento temporal de Cristo que no sea cátedra, escuela y oficina donde se enseña humildad».
Que Cristo nos dé su gracia para que aprendamos de él y de todas las lecciones que nos brinda.
JACULATORIA: Servid al Señor con temor, rendidle homenaje temblando; aprended la enseñanza, no sea que se irrite y vayáis a la ruina, porque se inflama de pronto su ira. ¡Dichosos los que se refugian en él! (Salmo 2, 11-12)
LETANÍAS DE LA HUMILDAD
Venerable Cardenal Merry del Val
Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.
Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.
Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.
Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.
Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Oración:
Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.
***
Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.
Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.
Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.
San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.
Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.
Ave María Purísima, sin pecado concebida.