DIA
20
LA
GRANDE DICHA QUE LOS HUMILDES TIENEN CON DIOS Y DE LA MISERIA Y CAÍDA DE LOS
SOBERBIOS
TREINTENA
DE LA
HUMILDAD
Adaptación del Tratado
de la Humildad
de san Juan Bautista
de la Concepción,
reformador de la Orden de la Santísima
Trinidad
DIA
20
LA
GRANDE DICHA QUE LOS HUMILDES TIENEN CON DIOS Y DE LA MISERIA Y CAÍDA DE LOS
SOBERBIOS
¡Oh,
dichosos humildes!, si en este mundo están pobres, en el otro serán ricos, y
tanto es así que por sus manos Dios distribuirá aquellos tesoros eternos a los
que él quiera dar. Eso merecen las manos limpias del humilde que no quiso nada,
y fueron manos de fiar: que ponga Dios en ellas su cielo para que lo repartan a
los ricos que lo merecieron. «Dichosos los pobres de espíritu», porque de ellos
es el reino de los cielos.
Dichosos
humildes, si en este mundo son abatidos, en el otro serán levantados. «Desplegó
la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón.
Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes».
Dios
desparrama y dispersa a los soberbios en sus propios pensamientos, que sin
saber dónde están con nada de lo que pretenden aciertan. A los que ya están
sentados en las sillas, con su propia mano los derriba y baja y sube y levanta
a los humildes que están bajos y abatidos.
Job,
tan subido, levantado, prosperado y enriquecido, un solo toque de esta mano lo
bajó de esa alteza y lo echó y puso en un muladar. Pero con ese mismo toque de la
mano Dios lo volvió a levantar y a sacar del muladar y a duplicarle todas las
cosas que antes tenía.
«Más
y mayor abatimiento para el soberbio, más y mayor exaltación para el humilde».
Todas las caídas y miserias que ha habido en el mundo son «toques del dedo de
Dios» en comparación de las que dará a los soberbios. Todas las exaltaciones,
honras y grandezas que se han visto en el mundo son de poca consideración en
comparación de las que tendrán los humildes.
Esas
dos obras las toma Dios tan en cuenta y las hace tan suyas que quiere que pase
por su mano y por su brazo, llamando esa obra «obra y poder del brazo de Dios».
«Haznos,
Dios mío, humildes para que con ellos nos regocijemos y alegremos»,
considerando que sus premios y exaltación ha de ser obra grande y tan grande
que todo el brazo de Dios es necesario en ella.
¡Oh,
Señor, y si entre los humildes fuese yo desechado y entre los desechados
abatido y despreciado, qué gran cosa y consuelo sería! Dame tú, Dios mío,
gracia para que esto ame y esto quiera simple y llanamente, sin otro interés ni
paga.
Sea
yo, Señor mío, siervo fiel en estas cosas, que tú eres señor y amo que pagas
sobre lo que yo merezco y se me debe.
¡Oh,
qué dichosas labradas las que el humilde da en la viña de Dios sin hacer
concierto ni ponerse al regateo, pues no hay tanto cuanto Dios le dará!»
«Ni
la oreja oyó ni el ojo vio lo que Dios les tiene preparado». Los ojos y las
orejas, aunque son medidas tan largas y grandes, no cabe en ellas lo que Dios
tiene preparado para los justos humildes.
«Con
golpe y sin golpe, con cuenta y sin cuenta, quiero que me cuentes entre los
humildes y que me recibas en tu servicio. Las cuentas queden, Señor mío, a tu
cuenta, que eres Dios verdadero y «no echarás dado falso.
Buen
fiador tengo, sobre buen abono sirvo, porque todo Dios entero es el fiador y
dejará de ser Dios antes que dejar de cumplir lo que promete.
«¡Oh,
palabra eterna, y qué bien abonada estás!» El cielo y la tierra se deshará y
«no faltará una tilde ni un ápice de todo cuanto al justo se le promete».
No
hay que espantarse que el humilde «se dé mil puntadas en la boca, enmudezca y
calle» antes que ser en la casa de Dios jornalero asalariado. Por mucho que
abra la boca y menee su lengua, sus palabras son «muy cortas y muy limitadas»
para ver y oír lo que Dios ha de dar al humilde.
«Es
bueno Señor, dejar eso en tus manos, que es mano larga y dadivosa y mano de
Dios manirroto».
Allá
los soberbios, «ciegos e ignorantes», que se contentan con «premios y pagas en
este mundo». «¡Oh, ceguera inmensa! ¡Oh, tinieblas oscuras!», que quieran
privarse del sumo bien que a los humildes aguarda por pagarse ellos de su
propia mano. Todo lo que buscan y se les da «es tierra que se ha de quedar en
la tierra y ellos con sus manos vacías».
JACULATORIA: Solo en Dios descansa mi alma, porque de él
viene mi salvación; solo él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no
vacilaré. (salmo 62, 2-3)
LETANÍAS DE LA
HUMILDAD
Venerable
Cardenal Merry del Val
Jesús
manso y humilde de corazón, óyeme.
Del
deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser humillado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.
Que
otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de
desearlo.
Que
otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la
gracia de desearlo.
Que
otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.
Jesús, dame la gracia de desearlo.
Oración:
Oh
Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para
ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la
gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como
corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta
gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.
***
Sagrado
Corazón de Jesús, en Vos confío.
Inmaculado
Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso
Patriarca san José, ruega por nosotros.
Santos
Ángeles custodios, rogad por nosotros.
San
Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.
Todos
los santos de Dios, rogad por nosotros.
Ave
María Purísima, sin pecado concebida.