lunes, 7 de septiembre de 2026

DE LA MUERTE DEL ALMA.

 


Martes de la XV semana después de Pentecostés

DE LA MUERTE DEL ALMA.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO DESPUÉS

DE PENTECOSTÉS

 

ORACIONES PARA COMENZAR

Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS

EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Martes de la XV semana después de Pentecostés

DE LA MUERTE DEL ALMA.

 

PUNTO PRIMERO. Considera en este mozo difunto que llevaban a enterrar fuera de la ciudad la persona de un pecador en él representada, el cual en un cuerpo vivo trae un alma difunta a la gracia del Señor; y, como dice san Juan en su Apocalipsis (1), tiene nombre de vivo y está difunto. El cuerpo es el ataúd en que lleva el alma muerta, arrastrado de sus apetitos que le llevan a enterrar a la sepultura del infierno. Pondera la fealdad de un difunto, sin operación de vida: ni tiene ojos para ver, ni manos para obrar, ni oídos para oír, ni pies para dar un paso. Así el alma del pecador es fea y abominable a los ojos de Dios y de sus ángeles; y el pecador tan sin vida, que ni tiene ojos para ver su daño, ni manos para obra buena, ni oídos para oír a Dios, ni pies para buscar y diligenciar su salvación; y es llevado como muerto de la fuerza de sus apetitos. ¡Oh miserable estado y digno de ser llorado con lágrimas de sangre! Contempla su ceguedad y desventura, y el fin y sepultura tan horrible adonde le llevan; y pide a Dios que te tenga de su mano para que no caigas en la muerte del alma, y que despierte y dé vida a todos los caídos en ella.

(1) Apoc. 3.

PUNTO II. Considera cómo el cuerpo difunto, fuera de no tener acción de vida, se corrompe y hierve de gusanos en faltándole esta, y causa tan mal olor que le sacan y entierran porque no inficione la ciudad. Todo lo cual sucede al pecador en el alma cuando queda muerta por el pecado, que luego hierve de gusanos de vicios, y con la corrupción de las costumbres da tan mal olor de mal ejemplo y escándalo con su vida, que ordena Dios le saquen de este mundo porque no inficione a los demás con el contagio de sus vicios. Carga la consideración en los que has conocido, y contempla sus desordenadas vidas, los escándalos que causaron y los fines desastrados que tuvieron; y saca de esta meditación grande aborrecimiento del pecado, y deseos de evitarle en ti y en todos los que pudieres, porque no vengan a tan miserable estado. Llora los escándalos que has dado con tu mala vida, y dale gracias a Dios porque te ha sufrido y dado tiempo de penitencia; y pídele fervorosamente gracia para corregirla en adelante.

 

PUNTO III. Considera la amargura con que esta madre lloraba la muerte de su hijo por el mucho amor que le tenía, en quien estaba representada la Iglesia, que como madre piadosa llora a sus hijos difuntos en el alma, porque han perdido la vida de la gracia. Considera su ceguedad, pues llorándolos la Iglesia, solo ellos no se lloran a sí mismos; antes, como sordos y ciegos, ríen cuando habían de llorar, y se despeñan en nuevos vicios cuando habían de hacer penitencia de los cometidos. ¡Oh locos, y qué burlados os hallaréis al fin de la jornada; y cómo entonces lloraréis amarguísimamente las risas que ahora tomáis, sin fruto ni remedio, porque no le tendréis! Vuelve los ojos a ti mismo y considera cuántas veces te ha llorado la Iglesia como a hijo difunto cuando tú reías descuidado en tus vicios. Vuelve sobre ti y llora tu ceguedad, y pide a Dios que te perdone y que te dé gracia para nunca más pecar y tener amor a tus prójimos. Acompaña al llanto de tu madre la Iglesia, gimiendo, llorando y clamando al Señor por ellos, y ten confianza, que así como se apiadó de este por las lágrimas de su madre, se apiadará de los pecadores por las lágrimas de los que intercedieren por ellos.

 

PUNTO IV. Considera últimamente la sepultura adonde llevan a los difuntos en el alma, que es el infierno; y pondera que, si es horrible cosa sepultar a un hombre vivo con los muertos, adonde con su hedor y podredumbre se consuma y acabe la vida, ¿cuánto más horrible cosa es sepultarle vivo en el infierno, en horribles llamas, entre víboras y serpientes, en fuego que siempre atormenta y nunca consume, juntando en uno la vida con la muerte? Acuérdate de aquel rico del Evangelio que vestía púrpura y comía espléndidamente, y al remate de la vida dice Cristo (1): que murió el rico y fue sepultado en el infierno; que tal sepulcro está dispuesto para los muertos en el alma. A él los llevan sus deleites y sus desordenados apetitos. Medita en este paradero, en sus tormentos, atormentadores y compañeros, y en la duración, que es eterna, sin remisión ni alivio; y vive con temor de ir a tal sepultura y de rematar tu vida en tan horribles tormentos. Y pues el remedio es volver a la vida de la gracia, pídele a Cristo que te restituya a ella, como restituyó al hijo de esta viuda a la del cuerpo.

(1) Luc. 16.  1

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.