sábado, 5 de septiembre de 2026

6. EL PREMIO DE LA HUMILDAD. TREINTENA DE LA HUMILDAD

 


DÍA 6
EL PREMIO DE LA HUMILDAD

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 6
EL PREMIO DE LA HUMILDAD

A la humildad, yo no le hallo premio en la tierra. Antes, por el propio caso que lo tenga, deja de ser o, por lo menos, peligra. No trato de los premios secretos y encubiertos que Dios comunica al espíritu verdaderamente humilde, porque Dios, que conoce la naturaleza de las cosas y cuáles son aquellas con quien mejor se conservan unas con otras, le provee de premios y compañía no solo con quien no deje de ser humilde, sino con quien crezca y se aumente.

Uno de estos premios es el que Cristo nos dice por san Mateo, dando gracias a su Padre, porque “a los humildes les descubre y revela sus misterios, y los esconde de los encumbrados y levantados del mundo”. ¡Quién dijera que ignorancia y soberbia se hallarían juntos! Pues eso hace el demonio: que, siendo un hombre tan ignorante en las cosas de Dios que a la más pequeña no le dé alcance, con todo eso se enorgullece e hincha. Y, al contrario, Dios junta humildad y tanto y tan alto conocimiento como tienen de sus grandezas los humildes.

Para que la humildad se conserve y aumente, Dios pone en el alma el conocimiento de sus misterios. La sabiduría del cielo no es viento como el de la tierra, que levanta al liviano y lo sube y pone donde a vueltas de cabeza hallaremos que no está ni es lo que era. La sabiduría de Dios, como no solo trae consigo la información del entendimiento sino la afición de la voluntad, no consiste en puros conceptos, sino en el conocimiento de la cosa que se conoce y en la misma cosa que se da a conocer.

La sabiduría que Dios da a los verdaderos humildes se diferencia de las que se aprenden en el mundo. Dios tiene modos con los que producir una noticia tan cierta y clara que el alma queda satisfecha acerca de las cosas que de su poder y grandeza Su Majestad le descubre. Por eso Cristo llama a esta ciencia revelación: “se las has revelado a los pequeños”.

Fuera del bien de los bienaventurados, hay otro acá en la tierra que gozan los humildes, con quien Dios trata con particular amistad. Lo que saben, dicen, hablan e informan, parece que lo palpan, lo huelen, les sabe y lo ven. Y como esta sabiduría viene acompañada de tantas cosas y de tanto ser y entidad, es grave y pesa; y, como el alma donde se sujeta es humilde, más la humilla y menos lugar y fuerzas le quedan para enorgullecerse y levantarse. Por eso el Espíritu Santo tantas veces en la Escritura la comparó al oro, que entre los metales es el más pesado.

El ejemplo ordinario es el de los árboles. El olmo, el álamo y el ciprés, que no echan fruta, se empinan y encumbran por lo alto. Al contrario, los árboles que cargan mucho fruto se quedan bajos a orilla de la tierra, para que la misma tierra les dé ayuda para sustentar la carga. De esa misma suerte, los letrados sin fruto todo lo echan en crecer y levantarse en alto, desvanecerse y enorgullecerse. Por el contrario, el alma santa, a quien Dios informa y llena de sabiduría del cielo, humilde queda y, con ese conocimiento, más se baja y abate para que la tierra y bajeza de la que fue formado le ayude a sustentar tanto peso.

¡Quién viera o mereciera gozar de este sumo bien para saberlo por experiencia!

 

JACULATORIA: Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas.

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.