DÍA 2
EL TESTIMONIO DEL BUEN EJEMPLO
TREINTENA
DE LA
HUMILDAD
Adaptación del Tratado
de la Humildad
de san Juan Bautista
de la Concepción,
reformador de la Orden de la Santísima Trinidad
DÍA 2
EL TESTIMONIO DEL BUEN EJEMPLO
El
justo no puede esconder los dones que Dios le ha concedido. Así como el rico
tendría que dar cuenta de las sobras de su mesa si las dejase perder, también
el cristiano ha de dar cuenta de los talentos y gracias que Dios ha puesto en
sus manos.
El
buen ejemplo es una especie de limosna espiritual que debemos repartir entre
los hombres. Una vida modesta, unas palabras prudentes, unas obras buenas y
unos pasos ordenados pueden ser instrumentos de Dios para atraer a otros hacia
Él. San Francisco lo expresaba admirablemente cuando, al salir con su compañero
a predicar, recorría las calles sin decir palabra. Cuando su compañero le
preguntó por qué no habían predicado, respondió que sus hábitos, sus ojos
bajos, sus pasos medidos y toda su modestia habían sido ya una predicación.
Por
eso, el justo debe manifestar en sus obras lo que Dios ha obrado en su alma.
Esconderlo por miedo a las críticas o por querer vivir completamente apartado
del mundo sería esconder el talento recibido. Dios concede sus dones para que
produzcan fruto y ayuden a ganar almas.
Pero
esto no significa vivir esclavo de la opinión de los hombres. Nuestro deber es
hacer fielmente aquello que Dios nos pide, procurando que nuestra vida sea luz
para los demás, pero dejando en sus manos el fruto que de ella resulte.
No
podemos obligar a todos a recibir nuestro ejemplo ni podemos acomodar nuestra
vida al gusto de cada persona. Algunos recibirán nuestro testimonio con
gratitud; otros permanecerán indiferentes y otros quizá lo critiquen. Nuestra
obligación termina cuando hemos hecho con prudencia y caridad aquello que
estaba de nuestra parte.
Por
eso debemos regular nuestro trato con los hombres según el bien o el daño
espiritual que de él resulte. Dios no quiere que busquemos bienes exteriores a
costa de perder nuestra paz, nuestro recogimiento o nuestra unión con Él. La
caridad ha de comenzar también por nosotros mismos, porque nadie puede ayudar
verdaderamente a los demás si abandona el cuidado de su propia alma.
En
conclusión, el justo ha de vivir entre los hombres como una luz puesta sobre el
candelero: sin esconder los dones recibidos, dando buen ejemplo y ayudando a
quien verdaderamente lo necesite. Pero, al mismo tiempo, ha de permanecer libre
de la esclavitud del qué dirán, confiando en Dios y no en la aprobación de los
hombres.
Hagamos,
pues, lo que razonablemente podamos; demos buen ejemplo, acudamos al necesitado
cuando sea necesario y después dejemos el fruto en las manos de Dios. Él sabe
aprovechar la luz, aunque algunos cierren los ojos ante ella.
JACULATORIA:
“A
la sombra del Altísimo, no temo ante el espanto nocturno.” (Salmo 91)
LETANÍAS DE LA
HUMILDAD
Venerable
Cardenal Merry del Val
Jesús
manso y humilde de corazón, óyeme.
Del
deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser humillado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.
Que
otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de
desearlo.
Que
otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la
gracia de desearlo.
Que
otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.
Jesús, dame la gracia de desearlo.
Oración:
Oh
Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para
ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la
gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como
corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta
gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.
***
Sagrado
Corazón de Jesús, en Vos confío.
Inmaculado
Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso
Patriarca san José, ruega por nosotros.
Santos
Ángeles custodios, rogad por nosotros.
San
Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.
Todos
los santos de Dios, rogad por nosotros.
Ave
María Purísima, sin pecado concebida.