martes, 1 de septiembre de 2026

2. EL TESTIMONIO DEL BUEN EJEMPLO

 


DÍA 2

EL TESTIMONIO DEL BUEN EJEMPLO

 

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 2

EL TESTIMONIO DEL BUEN EJEMPLO

El justo no puede esconder los dones que Dios le ha concedido. Así como el rico tendría que dar cuenta de las sobras de su mesa si las dejase perder, también el cristiano ha de dar cuenta de los talentos y gracias que Dios ha puesto en sus manos.

El buen ejemplo es una especie de limosna espiritual que debemos repartir entre los hombres. Una vida modesta, unas palabras prudentes, unas obras buenas y unos pasos ordenados pueden ser instrumentos de Dios para atraer a otros hacia Él. San Francisco lo expresaba admirablemente cuando, al salir con su compañero a predicar, recorría las calles sin decir palabra. Cuando su compañero le preguntó por qué no habían predicado, respondió que sus hábitos, sus ojos bajos, sus pasos medidos y toda su modestia habían sido ya una predicación.

Por eso, el justo debe manifestar en sus obras lo que Dios ha obrado en su alma. Esconderlo por miedo a las críticas o por querer vivir completamente apartado del mundo sería esconder el talento recibido. Dios concede sus dones para que produzcan fruto y ayuden a ganar almas.

Pero esto no significa vivir esclavo de la opinión de los hombres. Nuestro deber es hacer fielmente aquello que Dios nos pide, procurando que nuestra vida sea luz para los demás, pero dejando en sus manos el fruto que de ella resulte.

No podemos obligar a todos a recibir nuestro ejemplo ni podemos acomodar nuestra vida al gusto de cada persona. Algunos recibirán nuestro testimonio con gratitud; otros permanecerán indiferentes y otros quizá lo critiquen. Nuestra obligación termina cuando hemos hecho con prudencia y caridad aquello que estaba de nuestra parte.

Por eso debemos regular nuestro trato con los hombres según el bien o el daño espiritual que de él resulte. Dios no quiere que busquemos bienes exteriores a costa de perder nuestra paz, nuestro recogimiento o nuestra unión con Él. La caridad ha de comenzar también por nosotros mismos, porque nadie puede ayudar verdaderamente a los demás si abandona el cuidado de su propia alma.

En conclusión, el justo ha de vivir entre los hombres como una luz puesta sobre el candelero: sin esconder los dones recibidos, dando buen ejemplo y ayudando a quien verdaderamente lo necesite. Pero, al mismo tiempo, ha de permanecer libre de la esclavitud del qué dirán, confiando en Dios y no en la aprobación de los hombres.

Hagamos, pues, lo que razonablemente podamos; demos buen ejemplo, acudamos al necesitado cuando sea necesario y después dejemos el fruto en las manos de Dios. Él sabe aprovechar la luz, aunque algunos cierren los ojos ante ella.

 

JACULATORIA: “A la sombra del Altísimo, no temo ante el espanto nocturno.” (Salmo 91)

 

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.