sábado, 19 de septiembre de 2026

DÍA 7. PADRE PÍO, CRUCIFICADO SIN CRUZ. NOVENA EN HONOR AL GLORIOSO PADRE PÍO DE PIETRELCINA

 


DÍA 7

PADRE PÍO, CRUCIFICADO SIN CRUZ

NOVENA

EN HONOR

AL GLORIOSO PADRE PÍO

DE PIETRELCINA

 

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

 

ORACIÓN INICIAL

PARA TODOS LOS DÍAS

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en quien creo, espero y amo. Os adoro profundamente, bendigo vuestra misericordia y confundido por mi ingratitud, arrepentido de mis pecados, pido perdón y propongo confiando en vuestra gracia y ayudado por la intercesión del glorioso San Pío de Pietrelcina, corresponder a vuestro amor con el mío imitando tan gran ejemplo que me has dado con su vida, enseñanzas, ejemplos y virtudes.

Ofrezco esta novena a mayor gloria de Dios para la salvación de las almas, la conversión de los pecadores y la mía propia.

Y tú, glorioso Santo Padre Pío, defiéndeme de los enemigos de mi salvación e intercede por mis necesidades, obligaciones e intenciones. Amén.

 

♦ Se lee lo propio de cada día.

DÍA 7

PADRE PÍO, CRUCIFICADO SIN CRUZ

La vida de san Pío estuvo marcada de manera extraordinaria por su unión con la Pasión de Cristo. Antes de que aparecieran de forma permanente las heridas de los estigmas, ya había experimentado durante años intensos sufrimientos físicos y espirituales.

Los primeros signos habían aparecido en 1910 y después desaparecieron exteriormente, aunque continuaron los dolores. En 1918 su experiencia espiritual se hizo todavía más intensa. El 30 de mayo, fiesta del Corpus Christi, vivió lo que describió como un profundo toque de Dios, unido a una nueva entrega por la Iglesia y por la paz.

Entre el 5 y el 7 de agosto experimentó la llamada transverberación, una vivencia mística que describió como una herida profunda. Poco después, el 20 de septiembre de 1918, tras celebrar la misa, se encontraba en el coro cuando tuvo una experiencia de profunda quietud y contempló una figura misteriosa con las manos, los pies y el costado heridos.

Después descubrió en su propio cuerpo heridas en las manos, los pies y el costado. San Pío llamó repetidamente a aquella experiencia «mi crucifixión». Lejos de producirle orgullo, los estigmas fueron para él motivo de confusión y humillación.

Las heridas fueron examinadas a lo largo de los años por distintos médicos. Durante 50 años permanecieron en su cuerpo: “profundas, sangrantes, sin infección ni signos de curación”. En los últimos meses de su vida, los estigmas fueron cerrándose hasta desaparecer por completo al morir.

Padre Pío ha sido el único sacerdote estigmatizado en la historia de la Iglesia. Ante la duda de la integridad de Padre Pío como así también para evitar el fanatismo de los fieles, el Santo Oficio le prohibió celebrar misa en público y administrar sacramentos. Padre Pío aceptó con santa obediencia esas medidas, afirmando: “Es la voluntad de Dios a través de su Iglesia.”   

Padre Pío entendía el sufrimiento como un don que Dios concede a las almas que ama. Así escribía a una hija espiritual: “No temas por nada. Al contrario, considérate muy afortunada por haber sido hecha digna y partícipe de los dolores del Hombre-Dios. No es abandono, por tanto, todo esto, sino amor y amor muy especial que Dios te va demostrando. No es castigo sino amor y amor delicadísimo. Bendice por todo esto al Señor y acepta beber el cáliz de Getsemaní.”

Y así enseñaba en otra ocasión: “No queremos persuadirnos de que nuestra alma necesita el sufrimiento; de que la cruz debe ser nuestro pan de cada día. Igual que el cuerpo necesita alimentarse, así el alma necesita día tras día de la cruz, para purificarse y separarse de las criaturas. No queremos comprender que Dios no quiere, no puede salvarnos ni santificarnos sin la cruz, y que cuanto más atrae a un alma hacia sí, más la purifica por medio de la cruz.”

Pidamos crecer en el amor de Dios, para poder sufrir todo lo que en su voluntad quiera permitir en nuestra vida. Pero hay una verdad que no podemos olvidar: “No estamos solos”. A nosotros también van dirigidas estas palabras de Padre Pío: “Sé que tu alma está siempre envuelta en las tinieblas de la prueba, pero que te baste saber, mi querida hija, que Jesús está contigo y en ti.

Pídase la gracia particular que se quiere alcanzar en esta novena por intercesión del Glorioso Padre Pío.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria

 

ORACIÓN FINAL

PARA TODOS LOS DÍAS

Glorioso san Pío de Pietrelcina, sacerdote humilde y fiel, tú que amaste profundamente a Jesús crucificado y entregaste tu vida por la salvación y el consuelo de tus hermanos, presenta al Señor las intenciones que te confiamos en esta novena.

Alcánzanos un corazón sencillo para orar, valentía para convertirnos, amor al Santísimo Sacramento y a la santa Misa, confianza filial en la Virgen María y compasión verdadera ante el sufrimiento de los demás.

Enséñanos a no huir de nuestras cruces, sino a vivirlas unidos a Cristo; a buscar siempre la misericordia de Dios y a convertir nuestra fe en obras concretas de amor.

Intercede especialmente por los enfermos, por quienes viven solos, por los que han perdido la esperanza, por quienes viven en pecado alejados de Dios y por todos los que se encomiendan a nuestra oración.

Que, siguiendo tu ejemplo, podamos hacer de nuestra vida una ofrenda de amor y llegar un día a la alegría eterna en la presencia de Dios. Amén.

San Pío de Pietrelcina, ruega por nosotros.

San Pío de Pietrelcina, ruega por nosotros.

San Pío de Pietrelcina, ruega por nosotros.