DÍA 21
LA VIRGEN MARIA, ESCLAVA HUMILDE
TREINTENA
DE LA
HUMILDAD
Adaptación del Tratado de la Humildad
de san Juan Bautista de la Concepción,
reformador de la Orden de la Santísima Trinidad
DÍA 21
LA VIRGEN MARIA, ESCLAVA HUMILDE
Dios «derrama y confunde los pensamientos de los soberbios», derribándoles de sus sillas y asientos, y levantando a los humildes.
Así sucedió con los engreídos y presuntuosos de la torre de Babilonia: Dios los «confundió, derramó y dispersó en lenguas diferentes», y cesó tal locura como era querer hacer una torre «que llegase al cielo».
«Dispersó a los soberbios de corazón». Cuando el soberbio en su corazón hace «torre de viento que llegue al cielo», Dios confunde sus pensamientos.
La Virgen tenía también delante a Lucifer y sus secuaces, que quisieron «hacer guerra a Dios y levantar su silla más alto». Con ser el cielo «lugar de paz», se volvió «lugar de guerra», y tomaron la causa los ángeles buenos y humildes, que no pararon hasta limpiar el cielo de tan «mala canalla».
También ésta fue «obra poderosa y grande», señalada como si fuera de todo el brazo de Dios, para «deponer y bajar a los soberbios».
«Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes».
La Virgen tenía delante de los ojos lo que le había pasado con el ángel: ante la grandeza de la obra y de su «pequeñez y bajeza», «se entregó por sierva y esclava», llena de temor y vergüenza.
Y vio que la grandeza de Dios, «con el poder de su mano, tomó carne en sus entrañas y la levantó a tan grande dignidad como era ser madre de Dios».
«Esto pasa, Señor, así bajas a los soberbios y levantas a los humildes. Obra es ésta de vuestra poderosa mano».
Por la encarnación y redención del género humano, «se habían de llenar con humildes las sillas que se vaciaron de los ángeles soberbios». «Esta obra es grande, y tan grande que todo el brazo de Dios ha menester entender en ella».
«En la casa de Dios los humildes son los ricos, son los levantados, son los prosperados»: «si en este mundo son pobres, allá ricos; si aquí abatidos, allá levantados; y si aquí desnudos, allá vestidos de gloria; y si aquí desconocidos, allá alabados».
¡Dichosa humildad, gloriosos abatimientos y mil veces dichosos aquellos que, habiendo desnudado los cuerpos de todo lo que es honra y contentos, desnudan también los corazones de sus propios pensamientos para que tengan ojos claros y vean en Dios grandes cosas, las cuales tiene para entregarles cuando de este mundo salgan!
Pidámosle a Dios que nos dé su gracia para que este edificio que construimos a la humildad, salga de tal manera que a todos guste y deseen ardientemente vivir en ella.
Aunque los humildes son pequeños, Dios les fabrica una casa tan grande que ninguna cosa buena les puede venir fuera de su propósito. Como en las fábricas de los grandes palacios, que ningún material se desecha y que lo que no vale para una cosa es muy útil para otra. Para el humilde, según los grandes deseos y afectos que Dios le tiene, nada parece que le sobra, sino que todo el mismo Dios es necesario sea el premio y paga para los que de veras se humillan.
San Pablo dice de Cristo: “se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre”. La paga que Dios da al humilde es sin término y sin medida. El humilde, en su humillación, tiene fin, pues no puede pasar de la muerte ni puede ser mayor que despreciar y dar la vida por su Dios. Pero el premio y paga que da Dios a los humildes, ése no se sabe dónde llega, no hay ojos que den alcance a su fin y paradero.
Finalmente, nada le sobra de lo que se le da y de lo que de él dijéramos, y nada en materia de bien le viene fuera de propósito.
Como el humilde es pobre de todas las cosas, todas le cuadran y vienen bien. Está el humilde tan desnudo de su interés que, si lo visten de injurias y afrentas, ésas le cuadran y vienen bien; si lo maltratan y desprecian, esos malos tratamientos le vienen nacidos y que para él se hicieron, según los lleva con paciencia y sufrimiento; si lo alaban y honran, ése es el vestido que Dios le corta y mide a su talla y proporción, contentándose con lo que Dios en él obra.
Finalmente, es un divino camaleón, que se vuelve del color que Dios se sirve otorgarle, sin que haya color que en él no se halle buen color y gana para recibirlo.
JACULATORIA: Apártate del mal y haz el bien, y siempre tendrás una casa; porque el Señor ama la justicia y no abandona a sus fieles. (Salmo 37, 27)
LETANÍAS DE LA HUMILDAD
Venerable Cardenal Merry del Val
Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.
Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.
Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.
Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.
Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Oración:
Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.
***
Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.
Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.
Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.
San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.
Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.
Ave María Purísima, sin pecado concebida.