III domingo después de Pentecostés
El trato de Cristo hacia los pecadores. (Luc. 15.)
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
PARA EL TIEMPO DESPUÉS
DE PENTECOSTÉS
por el P. Alonso de Andrade,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
III domingo después de Pentecostés
El trato de Cristo hacia los pecadores. (Luc. 15.)
El Evangelio refiere cómo llegándose los publicanos y pecadores a oír la doctrina de Cristo, murmuraron los escribas y fariseos; y Cristo los convenció con la semejanza del Pastor que deja las noventa y nueve ovejas en el desierto por buscar una que se le ha perdido; y con la de la mujer que tiene muchas joyas y busca y halla con gusto una que perdió: así hay, dice, gran gozo en el cielo por un pecador que se convierte, más que por noventa y nueve justos que no necesitan de hacer penitencia.
PUNTO PRIMERO. Medita con san Ambrosio el fervor de los publicanos y pecadores en oír la palabra de Dios, y cómo dejaron sus ganancias y los negocios seculares que traían entre manos por venir a Cristo, anteponiendo los celestiales a los terrenos y los del alma a los del cuerpo; saca de esta meditación hacer tú lo mismo y no dejarte vencer de las ocupaciones del siglo para no llegarte a Cristo, y vacar a las ganancias espirituales y del aprovechamiento de tu alma, anteponiendo siempre lo celestial a lo terreno, y lo eterno a lo caduco y perecedero.
PUNTO II. Considera la benignidad con que recibió el Salvador a los pecadores; pues no solo los enseñaba y oía sus dudas y los encaminaba para el cielo, sino que entraba en sus casas y se sentaba a su mesa y comía con ellos, que es el extremo de benignidad y agasajo, y las mayores muestras que pudo darles de amor; alaba y ensalza la bondad y misericordia del Salvador y la humildad con que recibe a los pecadores; no desprecies a alguno, porque los busca el Redentor y los estima, como ves, cuando se llegan a él y se convierten; y cobra grande confianza de la divina misericordia de que te recibirá a ti si te llegares a él con corazón contrito, como recibió a los de aquel tiempo; exclama y pídele que te reciba en su escuela y que te perdone tus pecados y que te encamine para el cielo.
PUNTO III. Considera cómo murmuraron los escribas y fariseos del Señor, que recibía los pecadores y comía con ellos, y también de ellos, porque se llegaban a él. Pondera cuán errados son los juicios de los hombres, y qué poco caso hay que hacer de ellos, pues condenan por mala la misericordia de Dios y el hacer penitencia de sus pecados. Alza los ojos al cielo y atiende a lo que juzga Dios, que es el nivel verdadero, que aprecia cada cosa como es; y pídele a Dios gracia para no despeñarte en tus juicios, y freno para tu lengua para no murmurar de alguno, y mucho menos de los que se llegan a Dios.
PUNTO IV. Considera cómo se puso Cristo en defensa de los pecadores contra los que los murmuraban, defendiéndolos con vivas razones y volviendo por la honra de Dios; de lo cual has de sacar dos cosas. La primera, una grande confianza en el Señor para resolverte a las cosas de su servicio, fiado en que te defenderá de todos los enemigos, como defendió a los publicanos que se llegaban a él. La segunda, es un grande valor para defender cuando convenga el partido del Señor y volver por su rebaño, haciendo rostro a los que le quisieren ofender. Cobra esfuerzo y ánimo en su bondad; pídele su gracia para acertar en su servicio, que él te la dará y sentirás su divino favor.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones