jueves, 11 de junio de 2026

DÍA 12. POBREZA Y RIQUEZA DEL CORAZÓN DE JESUS.

 


 DÍA DUODÉCIMO.

POBREZA Y RIQUEZA

DEL CORAZÓN DE JESUS.

 

MES
DEL
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 

O

 

PRINCIPALES VIRTUDES

DE ESTE ADORABLE CORAZÓN,

CONSIDERADAS EN TREINTA Y TRES MEDITACIONES CORRESPONDIENTES

A LOS TREINTA Y TRES AÑOS DE LA VIDA

DEL DIVINO SALVADOR.

 

Traducido libremente

de la obra del

P. Francisco J. Gautrelet, de la Compañía de Jesús,

fundador del Apostolado de la Oración

 

 

EJERCICIO PRÁCTICO

PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.

 

Por la señal, etc.

Señor mío Jesucristo, etc.

 

ORACIÓN PARA EMPEZAR.

 

¡Oh Jesús!, amable Salvador mío, que os habéis hecho hombre y quisisteis pasar treinta y tres años en este mundo miserable para mostrarnos el camino del Cielo; concededme la gracia de venerar este año de vuestra vida que voy a contemplar, y de poner en práctica las virtudes de que en él me dais tantos ejemplos. Enseñadme la imitación fiel de vuestro divino Corazón.

Y pues sois mi dueño y mi modelo, mi redentor y mi padre, ilustrad mi entendimiento, purificad mi corazón, fortificad mi voluntad, gobernad, dirigid, santificad mis acciones, enseñadme a hacer buen uso de las facultades de mi alma y de los sentidos de mi cuerpo.

Haced que os tenga siempre en mi pensamiento, que mi boca pronuncie a menudo vuestro santo nombre, que mi corazón os ame sin cesar, que no busque yo sino vuestra gloria en todo, y no trabaje ni viva sino para vos. Esta gracia os la pido también para todos mis prójimos. Bien pocos son los que os aman de veras. ¡Qué dolor ver tantas almas agobiadas de penas y trabajos, y más aún de culpas y pecados! Acordaos de esos infelices, a quienes todavía queréis llamar hermanos y tened piedad de ellos. Acabad vuestra obra, amable Redentor, dulce esperanza mía, por los méritos de vuestra santa vida, dolorosa Pasión, preciosa muerte y gloriosa resurrección. Os la pido por el dulcísimo nombre que lleváis, por ese Corazón que tanto nos ha amado, y que os habéis dignado darnos para que sea nuestro refugio, nuestro asilo, nuestra fortaleza y esperanza en estos aciagos días. Os lo pido por la intercesión de vuestra Santísima Madre, que también lo es nuestra.

Con esta intención os ofrezco mis obras y trabajos del presente día en unión de lo que por mí hicisteis y padecisteis en la tierra, y, sobre todo, en unión con el sacrificio adorable de la Misa, en cualquier parte de la tierra que se celebre. Oíd, Señor, a vuestros hijos, y tened piedad de nosotros. Amén.

 

 DÍA DUODÉCIMO.

(Año duodécimo.)

POBREZA Y RIQUEZA

DEL CORAZÓN DE JESUS.

 

Primer preludio. Ver al Niño-Dios en la pobreza de Nazaret.

Segundo. Decir: Dadme, Señor, vuestra gracia, y ésta me basta.

Punto Primero. Nada más pobre que Jesús, Segundo. Nada más rico que Jesús.

 

PUNTO PRIMERO.

 

Nada más pobre que Jesús. Una de las más funestas enfermedades que contrajo el hombre en el Paraíso es la codicia de los bienes terrenos, que San Pablo llama raíz de todos los males. Para convencerse, basta mirar lo que pasa en el mundo, donde no se encuentra quien no adolezca de ese mal. Lo mismo el pobre que el rico, el viejo que el joven, todos, aun los mismos niños, sienten ese desordenado apetito. ¿De dónde viene esa inquietud, esa agitación que padecen todas las clases de la sociedad? De la sed del oro, de la ambición, de riquezas. Ciegos los hombres por la codicia, van en pos de bienes perecederos, que no son sino humo y vapor que desaparece por el aire.

Para curar este mal, consagra Jesús y diviniza la pobreza, escogiéndola para sí como una preciosa herencia, y dejando sus riquezas para ser pobre, como dice San Pablo. Entremos en la cueva de Belén: pasemos de allí a Egipto; visitémosle en Nazaret; acompañémosle en sus viajes apostólicos; en una palabra, sigámosle desde el establo hasta la cruz, y siempre le veremos pobre. En el nacimiento, yace en un pesebre, envuelto en pobres pañales. En Egipto, pasa muchas hambres. En Nazaret, gana el pan con su sudor. En la vida pública, no tiene donde reclinar la cabeza. En la cruz, está desnudo. De suerte que, si predica la pobreza, la practica mejor que la enseña. Goza en tratar con los pobres, los llama bienaventurados, y dice que a evangelizarlos ha venido, y que de ellos es el Reino de los cielos. Condena a los ricos, poniendo muy en duda su salvación. ¿Qué más pudo hacer para curar la llega cancerosa que corroía la humanidad?

Pues todavía no le bastó lo que hizo en su vida mortal, y quiso hacer más después de glorioso, perpetuando y practicando con creces la pobreza de Belén y de Nazaret. La Eucaristía es como un monumento levantado en honra de la pobreza. Veamos nuestros templos y altares, morada perpetua de Jesús sacramentado. Al lado del palacio de un grande, se ve una miserable capilla donde se hospeda el Dios del cielo. ¿Quién no se avergonzaría de cubrir su mesa con los paños que a menudo cubren los altares?

¡Oh, Dios mío! ¡Qué distintos son mis pensamientos de los vuestros! Lejos de amar vuestra pobreza, huyo de ella. Muy lejos estoy de decir: Dios es mi todo; Dios es la parte que me ha caído en herencia, y otras expresiones que usaban los Santos en fuerza de su amor a Dios y desprecio del mundo. Me gusta una habitación cómoda y vestido, si no ricos, al menos bien ajustados a mi talla y elegantes, alimentos delicados, y todo tan a mi elección, que nada sienta de las privaciones del pobre. Busco la amistad de los ricos, y me alejo del trato con los pobres.

Ahora, Señor, me avergüenzo de que no me falte nada, al veros mal alimentado, mal alojado y pobremente vestido. Vuestro ejemplo me condena y, por lo tanto, me enseña y me persuade. Vos sois el consuelo del pobre, a quien enseñáis a amar su desnudez. Desde esas pobres iglesias donde vivís se eleva vuestra voz para protestar contra el mundo, animar al pobre y ensalzar al que por vos desprecia los bienes de la tierra.

 

PUNTO SEGUNDO.

 

Nada más rico que Jesús. Lo que le falta de bienes de la tierra, le sobra de riquezas del Cielo, y como esas son las que valen, podemos decir que no es pobre sino en apariencia. La palabra pobreza parece dura, aunque tan alabada por Cristo, y es porque no entendemos que, despojándonos del afecto a los bienes terrenos, echamos de encima una carga insoportable. La codicia es un tormento, el apego a lo que uno tiene le hace avaro e injusto, le quita la caridad con los pobres, le inutiliza para hacer obras pías o ayudar a ellas. Si tiene fe, debe temer el cargo que le ha de hacer el justo Juez del uso de sus bienes, y su fe será su torcedor, que no le dejará sosegar. Bien podemos entender por qué llama el Señor espinas a las riquezas.

El alma desprendida goza paz y santa libertad, ya conserve sus bienes, ya sea que el Señor la prive de ellos con un revés de fortuna, en el que dirá como Job: Dios me le dio, Dios me lo quitó: sea su nombre bendito. Esto aquí en la tierra.

¿Y qué diremos de la corona prometida a los pobres de espíritu en el cielo? Se os da el Cielo por la tierra, Dios por las criaturas, ¿no es bastante ganar?

Anímate, pues, a desprender tu corazón de todo. Mira a Jesús, que todo lo dejó por ti. Codicia sus riquezas de gracia, virtudes y méritos. No es rico sólo para sí, sino para todos, y de un modo semejante los que poseen sus riquezas tienen la virtud de enriquecer a otros.

Di como el Apóstol: “A todo renuncié, mirándolo como detrimento y daño de mi alma; y así como se desprecia el estiércol y la basura, lo desprecié todo con el fin de ganar los tesoros de Jesucristo.” (Filip., III.)

Bástame Cristo, cuyo Corazón es mi tesoro.

Considera si estás apegado a algo en este mundo, y rompe esas cadenas. Ama la limosna: que lo que das al pobre, lo das a Cristo.

 

ORACIÓN FINAL.

Acto de consagración y desagravio

al Sagrado Corazón de Jesús.

 

¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar, en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo, que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes, que florecerán al abrigo de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos, y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya en mis ojos lágrimas. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así    como tú, ¡oh Corazón divino!, has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre, no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan, te amaré por los que te olvidan; te amaré por los que te odian, y rogaré, y gemiré y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte.  Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Corazón Sacratísimo de Jesús, ten misericordia de nosotros.

Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

***

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